El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Había dos tipos de mañanas en Millstone.

El primero era el tranquilo, ese donde el sol ascendía lentamente sobre el horizonte, tiñendo los pastos de un suave dorado, y todos fingían no darse cuenta de los asuntos de los demás, porque estaban demasiado ocupados con los suyos propios.

Ese tipo de mañanas que se llenaba con el sonido del café preparándose, los caballos resoplando en sus cuadras y Martha o Diego tarareando una vieja melodía desafinada en la cocina.

Y luego estaba este otro tipo, el que venía justo después de una tormenta, cuando el aire todavía olía a lluvia y barro, y cada habitante del rancho de repente se convertía en un detective a tiempo completo.

Aquel día, sin duda, todos eran detectives.

La cocina bullía con una energía sutil y expectante, como una olla a punto de desbordarse.

Olía a canela, café y a cotilleo. Martha estaba de pie junto a los fuegos en su postura matutina habitual, con el cucharón en una mano, la cadera ladeada y una expresión que indicaba que ya sabía más de lo que debería.

Cada vez que daba la vuelta en la sartén a una tortita, miraba de reojo hacia la puerta.

Diego estaba sentado a la mesa con el periódico abierto, pero sin leer, con las gafas sobre la nariz. Sostenía su taza de café con firmeza, pero su mirada asomaba por encima del borde, escrutando la puerta a cada instante, como si esperara el siguiente capítulo de su telenovela favorita.

Y entonces, apareció Gia.

Entró en la cocina con vaqueros limpios y una camiseta verde metida por la cintura, con el pelo rubio aún húmedo y trenzado sobre un hombro. Tenía un ligero rubor en las mejillas, quizá por el aire de la mañana, quizá por haber dormido solo un par de horas, o quizá por algo completamente distinto.

La cabeza de Martha se giró primero. Diego la siguió en un acto sincronizado.

—Muy buenos días, bella durmiente —dijo Martha, dándole la vuelta con mucho estilo a una tortita.

—Buenos días —correspondió Gia.

—He oído que has estado toda la noche en los establos —comentó Diego, como si nada.

Gia se quedó paralizada, a medio camino de la cafetera, al darse cuenta de por dónde iban los tiros. Controló la expresión de su rostro para que no la delatara, se esforzó por mantener la calma y se sirvió una taza de café.

Martha no levantó la vista, solo tarareó suavemente.

—Scarlet se puso de parto —dijo Gia, sin ponerse a la defensiva—. Afortunadamente todo salió bien.

Martha emitió un leve sonido de aprobación, o de travesura, era difícil saberlo.

—Oh, Scarlet parió —repitió Diego, alargando las palabras como si ocultaran un secreto—. ¿Y Nate ayudó?

Gia tomó un sorbo de café, aunque su mano temblaba ligeramente.

—Estuvo presente —dijo con cautela—. Es una de sus mejores yeguas.

Martha volvió a tararear, como si saboreara las palabras que iba a decir.

—Mmm... Estuvo presente. ¿Como Diego está presente cuando veo una telenovela después de cenar?

Diego disimuló una sonrisa tras su taza.

—No te burles de ella —dijo.

Martha sonrió abiertamente.

—Es que es muy divertido.

Antes de que Gia pudiera decidir si defenderse o salir corriendo, la puerta trasera se abrió de golpe.

Jim entró con las botas embarradas, el sombrero ladeado y una sonrisa tan amplia que avergonzaría al amanecer.

—¡Buenos días! —saludó, cogiendo una taza del estante—. Según parece anoche tuvo lugar un milagro, y no solo el del nacimiento de la nueva potrilla.

—Jim —dijo Martha en tono de advertencia. Pero esa clase de advertencias sólo funcionaba con personas con conciencia. Y Jim no tenía.

—¿Qué? —dijo él, con toda su inocencia y picardía—. Un hombre y una mujer asistiendo al parto de una yegua, un potro recién nacido, solos, lloviendo a cántaros... —Movió las cejas arriba y abajo—. Solo digo que ya he visto esa película.

Gia gimió contra su taza.

—Dios mío —masculló.

