CAPÍTULO 8
La tormenta llegó sin previo aviso, con un cambio en el cielo tan repentino y violento que parecía tener algo personal contra el rancho.
Un instante antes, Millstone brillaba bajo la cálida y soñolienta luz dorada del atardecer, que bañaba los pastos de hierba verde, mientras los caballos meneaban la cola de un lado a otro espantando las moscas, y las cigarras cantaban como si estuvieran cansadas.
Y al instante siguiente, el horizonte se tiñó de púrpura y negro, el viento azotó con fuerza los campos abiertos y el aire adquirió un sabor metálico.
Entonces se oyó el primer trueno.
No fue un simple ruido en las alturas, sino una sacudida que recorrió todo el cielo, tan fuerte que hizo temblar las ventanas y las herramientas colgadas en la pared del establo.
Martha chilló desde la cocina, Diego vociferó algo ininteligible sobre unas lonas, y Jim, con las riendas de uno de los caballos en la mano, tiraba del animal hacia los establos.
Gia salió corriendo por la puerta y bajó los escalones del porche, metiéndose bajo el diluvio casi sin pensarlo. La lluvia caía a cántaros, golpeándole la cara y empapando sus vaqueros en cuestión de segundos. El viento soplaba tan fuerte que le deshizo la coleta.
Apenas podía ver la construcción de los establos entre los relámpagos y las intensas cortinas de agua, pero siguió adelante, impulsada por el instinto.
En medio del caos, era vagamente consciente de que aquella era la clase de noche que separa a los valientes de los insensatos, y, sinceramente, ya no estaba segura de a qué grupo pertenecía.
Cuando irrumpió en el establo, el ruido era ensordecedor.
Los cascos retumbaban contra la madera, entre resoplidos y relinchos, y el olor a sudor y miedo la golpeó como un martillo.
Los caballos sacudían la cabeza, con los ojos desorbitados y las fosas nasales dilatadas.
El pánico se estaba extendiendo rápidamente entre los animales, a punto de descontrolarse.
Y justo en medio de todo, por supuesto, estaba Nate.
Estaba empapado hasta los huesos, con el pelo pegado a la frente y la camisa adherida a los hombros. Parecía haber salido de la mismísima tormenta. Mojado, con el ceño fruncido y demasiado sereno para estar en medio de aquel caos. Su voz cortó el trueno como un látigo.
—¡Asegurad las puertas! ¡Diego, revisa la valla sur! ¡Jim, mantén a los potros atrás!
El pecho de Gia se agitaba. Su aliento se mezclaba con el vapor y la lluvia.
—¡La paridera! —gritó por encima del estruendo—. ¡Melinda está a punto de parir, si se asusta...!
—¡Gia, quédate atrás! —La voz de Nate resonó en el lugar, nítida como un rayo.
Ella ni siquiera se detuvo ante su orden.
—¡Ni lo sueñes!
Porque cuando Gia Clarke tomaba una decisión, ni la intervención divina podía hacerla cambiar de opinión. Chapoteó por el pasillo, resbaló una vez y se agarró a un poste, con el corazón latiéndole a mil por hora.
Cuando llegó a la paridera, un relámpago cruzó el cielo, inundando el establo de luz blanca.
Melinda caminaba en círculos cerrados, con los músculos tensionados y la mirada asustada.
Sus costados se agitaban. Y en un rincón, temblando sobre unas patas inestables, había un potro recién nacido.
Estaba pegajoso por la placenta, parpadeando asustado por el ruido, frágil e increíblemente pequeño.
—Ay, cariño —susurró Gia con ternura, arrodillándose en la paja—. Menuda forma de llegar al mundo.
El potro emitió un relincho débil y tembloroso, rozando la palma de su mano mientras ella lo examinaba.
Las manos de Gia se movían de forma segura y experta.
Recorrieron suavemente el cuello, comprobando el pulso, la respiración y las pupilas.
