El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

La mañana se presentó como si fuera dueña del lugar, llena de luz y aire limpio, orgullosa después del caos que se había montado. La tormenta lo había dejado todo empapado pero radiante, con esa calma que solo llega después de una rabieta de la naturaleza.

El establo había resistido, los caballos pastaban como si nada hubiera pasado. Y desde la cocina de Martha, el aroma a café recién hecho se extendía por el rancho. Un café de tueste oscuro y dulce, como una ofrenda de paz al universo después de una noche de pesadilla.

Gia estaba de pie junto a la cuadra, sin rastro de cafeína en las venas todavía, pero despierta, acariciando distraídamente el cuello de Trueno.

El semental resoplaba suavemente, moviendo una oreja, tranquilo de nuevo ahora que el cielo había dejado de protestar.

Ella también debería haberse sentido tranquila.

En cambio, su pecho aún vibraba con la tensión residual de todo aquello en lo que se negaba a pensar.

No paraba de repetirse que había dormido un par de horas, pero no era cierto.

Lo único que había hecho era quedarse en la cama repasando lo que había pasado la noche anterior en un bucle sin fin.

El destello de los relámpagos tras las puertas del establo, los fuertes truenos, el olor a lluvia y barro, la mano de Nate en su espalda, la voz áspera pero tranquila cuando le dijo que no se moviera para que Melinda no se espantara.

Y esa mirada, la que se suponía que no significaba nada, pero que de alguna manera significó algo.

Era exasperante, de verdad. Porque Nathaniel Kenwood seguía siendo Nathaniel Kenwood.

Un hombre imposible, cerrado y eternamente irritado que negaba casi cualquier interacción humana.

Y, sin embargo, cada vez que ella cerraba los ojos, aún podía ver cómo él había apretado la mandíbula antes de apartar la mirada.

—Buenos días, preciosa.

La voz de Jim Monroe, perezosa y divertida, interrumpió sus pensamientos. Estaba apoyado en la pared de madera, como si posara para un anuncio de vaqueros, con su camisa de franela arrugada, una sonrisa ladeada y dos tazas humeantes en las manos.

Gia parpadeó.

—Estás consciente. Y por voluntad propia —dijo en tono de broma.

Jim sonrió y le ofreció uno de los cafés.

—Los milagros ocurren. Con extra de azúcar, justo como te gusta.

Ella levantó una ceja.

—¿Y cómo sabes exactamente cómo me gusta?

—Por Martha —dijo Jim sin ninguna vergüenza—. Me dijo que lo tomas dulce porque, cito textualmente: «los hombres de por aquí ya son bastante amargos».

Gia resopló, riendo mientras tomaba la taza.

—No se equivoca.

—Martha nunca se equivoca —dijo Jim, dándole un sorbo a su café—. Excepto cuando dice que necesito comer más verduras. Creo que intenta matarme.

Gia se echó a reír.

—Parece que está haciendo la obra de Dios —comentó.

Jim sonrió aún más, alzando su taza hacia ella.

—Entonces, Barbie Veterinaria...

Gia le lanzó una mirada de advertencia.

—No termines esa frase si valoras tu vida.

—... iba a decir «a sus órdenes, jefa» —dijo Jim, levantando la mano que tenía libre en señal de rendición—. Aunque Barbie aceptaría una cita conmigo sin problemas. Ahí lo dejo…

—Estás muy animado para alguien que probablemente se quedó despierto el resto de la noche bebiendo whisky barato y perdiendo dinero jugando al póquer con los mozos de cuadra.

—¿Quién dice que perdí?

—Tu cara lo dice.

Jim se echó a reír, con esa risa natural y musical que le salía sin esfuerzo.

—Me lo merezco. Pero que conste, solo estoy siendo amable. Alguien por aquí tiene que serlo antes de que Kenwood nos fulmine con la mirada y nos lleve a la tumba de forma prematura.

Gia se apoyó en la puerta de la cuadra, soplando su café.

—¿Seguro que le queda alguna mirada fulminante?

Jim sonrió.

