El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Gia estaba sentada en el extremo más alejado de la larguísima mesa del comedor, y había decidido en solo un par de minutos que preferiría que la sometieran a una tortura.

Las cenas en el rancho solían ser sencillas y en la cocina.

Un estofado abundante servido en platos desiguales, el pan de semillas que hacía Martha y que siempre se acababa rápido, Nate bebiendo café solo después del postre, y Jim y Diego contando historias de caballos como si fueran héroes de guerra.

Era un ambiente ruidoso, cálido y perfectamente imperfecto.

Pero aquella noche, el comedor parecía sacado de una escena de la serie Yellowstone . El típico episodio formal y absolutamente innecesario.

Las velas ardían con suavidad en candelabros de plata y la porcelana auténtica brillaba bajo la lámpara de araña. La botella de vino, sin duda importada, tenía una etiqueta escrita en francés y probablemente costaba más que el seguro del coche de Gia de todo el año.

El ambiente, que debería haber sido acogedor gracias al aroma del estofado de ternera y las verduras asadas que humeaban en las bandejas, estaba cargado de tanta tensión que casi podía cortarse con los pesados cuchillos de carne.

Martha juró que Daphne Rousseau se había encargado de tanta parafernalia. Gia no lo dudó un segundo.

Aún no entendía por qué tenían que cenar todos juntos. Ella hubiera cenado con gusto sola en la cocina.

—Trabajas aquí, entonces comes aquí, como todos los días —le había dicho Martha.

A Gia le había parecido razonable en aquel momento, hasta que se había dado cuenta de que Daphne no le caía especialmente bien.

Nate se sentó a la cabecera de la mesa con una postura perfecta, los hombros firmes y una mirada más sombría de lo habitual.

No había dicho mucho desde que todos habían tomado asiento.

Su cuchillo cortaba la carne con una precisión casi matemática, como si intentara controlar algo, cualquier cosa, dentro de aquella estancia.

A su derecha estaba Daphne, que no había dejado de sonreír desde que había entrado.

Estaba radiante y perfecta. Era imposible no notarla.

Gia llegó a la conclusión de que cada movimiento que hacía era deliberado.

La inclinación de la cabeza, las sacudidas de la melena, la forma en que sostenía la copa de vino como si fuera un accesorio de seducción.

Frente a Daphne se sentó Jim, que se había ofrecido como voluntario para «ayudar a entretener» a los invitados. Lo cual Gia agradeció.

Y al lado de Jim, en el desafortunado cuarto asiento, estaba ella, intentando con mucho esfuerzo no hacer contacto visual con nadie. Menos con Nate o con Daphne.

Diego se había escaqueado con la excusa de la final de un campeonato de póker que se jugaba en el pueblo. Había sido el más listo de todos, y Martha no se sentó a la mesa justificando que ella era quien servía la cena.

Gia los envidiaba.

—Entonces —comenzó Daphne, con esa perfecta cadencia parisina que destilaba azúcar y humo—, Gia, ¿en serio eres la veterinaria? —Pronunció el nombre de Gia como si fuera una marca de diseñador y no una persona.

Gia esbozó una sonrisa educada.

—Sí. Soy la veterinaria de Millstone —contestó orgullosa.

—Qué... encantador —dijo Daphne, sonriendo por encima de su copa de vino y mirando a Nate mientras tomaba un sorbo lento—. Debes de estar muy ocupada trabajando para Nathaniel. Puede ser muy... —Hizo una pausa—… exigente.

El silencio que siguió se hizo eterno.

Jim sonrió, oliendo la tensión en el aire como un depredador una presa.

—Es un verdadero placer trabajar para Nate. Todo es alegría y cumplidos —intervino con su acostumbrada espontaneidad.

El tenedor de Nate tintineó contra el plato.

—Cuidado, Jim.

Gia cogió la copa y tomó un trago de vino.

—He trabajado con personas peores —dijo.

Jim inclinó su copa hacia ella.

—Eso no dice nada bueno de nuestro jefe. —Y no puedo evitar sonreír.

Daphne inclinó la cabeza, con los ojos brillando de malicia.

