El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Aunque el sol estaba tan alto como para picar en la piel, Nate seguía trabajando. Tenía la camisa pegada a la espalda, la mandíbula apretada y todo su lenguaje corporal dejaba claro que nadie debía acercarse a menos que fuera un caballo o un fantasma.

Se movía como un hombre que intentaba resolver los problemas solo con fuerza física.

Cada movimiento era deliberado, firme y controlado.

Había dejado el sombrero sobre la valla y tenía el pelo húmedo por el sudor.

Se secó la frente con el dorso del brazo, exhaló el aire y miró al otro lado de la explanada.

No miraba nada en particular. Sus ojos estaban perdidos en algún punto impreciso, pensando.

Gia se encontraba de pie al otro lado, con una carpeta en la mano.

Fingía revisar los datos del examen que había realizado a Scarlet, pero las palabras le parecían borrosas en la página.

El calor matutino le subía por la espalda, la tela vaquera se le pegaba a la piel y se arrepentía de haberse puesto las botas en lugar de las zapatillas.

El establo burbujeaba suavemente a sus espaldas, animado por el incesante movimiento de los animales.

Pero entonces Daphne Rousseau apareció como la modelo de un anuncio de perfumes.

Llevaba un vestido azul que le ondeaba por las rodillas, gafas de sol en la cabeza y esa postura petulante y natural (en ella) que hacía que el polvo del rancho pareciera un insulto personal.

Su acento cruzó la valla incluso antes que su perfume.

— Bonjour , Nate —dijo, y su voz sonó como un pañuelo de seda posándose en la arena.

Él apenas la miró.

—Daphne.

—Trabajando duro, por lo que veo.

—Alguien tiene que hacerlo —murmuró Nate.

Gia bajó la carpeta, tratando de no mirar directamente. Por supuesto que Daphne estaba allí. Porque si había algo mejor que una mañana llena de tensión, era tener público.

Y no cualquier público. Jim Monroe estaba apoyado en un poste cercano, con la camisa desabrochada como si el sol le hubiera pedido que se exhibiera. Sonreía, por supuesto. Siempre sonreía.

—Bueno, mirad este espectáculo —dijo—. Solo nos faltan las palomitas.

—Buenos días, Jim —dijo Gia, con un tono entre educado y exasperado. Porque Daphne Rousseau la exasperaba.

Él ladeó la cabeza, dedicándole esa sonrisa perezosa y provocadora que sugería que tenía tiempo libre y que ella era lo más interesante en un radio de diez kilómetros.

—Sabes, Gia, si hubiera sabido que eras tan buena con los caballos, quizá te habría hecho una oferta antes que Nate.

Ella lo miró, sin dejarse impresionar.

—Ni siquiera tienes un rancho, Jim —dijo.

Jim se encogió de hombros.

—Compraría uno —bromeó.

—Ni tampoco un caballo —añadió Gia.

Él sonrió más ampliamente.

—Compraría uno solo para que tú lo cuidaras —dijo.

Gia soltó una carcajada.

—Eres incorregible, Jim —dijo.

—Sí —afirmó él—, pero estás sonriendo.

Gia sacudió la cabeza.

Desde el otro lado del cercado, las manos enguantadas de Nate se detuvieron a mitad de un movimiento. Fue sutil, pero no lo suficiente, porque Gia lo notó. Era ese extraño hilo de sincronización que parecía haber entre ellos, que vibraba incluso cuando no se miraban.

Daphne se ajustó las gafas de sol y miró a los tres como si estuviera viendo una serie cuyo final ya conocía.

Jim se acercó a Gia, bajando la voz hasta un tono conspirativo.

—Apuesto cien dólares a que no puedes hacer que Titán te siga sin usar las riendas.

Gia parpadeó.

—¿Cien dólares? ¿No crees que es demasiado dinero?

Jim arqueó una ceja.

—¿Por qué? ¿Tienes miedo de perder?

Gia sonrió con suficiencia.

—Tengo miedo de que pierdas tu sueldo de hoy —contestó.

Jim se rio con un sonido fuerte, demasiado complacido consigo mismo.

—Vamos, suéltate un poco —la animó.

Antes de que ella pudiera responder, Daphne intervino, con su acento francés llenando el aire.

—Ah, el juego de egos. Qué típico de los estadounidenses —dijo.

—¿Y de los franceses, no? —lanzó Jim con cierta malicia en la voz.

Daphne estaba a punto de responderle cuando se oyó la voz de Nate.

—Monroe —dijo, en tono seco y admonitorio.

Todo el mundo se quedó congelado durante medio segundo.

Nate se acercó, con la mandíbula apretada y las botas levantando polvo.

—Si tienes tanta energía para apostar, se me ocurren mejores formas de usarla. Hay diez cuadras que necesitan limpiarse.

Jim sonrió con sorna, impertérrito.

—Tranquilo, jefe. Solo es una apuesta amistosa.

—La última vez que hiciste una apuesta amistosa, terminamos con una cerca rota y un caballo suelto.

Jim se rio.

—Qué buenos tiempos.

Gia se cruzó de brazos y miró a Jim con los ojos entrecerrados.

—Si te gusta tanto apostar, quizás deberías intentarlo tú. Titán te espera —dijo.

Jim miró al caballo y luego a ella.

—De hecho, acabo de recordar que tengo que revisar el inventario del pienso de los caballos.

—Cobarde —dijo Gia, rotunda.

