CAPÍTULO 7 #2
Nate se apoyó contra el marco de la puerta y se frotó la nuca con la mano llena de polvo.
La tensión crepitaba en su interior como electricidad estática.
No odiaba a Gia Clarke. Se lo repetía una y otra vez.
No, no la odiaba. El problema era que no podía dejar de pensar en ella.
Y eso, para él, era peor. Muchísimo peor. Mil millones de veces peor.
Cada vez que ella abría la boca, sentía que podía ver a través de él, como si leyera las cosas que había intentado ocultar durante años bajo trabajo duro, un clima implacable y ese resentimiento que nunca se apagaba en su interior.
Gia lo desafiaba como nadie más lo hacía. No se acobardaba, no se inmutaba, no dejaba que él la asustara. Y eso debería enfadarlo más de lo que lo hacía. Sin embargo, solo lo llevaba a sentir... algo. No sabía el qué, pero algo.
Recordó el aspecto que tenía aquella mañana.
Allí de pie, con el amanecer a sus espaldas, el pelo recogido, pero algo despeinado, como si no tuviera tiempo para preocuparse por su apariencia, y la carpeta sujeta al pecho como un escudo.
Su mirada azul era penetrante, sí, pero su voz, que Dios lo ayudara, tenía un suave trasfondo de compasión, tal vez.
O de una fe obstinada. Fuera lo que fuese, lo había conmovido.
Se pasó una mano por el pelo, suspiró y miró por la ventana hacia el corral de entrenamiento.
Gia seguía hablando con Martha, con la luz del sol deslizándose por su pelo rubio, arrancándole destellos dorados.
Se rio, no de forma educada, sino con una risa coloquial, auténtica, echando la cabeza hacia atrás de tal manera que a él se le revolvió algo en el pecho.
Sabía que debía apartar la mirada. ¡Maldita sea, lo sabía!
Pero no lo hizo.
Gia giró el rostro y sus miradas se encontraron en la distancia.
Solo duró un latido, quizá dos. Pero fue lo suficientemente largo como para resultar peligroso.
Lo bastante largo como para que él apretara la mandíbula y sintiera que los pulmones se le quedaban pequeños para el aire que estaba conteniendo.
Entonces ella parpadeó, apartó la mirada y rompió el hechizo que los envolvía. Nate exhaló con fuerza.
—Tú ganas —murmuró por lo bajo.
Se apartó del pestillo que había dejado inservible, agarró sus herramientas y se dirigió a la estantería con la expresión de alguien que acaba de perder una batalla invisible.
No llegó a ver la sonrisa de Gia. Un gesto pequeño y secreto, de esos que significaban que sabía que había puesto en marcha algo que ninguno de los dos podría detener.
Por la tarde el calor apretó. Gia estaba en el cuarto de aperos, con las mangas remangadas, reorganizando los suministros con una concentración implacable, que solo se logra cuando intentas no pensar en algo. O en alguien.
Martha apareció en la puerta dando la impresión de llevar allí un rato, en silencio, observando. Sostenía una taza roja que decía «Las mamás de los ranchos son más guais» con letras descoloridas blancas y apoyó el hombro contra el marco.
—No tienes que tomarte tan en serio su mal genio, ¿sabes? —dijo con voz cálida, como si hablara con alguien de la familia, con su hija—. Nate no dice ni la mitad de lo que realmente piensa.
Gia no levantó la vista de inmediato, se limitó a alinear otra fila de viales, dejándolos perfectamente espaciados.
—¿Qué mitad? —preguntó después, con un tono ligero pero cansado.
Martha se rio.
—La mitad que finge que no le importa.
Eso hizo que Gia se detuviera. Miró hacia la puerta del cuarto, desde donde la voz de Nate llegaba débil y grave, ladrando órdenes a Diego y a los mozos de cuadra, y apurando a Jim con el horario de la comida de los caballos.
No dejaba de moverse, no dejaba de presionarse a sí mismo.