—¡El corazón oculto del vaquero! —exclamó Martha teatralmente, llevándose una mano al pecho—. Yo la vería.

Jim arqueó una ceja.

—Tú ya la estás viendo, Martha. Todas las mañanas —dijo, y se rio tanto que casi derramó el café.

—No les hagas caso, Gia —consiguió decir Diego entre risas—. Hacen esto cada vez que una mujer mira a Nate a los ojos durante más de tres segundos.

—¿Tres? —resopló Martha—. Fueron al menos cinco.

Gia se tapó la cara con la mano libre.

—No me lo puedo creer.

—Bienvenida a la hora del chisme de Millstone —dijo Diego en tono alegre—. Es un deporte de competición.

Y cuando la risa llenaba la cocina, la puerta trasera se abrió de nuevo. Pero se detuvo de inmediato, como si alguien hubiera accionado un interruptor.

Nate entró, alto, recién duchado, con una camiseta oscura y unos vaqueros limpios.

Su pelo aún estaba húmedo, ligeramente ondulado en las puntas, y emitía una serenidad inquietante a su alrededor, la que hacía que una habitación pareciera más pequeña y silenciosa sin que él siquiera lo intentara.

Su mirada recorrió la mesa, captando al instante la tensión que se percibía en el ambiente.

—Buenos días —dijo, lento y cauteloso, como si tanteara el terreno en busca de trampas.

—Buenos días —dijeron Martha y Jim al unísono, con una dulzura melosa y totalmente falsa.

Nate entrecerró los ojos, pero no mordió el anzuelo. Agarró una galleta del plato que había en la encimera con la clara intención de largarse.

—¿Cómo está la potra recién nacida? —preguntó a Gia en un tono cortante y profesional, aunque su voz tenía esa leve aspereza por la falta de sueño.

Ella enderezó la espalda, agradecida por la distracción, y volvió a su zona de confort.

—Ambas están bien —dijo con energía—. Sin fiebre, con las constantes vitales estables y fuertes. La potra está mamando bien. Seguiré observándolas por si hay algún contratiempo postparto o cambios en el apetito.

—Bien —dijo Nate, sin mirarla a los ojos—. Mantenme al tanto.

Después se dirigió a la puerta, agarrando la galleta como si fuera un salvavidas.

—Nate —llamó Martha dulcemente, justo cuando su mano tocaba el pomo.

Él se congeló.

—¿Qué?

—Has olvidado tu café.

Nate se giró con la mandíbula apretada.

—Ahora no me apetece —dijo.

—Tómatelo —insistió Martha, con la voz tranquila, pero con una mirada traviesa en los ojos—. Creo que te vendrá bien.

Se produjo un silencio. Nate miró fijamente a Martha. Ella le devolvió la mirada con más atención.

Finalmente, suspiró, agarró la taza, murmuró un «Gracias» y se dirigió a la puerta trasera.

Tan pronto como se cerró tras él, Diego apoyó los codos en la mesa.

—Se podía cortar la tensión con un cuchillo —dijo.

Martha se echó a reír.

—Ese hombre se pone tan tenso cuando está cerca de Gia que parece la cuerda de una guitarra.

Gia siguió mirando la puerta, con las mejillas calientes y la mente acelerada por cosas que no quería admitir, como el hecho de que el corazón se le había acelerado cuando él había dicho «Mantenme al tanto», o cómo el recuerdo de su mano sobre la de ella la noche anterior aún persistía en su piel.

—Señor, ayuda a ese pobre hombre —comenzó Martha—, o aprenderá por las malas lo que pasa cuando dejas entrar en tu establo a una mujer con opiniones propias y un bonito pelo.

Gia puso los ojos en blanco y resopló. Aquella gente estaba loca. Joder. ¿De dónde habían salido?

—Y le gustará —añadió Diego.

—Puedo oíros —dijo Gia, indignada.

Martha sonrió sin disculparse.

—Cariño, eso es lo que pretendemos, que nos oigas. A ver si también nos oye Nate.

Gia gimió suavemente. «Loca» era quedarse corta. Mejor sería que los encerraran y tiraran la llave al fondo del mar. Muy al fondo.