Podía sentir su corazón latiendo bajo sus dedos, rápido y desesperado.
—Tranquilo —murmuró, con voz suave—. Estás bien. Estás bien, pequeño. Estoy aquí.
La yegua pateó el suelo y sacudió la cabeza. Gia levantó la vista, tranquila pero alerta, y le habló con ese tono sereno que reservaba para los animales asustados.
—Todo está bien, mamá. Él está a salvo. Tú estás a salvo. Te lo prometo.
La puerta de la cuadra se abrió de golpe.
Y ahí estaba Nate, irrumpiendo como la encarnación misma de la tormenta. Chorreando, furioso y con todo el cuerpo tenso.
—¡¿Estás loca?! —espetó—. Esa yegua podría cocearte hasta la muerte.
Gia ni siquiera se inmutó.
—Tiene miedo —replicó, sin dejar de revisar al potro recién nacido, manteniendo la calma—. Y que grites no ayuda.
—Yo no estaba... —Nate se detuvo a mitad de la frase al darse cuenta de que sí lo estaba haciendo. Se pasó una mano por la cara mientras el agua le goteaba por la mandíbula—. No pretendía...
—Demasiado tarde —dijo Gia, sin mirarlo—. Ya has alcanzado el volumen de los truenos.
Durante una fracción de segundo, iluminado por los relámpagos, Nate la miró como si no supiera si estrangularla o sacarla de allí y besarla hasta dejarla sin aliento.
Gia giró el rostro hacia él.
El agua le resbalaba por las sienes y goteaba de sus espesas pestañas negras. La camisa se le pegaba al cuerpo de una forma que no le ayudaba a concentrarse, y se odió un poco por darse cuenta de ello.
Entonces la yegua se revolvió de repente, golpeando el hombro de Gia con el flanco.
Gia perdió el equilibrio durante un segundo, el tiempo suficiente para que Nate reaccionara.
En un instante estaba a su lado, sujetándola con una mano firmemente apoyada en la parte baja de la espalda.
Era un simple toque para sostenerla, pero el contacto le envió a Gia una ola de calor por la columna, atravesando el frío como un cable de alta tensión.
—No te muevas —dijo él en voz baja, tan cerca que ella pudo sentir la vibración de su pecho más que el sonido de las palabras.
Asintió una vez, concentrada, aunque su pulso se había acelerado traicioneramente. ¿Se habría dado cuenta Nate?
—No iba a hacerlo —murmuró.
—Bien.
Nate bajó la mano y Gia se enderezó despacio, para no alterar a la yegua, que estaba nerviosa por la tormenta tras haber dado a luz.
Después de aquello, trabajaron en equipo, sin discusiones, guiados solo por el instinto.
Gia mantuvo a la yegua tranquila, susurrándole palabras de consuelo, mientras Nate cerraba la puerta de la cuadra con movimientos sosegados.
Sus manos se rozaron una vez, pero ninguno de los dos se apartó lo suficientemente rápido.
Un trueno retumbó, haciendo vibrar el establo. La tormenta no cesaba. El viento azotaba las paredes de madera y la lluvia golpeaba el techo, pero dentro se había formado un pequeño y frágil remanso de paz. El potro recién nacido se apretó contra su madre, que ya respiraba calmada.
Gia soltó el aire que había estado conteniendo en los pulmones, invadida por el alivio.
Se arriesgó a mirar a Nate. Él la estaba observando, con el agua aún goteándole por el cuello y una expresión indescifrable en el rostro. En parte furia, en parte asombro, y en parte algo peligrosamente cercano al miedo. No miedo a ella, sino a lo que podría llegar a pasar entre los dos.
—Reconócelo —dijo Gia, rompiendo el silencio—. No me ha coceado.
Nate resopló y negó con la cabeza.
—Me vuelves loco, ¿lo sabes?
Gia sonrió levemente y se volvió hacia la yegua.
—Gajes del oficio —dijo.
