CAPÍTULO 6
Gia estaba tumbada bocarriba en la cama, mirando el techo, donde las tablas de madera crujían cada vez que soplaba el viento. La colcha que la cubría era demasiado pesada para su comodidad, y sus pensamientos eran aún más pesados.
El rancho estaba en silencio. Un silencio profundo que, a pesar de todo, se sentía vivo, pero su mente se negaba a calmarse. Cada sonido se escuchaba amplificado, el tic tac del reloj, el gemido del molino de viento, el leve resoplido de un caballo que entraba por la ventana abierta.
Y por encima de todo eso, Nate.
Todavía podía oír su voz grave y pausada durante la cena. No las palabras exactas, sino más bien su textura. La aspereza que nacía de años de guardarse demasiadas cosas y expresar muy pocas. Su voz la había seguido hasta la cama como un eco imposible de apagar.
No era que él fuera exasperante, que Dios sabía que lo era. Sino que resultaba... complicado. Y a ella no le gustaban las cosas complicadas. Lo complicado significaba impredecible. Significaba el tipo de problemas que no se planean y de los que no se puede escapar una vez que comienzan.
Se dio la vuelta y presionó la cara contra la almohada. Eso la ayudó durante treinta segundos, pero luego volvió a mirar al techo.
Quizás era el aire del rancho. Quizás era la adrenalina del nuevo trabajo. O quizás era el hecho de que, cuando él la había mirado desde el otro lado de la mesa (silencioso, firme, indescifrable), algo dentro de ella se había salido por completo del guion.
Había intentado de todo para dormir. Contar caballos en lugar de ovejas (lo cual, francamente, le parecía trabajo).
Leer el manual veterinario de urgencias que tenía en la mesita de noche (que solo le recordaba las muchas maneras en que un caballo podía lesionarse).
Incluso había intentado escribir un diario, pero se rindió después de solo cuatro líneas: « Querido diario, hoy un hombre me ha mirado como si yo fuera un problema.
Y, para mi fastidio, creo que me ha gustado. »
El reloj marcaba la una y veintisiete de la madrugada cuando finalmente suspiró y se sentó en la cama.
Ya bastaba de fingir.
Si no podía dormir, buscaría algo que tuviera sentido, y lo único que tenía sentido para ella eran los caballos. Se puso las zapatillas, se echó una chaqueta sobre la camiseta y salió a la noche.
El aire la recibió como un bálsamo, fresco y húmedo, con aroma a heno, a tierra empapada por la lluvia y a la suave dulzura de la alfalfa. La luna, baja y enorme, bañaba de plata los campos y las cercas, haciendo que todo pareciera más suave y tranquilo. Incluso el viento había amainado.
A medianoche, el rancho Millstone no parecía el mismo lugar al que había llegado días antes. De día, era rutina y hombres trabajando sin parar que hablaban demasiado alto. Pero bajo la luz de la luna daba la sensación de ser un secreto, como algo antiguo que aún respiraba en la oscuridad.
Sus botas crujían sobre el sendero mientras se dirigía a los establos.
La construcción se alzaba imponente ante ella y, para su sorpresa, la luz interior se filtraba tenuemente por las rendijas de la puerta.
Durante un instante, creyó estar sola. Quizá alguien se había dejado la luz encendida.
Pero entonces lo escuchó, el murmullo de una voz que conocía muy bien.
Sus pasos vacilaron.
«No puede ser», se dijo.
Se acercó más, con cuidado, hasta que pudo mirar a través de la puerta entreabierta.
Y ahí estaba.
Nathaniel Kenwood.
Se encontraba de pie en la cuadra de Trueno, acariciando distraídamente el cuello del semental con una mano, mientras apoyaba la otra contra la madera.
Llevaba la camisa de franela desabrochada por arriba y las mangas remangadas hasta los codos.
Por una vez, no estaba a la defensiva. Parecía... en paz.
El caballo se movió ligeramente y Nate murmuró algo con un sonido duro pero tranquilo.
—Te acuerdas de ella, ¿verdad, muchacho? —dijo, con la voz más suave que nunca—. Siempre corriendo. Siempre inquieta. Igual que tu maldito dueño.
Trueno exhaló y movió las orejas. Nate soltó una risilla, un sonido pequeño y entrecortado que apenas contaba como risa, pero que lo era.
