CAPÍTULO 16 #2
—No lo entiendes, ¿verdad? —dijo Nate.
Gia se cruzó de brazos.
—¿Entender qué?
—Que los hombres como Jim no conocen límites. Si le haces creer que estás interesada, seguirá insistiendo.
Ese comentario fue un golpe bajo. Gia parpadeó y soltó una breve risa de incredulidad.
—¿Crees que no puedo manejar un poco de coqueteo? —dijo.
Nate negó con la cabeza, frustrado.
—Creo que subestimas cómo funcionan las cosas en este lugar.
Gia dio un paso hacia él, levantando ligeramente la barbilla en actitud desafiante.
—No. Lo que creo es que tú me subestimas a mí —dijo.
La distancia entre ellos se había reducido casi a cero. Estaban lo bastante cerca como para que Gia viera los matices de color en los ojos de Nate, y lo bastante cerca como para que Nate percibiera el tenue aroma cítrico del champú de Gia.
Ninguno de los dos respiró durante unos segundos. El aire vibraba con todo lo que no se decían. Advertencias, curiosidad y la atracción de dos personas que terminaban una y otra vez en la misma situación de manera inevitable.
En medio del silencio, Nate sentía que el pulso le retumbaba en los oídos.
«¿Qué demonios estás haciendo?», se dijo a sí mismo.
Gia era nueva en Millstone. Era profesional. Inteligente. Y en aquel momento estaba lo bastante cerca como para echar por tierra meses, tal vez años, de mantener sus emociones perfectamente ocultas.
Gia también lo sentía. Esa tensión sutil y eléctrica que no era exactamente rabia, pero que desde luego no era calma. Percibía cómo Nate se contenía, manteniéndose completamente inmóvil, como si temiera que cualquier movimiento delatara lo que sentía, lo que pasaba por su cabeza.
Gia habló con voz más tranquila.
—¿Sabes?, para ser alguien que dice no jugar, sabes muy bien cómo dar el primer golpe.
La boca de Nate se contrajo en algo que no llegó a ser una sonrisa, pero que lo parecía.
—Solo intento asegurarme de que no te arrepientas de haberte quedado a trabajar aquí.
—No me arrepiento —respondió Gia—. No todavía.
Esa última frase quedó flotando en el aire, provocativa y peligrosa. Desafiante, incluso.
Nate respiró lentamente, intentando mantener el latido de su corazón bajo control. Podía oler el aceite para cuero en las manos de Gia y la suave dulzura del polvo de heno en su pelo. Ella notó cómo la compostura de Nate se desvanecía, segundo a segundo.
Y entonces, ya fuera como una salvación o como un sabotaje, la voz de Daphne llegó desde la puerta del establo.
—Nathaniel, querido, ¿te estás escondiendo de mí?
Nate cerró los ojos como quien reza pidiendo alguna especie de intervención divina.
Suspiró.
Gia tomó su sombrero, reprimiendo una sonrisa burlona.
—No te preocupes, jefe… —dijo con suavidad, rozándolo al pasar.
El brevísimo contacto de su hombro contra el brazo de Nate provocó más chispas de las que ninguno de los dos jamás admitiría.
—Me aseguraré de que tu querida te encuentre —afirmó.
Él se giró justo a tiempo para verla salir, segura de sí misma y con una media sonrisa en los labios, dejándolo atrás con un remolino de frustración en el pecho. Nate apretó los puños, aferrándose a la nada, mientras las palabras de Gia resonaban en su cabeza.
—Buenas tardes, Daphne —saludó Gia, al pasar a su lado.
—Buenas tardes —correspondió ella—. ¿Está Nate dentro? —preguntó.
—Sí, en el cuarto de aperos —respondió Gia.
Daphne entró en el establo con cara de estar oliendo a estiércol. Dejaba claro que aquel mundo no era el suyo. Ni el rancho ni los caballos eran su elemento. ¿En qué momento Daphne había pensado que ella y Nate eran compatibles? Eran dos personas totalmente opuestas. Como la noche y el día.
Mientras Gía se alejaba del establo, no podía dejar de darle vueltas al mismo pensamiento.
Por mucho que Nate fingiera exasperación, suspirara, o pusiera los ojos en blanco ante la presencia de Daphne, el hecho innegable era que seguía permitiendo que se quedara en su casa.
Un hombre como él, tan celoso de su intimidad y de su férreo control, no habría dudado un segundo en mostrarle la puerta y pedirle que se marchara si ella realmente no le importaba.
La única explicación lógica para que no la hubiera invitado a irse todavía era que, en el fondo, albergaba sentimientos por ella, que quizás sí que hubieran tenido algo.
Esa conclusión, pesada y amarga, se instaló de golpe en el pecho de Gia, molestándola profundamente y encendiendo una dolorosa punzada de celos y vulnerabilidad que amenazaba con hacer pedazos su propia armadura.
Nate salió con Daphne del establo. Aquella tía no aguantaba el olor a caballo ni cinco minutos. Millstone debía de ser una tortura para ella.
Nate tenía una expresión insondable en el rostro, pero sus ojos eran tan afilados que parecían capaces de cortar el cristal. Su mirada se cruzó con la de Jim, que estaba apoyado tranquilamente en la cerca de madera con los brazos cruzados, observando cómo Diego entrenaba a una de las yeguas.
La mirada de Nate no fue exagerada ni abiertamente amenazante, pero lo que mostraba era inconfundible. Un silencioso y rotundo «no te acerques a Gia».
Jim se limitó a sonreír, levantó los dedos en un gesto de saludo y devolvió su atención a Diego, como si nada.
Aunque era muy consciente de que habían empezado a trazarse algunas líneas.