El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Había algunas reglas no escritas que mantenían a Millstone en funcionamiento.

Regla número uno: nunca debías pararte detrás de un caballo a menos que llevaras casco y desearas morir.

Regla número dos: nunca debías discutir con Martha a menos que disfrutaras perdiendo en tiempo récord.

Y la regla número tres, la que estaba grabada en cada alma que alguna vez había trabajado en aquellas tierras: cuando llovía en Millstone, diluviaba. Sobre todo en primavera. Así que había que ponerse a cubierto cuanto antes.

No era una llovizna suave, ni era una neblina de un escenario gótico. Era lluvia de verdad. Una lluvia que rompía los techos, llenaba los abrevaderos en minutos y hacía que el gallo se enfurruñara por no poder cantar. Una lluvia que hacía que el mundo se volviera gris, ruidoso y apocalíptico.

Gia corría entre el barro y la grava, empapada hasta los vaqueros, con el agua goteando por la frente. Las botas chapoteaban a cada paso, pesadas y miserables. Cuando empujó las puertas del establo, la lluvia golpeaba con tanta fuerza el techo de hojalata que parecía que se iba a caer.

En el interior, la atmósfera tenía olor a heno, cuero húmedo y sudor de caballo.

Un aroma que había llegado a encontrar familiar y reconfortante.

La respiración salía entrecortada de sus pulmones mientras se apoyaba en un poste, intentando escurrirse el pelo.

El barro le manchaba las manos, la chaqueta y los vaqueros.

Se sentía estúpida y demasiado llena de unas emociones que no podía contener, después de lo que había ocurrido en el comedor.

—Perfecto —murmuró, apartándose los mechones húmedos de los ojos—. Justo lo que necesito. Una hipotermia.

Había salido a caminar y se había encontrado poco menos que con el diluvio universal.

Trueno, su espectador más crítico, se movió en la cuadra, sacudiendo la crin como si incluso él pensara que ella había perdido la cabeza.

—No empieces —le dijo Gia, frotándole el hocico con la mano—. Al menos tú no tienes que compartir mesa con una supermodelo francesa y un hombre que, aparentemente, no tiene sentimientos.

El semental resopló, y Gia dejó escapar un suspiro.

—Sí, es así.

La lluvia seguía cayendo, implacable. Gia cerró los ojos y la escuchó, deseando que el sonido simplemente se lo llevara todo.

Por supuesto, fue exactamente en ese momento cuando oyó unas botas. Pasos pesados, rápidos, inconfundiblemente de Nate.

Se le encogió el estómago antes siquiera de levantar la vista.

Nate estaba de pie en la puerta, empapado por la lluvia y con una expresión indescifrable en el rostro.

La camisa se le pegaba al cuerpo, el pelo a la frente, y sus ojos estaban ensombrecidos por la luz parpadeante de las bombillas del techo.

Cuando sus miradas se encontraron, ninguno de los dos habló.

El único sonido era la tormenta y la respiración lenta y regular de los caballos.

El corazón de Gia latía con un furor traicionero que la hacía odiarse un poco. ¿Por qué Nate tenía ese efecto en ella? Tragó saliva, se dio la vuelta y se concentró en apretar el pestillo de la cuadra de Trueno.

Nate entró, lento pero seguro, como si supiera que ella podría salir corriendo si se movía demasiado rápido.

—Gia —dijo finalmente, con la voz ronca, casi ahogada por el sonido de la lluvia.

—No —lo interrumpió ella, cortante y cansada—. Si has venido a excusarte, no lo hagas, y si has venido a defenderla... no lo hagas.

Nate exhaló, pasándose una mano por la nuca, un gesto demasiado humano para la furia que ella sentía en ese momento.

—He venido porque estabas caminando bajo una maldita tormenta.

—Felicidades —murmuró Gia sin darse la vuelta—. Te has dado cuenta.

Él se acercó.

—Dios mío, mujer, ¿acaso quieres morir de una pulmonía?

—Qué exagerado eres —dijo Gia, mirándolo al fin.

—¿Exagerado? —repitió Nate.

