El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El amanecer se veía precioso, tenue, dorado y en perfecta calma, como si no supiera que la mitad de la gente de aquel rancho estaba a un comentario sarcástico de cometer un asesinato. El cielo se había teñido de un color melocotón, los caballos pastaban perezosamente y el aire olía a vida.

Debería haber sido un momento tranquilo. Debería haber sido el comienzo de un día fácil. Pero no fua así. Porque nada en el rancho Millstone era fácil, y mucho menos Nathaniel Kenwood.

¿Cómo podía ser aquel hombre tan complicado? ¿Tener tantas capas? Era como una cebolla gigante.

Gia estaba de pie en el corral de entrenamiento, con el pelo recogido en un moño práctico y la carpeta sujeta con fuerza contra el pecho, como si fuera lo único que le impedía lanzársela a alguien a la cabeza.

Específicamente, a él. Nate estaba en la pista con Trueno.

El semental escarbaba la tierra y resoplaba como si estuviera listo para pelear.

Y quizá lo estaba, aunque Gia empezaba a sospechar que Nate era el que estaba más inquieto de los dos.

Aquello se había convertido en una rutina. Un patrón.

Paso uno: Nate gruñía.

Paso dos: Gia discutía con él.

Paso tres: todo entre ellos estallaba.

Y ya estaban en el paso tres antes de que el sol hubiera salido por completo. ¡Que tío más insoportable!

—Trueno necesita descansar, no correr —dijo Gia, cruzándose de brazos. Su voz sonaba firme y profesional, pero el pulso acelerado en su cuello delataba su irritación—. Aún tiene inflamación en la pata, puedo verlo. Si lo fuerzas, solo empeorarás las cosas.

Nate se ajustó el sombrero con un movimiento brusco, como si hasta su paciencia se estuviera acabando.

—Lo entiendo —dijo, arrastrando cada sílaba con contención—. Pero tiene que correr.

—Necesita sanar —respondió Gia, sin amedrentarse.

Nate señaló a Trueno con la mano, que se paseaba inquieto y sacudía la cabeza con los músculos tensos bajo el pelaje.

—¿Crees que quiere quedarse quieto? Míralo. Nació para moverse —dijo.

—Y si sigues tratándolo como a una máquina —replicó Gia—, terminará rompiéndose.

Nate le lanzó una mirada fulminante.

—No lo conoces como yo —dijo en tono rotundo.

—Y tú —dijo Gia con calma— no conoces el funcionamiento de los tendones como yo.

La tensión se intensificó entre ellos, invisible pero palpable. Era una corriente que volvía el aire más pesado y eléctrico. Se quedaron allí, como dos fuerzas de la naturaleza enfrascadas en un duelo de miradas que ninguno parecía dispuesto a perder.

Desde la valla, Diego silbó por lo bajo.

—Y aquí vamos de nuevo —murmuró—. El cuarto asalto de la discusión veterinaria con más tensión sexual del mundo.

Martha le dio un codazo tan fuerte en las costillas que lo hizo gruñir.

—Shhh... Deja que lo resuelvan solos. Quizás se maten. Quizás se besen. Hagan lo que hagan, nos alegran el desayuno. Es mejor que cualquier telenovela.

Diego se echó a reír.

Gia no apartó la vista de Nate.

—Le estás transmitiendo tu tensión —dijo, con un tono engañosamente tranquilo.

Nate parpadeó, confundido.

—¿Qué?

—Estás demasiado tenso —explicó ella, señalando con la cabeza la fuerza con la que agarraba las riendas—. El caballo lo siente. Se está contagiando de tu estrés.

Nate exhaló bruscamente por la nariz. Era un gesto característico que Gia ya había aprendido que significaba que estaba a una frase de decir algo de lo que se arrepentiría.

—Mira —dijo él—, he entrenado caballos toda mi vida. Sé perfectamente lo que pueden aguantar.

—Seguro que sí —respondió Gia, con una voz tan mesurada y educada que resultaba peligrosa—. Pero me contrataste como veterinaria para hacer mi trabajo. Pues déjame hacerlo.

Nate sonrió con ironía.

—¿Crees que te contraté para que me des órdenes?

Gia inclinó la cabeza.

—¿Entonces mi opinión médica no vale nada para ti?

Aquella pregunta desconcertó a Nate. Abrió la boca, después la cerró y después la volvió a abrir otra vez. Durante un breve y satisfactorio segundo, ella supo que había ganado.

¡Chúpate esa, Nathaniel Kenwood!

—Bien —gruñó él, acercándose un paso más—. Dime, señorita Clarke, ¿cuál es tu brillante plan? ¿Envolverlo en plástico de burbujas? ¿Cantarle nanas?

La sonrisa de Gia se extendió por sus labios, lenta y deliberada.

—No —dijo—. Trote ligero. Terapia controlada. Una recuperación gradual.

—Eso llevará semanas —espetó él.

—Exactamente.

Nate miró hacia el cielo, murmurando algo que sonó muy parecido a un «señor, dame paciencia», y que Gia ignoró.

—No tenemos semanas —dijo Nate.

—Y a él no le sobra otra pata —rebatió Gia.

Ese golpe aterrizó con dureza. El aire se quedó quieto, sin movimiento. El único sonido era el suave roce de los cascos en la tierra y el graznido de un cuervo a lo lejos. Gia observó a Nate, y notó un destello de algo en sus ojos (dolor, frustración, tal vez culpa) antes de que desviara la mirada.

