El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Era una de esas mañanas en las que la atmósfera estaba tensa. Expectante. Una de esas mañanas que parecía contener la respiración, donde incluso los pájaros dudaban antes de emitir cualquier sonido.

El cielo tenía un tono deslucido entre gris y azul, y la luz que se deslizaba sobre las colinas parecía vacilante, como si tampoco confiara del todo en el día. En la cocina, Martha quemaba unas galletas que había metido en el horno.

—El mal humor siempre se contagia —murmuró entre dientes.

Se refería, por supuesto, al mal humor de Nate.

Gia fingió no oír esa parte. Fingió que no le importaba que Nate la hubiera estado evitando desde la tormenta.

Ni una palabra más de lo necesario.

Ni una sola mirada prolongada.

Durante el desayuno, él solo se había comunicado con breves asentimientos.

Durante las rondas, había demostrado una nueva habilidad para entrar en cualquier lugar justo cuando ella salía.

Y durante la discusión de cinco minutos sobre si los caballos necesitaban días de descanso (que sí los necesitaban), apenas había levantado la voz, lo cual, de alguna manera, era peor que si hubiera gritado.

El silencio entre ellos zumbaba. Pesado, obstinado, vivo.

Naturalmente, Gia quería provocarlo. Picarle.

Era por una cuestión de principios. De profesionalidad. De no dejar que un vaquero malhumorado le jodiera el día. Pero la verdad era que estaba cansada de sentirse invisible.

Entonces hizo lo que mejor sabía hacer: hablar (con los animales).

Estaba agachada en una de las cuadras, concentrada en el casco delantero de una yegua roja y blanca, buscando alguna lesión que pudiera tener.

El aire olía a hierba, a cuero y a ese ligero y penetrante aroma a linimento.

La luz de la mañana se filtraba a rayas por las rejillas de las ventanas, y el polvo flotaba en el aire iluminado bajo las vigas.

Nate estaba en algún lugar en el pasillo central, supuestamente arreglando unos arreos, pero en realidad estaba escuchando a escondidas.

Ella lo sabía porque cada vez que murmuraba algo sobre «métodos arcaicos» o «lógica de entrenamiento del siglo pasado», escuchaba el leve tintineo del metal cuando se apretaba con demasiada fuerza, o el suspiro de un hombre que claramente estaba contando hasta diez.

Finalmente, llegó el gruñido.

—Clarke —dijo él con la voz controlada—, ¿alguna vez dejas de hablar?

Ella no levantó la vista.

—Solo cuando habla alguien más inteligente.

Hubo una pausa y luego, con tono inexpresivo, él respondió:

—Eso explica muchas cosas.

Gia disimuló una sonrisa.

—No estás de muy buen humor hoy. ¿Te ha ofendido el café?

—No —respondió Nate, con un tono cortante y brusco—. Solo estoy cansado de que la gente cuestione cómo dirijo el rancho.

—No es «gente» —dijo Gia, enderezándose—. Solo soy yo.

—Exactamente.

La palabra cayó como un portazo.

Gia abrió la boca para replicar, pero él se giró, rápido, demasiado rápido, y se encontraron frente a frente. De repente estaban demasiado cerca. El estrecho espacio entre ellos se volvió tenso e incómodo.

Todo sucedió muy rápido.

El codo de Gia rozó el contenedor de grano abierto y la tapa se cerró de golpe. La yegua se sobresaltó, tiró hacia un lado, la cuerda se le escapó de las manos a Gia y perdió el equilibrio.

La gravedad se burló de ella, haciendo de las suyas. Pero Nate se movió.

Su brazo la atrapó por la cintura antes de que cayera de bruces contra el contenedor de grano. El movimiento fue rápido pero firme, y Gia quedó atrapada contra Nate, con las palmas de las manos presionadas contra su duro pecho, afianzada por su peso.

Sintió su calor a través de la tela de la camisa, el ritmo regular de su respiración y la energía que irradiaba entre ellos como electricidad estática. La mano de Nate la sostenía con firmeza por la cintura, con los dedos extendidos instintivamente hacia la espalda, como si fuera su ancla.

Se quedaron congelados.

Nate la miró parpadeando, con la comisura de la boca crispada por algo parecido a la incredulidad.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Gia tragó saliva.

—Sí.

—¿Segura? Porque parezco tu ángel de la guarda. He perdido el número de veces que he impedido…

Ella lo interrumpió rápidamente.

—No lo digas.

Él no lo hizo. No de inmediato. Luego bajó la voz, con un tono de leve provocación:

—... que te caigas. Eres un poco torpe.

Gia lo fulminó con la mirada.

—Y tú eres un poco idiota —soltó.

—Puede —susurró Nate.

