El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Había tormentas que se veían venir, las que se formaban lentamente, en las que las nubes se oscurecían y los truenos te advertían con cortesía en el horizonte.

Y luego estaban las tormentas que llegaban sin previo aviso, con tacones de diez centímetros, gafas de sol de diseñador y una actitud capaz de incendiar el mundo.

Aquel día llegó una del segundo tipo.

La mañana había comenzado con normalidad.

La típica mañana en Kentucky, lenta y polvorienta, donde el tiempo parecía perezoso y despreocupado.

Gia estaba en el establo, con las mangas remangadas hasta los codos y el pelo recogido en una trenza que ya cedía a la humedad.

Estaba agachada junto a Trueno, el enorme semental negro que había resultado tener la paciencia de un buda, mientras ella no paraba de murmurar en voz baja.

Sus vaqueros estaban manchados de tierra, tenía una bota desatada y el café se había enfriado encima de uno de los postes.

Estaba a punto de inspeccionarle los cascos cuando advirtió el sonido.

El ronroneo felino de un motor que no debería estar en un camino rural.

Sonaba caro, elegante, hecho para la ciudad.

Era uno de esos sonidos que hacía que cualquier trabajador de un rancho levantara la vista, porque allí nadie conducía nada que no estuviera cubierto por una espesa capa de polvo.

Gia alzó la cabeza y entrecerró los ojos hacia las puertas abiertas del establo. Por el largo tramo de grava, un coche negro se deslizaba como si flotara a varios centímetros del suelo. Se detuvo cerca de la casa principal, brillante, pulido y claramente fuera de lugar.

Y entonces la puerta se abrió.

De él se apeó una mujer que parecía salida de otro mundo, o tal vez de un anuncio de perfume.

Piernas largas, pelo perfecto y un vestido rojo escarlata que le sentaba como si hubiera sido confeccionado por el mismísimo pecado.

Llevaba unos tacones que desafiaban la física y unas gafas de sol que costaban más que el alquiler mensual de la mayoría.

Gia parpadeó una vez, dos veces.

—Tiene que ser una broma —masculló.

Detrás de ella, Jim silbó por lo bajo.

—Vaya… O alguien ha pedido problemas a domicilio, o el desastre simplemente aparece envuelto como regalo.

Desde el otro lado del pasillo, Diego, que solía mantenerse impasible incluso cuando medio establo estaba en llamas, se santiguó.

—Ay, Dios. Es la francesa.

Gia se giró hacia él.

—¿La francesa?

Diego asintió con gravedad, como si anunciara una muerte.

—Daphne Rousseau. La excuñada de Nate.

Gia parpadeó.

—¿Excuñada? —repitió.

—Sí —murmuró Diego—. La viuda de su difunto hermano. Un huracán con pintalabios rojo que viene de vez en cuando a tantear el terreno.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Gia.

—Que está enamorada de Nate —soltó Diego sin preámbulos.

—Oh —murmuró Gia.

Daphne Rousseau no caminaba. Se deslizaba. El aire parecía abrirse a su paso. Ni siquiera se trataba solo de belleza, aunque le sobraba, se trataba de presencia. Tenía esa confianza inquebrantable y natural que decía: «sé exactamente lo que quiero y te reto a que intentes detenerme».

Se dirigió al porche como si la tierra bajo sus pies le perteneciera.

El viento no se atrevía a tocar su pelo e incluso el polvo parecía vacilar a su alrededor.

Al llegar a los escalones de la entrada, se quitó las gafas de sol de forma lenta y teatral, revelando unos ojos que podrían cortar el cristal. Y entonces sonrió.

No era una sonrisa educada. Era una sonrisa que decía: «estoy aquí y a todos debería importarle».

Y como el universo disfrutaba de la crueldad poética, ese fue exactamente el momento en el que Nate salió de la casa.

Se quedó paralizado. Totalmente inmóvil. Con las manos metidas en los bolsillos, los hombros erguidos y la mandíbula apretada. El hombre que nunca se inmutaba ante nada (ni toros, ni sementales, ni tormentas) se detuvo en seco al ver a aquella mujer vestida de rojo.

—Nathaniel —dijo Daphne con voz suave y cadenciosa, con ese ligero acento francés que suavizaba su nombre y lo convertía en algo peligroso—. Te ves... exactamente igual que siempre.

Él se le quedó mirando durante un momento, lo suficiente como para que pareciera toda una vida.

—Yo puedo decir lo mismo de ti —respondió Nate.

Ella rio, con un sonido bajo y aterciopelado.

—Veo que sigues siendo igual de encantador.

Gia no debería haber podido escucharlos desde el establo, pero de alguna manera lo hizo. Quizá el sonido viajaba mejor cuando había un drama de por medio y el viento soplaba a favor. O quizás al universo simplemente le gustaba complicar las cosas.

Daphne se acercó. Y entonces, como en una escena de película se inclinó y besó la mejilla de Nate.

No fue un beso rápido. Tampoco inocente.

Fue un beso de los que se daban para dejar huella, mientras sus ojos, afilados como diamantes, pasaban rápidamente por encima del hombro de él y se fijaban en Gia.

Fue una mirada breve, pero deliberada. La mirada de una mujer que ya había decidido que estaba jugando a un juego que Gia ni siquiera sabía que existía.