—La verdad, Gia, es que tu trabajo me fascina.

Y me horroriza a partes iguales, debo confesarlo.

—Soltó una risita de suficiencia—. Te he visto en el patio con esas botas llenas de...

bueno, Dios sabe de qué estaban llenas. Y no puedo evitar preguntarme cómo puede una chica como tú dedicarse a algo tan... sucio.

Gia apretó los dedos alrededor del mango del tenedor, notando cómo el calor le subía por el cuello.

—Es parte del trabajo. La medicina veterinaria en el campo no se hace en un quirófano esterilizado con el suelo de baldosas blancas. Se hace en el barro, en los establos y en los prados —respondió.

—Supongo —dijo Daphne, inclinando la cabeza con una condescendencia exasperante—.

Pero, sinceramente, meter el brazo entero dentro de una vaca para sacar un ternero, o lidiar con caballos de media tonelada que podrían aplastarte...

No sé, yo jamás podría hacerlo. Me parece un trabajo tan tosco. Tan... poco femenino.

La palabra «femenino» quedó flotando en el aire, pesada y tóxica, tan tóxica como lo era Daphne Rousseau.

Gia sintió que el corazón le martilleaba con fuerza contra las costillas.

La humillación no venía del hecho de que su trabajo fuera sucio, ella estaba orgullosa de cada mancha de barro, sino de la forma en que Daphne lo reducía a algo indigno, intentando hacerla sentir como un bicho raro, como alguien que no encajaba en una mesa civilizada.

—No se trata de ser femenina o no —replicó.

Su voz tembló ligeramente por el esfuerzo de contener la rabia—.

Se trata de salvar vidas. Se trata de tener la fuerza, el conocimiento y el estómago para hacer lo que otros no pueden o no quieren hacer.

Mi trabajo requiere vocación y mucha resistencia.

No me importa ensuciarme las manos si eso significa que un animal va a sobrevivir.

—Bien dicho —intervino Jim de repente. Dejó los cubiertos sobre el plato y miró a Daphne con el ceño fruncido—.

El rancho no duraría ni una semana sin veterinarios dispuestos a meterse en el barro, a implicarse al cien por cien.

Es un trabajo de valientes, de gente con agallas.

Y Gia tiene más agallas que muchos de los mozos de cuadra que han pasado por aquí.

Gia agradeció las palabras de Jim. Pero casi por inercia, sus ojos se desviaron hacia Nate.

¿Por qué cojones no decía nada? ¿Acaso pensaba lo mismo de su trabajo que Daphne?

Para Gia, su silencio era un golpe mucho más feo que los comentarios venenosos de aquella mujer.

Esperaba que en algún momento levantara la vista, que dijera algo, cualquier cosa .

Que le dijera a Daphne Rousseau que se equivocaba, que él valoraba lo que ella hacía, independientemente de que fuera hombre o mujer.

Pero Nate siguió cortando la carne. Silencioso. Inmóvil.

Daphne notó la mirada de Gia hacia él y su falta de respuesta. Una sonrisa minúscula, casi imperceptible y cargada de triunfo, asomó a sus labios.

Gia sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

La comida en el estómago se volvió de plomo y una sensación de frío le recorrió la espina dorsal.

El silencio de Nate era como una confirmación de que, en el fondo, tal vez él también pensaba lo mismo que Daphne, o peor aún, que no valía la pena enfrentarse a Daphne por ella.

La humillación le quemó las venas. ¿Qué coño se había creído?

De repente, el sonido de la silla de madera arrastrándose bruscamente contra el suelo rompió la tensión.

Gia se puso de pie de un salto. Tiró la servilleta sobre la mesa, al lado de su plato a medio terminar.

—Perdonadme —dijo—. Creo que ya he tenido suficiente de... sea lo que sea esto.

No miró a Daphne. Y, por supuesto, no miró a Nate.

La sonrisa de Daphne se mantuvo en los labios. Era una de esas sonrisas que ganaba guerras sin necesidad de levantar un arma.

Nate alzó la vista rápidamente.

—Gia... —la llamó.