No se daba un respiro. Como si temiera que, al reducir la velocidad, al bajar el ritmo, sus fantasmas pudieran alcanzarlo.
—Es… un hombre muy complicado —dijo Gia, girándose para mirar a Martha.
Martha dio un sorbo a su café, sonriendo levemente.
—Cariño, por aquí esa es solo otra forma de decir «solitario».
La palabra resonó en lo más profundo de su ser.
Soledad. Sí. Eso encajaba. Gia lo había notado, cómo Nate se mantenía al margen de las conversaciones, como si estuviera presente, pero sin formar parte de ellas realmente.
Cómo marcaba las distancias con todos, incluso cuando los tenía al lado.
Ella reconocía ese tipo de soledad. Era la que no surgía de estar físicamente solo, sino de no dejar que nadie se acercara lo suficiente (ni siquiera para ayudarte).
Martha se aproximó un poco a Gia y bajó la voz, como si fuera a compartir un secreto con ella.
—Si quieres sobrevivir en el rancho Millstone, recuerda esto: Nate no es el enemigo, solo es un hombre que ocultó su corazón y olvidó cómo permitir que la gente se quede a su lado.
Gia tragó saliva y asintió lentamente. No respondió, pues no confiaba en que su voz sonara todo lo firme que quería.
Empezaba a creer que Martha tenía razón, que debajo de toda aquella brusquedad y necesidad de control, había algo roto, pero que quizás valía la pena salvar. Y ser consciente de eso la asustaba un poco, porque ella no había ido allí a salvar a nadie.
Y lo sabía muy bien. Así era exactamente como empezaban todos los errores terribles.
Al atardecer, el calor finalmente empezó a amainar. El aire olía a heno y a una lluvia que no terminaba de llegar. El cielo estaba veteado de tonos naranja y lavanda, mostrando aquella clase de belleza serena que parecía casi inmerecida después de un día tan tenso.
Gia pasó junto al corral de entrenamiento, de nuevo con la carpeta en la mano, llena de notas garabateadas en los márgenes.
Vio a Nate junto a la cerca, de espaldas, con una bota apoyada en el travesaño inferior y los brazos cruzados.
Tenía el aspecto de un vaquero melancólico de portada de novela romántica, de esas que él probablemente arrojaría al fuego si alguien lo pillara leyéndolas.
No dijo nada cuando Gia se acercó, ni siquiera la miró, pero al pasar a su lado, escuchó su voz, baja, reticente y áspera.
—Tenías razón sobre las horas de entrenamiento.
Gia se detuvo a medio paso y se giró.
—¿Acabas de admitir la derrota? —le picó.
—He dicho que tenías razón —la corrigió Nate, con la mirada fija en el horizonte—. Aunque no me haya gustado la forma en la que lo has planteado.
Gia disimuló una sonrisa.
—Tomo nota.
Un pequeño silencio se cernió sobre ellos. No fue incómodo, pero sí estaba cargado de tensión, como siempre. El aire entre los dos era más pesado de lo que el frescor de la brisa de la inminente noche arrastraba.
Mientras Gia se alejaba, Nate le advirtió en voz alta:
—Ya te lo dije, no esperes que te elogie.
Gia no se detuvo ni se dio la vuelta.
—No se me ocurriría, vaquero —respondió por encima del hombro, con el tono de broma exacto para arrancar a Nate una mueca (probablemente involuntaria).
Él la observó alejarse. Se fijó en el balanceo de su coleta rubia, en la seguridad de sus hombros, en la forma en que la última luz del día se reflejaba en su carpeta como si fuera una insignia.
Y cuando estuvo seguro de que ya no podía oírlo, finalmente exhaló, frotándose la nuca con la mano y sacudiendo la cabeza como alguien que ya ha perdido una pelea que nunca quiso empezar.
Porque, a pesar de todas sus reglas, de su férreo control y de su necesidad de mantener todo y a todos a distancia, Gia Clarke seguía encontrando la manera de esquivar sus barreras.