Gia se quedó paralizada, con una opresión en el pecho.
Era extraño. Había visto a aquel hombre enfadado, siendo sarcástico e insoportable.
¿Pero esa versión de él? ¿Hablando con su caballo como si fuera la única alma que le quedaba en el mundo?
Eso era nuevo. Y le provocó algo en el interior. Algo que no quería nombrar.
Sabía que tenía que irse. No debería estar allí, no debería estar escuchando. Pero se quedó de todos modos, escondida entre las sombras, en medio del aire del establo cargado de olor a paja y a confesiones.
Nate siguió hablando, bajando aún más la voz.
—Le gustabas, ¿sabes? —Hizo una pausa y dejó la mano quieta sobre la crin del caballo—. Decía que eras majestuoso. Pero no decía lo mismo de mí. —Esbozó una leve sonrisa, seca como el polvo—. Para ella yo era demasiado serio. Demasiado obsesivo. Supongo que no se equivocaba.
A Gia se le cerró la garganta. Había una historia detrás de Nathaniel Kenwood. Dolorosa, rota, oculta. Una de esas pérdidas que aún sangra bajo la piel sin importar cuántos años pasen.
El semental le dio un suave empujón en el hombro con el hocico, como si percibiera la tristeza en la voz de Nate. Él acarició de nuevo su cuello.
—Eres el único que queda que no me miente —murmuró.
A Gia le dolió escuchar aquellas palabras. Conocía esa clase de verdad, la que solo se le confiesa a los animales o a las habitaciones vacías, cuando se supone que nadie está escuchando. Esa verdad que sabe a agotamiento y a honestidad a partes iguales.
Retrocedió un paso, con la intención de dejarlo a solas con sus fantasmas. Pero el suelo de grava crujió bajo sus zapatillas, resonando en el silencio, y Nate levantó la cabeza de golpe.
Sus miradas se encontraron a través de la tenue luz.
Durante un segundo, todo quedó en absoluto silencio.
Nate no habló. Gia tampoco. Pero había algo en la forma en que él la miraba. No era exactamente ira, tampoco sorpresa. Era una calma prolongada y cautelosa, como si estuviera debatiéndose entre alejarse o decir algo que no debía.
Gia tragó saliva. El pulso le latía con fuerza en la garganta.
—No quería... interrumpir —dijo en voz baja.
Nate se enderezó despacio, manteniendo la mano apoyada en el cuello del caballo.
—¿No puedes dormir?
Gia negó con la cabeza.
—No —respondió.
Nate la observó un momento, con los ojos ensombrecidos e ilegibles.
—Sí. Pasa mucho por aquí —dijo.
El silencio que siguió fue denso, pero no incómodo. Trueno se removió en el sitio y agitó la cola perezosamente, rompiendo la tensión lo justo para que Gia pudiera volver a respirar.
—No pensé que fueras de los que hablan con sus caballos —dijo finalmente, intentando aligerar el ambiente de alguna manera.
—No lo soy —respondió Nate simplemente—. Excepto cuando lo hago —añadió.
Gia soltó una risa suave.
—Eso está bien —dijo.
Él la miró de nuevo, con un ligero toque de humor asomando en la comisura de los labios.
—¿Y tú? ¿Siempre andas husmeando por los establos a medianoche?
—Solo cuando me aburro. O cuando algo me inquieta.
—¿Y cuál de los dos motivos es esta noche?
Gia lo miró a los ojos.
—Quizás ambos.
Nate no sonrió, pero algo cambió en la expresión de su rostro. Un destello de comprensión. Tal vez se sentía identificado con ella.
Y durante unos largos segundos, simplemente permanecieron así. Dos personas desveladas atrapadas bajo la misma luz pálida, fingiendo que estaban allí por los caballos.
Solo el tenue crujido de la paja y el sonido constante de la respiración de Trueno llenaban el aire. La luz se balanceaba ligeramente en el techo, proyectando sombras sobre las vigas de madera.
Entonces Nate dijo, con ese tono pausado que se enroscaba en las palabras como humo:
—La curiosidad mató al gato.
A Gia se le cerró la garganta con una risa que no sonó del todo natural.
—Tú hablas con tus caballos para huir del insomnio —dijo, en un tono ligero a pesar de que su pulso había vuelto a acelerarse—. Yo doy paseos bajo la luna por lo mismo. Todos tenemos mecanismos de defensa.
