El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

Luego se dedicó a hacer ruido con las tazas y las cucharillas a propósito. Era ya muy mayor para aquel tipo de dramas, llevaba muchos años viendo a la gente intentar engañar a sus propios fantasmas.

Nate dio un par de zancadas y se acercó a la mesa. Apoyó las manos sobre ella como si la habitación le diera vueltas.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte, Daphne? —preguntó. Su tono era tranquilo, pero su mirada no tanto.

Daphne recorrió el borde de la mesa con un dedo de uñas impecables.

—Unos días —respondió—. Tengo que hacer un trabajo de modelaje en Louisville y ya sabes lo poco que me gustan los hoteles.

Gia estaba de pie cerca de las puertas del establo, comprobando, en un periodo de cinco minutos, que no se avecinaba tormenta por tercera vez.

No estaba mirando la casa directamente. Solo estaba...

mirando en esa dirección. Por casualidad.

Para estar al tanto de la situación. Y por la seguridad de los caballos, obviamente.

Se lo repitió a sí misma tres veces, y luego una cuarta vez más despacio, porque incluso las mentiras siempre suenan más reales si las repites lo suficiente.

A través de la ventana de la cocina, logró vislumbrar la mano de Daphne (con sus uñas perfectamente pintadas de rojo) quitando una pelusa invisible del hombro de Nate. Él no se inmutó ni retrocedió. Simplemente se quedó quieto.

A Gia se le revolvió el estómago. Pero no eran celos, porque eso significaría que Nate le importaba más allá de lo estrictamente profesional. Lo cual no era cierto. O al menos, eso intentaba creer.

Jim apareció a su lado como un fantasma, sosteniendo una jarra con limonada y un vaso que le había dado Martha.

—Parece que estás a cinco segundos de apuñalarla con un bisturí —dijo.

Gia parpadeó, sorprendida por su comentario.

—¿Qué? No. Solo estoy comprobando que no se acerca una tormenta.

—Ya —asintió Jim, tan solemne como un sacerdote—. Más bien estás comprobando cómo la tormenta que está dentro de la casa le deja el pintalabios en la cara a tu jefe.

Gia se giró bruscamente.

—Le ha dado un beso en la mejilla —matizó.

Diego pasó andando, secándose el sudor del cuello con un pañuelo y sonriendo como alguien que disfruta viendo arder el mundo.

—Dale un día y será en la boca —afirmó.

—Vosotros dos sois… unos cabrones —dijo Gia, pero sonó más bajo de lo que pretendía. Su voz no tenía la firmeza habitual. Sonaba pesada, como suenan las palabras cuando esconden algo detrás.

—Estamos aburridos —dijo Jim con naturalidad—. Este rancho es muy monótono desde la Navidad pasada. Déjanos disfrutar un poco del cotilleo.

Tommy, el mozo de cuadra de diecinueve años que llevaba diez minutos sin mover la escoba que tenía en la mano, intervino con los ojos como platos.

—Parece una escena de película.

—Y tanto que lo parece —dijo Jim —. De esas películas en las que una mujer preciosa destruye al protagonista antes de que empiece el segundo acto.

Gia no se rio. Lo intentó, pero la risa se le quedó atascada en la garganta. Giró el rostro y miró de reojo a los dos hombres.

Al atardecer, los chismes se habían extendido por el rancho como un reguero de pólvora en un campo de malas hierbas secas.

Martha parecía haber envejecido cinco años en apenas cinco horas y Diego hacía apuestas con Jim sobre si Daphne tenía o no un billete de ida pronto.

Nate, mientras tanto, se había encerrado en su oficina. Tenía las cortinas a medio correr y una botella de whisky casi vacía junto a una pila de libros de contabilidad a los que no prestaba atención. Miraba fijamente a la nada, o quizás lo miraba todo.

La foto de Victoria seguía en el cajón, que permanecía abierto. Nate podía sentir el peso de los recuerdos en el aire, como si la propia casa supiera que él se había venido abajo.

Gia pasó por delante de la ventana del despacho, andando con pasos suaves y con el corazón latiéndole más fuerte de lo que quería admitir.

No tenía intención de mirar, pero lo hizo.

Bastó un rápido vistazo a través del cristal para verlo sentado detrás del escritorio, con la cabeza entre las manos, aplastado por el peso del pasado.

Quiso llamarle a través de la ventana. Quiso preguntarle si estaba bien.

Pero no lo hizo. Porque no era su trabajo. Ella no estaba allí para eso.

Siguió caminando hacia el establo, donde el aire olía a heno, a caballos y a una silenciosa decepción.

Se dejó caer sobre un paquete de paja, contemplando cómo la luz del atardecer se desvanecía entre las tablas de madera, y se convenció de que todo estaba bien.

Que aquella extraña punzada en el pecho no era nada.

Que era estúpido preocuparse por un hombre que claramente pertenecía a otra historia, una que se había escrito mucho antes de que ella apareciera.

Pero mentirse no sirvió de mucho. De hecho, no sirvió de nada. Porque en el fondo, sabía que ya no se trataba solo de atracción. No era curiosidad, ni un simple capricho. Era el comienzo de un sentimiento que no podría detener, aunque quisiera.

¿Y Daphne Rousseau?

Ella no era solo una mujer enamorada de Nate. Era un espejo que reflejaba todas las razones por las que Gia nunca encajaría en el mundo de Nathaniel Kenwood.

Desde la ventana de la cocina, Martha había observado a Gia cruzar el patio con los hombros encorvados, cabizbaja, y con la mirada perdida en el suelo. Suspiró, apretando las manos contra el borde del fregadero, emitiendo un sonido suave y algo apenado.

—Ay, Nate —murmuró, más para sí misma que para cualquier otra persona—. No puedes encerrar a tus fantasmas y a tu corazón en la misma habitación, porque uno de los dos va a terminar rompiéndose.