Hubo otra pausa, esa vez más larga. Una pausa que llevó a un silencio vibrante, lleno de palabras que parecían estar suspendidas en el aire. Entonces, en un tono aún más suave que antes, Nate dijo:
—Lo has hecho bien.
Gia parpadeó, sorprendida por su dulzura.
—¿Eso es un cumplido? —preguntó.
Él bajó la mirada, con una media sonrisa asomando a los labios.
—No te acostumbres.
Pero la dureza de su voz había desaparecido por completo.
La tormenta aflojó poco a poco, reticente a abandonar del todo el rancho.
La lluvia aún repiqueteaba contra el techo con un ritmo suave y regular, y el eco de los truenos se desvanecía en la distancia.
Su furia salvaje y violenta había pasado.
Lo que quedó fueron las secuelas. El vapor que se elevaba desde la tierra cálida, el aire limpio y cargado, y el penetrante aroma a metal y madera húmeda que llenaba el establo.
Gia y Nate se movían como dos personas que acaban de despertar de un sueño febril.
La adrenalina aún no se les había pasado del todo, y sus movimientos seguían siendo rápidos a pesar de que el peligro había pasado.
Como un equipo, lograron que todos los caballos se calmaran, trabajando en perfecta sincronía sin necesidad de hablar.
Era extraño lo fácil que resultaba, cómo los instintos de Gia parecían coincidir con los de Nate, como si llevaran años trabajando juntos.
Nate murmuró a los animales con esa voz baja y firme que Gia empezaba a reconocer. No era el tono duro que usaba para dar órdenes o marcar distancia, sino ese tono suave que escondía en el fondo.
—Tranquila, pequeña. Estás bien. Lo has hecho muy bien —le dijo a Melinda.
Gia mantenía la palma de la mano presionada contra el costado del potro recién nacido, de quien estaban más pendiente, notando el temblor de sus diminutas costillas. Tenía el pelo pegado a la cara y la ropa cubierta de barro, pero nada de eso importaba.
—Estás bien, cariño —susurró—. Eres más fuerte de lo que pareces.
Durante unos largos segundos, el mundo se redujo al sonido de sus respiraciones. La de Gia, la de Nate, la de la yegua y la del potro, todas acompasadas. Entonces, el silencio se rompió con un sonido inesperado.
Una risa.
Al principio, fue una risita breve e incontrolable que se le escapó de la garganta. Era absurdo, la verdad. Estaban empapados, sucios, tiritando y rodeados de caos, pero la situación era tan cómica que Gia no pudo evitarlo.
—Tú... —jadeó entre risas, apartándose los mechones de pelo mojado de los ojos—. Oh, Dios, Nate, pareces un gato ahogado.
Nate parpadeó y luego resopló, sacudiendo la cabeza mientras el agua aún le goteaba del pelo.
—Mira quién habla. Tienes... espera —dijo, señalándole la cabeza con una sonrisa burlona—, tienes medio pajar metido en el pelo.
Gia le dio un manotazo juguetón en el brazo.
—Esto son cosas que a veces suceden cuando la mayor parte de tiempo lo pasas en un establo —dijo.
Nate se apoyó contra la pared de madera, exhausto, pero sonriendo, con esa rara expresión de despreocupación que suavizaba sus duras facciones.
—¿Y cuál es mi excusa para estar con estas pintas? —dijo.
—Lo tuyo es mal humor crónico —respondió Gia, muy seria.
Durante un segundo, él la miró fijamente y luego se echó a reír. Una risa de verdad. Empezó en lo profundo de su pecho, cálida y ronca, y Gia no pudo evitar conmoverse. Sintió que el sonido se le instalaba en el fondo del cerebro, provocándole una sensación extraña pero agradable.
— Touché —murmuró Nate, con la voz todavía áspera de tanto gritar para hacerse oír durante la tormenta.
La lluvia seguía cayendo, más silenciosa, como un suave tamborileo que parecía desvanecerse a su alrededor.