—Oh, tiene provisiones para toda la vida, y para las próximas tres o cuatro reencarnaciones —respondió—. Deberías verlo cuando alguien toca sus herramientas o mueve los malditos sacos del alimento de los caballos. Ese hombre los guarda como si fueran lingotes de oro.

—Me aseguraré de no tocar esos sacos —replicó Gia con una sonrisilla.

—Es lo mejor —respondió Jim con los ojos brillantes—. Dime, ¿por qué no has salido ya corriendo de aquí, por qué sigues trabajando para un hombre que solo se comunica con gruñidos?

—Porque quiero forjar el carácter —contestó Gia.

—¿O romper corazones?

—Principalmente prefiero reparar huesos. De animales, a ser posible.

Jim volvió a reír, echando la cabeza hacia atrás.

La luz del sol se reflejó en su pelo. Era fácil estar cerca de él, resultaba inofensivo.

Pero cuanto más tiempo permanecía allí, más sentía Gia el peso de aquello en lo que estaba intentando no pensar.

La voz de Nate, el roce que no debió ocurrir, la forma en que el silencio entre ellos parecía un cable de alta tensión.

Estaba a punto de desviar la conversación cuando apareció Martha, ataviada con un vestido de estampado floral y cargando una enorme cesta de ropa.

Sus pasos eran rápidos y su expresión era el equilibrio perfecto entre bondad y picardía.

Era una mujer que lo había visto todo, lo había juzgado con discreción y había decidido entrometerse de todos modos.

—Buenos días, Gia —saludó con un tono radiante—. ¿Has visto lo amable que es Jim? El día apenas ha empezado y ya está haciendo de anfitrión.

Jim le guiñó un ojo.

—Intento ser útil.

Martha lo miró con una ceja levantada.

—¿Tú? ¿Útil? ¡Que el Señor nos asista!

Gia se rio sobre su taza.

—Me ha traído cafeína. Eso cuenta —dijo.

—¿Tú crees? —ironizó Martha, apoyando la cesta en su cadera—.

¿Sabes? Nate ya está en el prado —dijo con naturalidad—.

Siempre madruga después de una tormenta.

No puede estarse quieto cuando hay daños que revisar.

Quizás quieras... asegurarte de que no se ha roto el cuello arreglando las vallas o algo así.

Gia se quedó paralizada a medio sorbo.

—Oh, eh... Seguro que está bien.

—No he dicho que no esté bien —respondió Martha, con una leve sonrisa en los labios—. Solo que no estaría de más comprobarlo. Por cortesía y todo eso.

Jim observaba el intercambio entre ambas como si se encontrara en primera fila de una telenovela, con una sonrisa que se extendía lenta y maliciosamente por su cara.

—Sí, vale la pena echar un vistazo. Se pone melancólico y en plan autodestructivo después de las tormentas. Le vendría bien ver una cara amable.

Gia entrecerró los ojos.

—¿Qué estáis insinuando?

—Nada —murmuró Jim.

Martha se dio media vuelta y echó a andar, gritando por encima del hombro:

—Y si lo ves, dile que el desayuno está listo, que si se queda frío, se lo volveré a dar al perro.

Gia suspiró.

—¿En este rancho ninguno es capaz de ocuparse de sus propios asuntos?

Jim se encogió de hombros.

—Es parte del encanto de Millstone. Ya te acostumbrarás. —Hizo una pausa y bajó la voz, en un tono burlón pero amable—. Entonces... tú y Nate, ¿eh?

Gia casi se atraganta con el café.

—¿Perdón?

—He dicho «tú y Nate» —repitió Jim, sin inmutarse—. Vamos, no estoy ciego. Anoche todo el rancho os oyó haciéndoos los héroes en medio de la tormenta.

—Eso no es... —Gia negó con la cabeza—. No pasó nada.

Jim arqueó las cejas, dibujando una media sonrisa en los labios.

—Claro. Solo compartisteis sin querer uno de esos momentos en los que dos personas se miran el alma bajo la lluvia, ¿eh?