—Sí, exagerado. No me va a pasar nada por mojarme un poco bajo la lluvia.

—Estás loca. —Nate sacudió la cabeza.

—¿Más que Daphne? —espetó Gia.

Nate apretó la mandíbula y una sombra cruzó sus ojos. Durante unos segundos no habló. Estaba empapado y el agua resbalaba por su pelo oscuro.

—¿Crees que he buscado este circo?

Gia se cruzó de brazos, con el agua aún goteando de su ropa.

—No lo sé. A los hombres os gusta tener a las mujeres revoloteando alrededor vuestro.

—Yo no soy cómo el resto de los hombres —aseveró Nate.

Gia abrió la boca, a punto de responder algo, seguro que alguna de sus ironías, pero de pronto se escuchó un relincho agudo al fondo del establo. Ambos giraron la cabeza rápidamente hacia el sonido.

—Es Scarlet —dijo Gia al instante. Su voz cambió, volviéndose más firme y profesional—. Iba a parir cualquier día de estos...

—Vamos —dijo Nate, poniéndose en movimiento.

Y así, la discusión se terminó. El instinto se impuso a cualquier otra cosa.

Corrieron rápido por la hilera de cuadras.

Sus pasos resonaban con fuerza contra el suelo, mientras se dirigían hacia donde se encontraba la yegua.

Scarlet caminaba de un lado a otro, nerviosa, con los músculos tensos y los ojos muy abiertos, con ese toque salvaje que indicaba que estaba pasando algo.

Antes de que Nate pudiera decir nada o dar cualquier indicación, Gia ya estaba en la cuadra. Se arrodilló junto a la yegua y comprobó su respiración. Su voz era serena, aunque el corazón le latía con fuerza.

—Tranquila, cariño. Tranquila. Estás bien —susurró.

Nate se quedó de pie junto a ella, silencioso pero pendiente. La lluvia azotaba con más fuerza. Sin embargo, allí dentro, todo se reducía a los costados agitados de la yegua, a la voz de Gia y a la silenciosa presencia de Nate a su lado.

—Ya ha empezado con las contracciones —dijo Gia, apartándose el pelo de los ojos—. Se ha adelantado un poco, pero no hay peligro. Necesito mantas y...

—Yo las traigo —atajó Nate, dirigiéndose al cuarto de aperos.

Cuando regresó, llevaba los brazos llenos de mantas, la camisa pegada a la espalda y un tenue vapor se elevaba de su piel en el aire fresco del establo. Gia no lo miró directamente, pero lo sintió. Demasiado cerca. Demasiado sólido.

Trabajaron codo con codo durante lo que parecieron horas, aunque probablemente fueron solo minutos.

La tormenta rugía, el viento silbaba entre las grietas y los truenos retumbaban con tanta fuerza que el suelo parecía temblar.

Pero dentro del establo, solo estaban ellos, con sus voces bajas y sus movimientos sincronizados.

Cada vez que sus manos se rozaban, ella lo sentía. Cada vez que Nate la miraba (esas miradas fugaces cuando ella estaba concentrada en la yegua y él en ella), algo se oprimía en su pecho.

Cuando Scarlet por fin se tranquilizó y empezó a respirar más despacio, Gia se apoyó en la puerta de la cuadra, agotada pero aliviada.

—Está bien —dijo en voz baja—. Se ha asustado, pero el parto sigue su curso.

Nate asintió, con la mano aún apoyada en la parte superior de la puerta. Estaba tan cerca que ella podía notar su calor incluso a través del aire húmedo. Durante un rato, ninguno de los dos dijo nada más.

—No deberías haberte ido así de la mesa —dijo Nate, rompiendo el silencio.

Gia lo miró con ojos cansados.

—Y tú deberías haber dicho algo.

Nate exhaló, emitiendo un sonido a medio camino entre el arrepentimiento y la derrota.

—La mejor manera de desarmar a Daphne es ignorarla, no darle el oxígeno de una respuesta —dijo.

Gia lo observó. Tenía el pelo mojado, los ojos oscuros, y las facciones desgastadas como si hubiera mantenido su vida unida con alambre de púas.