—Listo —corrigió Jim, dando un paso atrás con las manos en alto—. Conozco mis límites.

Gia simplemente negó con la cabeza, sonriendo, y luego se acercó a Titán. El mundo se redujo al sonido de su propia respiración y a los resoplidos del animal.

Entró en el corral lentamente. Sin riendas, sin miedo, tranquila. El caballo la observó, con la cabeza alta y las orejas moviéndose. Gia sintió la mirada de Nate fija en su espalda todo el tiempo. Era esa mezcla familiar de cautela y admiración reticente que empezaba a reconocer en él.

Titán escarbó en la tierra. Gia le murmuró algo, con la mano extendida y firme, dejando que se aproximara.

El aire se agitó cuando el animal bajó la cabeza, con los músculos moviéndose bajo el pelaje pardo.

Ella le acarició el cuello con suavidad, susurrando palabras que solo el caballo escuchó, usando ese lenguaje no verbal que se construye con confianza y un tono sosegado.

Los demás guardaron silencio. El momento se alargó. Incluso Daphne dejó de sonreír con suficiencia para observar.

Entonces, lento como una respiración, Titán se movió. Siguió la mano de Gia, paso a paso, dando vueltas alrededor del corral sin riendas, solo con el ritmo del cuerpo de ella guiando el suyo. Todo estaba en silencio, salvo el leve tintineo de los arreos y el roce de los cascos sobre la tierra seca.

Cuando se detuvieron, fue como si todos dejaran escapar el aire después de una larga nota sostenida.

Desde el porche, la voz de Martha rompió el silencio.

—Así se hace.

Jim gritó, aplaudiendo.

—Vaya, ha sido increíble —dijo.

—¿Lo ves? —replicó Gia, fingiendo suficiencia.

—Es condicionamiento conductual —argumentó Jim.

Gia puso los ojos en blanco y se apartó un mechón de pelo de la cara.

—Lo que tú digas, pero me debes cien pavos.

Jim rio.

Nate no dijo nada en un primer momento. Sus ojos se posaron en Gia, indescifrables. Sus guantes crepitaron suavemente cuando movió las manos.

—Buen trabajo —dijo con voz áspera cuando finalmente habló—. Pero la próxima vez, no te confíes tanto, podría haberte dado una coz. Titán sigue teniendo aún un temperamento salvaje, está en pleno entrenamiento.

Gia se giró, secándose el sudor de la sien, con una expresión entre desafiante y cansada.

—La próxima vez, intenta confiar en mí. —Las palabras quedaron ahí colgadas, más pesadas que el calor que hacía.

Nadie se movió. En algún lugar dentro del establo, Tommy dejó caer un cubo, y el ruido metálico hizo que todos levantaran la cabeza en su dirección.

Daphne fingió que se revisaba las uñas como si no se las hubiera visto en años.

—Dios, me encantan las mañanas como esta —murmuró Jim para sí mismo.

Y Nate se quedó mirando a Gia durante un segundo más de lo que debía, antes de darse la vuelta con los dientes apretados, como si alejarse pudiera evitar que todo el lugar se incendiara.

La luz de la tarde se filtraba a través de las ventanas del establo. La tormenta había pasado hacía horas, pero el ambiente aún estaba húmedo. Las botas crujían contra el suelo, el olor a cuero se volvía más denso con el calor, y el zumbido constante de las cigarras llegaba a través del aire.

Gia estaba en el cuarto de aperos, secándose las manos con un trapo viejo.

Se le había deshecho un poco la trenza, dejando algunos mechones pegados al cuello por el sudor.

Intentaba no pensar en lo que había ocurrido por la mañana.

Las miradas, las risas y ese reto que probablemente no había debido aceptar, pero que había aceptado, de todos modos.

Revivía el momento en que Titán la siguió y el destello de orgullo en el rostro de Nate, antes de que volviera a ocultarse tras esa máscara fría y controlada que usaba como armadura.

Estaba inmersa en sus pensamientos cuando la voz de él cortó el silencio.

—No deberías dejar que te engañe.

No habló en voz alta, pero tenía ese tono grave y profundo que lograba llenar una habitación sin necesidad de gritar.

Gia se giró, sobresaltada, pero no sorprendida.

Nate estaba allí, en la puerta, apoyando un hombro contra el marco, con el rostro inmerso entre las sombras. La luz iluminaba su mandíbula, tiñendo de dorado la barba incipiente. Parecía un hombre que intentaba mantener la calma y estaba a punto de perderla.

—¿Por quién?, ¿por Jim? —preguntó Gia en tono desenfadado. Luego, sin poder contenerse, añadió—: ¿O por ti?

Nate tensó la mandíbula. Fue un gesto sutil, pero intenso.

—Yo no juego con esas cosas —atajó.

Gia colgó el trapo en un gancho, sin mirarlo.

—Entonces deja de actuar como si todo fuera un juego —aseveró.

Durante unos instantes, el único sonido fue el ruido apagado de los caballos moviéndose en las cuadras, el movimiento de las colas para espantar las moscas y el suave tintineo de los cascos contra el suelo.

Cuando Gia levantó la vista, Nate la miraba fijamente. No parecía estar enfadado, su expresión era más de confusión. Tenía la mirada de un hombre que quería decir diez cosas a la vez, pero no encontraba la manera de hacerlo sin arruinarlo todo.

Dio un par de pasos y se adentró en el cuarto de aperos. El ligero olor a sudor, a jabón para monturas y a cuero húmedo los envolvió a ambos.