Al otro lado de la ventana de la cocina, las nubes comenzaron a dispersarse y la luz del sol se filtró a través del gris, iluminando los pastos.

El suave murmullo de las conversaciones persistía en la cabeza de Gia como una radio que no podía apagar, dejándola confundida acerca de sus propios sentimientos.

Se repetía una y otra vez que no debía pensar en ello. Se decía que debía concentrarse en el trabajo, en los animales, en el día que le esperaba. En cualquier cosa menos en cómo Nate la había mirado en aquel establo.

Pero su cerebro era un traidor. Cada vez que parpadeaba, lo volvía a ver. Esa mirada. Ese silencio. Ese algo que ninguno de los dos se había atrevido a nombrar.

Más tarde aquella mañana, Gia fue a la cuadra de Scarlet y revisó que todo estuviera bien. La yegua movía la cola perezosamente, relajada ahora que su cría dormía la siesta en un montón de paja nueva.

—Anoche manejaste todo como una profesional —dijo Jim detrás de ella, con voz despreocupada pero cálida. Estaba apoyado con los brazos en la madera de la puerta—. No todos pueden mantener la calma con Nate vigilándolos.

Gia levantó la vista y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.

—No fue para tanto.

Jim sonrió, con una expresión de diversión en los ojos.

—Ahí está. La primera etapa.

Gia frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—De la etapa de la negación —dijo Jim.

Gia se rio, sorprendiéndose de lo ligera que sonaba su risa.

—Disfrutas mucho tocándole los huevos a Nate, ¿verdad?

—Alguien tiene que hacerlo —dijo Jim con naturalidad, encogiéndose de hombros—. Para que siga siendo humano.

Gia puso los ojos en blanco, pero no pudo ocultar la sonrisa que se dibujó en sus labios.

—Es un hombre un tanto complicado —comentó.

—Esa es una forma de describirlo.

—¿Y cuál sería otra? —preguntó Gia, poniéndose de pie para mirarlo.

Jim inclinó la cabeza, fingiendo pensar.

—Testarudo. Obstinado. Y, aquí entre nosotros, tiene buen corazón. Aunque preferiría tragarse un alambre de espino antes que admitirlo.

Gia sonrió.

—Me parece una buena descripción. —Luego, su voz se suavizó.

Jim captó el cambio en Gia. La forma en que su mirada se desvió durante medio segundo, la forma en que su mano se posó en la crin de Scarlet como si buscara una distracción. No dijo nada más, pero su sonrisa se desvaneció en una expresión más pensativa.

Jim ya había visto esa mirada antes. Solía acabar en desamor o en matrimonio, y por allí, las probabilidades eran de cincuenta a cincuenta sobre qué llegaría primero.

Al otro lado del rancho, Nate estaba de pie junto a la cerca, a la sombra de un viejo roble que llevaba allí más tiempo que la casa, observando pastar a los caballos. Tenía los brazos cruzados, pero no con su actitud defensiva habitual, sino como si intentara evitar que algo se le escapara.

Desde donde se encontraba, podía ver a Gia en la puerta del establo, con el pelo dorado brillando bajo la luz del sol, los hombros relajados por una vez, riéndose de algo que Jim había dicho. Era un sonido que no oía a menudo por allí.

Joder, no recordaba la última vez que alguien se había reído así cerca de él (alguien que no fueran Jim o Diego). No de forma educada o forzada. De una forma auténtica, cálida, espontánea, viva.

El sonido lo golpeó en algún lugar cuya existencia no quería admitir.

No eran celos, no exactamente. (Bueno, quizás un poco). Era más como… añoranza. Una especie de dolor que era mitad recuerdo y mitad algo nuevo. Porque por primera vez en mucho tiempo, el rancho no se sentía tan vacío. Parecía que volvía a respirar, y ella era la razón.

La miró unos segundos más, con la mandíbula apretada y el corazón latiendo de forma incómoda contra las costillas. Después se dio la vuelta, con las botas crujiendo en el barro reseco, y se alejó antes de que alguien viera la más mínima mirada amenazando con delatarlo.