—No era el momento de quedarse callado, su intención era humillarme —repuso Gia—. No puedes quedarte siempre en silencio.

Nate la miró durante unos largos segundos, como si quisiera decir algo, como si pudiera hacerlo. Pero apartó la mirada, rompiendo el momento antes de que pudiera convertirse en algo más.

La yegua estaba en el suelo, con los costados agitados y respirando con fuerza. La lluvia tamborileaba en el techo, constante y sin fin, resbalando por la chapa con un ritmo que parecía un latido.

El aroma a paja húmeda, sudor y tormenta llenaba el aire, intenso, vivo, eléctrico. Gia se arrodilló junto a la yegua, y palpó su tripa con cuidado. Su voz sonó serena a pesar de tener el pulso a mil por hora.

—Ya falta poco —murmuró, presionando la palma de la mano en el costado de la yegua, buscando el movimiento de la cría—. Está lista. Nate, necesito mi equipo. Está en el cuarto de aperos.

Antes de que terminara, Nate ya se dirigía hacia allí.

—Voy a por él.

El sonido de sus botas se desvaneció un instante y luego regresó.

Ni siquiera habló, simplemente lo dejó todo a su alcance, como si lo hubiera hecho cientos de veces.

Era extraño lo rápido que cogían el ritmo, sin discusiones, sin vacilaciones, sin orgullo de por medio.

Solo instinto y confianza el uno en el otro.

La lluvia azotaba con más fuerza, convirtiendo el tejado en un tambor. Los relámpagos destellaban azules a través de las ventanas, iluminándolos con breves destellos.

Cada vez que retumbaba un trueno, Scarlet se estremecía, y Gia murmuraba palabras suaves para tranquilizarla.

—No te preocupes, cariño —susurró, apartando un mechón de la crin de los ojos de la yegua—. Estás bien. Y tu pequeño también. Respira. Y nosotros estamos aquí para ayudarte.

Detrás de ella, Nate se agachó.

—Está luchando —dijo, casi con reverencia—. Es una chica muy dura.

—Como su dueño —murmuró Gia, con un tono mitad distraído, mitad serio.

Cuando levantó la vista, los ojos de Nate la miraban con esa expresión desprevenida que le aceleraba el corazón. Pero no tenía tiempo para pensar en ello. La yegua gruñó, se revolvió, y Gia volvió el rostro hacia ella.

—Bueno —dijo, sin aliento—. ¡Ya viene!

Los minutos se alargaron. Y se hicieron aún más largos. Sus manos se movían expertas, guiando, apoyando, trayendo una nueva vida al mundo. Las patas delanteras del potrillo empezaron a asomar con la placenta.

La voz firme de Nate murmuraba de fondo con preguntas, confirmaciones y palabras de aliento. Y juntos realizaban un trabajo en equipo que no necesitaba contacto visual para funcionar.

—Lo estás haciendo muy bien —dijo Nate, animado a la yegua.

Poco a poco, el potrillo fue saliendo, hasta que, con una última contracción, Scarlet expulsó las patas de atrás. Con cuidado, Gia rompió la placenta y la quitó del cuerpo del recién nacido para que pudiera respirar. El pelaje era del mismo color que el de la madre.

—Aquí está —dijo Gia, orgullosa.

La yegua los miró parpadeando, temblorosa, con las patas dobladas torpemente bajo ella. Cansada, frágil e increíblemente viva. El rostro de Gia se iluminó mientras limpiaba a la recién nacida (porque era una potrilla). Su voz se volvió suave.

—Hola, pequeño milagro. Bienvenida a esta locura —dijo.

Nate se acuclilló junto a Gia. Su expresión cambió, la dureza desapareció de su rostro, reemplazada por algo tranquilo y casi infantil. Miró a Scarlet como si estuviera viendo algo sagrado.

—Lo has logrado —dijo a Gia en voz baja, aliviado de ver que todo había salido bien.

Gia lo miró, todavía sonriendo.

—Lo hemos logrado —matizó.

Nate la miró fijamente, la miró de verdad, y algo cambió en el aire. Era sutil pero profundo.