Gia gimió.

—Sois imposibles —dijo.

Jim sonrió, tocándose el ala del sombrero.

—Hacemos lo que podemos.

Junto al prado, Nate estaba solo, con las botas llenas de barro y la mandíbula apretada, fingiendo que solo pensaba en la cerca rota que tenía delante.

Pero lo cierto era que tampoco había dejado de recordar la noche anterior.

El calor de la mano de Gia, el suave temblor de su voz, la forma en que lo había mirado justo antes del trueno.

Era un hombre que se enorgullecía de su autocontrol. Y por primera vez en mucho tiempo, no estaba seguro de si le quedaba algún rastro.

De pronto, en algún lugar detrás de él escuchó una risa. Ligera, radiante, familiar.

No se giró. No tenía que hacerlo. Sabía que era ella.

Gia tomó otro sorbo de café y se dijo a sí misma que no le importaba.

De verdad que no. Fuera lo que fuese que Nate estuviera haciendo aquella mañana (ya fuera meditar en mitad del campo, mirar fijamente la valla como si quisiera hacerla saltar en mil pedazos, o pasarse las horas frunciendo el ceño), no tenía nada que ver con ella.

Tenía cafeína, sol y al menos diez cosas que revisar antes del mediodía. Su mañana iba perfectamente bien.

—Nate no acepta bien recibir órdenes. Ni tampoco la compañía —dijo Jim.

—Menos mal que no le ofrezco ninguna de las dos cosas —dijo Gia, levantando su taza de café a modo de brindis.

Jim esbozó una sonrisa afilada.

—Por favor. Eres la primera persona en este rancho que está a punto de provocarle un aneurisma.

Gia soltó un gemido.

—Jim...

Pero no consiguió terminar la frase.

Se escuchó un portazo. Fuerte. Repentino. Como si el universo hubiera hecho sonar unos platillos para anunciar su llegada.

Nate entró a zancadas en el establo. Llevaba una carpeta desgastada bajo un brazo y un guante de montar en la otra mano, aferrándolo como si fuera lo único que le impedía estrangular a alguien, posiblemente a sí mismo.

Se detuvo en seco al verlos. Gia estaba sonriendo, Jim estaba inclinado demasiado cerca de ella y había dos tazas de café humeante entre ellos, como si fuera la escena de un crimen perfecto.

Apretó la mandíbula una vez. Y luego otra.

Durante unos segundos no dijo nada. El silencio se volvió tan pesado que incluso los caballos dejaron de masticar. El aire se transformó, volviéndose frágil y eléctrico, como el instante justo antes de que caiga un rayo.

Gia habló primero.

—Buenos días —dijo con demasiado entusiasmo, con la voz una octava más aguda de lo normal.

La sonrisa de Jim se ensanchó lentamente en los labios, consciente de lo cerca que estaba la cerilla de la gasolina.

—Buenos días, jefe —dijo con naturalidad—. ¿Quieres café?

—No.

El tono de Nate fue bajo y uniforme, pero había algo en él, un rumor silencioso que sonaba como la advertencia de un terremoto inminente.

Nadie se movió.

El silencio se prolongó tanto que se volvió incómodo, luego tenso y, finalmente, casi insoportable. Los propios caballos parecieron advertir el cambio. Uno resopló. Otro pateó fuerte el suelo y Trueno relinchó en su cuadra.

Entonces, la mirada de Nate se dirigió a Gia. No duró lo suficiente como para considerarse una mirada fija, pero bastó para hacerle olvidar cómo respirar.

Era esa mirada. Esa . La que decía: «yo también recuerdo lo de anoche y desearía no hacerlo».

Nate rompió el silencio, con voz tensa y profesional, como si cada palabra le costara un gran esfuerzo.

—La jornada empieza a las seis —dijo rotundo—. No es hora de socializar.

Jim levantó una ceja, divertido.

—Tranquilo, hombre. Solo estamos...

—¿Trabajando? —lo interrumpió Nate con la mirada clavada en él—. Porque si esta es tu forma de trabajar, quizás deberías buscarte otro empleo.