Pero ella ya salía por la puerta del comedor. El sonido de sus zapatillas resonó por el pasillo como el punto final de una pelea que no había empezado, pero en la que, sin saber cómo, había terminado metida.

Ya iba a medio camino de su habitación, en el otro extremo de la casa, cuando oyó las botas de Nate detrás de ella. Era ese paso pesado y firme que siempre transmitía control.

—Gia, espera —dijo Nate, con la voz más áspera de lo que ella jamás la había escuchado.

Pero no se dio la vuelta.

—No, ya lo he entendido —respondió sin detenerse.

Nate la agarró del brazo y la obligó a girarse. Gia no dijo nada, pero el contacto de sus dedos fue como fuego.

—¿De qué demonios hablas? —preguntó Nate.

—Esa tía es una petarda —soltó Gia sin morderse la lengua—. Yo no debería haber estado en esa cena, solo soy una empleada.

Nate exhaló el aire bruscamente y se pasó una mano por el pelo, con los dedos agarrotados por la frustración.

—Eso no es así.

—¿Ah, no? Porque yo me he sentido así. No ha parado de tratar de humillarme.

—Daphne simplemente se ha presentado aquí —dijo Nate, con la tensión palpable en la voz—. Yo no la he invitado.

Gia se cruzó de brazos.

—Pero tampoco la has detenido.

Nate apretó la mandíbula.

—¿Crees que te debo una explicación?

La risa de Gia fue corta y amarga.

—No, por supuesto que no —dijo—. Pero tampoco me tenías que haber obligado a compartir mesa con ella. Es insufrible.

Durante un instante, ninguno de los dos se movió del sitio.

El aire entre ellos se cargó con ese algo extraño con lo que se cargaba cuando estaban cerca el uno del otro.

Nate se acercó un paso más, y de repente el pasillo pareció más pequeño.

Gia pudo oler la tenue mezcla de gel y cuero que desprendía su cuerpo, advertir la tensión en sus hombros y el destello del conflicto que yacía en el fondo de sus ojos.

—No deberías haber tenido que aguantarla —dijo finalmente Nate, casi como si se disculpara.

—Entonces tal vez deberías decírselo a ella —replicó Gia.

Parecía que él quería hacerlo, como si las palabras estuvieran ahí, aferradas a su garganta, pero la batalla que se libraba en su cabeza ganó. Abrió la boca y la volvió a cerrar. Apartó la mirada. La distancia emocional entre ellos volvió a abrirse de golpe.

Gia se rio suavemente, pero sin gracia alguna.

—Claro. Claro. No expliques nada. No sientas nada. Dios no permita que alguien piense que Nathaniel Kenwood es humano —dijo.

Sus palabras impactaron en él, y durante un instante, pareció como si hubiera tocado algo real en su pecho. Pero Gia pensó que había sido producto de su mente. No esperó a que Nate se recuperara. Se dio media vuelta, abrió la puerta de su habitación y se metió en ella.

De vuelta en el comedor, Daphne hacía girar su copa de vino, completamente despreocupada. Una leve sonrisa burlona se dibujaba en sus labios.

—Es encantadora —dijo sin dirigirse a nadie en particular, con un tono que sonaba a burla, pero que bien podría ser solo aburrimiento.

Jim se recostó en la silla, estirando los brazos tras la cabeza.

—No tienes ni idea de cuánto —dijo con una sonrisa mordaz.

Martha recogió los platos con un resoplido. Después desapareció en la cocina.

En el pasillo, Nate se quedó paralizado, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Durante un rato no se movió. Todavía no.

Cada instinto en él gritaba que entrara en la habitación, que se disculpara, que le explicara, que dijera...

algo. Pero las palabras se le quedaron atrapadas entre los dientes.

Porque la verdad era que no sabía qué demonios le diría si ella decidía escucharlo.

Ni siquiera estaba seguro de saber por dónde empezar.

Se suponía que Gia no debía importarle tanto. No a él. No cuando aún llevaba consigo fantasmas que nunca había enterrado del todo.

Su mano se cerró en un puño contra el marco de la puerta, hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Pero se quedó donde estaba, atrapado entre el pasado y el presente, entre la vida de ahora y la vida de la que todavía huía.