Las gotas de lluvia seguían golpeando el techo. Scarlet acarició con el hocico a su recién nacida, y ese tierno gesto maternal llenó el establo. Nate seguía mirando a Gia. No había apartado los ojos de ella.

—Lo has hecho muy bien —dijo.

Las palabras eran sencillas, pero le llegaron al alma. Demasiado.

—Gracias —murmuró Gia—. Tú también.

Nate asintió en silencio. El aire zumbaba a su alrededor con todo lo que ninguno de los dos pronunciaba.

Gia seguía arrodillada, con las manos apoyadas en los muslos, y cuando levantó la vista, Nate estaba más cerca que hacía un momento.

Observó la barba incipiente en su mandíbula, la línea húmeda de su garganta, las arrugas de cansancio grabadas en el rostro…

El silencio se prolongó hasta que pudo sentir el pulso en la punta de los dedos.

Cuando la tormenta empezó a amainar, la lluvia se suavizó y se convirtió en llovizna, y los truenos se alejaron, Scarlet y su cría descansaban tranquilas entre la paja.

El mundo exterior parecía más sereno, más limpio.

Como si el valle en el que estaba ubicado el rancho hubiera exhalado, permitiéndoles a ambos respirar de nuevo.

Nate se levantó primero, y extendió una mano hacia Gia.

—Vamos —dijo.

Gia dudó lo justo para que su orgullo protestara, pero la tomó de todos modos. La mano de Nate era cálida, firme, callosa. Cuando la levantó, sus dedos se quedaron entrelazados más tiempo del necesario. Ninguno tenía prisa por soltarse.

—Supongo que debería agradecerte que vinieras a buscarme —dijo Gia, sacudiéndose los restos de paja de los vaqueros. Su voz sonó más baja de lo que pretendía, cansada, pero sincera.

—Supongo que debería agradecerte que hayas atendido el parto de mi mejor yegua —respondió Nate, y hubo un destello de algo cercano al humor en su tono.

—Entonces… ¿estamos en paz? —preguntó Gia.

Él sonrió, apenas, pero lo suficiente como para que el corazón de Gia volviera a acelerarse como un traidor.

—Ni de cerca —bromeó Nate.

Gia rio.

Durante un largo instante, se quedaron en silencio. No era romántico como en una película. No había música envolvente, ni besos bajo la lluvia, pero había algo más real.

Entonces, como era previsible, la salvación (o la ruina) llegó en forma de la voz de Martha rompiendo el silencio.

—Bueno —dijo desde la puerta del establo, con un tono demasiado alegre para las seis y media de la mañana—, parece que la lluvia ha hecho más que mojar los pastos esta noche.

Gia saltó como si la hubieran pillado cometiendo un delito. Retiró la mano bruscamente, con las mejillas ardiendo.

—Estábamos... —murmuró.

—Atendiendo el parto de Scarlet —dijo Nate rápidamente, frotándose la nuca como un hombre que sabe lo inútil que es intentar explicarle algo a Martha.

—Mmmm… —dijo Martha, con esa sonrisa en la voz que era imposible pasar por alto—. Llamarlo como queráis.

—Es la verdad, Scarlet ha dado a luz a una potrilla —intervino Gia.

—Por supuesto —dijo Martha—. Aquí os dejo un poco de café.

Apoyó un termo y un par de vasos de plástico sobre un paquete de paja, se dio media vuelta y regresó a la casa, tarareando entre sonrisillas.

Gia se quedó observando cómo se alejaba.

—Nunca va a olvidarlo, ¿verdad?

—Nunca —afirmó Nate. Su tono era inexpresivo, pero una leve sonrisa se dibujaba en sus labios.

—Genial —murmuró Gia. Pero también sonrió, de forma pequeña, silenciosa e involuntaria.

Por primera vez en semanas, Nate no parecía un hombre atormentado. De alguna manera, se veía más ligero, aunque solo fuera durante unos instantes.

Y mientras la potrilla se ponía en pie por primera vez, temblorosa pero decidida, Gia sintió que algo dentro de ella había cambiado, y tuvo la lenta y aterradora comprensión de que ya había ido demasiado lejos.