A Gia se le aceleró el pulso, y el estómago le dio ese vuelco traicionero que tanto odiaba. Intentó convencerse de que era solo curiosidad, interés cotilla, pero la verdad era más compleja, y ella lo sabía.

—Bueno —dijo Jim finalmente, apoyándose en la pared—, parece que la telenovela ha vuelto después de los anuncios.

—Ni se te ocurra disfrutar de esto —intervino Diego.

Tommy, el mozo de cuadra más joven del rancho, miraba con los ojos muy abiertos, sosteniendo la escoba como si fuera de atrezo.

—Parece una estrella de cine —comentó.

—Sí, lo es —dijo Diego con tono sombrío—. Solo que no en las películas, sino en las pesadillas de los hombres.

Gia fingió estar muy concentrada en Trueno, quitándole una mota de polvo inexistente del pelaje.

—¿Qué hace aquí? —preguntó, intentando sonar despreocupada.

Jim sonrió.

—Viene a arruinar la paz —respondió, en voz baja y conspirativa.

—¿Tú qué crees que hace una mujer visitando al hombre del que está enamorada?

A Gia no le gustó la respuesta. Y por alguna extraña razón sintió una opresión en el pecho.

—La pintáis como si fuera la villana de una telenovela —dijo, tratando de disimular lo que estaba pasando por su cabeza.

Diego la miró fijamente.

—Es que es la villana —dijo—. El hermano de Nate murió practicando salto BASE y Nate se convirtió en el paño de lágrimas de Daphne.

—Ella siempre estuvo enamorada de Nate —añadió Jim.

Gia miró hacia el porche. Nate y Daphne seguían hablando.

—¿Tuvieron algo? —se atrevió a preguntar.

Diego se encogió de hombros.

—Nadie lo sabe —respondió.

Nate acompañó a Daphne hacia el interior de la casa, y el rancho pareció contener la respiración (o por lo menos la gente que habitaba en él). El cielo se tiñó de ese extraño dorado miel que aparecía justo antes del atardecer.

Y desde la ventana del establo, Gia los observaba, diciéndose para sus adentros que solo estaba curioseando.

Pero no engañaba a nadie. Y menos a sí misma.

Porque cuando Nate miró hacia atrás, solo una vez y de forma breve, no miró a Daphne. Miró hacia el establo. Hacia Gia.

Y esa única mirada dijo más que cualquier conversación.

Jim lo captó y cogió aire.

—Ahora hay dos tormentas —murmuró.

Dentro de la casa, el aire era diferente, más espeso y perfumado, como si a todos les costara respirar a su alrededor.

Daphne Rousseau no solo entraba en una habitación, se adueñaba de ella.

Sus tacones resonaban en el suelo con un ritmo lleno de confianza, y hasta las fotografías enmarcadas parecían enderezarse a su paso.

Se detuvo en la entrada, como si esperara a que alguien anunciara su llegada.

Martha fue la primera en aparecer. Estaba de pie en el umbral de la cocina, sosteniendo un trapo en una mano y mirando con incredulidad.

—Vaya —dijo, con voz serena, pero con los ojos muy abiertos—, la hija pródiga francesa ha vuelto.

El rostro de Daphne se iluminó con una sonrisa radiante y ensayada.

—¡Martha! —exclamó, acercándose con los brazos extendidos en un torbellino de perfume y movimiento.

Se inclinó para besarla en ambas mejillas, pero sin llegar a tocarla. Solo acercó el rostro al de Martha, como si aquel gesto de cariño fuera una simple exhibición para el público.

—Veo que sigues manteniendo este lugar en pie —comentó Daphne.

—A duras penas —murmuró Martha, observando el vestido rojo como si fuera un peligro de incendio.

Daphne no se dio cuenta, o no le importó.

Estaba demasiado ocupada girándose hacia Nate.

Él estaba apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados, con los ojos llenos de nubes de tormenta.

No se movió para hacerle más cómoda la bienvenida ni sonrió.

Solo la observaba en silencio, como quien mira una mecha ardiendo demasiado cerca de la pólvora.

—Pensé en pasar a ver cómo estaba el imperio de mi vaquero favorito —dijo Daphne con ligereza, como si eso lo explicara todo.

El tono de Nate era sereno, pero la mandíbula le temblaba por la tensión.

—A Kentucky no se pasa de camino desde París —dijo.

Daphne inclinó la cabeza y frunció los labios.

—¿Quién ha dicho que vengo de París? Estaba en Lexington.

Hubo una pausa. Nate frunció el ceño, escudriñando su rostro.

—¿Por qué estás aquí?

Daphne se encogió de hombros y, de alguna manera, incluso ese gesto pareció coreografiado. Un roce, un rastro de perfume y un suspiro calculado.

—Quizás echaba de menos la que fue mi casa cuando pasé el peor momento de mi vida.

—Entiendo —dijo Nate.

El silencio se alargó demasiado. Martha, sintiendo que las paredes se cernían sobre ella, decidió que preparar café era más seguro que quedarse allí mirando.

—¿Queréis un café? —ofreció con un tono más animado, agarrando una taza como si la cafeína fuera a salvarla de la incomodidad que se respiraba en la cocina.

Daphne sonrió con dulzura.

—Oh, no, gracias. Solo tomo espresso.

—Claro —murmuró Martha, sin molestarse en bajar mucho la voz. Había cosas que no cambiaban.