Y así, sin decir nada más, se quedaron en medio de la cuadra, atrapados entre la irritación y algo que se asemejaba sospechosamente a la atracción.

El establo estaba demasiado silencioso. Incluso los caballos lo percibieron.

El polvo bailaba a través del haz de luz, posándose en el pelo dorado de Gia.

En algún lugar fuera, a Jim se le cayó un cubo de metal y gritó: «¡Mierda!», como si el universo hubiera añadido un remate cómico a la escena.

Gia retrocedió rápidamente, sacudiéndose algo imaginario de los vaqueros.

—Deberías de colocar mejor los contenedores del grano —murmuró, tratando de llenar el silencio de alguna forma.

Nate se cruzó de brazos, todavía demasiado cerca.

—Y tú deberías prestar atención dónde lanzas los codazos. Siempre andas tropezando.

Gia entrecerró los ojos.

—Eres imposible.

—Y tú eres muy terca.

—Gracias.

—Eso no fue un...

—Lo tomaré como un cumplido —dijo Gia, interrumpiéndolo nuevamente con esa calma exasperante que él odiaba y admiraba al mismo tiempo.

Nate exhaló por la nariz, emitiendo un sonido a medio camino entre un suspiro y un gruñido.

—Me agotas, Clarke.

—Lo mismo digo, Kenwood.

Ese debería haber sido el final. Debería haberlo sido.

Pero ninguno de los dos se movió. Hubo una pausa.

Un latido completo y suspendido en el tiempo en el que el mundo pareció detenerse.

Nate estaba tan cerca que ella podía ver la barba incipiente en su mandíbula y oler el leve rastro a jabón de cedro y a lluvia que aún se aferraba a su camisa.

El pulso de Gia se aceleró, y por un peligroso segundo se preguntó qué pasaría si no se apartara.

Si se quedara ahí, en ese estrecho espacio compartido, fingiendo que él no la estaba volviendo loca.

Entonces, Nate retrocedió. Un paso.

La tensión disminuyó, pero no del todo. Seguía ahí, bajo la superficie, al acecho.

Él carraspeó con fuerza.

—Intenta no caerte más hoy —gruñó.

Gia inclinó la cabeza, con una chispa de desafío en los ojos azules.

—No prometo nada —dijo.

—Claro que no —murmuró Nate.

Cuando él se alejó, Gia se permitió observarlo, solo unos segundos más. La postura rígida de los hombros. La silenciosa frustración en sus movimientos. La forma en que siempre parecía intentar no sentir nada.

Y mientras se agachaba para recoger el cepillo que se había caído, no pudo evitar pensar que toda aquella cuestión de mantener «distancia profesional» que se había autoimpuesto, se estaba volviendo difícil de cojones.

La voz de Martha resonó por todo el patio, quejándose de que la comida se enfriaba. Gia casi se echó a reír, fruto de los nervios.

Al caer la tarde, el cielo se volvió gris de nuevo. No era el gris oscuro y rugiente de una tormenta, sino un gris pesado y bajo, como si el mundo exhalara entre dientes.

En la cocina, Martha clasificaba el correo como siempre, aplicando su propio criterio y haciendo comentarios constantes. La radio sonaba bajita de fondo con una vieja balada country sobre pérdidas y despedidas.

Hojeaba facturas, catálogos y folletos con la eficiencia de una secretaria, hasta que encontró algo que la hizo detenerse.

Un sobre grueso de color crema, hecho de papel de calidad, con tinta cara, bordes impecables y letras en relieve dorado.

El tipo de carta que anunciaba su importancia incluso antes de que se abriera.

El sobre desprendía un ligero aroma a perfume, a dinero viejo y a un arrepentimiento que solo se consigue con los años.

Martha entrecerró los ojos y frunció los labios al leer el destinatario.

—Para el señor Nathaniel Kenwood —leyó en voz alta, observando la letra cursiva—. Subasta Anual de Caballos de Kentucky. Invitación.

—Ah —murmuró, agarrando el sobre como si fuera a morderla—. Y aquí están los fantasmas.

Desde el fregadero, Diego miró hacia donde estaba sentada Martha, secándose las manos con un paño.

—¿Ya? —preguntó.

—Cada primavera —respondió Martha, dejando el sobre a un lado como si contuviera algo contagioso—. Como un reloj. Ese lugar está maldito.

—O tal vez embrujado —murmuró Diego.

Martha resopló.

—No hay mucha diferencia.

El ambiente se cargó, volviéndose más silencioso. Martha se quedó mirando el sobre un buen rato antes de guardarlo en el bolsillo de su delantal con el cuidado de quien maneja una bomba. Luego, caminó por el pasillo hacia el despacho de Nate.