Los caballos habían recuperado la calma y se movían con pereza.
El potro recién nacido se acurrucaba contra la tripa de su madre buscando calor.
Era una paz frágil, como si respirar demasiado fuerte pudiera romperla.
Gia finalmente levantó la vista y descubrió que Nate la estaba mirando.
No era su mirada habitual. No era la evaluación desconfiada que le dedicaba a todo el mundo, ni la constante irritación que formaba parte de su carácter. Aquella mirada era diferente. Más lenta. Indagadora. Más profunda. Como si acabara de darse cuenta de algo (quizás algo que no podía controlar).
Y lo peor era que ella también lo sentía así.
El aire entre ellos vibraba, de forma sutil pero cargado de tensión.
El pulso de Gia se aceleró, rápido y traicionero.
Sabía que debía moverse. Debía irse antes de empeorar las cosas, antes de empezar a darle demasiadas vueltas a la forma en que él la miraba.
Pero su cuerpo no parecía dispuesto a entrar en razón.
Simplemente se quedó donde estaba, atrapada en ese instante suspendido en el que todo parecía a punto de cambiar.
Nate se acercó un paso más. Lo suficiente para que ella notara su respiración cerca de la oreja, cálida en contraste con el frío húmedo de la piel.
—¿Estás cansada? —le preguntó.
Gia asintió. Su voz fue apenas un susurro.
—Un poco. ¿Y tú?
Él no respondió de inmediato. Sus ojos la escudriñaron, indescifrables. Entonces levantó la mano, lenta y vacilante, como si estuviera comprobando si la tormenta le daba permiso. Le apartó un mechón de pelo mojado de la mejilla, rozando su piel con las yemas de los dedos.
No fue nada, pero a la vez lo fue todo.
Gia se quedó sin aliento. Su cerebro sufrió un cortocircuito. El mundo entero se redujo a ese único roce, a la calidez de sus dedos, al olor a lluvia y cuero, y al latido desbocado de su propio corazón.
Entonces, un estruendo.
Un trueno violento y seco resonó por todo el establo, tan fuerte que hizo vibrar las paredes y asustó al potrillo, que soltó un relincho de miedo.
Gia retrocedió por instinto, sobresaltada, y la mano de Nate cayó en el costado, como si lo hubieran pillado haciendo algo indebido. La magia del momento se rompió.
Gia dejó escapar un suspiro tembloroso, intentando bromear para aligerar la tensión, aunque sin mucho éxito.
—Aquí las tormentas no se acaban nunca —dijo.
Nate carraspeó y apartó la mirada.
—Debería, eh... revisar las vallas. Asegurarme de que no se haya caído ninguna.
—Claro —dijo Gia, apartándose el pelo mojado de la cara—. Las vallas. Es urgente.
Ninguno de los dos se movió durante un segundo. Luego, ambos caminaron en direcciones opuestas, actuando como hacen quienes fingen estar muy ocupados para no tener que reconocer lo que casi acababa de pasar.
La lluvia empezó a amainar de nuevo hasta convertirse en una suave llovizna. El cielo se fue aclarando, pasando del negro al gris, hasta mostrar un tenue tono rosado. El rancho volvía a la normalidad, con su olor a madera y heno húmedo.
Cuando amaneció sobre las colinas, todo parecía engañosamente tranquilo.
Martha los vio primero. Dos siluetas separadas bajo la tenue luz del alba, ambas empapadas, simulando estar completamente concentradas en el horizonte mientras evitaban mirarse. Los observó un momento con una media sonrisa cómplice en los labios.
—Toda gran historia de amor empieza con mal tiempo —murmuró.
Dentro del establo, Trueno resopló y se revolvió, inquieto, pero a salvo, al tiempo que su aliento empañaba el aire fresco del amanecer. Incluso los animales parecían sentirlo. Ese pequeño e invisible cambio que no estaba en el cielo ni tenía nada que ver con la tormenta.