Gia parpadeó, atónita.

—¿Perdona?

Nate no la miró. Ni una sola vez.

—Necesito un examen exhaustivo del potro que nació anoche para ver que todo está bien. Ahora mismo.

Gia enderezó la espalda y cuadró los hombros.

—Claro —dijo con voz tranquila—. Me pongo a ello enseguida. En cuanto termine mi hora de socializar —añadió para picarle.

Algo se reflejó en el rostro de Nate. Culpa, arrepentimiento, una emoción demasiado humana para nombrarla, pero desapareció en un instante, engullida por el orgullo.

—Bien —murmuró.

Entonces dio media vuelta y salió del establo. La puerta se cerró de golpe tras él con tanta fuerza que hizo temblar la estructura. Los caballos volvieron a moverse, inquietos.

Jim soltó un silbido bajo.

—¡Wow! —exclamó, arqueando las cejas—. Alguien se ha despertado de mal humor.

Gia se quedó mirando la puerta durante un rato, con el pulso acelerado por razones que se negaba a analizar. Apretó la mandíbula antes de soltar el aire.

—Es un hombre imposible —dijo.

Jim sonrió.

—Está celoso.

Gia giró la cabeza hacia él, entrecerrando los ojos.

—No digas tonterías.

—Vamos, ese hombre te mira como si estuviera dudando entre despedirte o besarte. No es una discrepancia profesional que tenga contigo, es la tensión que hay entre los protagonistas de una telenovela.

Gia lo fulminó con la mirada, pero el leve rubor en sus mejillas la delató.

—Ves demasiadas telenovelas —dijo.

—Crecí con Martha —dijo Jim con orgullo—. Es educación cultural.

Gia puso los ojos en blanco.

—Eres incorregible.

—Tal vez. Pero tengo razón —afirmó Jim.

—Ni de lejos.

—Por favor —dijo Jim, alejándose con una sonrisa—. Si esa mirada que te ha dirigido no ha sido de celos, me como mi sombrero.

Gia tomó su carpeta y su café.

—Voy a examinar al potrillo recién nacido —dijo.

Jim levantó una mano a modo de despedida.

—Saluda a Nate de mi parte cuando le vuelvas a ver. Aunque quizás te convenga usar casco. Está a cinco segundos de sufrir una combustión espontánea.

Gia no respondió, simplemente se dio la vuelta hacia las cuadras, con las botas golpeando el suelo, fingiendo que el rubor de su cuello era por el calor del café y no por el recuerdo de la mirada de Nate.

La luz del sol se extendía por los campos, secando el barro y bañando el mundo de dorado una vez más. El aire olía a hierba limpia y húmeda, a heno y a ese ligero toque metálico que dejan las tormentas a su paso, una esencia que nunca desaparece del todo.

Cada paso que daba era como una discusión consigo misma. No iba tras él. Solo estaba haciendo su trabajo. Era una profesional. Eso era todo.

Excepto que no era así. Por supuesto que no.

¡Mierda!

Porque en algún punto entre los relámpagos y las risas, algo había cambiado. Y ahora cada mirada era como un reto. Cada silencio como una línea que ninguno de los dos se atrevía a cruzar.

Lo vio junto a la cerca, con el pelo oscuro despeinado, la camisa pegada a los hombros, clavando con un martillo los postes que había tirado la tormenta, con tanta fuera que parecía que le iba la vida en ello.

El sol iluminaba su perfil, esculpiendo las líneas duras de su mandíbula y la expresión obstinada de su boca.

Parecía un hombre hecho de piedra y autocontrol.

Durante unos segundos, Gia lo observó. Solo se quedó mirándolo.

Y, maldita sea, odió notar la forma en que los dedos de él se flexionaban alrededor del mango del martillo, la forma en que su pecho subía y bajaba, cómo golpeaba el extremo del madero, como si estuviera luchando por poner el mundo en orden de nuevo.

Tragó saliva con fuerza y se obligó a avanzar. Profesional. Distante. Ese era el objetivo.