Nate estaba allí, igual que siempre, inclinado sobre el papeleo como si este le debiera algo. Llevaba las mangas remangadas, mostrando los antebrazos, y junto a él había una taza de café medio vacía que dejaba una marca oscura sobre una pila de facturas.

Nathaniel Kenwood lograba que incluso estar sentado pareciera una postura de batalla. Tenía los hombros erguidos, la mandíbula contraída y el ceño fruncido, como si se preparara para la Tercera Guerra Mundial.

Martha llamó a la puerta una vez y la empujó.

—Parece que vas a pelearte con ese libro de contabilidad —dijo.

—No me faltan ganas —murmuró Nate sin levantar la vista.

Martha se acercó al escritorio y dejó la carta sobre la madera desgastada.

—Ha llegado esto para ti —dijo.

Nate la miró una vez. Y se quedó congelado.

Al principio fue sutil. La tensión en sus hombros, la forma en que sus dedos se curvaron ligeramente contra el borde del papel. Pero luego su expresión se endureció y se quedó inmóvil, adoptando una actitud que indicaba que el pasado acababa de alcanzarlo.

—Puedes tirarlo —dijo rotundo.

Martha frunció el ceño.

—Ni siquiera lo has abierto.

—No hace falta —respondió—. Sé lo que es.

Martha lo observó con una mirada suave pero penetrante.

—Ya han pasado algunos años, Nate.

Él no levantó la vista.

—Sí.

Se hizo el silencio. Un silencio que llenó el despacho como si fuera humo. Una puerta chirrió en algún lugar, y un caballo relinchó débilmente a lo lejos. Martha finalmente apartó una silla, se sentó frente a Nate y juntó las manos.

—No puedes esconderte para siempre, ¿sabes? Esa subasta no trata solo de caballos.

Nate apretó la mandíbula. El músculo de la mejilla le tembló, como siempre que Martha tocaba un tema demasiado delicado.

—Martha, déjalo.

—No puedo —respondió ella, suavizando la voz—. No cuando aún te duele tanto.

Nate exhaló por la nariz, en un suspiro largo, lento y furioso. Luego, sin decir nada más, agarró la carta, la rompió por la mitad y la tiró a la papelera. Conversación terminada.

El sonido del papel al rasgarse fue más fuerte de lo que debería haber sido.

Martha no se inmutó, pero dejó escapar un suspiro silencioso y triste.

—Eres hijo de tu padre, ¿sabes?

Nate finalmente la miró a los ojos. Su mirada era oscura y cansada, y en ella asomó algo más, una vulnerabilidad que apareció justo el tiempo suficiente para demostrar que sentía dolor.

—No, Martha —dijo—. Yo no soy como él.

No sonó a la defensiva. Era simplemente la verdad.

Durante un momento, el único sonido fue el zumbido del ventilador del techo y el viento golpeando contra el cristal de la ventana.

Un movimiento captó la atención de Nate.

En el patio, a través del cristal polvoriento, Gia pasó junto a la ventana con una carpeta en la mano.

Llevaba el pelo suelto, y la luz del sol arrancaba destellos dorados de su melena mientras se reía de algo que le decía Diego.

Se mostraba relajada con él, de una forma en la que nunca lo estaba con Nate.

Con los demás, era todo calidez, ingenio y soltura.

Ella no se dio cuenta de que él la observaba, no sintió cómo algo se agitaba en su pecho, ni cómo sus manos se aferraban inconscientemente al escritorio, como si se estuviera preparando para un impacto.

Martha siguió su mirada. Guardó silencio un buen rato antes de hablar.

—Podrías hablar con ella —dijo—. Cuéntale lo que pasó.

—Ella no está aquí para eso —replicó Nate sin apartar la mirada de la ventana.

—No —respondió Martha, levantándose lentamente, con voz aún más suave—. Pero quizá podría entenderte.

Nate no respondió. Simplemente agarró su sombrero, se lo puso y salió del despacho. La puerta se cerró de golpe tras él.

Martha dejó escapar un largo suspiro.

—No ha vuelto allí desde que ella lo abandonó —murmuró para sí misma.

Jim apareció en la puerta, buscando a Nate.

—¿Está Nate aquí?

—Acaba de irse —dijo Martha.

—¿A qué viene esa cara? —preguntó Jim.

Martha señaló con la barbilla hacia la invitación rota, cuyas elegantes mitades estaban ahora arrugadas en el fondo de la papelera.

—¿Es del fantasma de Louisville? —dijo Jim.

—Sí.

—Señor, sálvanos a todos —soltó Jim, y a punto estuvo de santiguarse.

Martha volvió a mirar por la ventana hacia donde se dirigía Nate. Era una figura solitaria cruzando el patio en silencio, fingiendo que el pasado ya no lo perseguía como una sombra. Lo observó durante un largo rato.

—Debería pasar página —murmuró.