CAPÍTULO 11
Había pocas cosas más peligrosas en un rancho que la curiosidad.
Los coyotes, los sementales salvajes o las tormentas no eran tan peligrosas como la curiosidad.
Y aquella noche, Gia estaba a punto de descubrir que la curiosidad tenía la costumbre de apuntar directamente a las partes más sensibles, a esos lugares que uno no sabe que está protegiendo hasta que es demasiado tarde.
Todo empezó de forma bastante inocente, como siempre ocurre.
El sol se había puesto hacía horas. El rancho bullía con esa tranquilidad que llevaba la noche en la que cada sonido se amplifica. Los grillos cantando en la hierba, el relincho ocasional de algún caballo en los establos, y el viento filtrándose entre las ventanas de madera.
Diego se había acostado hacía un rato, Martha estaba en su habitación con la radio murmurando viejas canciones de amor, y Nate no aparecía por ningún lado. Esa fue la única razón por la que Gia entró en su despacho.
Se suponía que solo debía entregar los informes del día. Las constantes vitales, las tablas de alimentación y los calendarios de vacunación. Nada de otro mundo. Entregar los papeles y marcharse. Ese era el plan. Ella no era una entrometida, pero la oficina de Nate le suscitaba muchísima curiosidad.
El lugar olía a cedro y café, esa misma mezcla que, de alguna manera, siempre le recordaba a él. No estaba hecho un desastre, pero tenía ese caos que se rige por un orden propio.
Había montones de papeles apilados con demasiada pulcritud como para ser accidentales, una vieja silla de montar en un rincón que parecía esperar a alguien que había dejado de cabalgar hacía años, y un vaso de whisky con hielo a medio terminar sobre el escritorio.
En el respaldo de la silla colgaba su chaqueta de cuero negro desgastado, que desprendía un ligero aroma a campo.
Gia dejó la carpeta, pero sus ojos comenzaron a desviarse hacia un lado y otro.
Había un libro de contabilidad abierto sobre el escritorio, con la tinta corrida y el borde doblado, como si alguien lo hubiera cerrado con prisa. Se dijo que no iba a husmear. Existía una fina línea entre la curiosidad y la intromisión, y ella estaba en el lado correcto. O eso creía.
Sin apenas ser consciente de ello, alineó los bolígrafos y cuadró las pilas de papeles.
—Me lo agradecerá —murmuró para sí misma.
Sus ojos se posaron en el cajón superior del escritorio. Estaba ligeramente abierto. No del todo, solo lo justo para susurrar una invitación a mirar. Dudó, mordiéndose el interior de la mejilla.
«Es solo un cajón», pensó.
Y esas eran exactamente las famosas últimas palabras de cualquier incauto en una película.
Alargó el brazo y lo abrió.
Había facturas, recibos y formularios de registro de caballos.
Asuntos de negocios aburridos y predecibles.
En el segundo cajón encontró llaves de repuesto, una linterna, medio paquete de chicles y un casquillo de bala que parecía estar ahí de forma demasiado deliberada como para ser un accidente. Frunció el ceño.
—Vale —murmuró—. Ya es suficiente.
Estuvo a punto de cerrarlo, pero entonces se fijó en el cajón de abajo, que también estaba entreabierto. Ese fue el que la atrapó.
Lo abrió despacio, con cuidado, sin hacer ruido, y algo se deslizó hacia afuera. Era una fotografía, escondida entre viejos papeles, que resbaló como si la hubiera estado esperando.
Era de unos años atrás, con las esquinas desgastadas de tanto manosearla.
Mostraba a una mujer de pelo castaño rojizo y piel pálida, con esa gracia natural que no necesita esfuerzo para llamar la atención.
Sonreía a alguien que estaba fuera de encuadre, con los ojos brillantes por la risa.
Había luz solar en la foto, una luz real, nada posada ni perfecta. Toda la imagen rebosaba calidez.