—¿Crees que no me importa? —soltó Nate, con una dureza de acero en el tono.

—Creo que tu propia desesperación terminará arruinándolo, si no aprendes a dar un paso atrás y bajar el ritmo —respondió Gia.

Durante un segundo, pareció que Nate realmente la escuchaba.

Miró fijamente a Trueno, con la mandíbula apretada y el pecho subiendo y bajando por la tensión del momento.

Había algo humano en sus ojos, algo vulnerable que Gia no esperaba ver.

Y eso casi la ablandó. Casi, porque con Nathaniel Kenwood nunca se sabía.

Pero entonces él le arrebató la carpeta de las manos con tanta brusquedad que sus dedos se rozaron, y la dejó sobre la valla.

—Hemos terminamos —dijo, dándose la vuelta.

Sus botas resonaron sobre la tierra. Sus largas zancadas devoraron la distancia hasta que desapareció en el interior del establo sin mirar atrás.

Diego silbó.

—Bueno —dijo, apoyándose en la cerca—. Eso ha sido tan suave como abrazar a un cactus.

Gia se pinzó el puente de la nariz con los dedos y dejó escapar un sonoro suspiro.

—¿Alguna vez escucha a alguien? —preguntó.

—A mí no —respondió Diego—. Pero quizá a ti sí. Con el tiempo.

Martha negó con la cabeza, observando el lugar por donde Nate se había marchado.

—No está enfadado contigo, querida. Está enfadado consigo mismo porque sabe que tienes razón.

Gia soltó una risilla.

—Sí, claro, eso me reconforta muchísimo —dijo con ironía.

—No te preocupes —añadió Diego con una sonrisa—. Se pone así de insoportable cuando alguien lo impresiona. Lo cual, ya sabes, es raro. Así que felicidades.

Martha abrió el termo negro que llevaba en las manos, ofreció un vaso a Gia y vertió en él un buen chorro de café. Tenía un brillo divertido en los ojos castaños que significaba que estaba a punto de decir algo peligroso.

—Lo has puesto nervioso —afirmó con naturalidad, y se quedó como si nada.

Gia levantó una ceja rubia.

—¿Yo lo he puesto nervioso?

—Está acostumbrado a que la gente le dé la razón —continuó Martha—, o a que lo eviten. Tú no haces ninguna de las dos cosas.

Gia se encogió de hombros, fingiendo que no era para tanto, aunque todavía tenía el estómago apretado y el pulso a mil por hora.

—Sí, bueno... Yo tampoco estoy acostumbrada a rendirme.

Los labios de Martha se curvaron en una sonrisilla cómplice, como si hubiera estado esperando el momento perfecto para soltarlo.

—Por eso te mira de esa manera.

Gia se quedó paralizada.

—¿De qué manera? —preguntó, con el corazón latiéndole en la garganta.

—Con esa mirada que ponen los hombres cuando se dan cuenta de que han encontrado a la horma de su zapato.

Gia se rio, demasiado fuerte y demasiado rápido.

—Me mira como si estuviera planeando mi asesinato —dijo.

—Para él, es exactamente lo mismo, querida —dijo Martha.

Y en algún lugar del establo, Nate se pasó la mano por el pelo. Todavía podía oír la voz de Gia, nítida y firme en su cabeza. A pesar de toda su terquedad, no podía ignorar lo que le había dicho: «tu propia desesperación terminará arruinándolo, si no aprendes a dar un paso atrás y bajar el ritmo.»

Ella no lo conocía.

No sabía lo que estaba en juego.

No sabía lo que él había perdido en el pasado.

Pero, aun así, sus palabras persistían, clavándose en su maldito cerebro como una espina que no se podía arrancar.

El sol siguió subiendo. Empezó la jornada y el rancho volvió a la vida. Aunque no como otros días.

Gia Clarke no debería importarle. Y Nathaniel Kenwood no debería importarle a ella. Pero la verdad era que la línea que separaba ambas cosas se hacía más delgada cada día que pasaba.

Nate seguía en el establo, fingiendo arreglar un pestillo que no necesitaba arreglo.

El mismo que había «arreglado» tres veces desde que Gia había llegado al rancho.

El maldito trasto estaba perfectamente bien, pero él necesitaba hacer algo con las manos antes de golpear una pared o, peor aún, pensar demasiado.

No le gustaba pensar. Pensar traía problemas.

El metal tintineaba bruscamente contra su llave inglesa mientras apretaba un perno que ni siquiera estaba flojo.

El sonido resonaba entre las silenciosas paredes del establo.

El zumbido matutino de la vida del rancho entraba por la puerta abierta, el suave roce de los cascos, el parloteo distante de los mozos de cuadra y el resoplido de un caballo en algún lugar de la hilera.

Debería estar ahí fuera, en el corral de entrenamiento. En cambio, se escondía.

—Recuperación gradual —masculló, burlándose del tono de Gia, aunque sin imitarlo—. Reposo. ¿Quieres que duerma entre algodones? ¿Qué será lo siguiente, Clarke? ¿Un cuento para dormir?

La llave inglesa se le resbaló, golpeando contra la madera, y maldijo por lo bajo.

—Maldita mujer, se cree que lo sabe todo.

Trueno se removió en el rectángulo de su cuadra y emitió un relincho que casi sonó a aprobación, o a juicio. Nate lo fulminó con la mirada.

—No empieces tú también —le advirtió.

El caballo movió una oreja y sacudió la cola, indiferente.