Gia no tenía intención de tocarla, pero sus dedos se movieron solos, como si tuvieran voluntad propia. La foto se sentía viva de alguna manera que no entendía. No de forma fantasmal, sino como algo que tenía peso. Historia. Amor. Pérdida.
No había ningún nombre escrito en el reverso. Ni fecha. Solo esa sonrisa y su inconfundible intimidad.
Se le encogió el estómago. Ya sabía quién era, o al menos tenía serias sospechas.
Sabía que debía dejarla donde estaba, pero no lo hizo.
Porque esa era la pieza que le faltaba, la respuesta al misterio que rodeaba a Nathaniel Kenwood.
Era la razón detrás de sus muros, de su silencio, de su actitud de hombre que siempre estaba esperando que algo saliera mal.
—¿Qué haces aquí? —dijo una voz detrás de ella.
Gia se sobresaltó.
Se dio la vuelta, con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas.
Nate estaba de pie en el umbral del despacho, medio en las sombras, medio iluminado por la luz del farol exterior.
Todavía llevaba la chaqueta puesta, las botas cubiertas de polvo y las mangas de la camisa remangadas.
Tenía el pelo revuelto, como si hubiera estado luchando contra el viento, y una expresión indescifrable en los ojos.
No gritó. Ni siquiera frunció el ceño. Estaba completamente tranquilo. Y, por alguna razón, eso era mucho peor, porque su calma tenía límites.
—Yo... yo solo estaba... —balbuceó Gia.
—Curioseando —terminó de decir Nate, con voz monótona.
—Poniendo un poco de orden —se defendió ella, aunque ni siquiera sonó convencida.
Nate entró en el despacho, dando pasos lentos y calculados.
—No tienes nada que hacer en mi oficina —dijo.
—Solo he venido a dejar los informes diarios. El cajón estaba abierto.
—Los cajones no se abren solos.
—Bueno —dijo Gia, levantando la barbilla—, estos sí.
Aquel comentario le valió una intensa mirada de Nate. Un destello de incredulidad mezclado tal vez con un asomo de humor que enterró rápidamente.
Acortó la distancia entre ellos con tanta lentitud que parecía hacerlo de forma deliberada. Se acercó lo suficiente para que ella pudiera olerlo. Lluvia, gel, cedro y café. Ese aroma limpio y áspero que siempre la impactaba más de lo que le gustaría.
Gia le sostuvo la mirada.
—¿Quién es? —La pregunta salió de sus labios antes de que pudiera frenarla.
Nate apretó la mandíbula.
—No es asunto tuyo —fue su respuesta.
—Dejaste su foto aquí —replicó Gia—. Eso lo convierte en asunto de cualquiera que la encuentre.
Aquello no sonaba muy convincente, la verdad, pero tampoco tenía mucho que decir.
Él se detuvo a apenas un paso de distancia de ella. La tensión en el aire se tensó como una goma a punto de romperse. Sus ojos estaban más oscuros de lo que Gia los había visto jamás. No estaba enfadado, sino apenado. Una pena que no desaparecía al cerrar los ojos.
—Ella no es nadie —dijo finalmente, aunque sonó a mentira.
Gia no retrocedió. Ni un centímetro.
—No tiene pinta de ser «nadie».
Nate exhaló lentamente el aire. El sonido pareció más una rendición que un suspiro.
—¿De verdad no sabes cuándo rendirte? —Era la tercera o la cuarta vez que le hacía esa pregunta, aunque por diferentes motivos.
—No —respondió Gia tajante—. Es una mala costumbre.
Nate se encontraba tan cerca que ella podía ver la leve cicatriz que tenía debajo de la mandíbula, esa que desaparecía cuando sonreía, aunque en aquel momento estaba muy lejos de sonreír.
Su voz se volvió grave y áspera.
—No tienes ni idea de dónde te estás metiendo —dijo Nate.
—Entonces dímelo —pidió Gia—. Así no tendré que adivinarlo.
Durante un segundo, Nate casi lo hizo. Casi se lanzó. Ella pudo verlo. Una grieta en su armadura, el destello de algo que quería salir a la luz. Pero entonces lo reprimió. Así, sin más.
—Vete a tu habitación, Gia —ordenó finalmente, con voz ronca—. Antes de que empeores las cosas.
Ella lo miró con firmeza.
—¿De verdad crees que contarlo puede ser peor que vivir con fantasmas?
Nate no respondió. No se movió. Solo la observó, y durante un instante largo e insoportable, ella sintió todo el peso de las palabras que él se negaba a decir.
—Se llama Victoria —confesó Nate al fin. Las palabras salieron de su boca como si le costaran más de lo que podía permitirse. Su voz era baja y firme, con ese tono controlado que se usa justo antes de romperse—. Eso es todo lo que necesitas saber.
Las sílabas flotaron entre ellos, suaves pero pesadas.
Gia lo observó detenidamente. Las arrugas en las comisuras de los ojos, la tensión en la mandíbula, la forma en que los dedos se curvaban ligeramente contra el escritorio, como si necesitara aferrarse a algo sólido.
Parecía firme, seguro e inquebrantable, pero todo en su interior gritaba lo contrario.
—Ella te importaba —dijo Gia. No era una pregunta, era la única verdad evidente.
Nate rio, pero no fue un sonido alegre. Fue una risa áspera, corta y hueca.
—¿Importarme? —Negó con la cabeza una vez, más para sí mismo que para ella.
Alcanzó la fotografía que Gia aún tenía en la mano y la tomó con sorprendente cuidado, rozando el borde arrugado con el pulgar, como si temiera que el papel se deshiciera. Sin apartar la mirada de la imagen, añadió en un susurro:
—Me arruinó la vida.
El aire en el despacho cambió. Dejó de moverse. Incluso el viento exterior pareció amainar, como si todo el rancho contuviera la respiración.
A Gia se le cerró la garganta, aunque no sabía por qué. Quizás fuera por cómo sonaba la voz de Nate. Enfadada y amarga, con un profundo cansancio. Como si llevara demasiado tiempo cargando con ese peso y no fuera capaz de soltarlo.
¿Por qué mierda le había preguntado? A ella no le interesaba quién fuera o no fuera aquella mujer. Nate tenía razón, no sabía cuando rendirse. ¡Mierda!
—No fue mi intención... —comenzó Gia, pero él la interrumpió antes de que pudiera siquiera formular una disculpa.
—No —dijo. Una sola palabra, lo suficientemente cortante como para detenerla en seco.
Gia cerró la boca.
Nate la miró. La miró de verdad, con ojos penetrantes pero cansados, como si ya hubiera tenido esa conversación en su cabeza cientos de veces.
—No hagas eso —añadió, más tranquilo.
Gia frunció el ceño, confusa. ¿A qué se refería?
—¿El qué? —dijo.
—Eso de mirarme como si quisieras curarme —respondió Nate.
Ella parpadeó.
—No lo estaba haciendo...
—Sí, lo hacías. —La voz de Nate no se alzó, pero de todos modos fue como un puñetazo—. Yo no soy uno de los caballos que cuidas. No necesito que me salven.
En los siguientes segundos ninguno de los dos se movió. El silencio entre ellos se volvió denso, casi tangible. Tanto que parecía poderse tocar.
Sus palabras no deberían haberla dolido, pero lo hicieron. Porque debajo del sarcasmo, debajo de los muros que él levantaba por puro instinto de defensa, había algo más. Algo frágil. Algo que sonaba a verdad. La convicción de un hombre que creía que ya no merecía ser salvado.
Gia tragó saliva.
—Puede que no necesites que te salven, Nate —dijo, con voz más suave, cautelosa, aunque no tímida—, pero quizás debas enterrarlo, sea lo que sea, antes de que te devore vivo.
Él no respondió de inmediato. Su mandíbula se tensó y un músculo palpitó cerca de su sien.
Sus ojos permanecieron fijos en ella, y Gia casi pudo ver la guerra que se libraba en su interior.
El orgullo contra el agotamiento, sus defensas contra esa parte de él que simplemente estaba harta de cargar con todo.
Finalmente, después de lo que pareció un minuto entero, Nate habló de nuevo.
—No perteneces a mi pasado —dijo.
Por cómo lo dijo, tranquilo y con voz grave, no sonó a advertencia. Pareció más bien una confesión.
Gia asintió una vez, con un movimiento breve.
—Entendido.
Nate se movió. Se acercó al escritorio, guardó la fotografía en el cajón con sumo cuidado, como si fuera algo sagrado, y lo cerró. El sonido fue suave pero definitivo. Como una puerta al cerrarse. Como una promesa que estaba seguro de que iba a cumplir.
Cuando levantó la vista, su voz se había apagado, era casi reticente.
—Vete a tu habitación, Gia.
Su nombre sonó diferente cuando lo pronunció aquella vez. Fue más áspero, menos controlado. Había algo frágil bajo la dureza de su tono, algo que sonaba casi a arrepentimiento.
Gia dudó, con las manos apoyadas en el respaldo de la silla.
Durante una décima de segundo, pensó en decir algo más, algo imprudente, o tal vez amable, pero la mirada que había en los ojos de Nate la detuvo.
No era ira. Era miedo. Ese miedo silencioso y firme a dejar que nadie se acercara lo suficiente como para importarle.
—Buenas noches, Nate —dijo.
—Buenas noches —respondió él.
Gia se dio la vuelta y caminó hacia la puerta con pasos pesados. Se detuvo con la mano en el pomo, pero no miró atrás. Sabía que, si lo hacía, algo se rompería, y no estaba preparada para ello.
Cuando la puerta se cerró a su espalda, Nate no se movió.
Se quedó allí, mirando el cajón, con las manos sobre el escritorio y los nudillos blancos.
Su pulso era un rugido sordo en los oídos.
La foto estaba ahí, a unos palmos de distancia, pero no se atrevió a verla de nuevo.
Aún tenía grabado en su mente el rostro de Victoria, la luz del sol, la sonrisa...
la promesa incumplida de una vida juntos convertida en cicatriz.
Exhaló por la nariz, con los dientes apretados.
El viejo dolor en su pecho se intensificó, como siempre ocurría cuando alguien pronunciaba aquel nombre en voz alta.
Creía haber enterrado esa parte de sí mismo hacía años, bajo kilómetros de distancia, whisky y trabajo.
Pero, al parecer, a los fantasmas no les importaba lo profundo que cavaras.
Y al otro lado de la puerta del despacho, Martha estaba de pie en el pasillo, haciendo equilibrio con una bandeja de tazas de café. Llevaba allí el tiempo suficiente para haber escuchado demasiado.
No tenía intención de espiar, pero lo hizo. Porque era Martha y había pasado la mayor parte de su vida amando a personas rotas que no sabían cómo dejarse amar.
Le dolió el corazón por Nate, por Gia, y por la forma en que la vida seguía dándole a la gente buena cargas demasiado pesadas.
Dejó la bandeja en silencio sobre el aparador, con el café aún humeante e intacto.
Luego se recostó contra la pared, mirando hacia la ventana que había al final del pasillo.
La noche susurraba con el canto de los grillos, suave y tranquila, como si el mundo no se estuviera desmoronando de forma sutil e invisible dentro de Millstone.
—Que Dios los ayude —murmuró, medio para sí misma, medio para quienquiera que la estuviera escuchando—. Porque no se van a ayudar a sí mismos.
Nate finalmente se sentó. El viejo sillón de madera crujió bajo su peso, y se presionó las palmas de las manos contra los ojos cerrados.
Estaba cansado.