Nate enfiló los pasos hacia la puerta del establo.
El suave roce de las botas resonó en el silencio.
La luz amarillenta de la bombilla se reflejaba en la áspera línea de su mandíbula, en la sombra de su incipiente barba y en los brazos curtidos por el sol y el trabajo duro.
No daba zancadas, nunca las daba, pero había algo en su presencia que hacía sentir a Gia como una intrusa.
—No sabía que para examinar a los caballos era necesario espiarlos —dijo él, apoyando el hombro contra la puerta del establo.
Gia se puso instintivamente a la defensiva.
—No estaba espiando —respondió, enderezándose, como si pretendiera equipararse en altura a Nate—. Estaba... observando. Con fines médicos.
Él tardó unos segundos en hablar de nuevo.
—Ya... —Entrecerró un poco los ojos, pero ahora había diversión en ellos, una diversión tranquila, de esas que te pillan desprevenido—. ¿Y cuál es tu diagnóstico? ¿Que me estoy volviendo loco?
Gia se cruzó de brazos, con la barbilla ligeramente levantada.
—Todavía no —contestó—. Pero sí pareces tenerle alergia a la compañía humana.
Ese comentario arrancó una leve sonrisa a Nate.
—No deberías estar aquí sola de noche —dijo, y el humor se desvaneció lo justo para dar paso a algo más. Preocupación, quizá. O instinto protector. Gia no lo sabía.
—Tú tampoco deberías —replicó ella—. Pareces el tipo de persona que dejaría que le cayera un rayo solo para demostrar que no puede matarlo.
Durante medio segundo, Gia juró que él la ignoraría, o que terminaría mandándola a la mierda.
Tenía todas las papeletas. Pero entonces él se echó a reír.
Una risa baja, auténtica. El sonido fue tan inesperado que casi la sobresaltó.
Era más suave de lo que imaginaba, áspero en los bordes, pero cálido, envolvente.
—No te rindes nunca, ¿verdad? —preguntó Nate, sacudiendo ligeramente la cabeza.
—Rendirme no es lo mío, ya lo sabes. —Gia se acercó a Trueno y le acarició el hocico.
El aliento del semental resopló contra la palma de su mano, cálido y reconfortante en el frescor de la noche.
—Confía en ti —dijo Nate, cambiando de tono a uno más tranquilo, casi reflexivo.
—Confía en mí porque no lo presiono —dijo Gia, sin apartar la vista del caballo—. Deberías intentarlo alguna vez.
La mirada de él se agudizó. Algo extraño atravesó sus ojos.
—Yo no puedo darme ese lujo.
Gia se giró hacia Nate y lo observó atentamente unos segundos. La tensión de la mandíbula, la línea de cansancio en la comisura de los labios, la mirada cautelosa que parecía una armadura.
—Todos pueden hacerlo —dijo—. Pero algunos lo confunden con debilidad.
El aire entre ellos volvió a calmarse. Los caballos resoplaban en las cuadras, pero ni Gia ni Nate se movieron.
El silencio cayó en el establo, pero no era como el silencio anterior, este era incierto, en el que ambos intentaban adivinar qué diría el otro a continuación.
Este vibraba en la atmósfera, extendiéndose a lo largo de los pocos metros que los separaban.
Este silencio no estaba vacío en absoluto, estaba demasiado lleno de todo lo que no deberían decirse.
Nate no apartaba la mirada de Gia. Y cuanto más tiempo pasaba sin hacerlo, a ella más le costaba respirar con normalidad.
Había algo en él bajo aquella luz, que lo hacía parecer menos el hombre duro que dirigía el rancho con mano de hierro, y más alguien que había olvidado cómo dejar de cargar con el peso del mundo.
Por un fugaz momento, Gia se preguntó qué pasaría si simplemente... dejara caer sus defensas.
Él parpadeó primero.
—Buenas noches —dijo finalmente, con la voz tan ronca que parecía arrastrar las palabras por la grava.
—Buenas noches, señor Kenwood —respondió Gia, sonando más tranquila de lo que realmente estaba.
Gia se dio la vuelta, y sus botas susurraron contra el suelo mientras se dirigía a la puerta del establo. Se encontraba a medio camino cuando la voz de Nate la detuvo.
—En realidad —comenzó él, con ese murmullo resonando de nuevo en el aire—, la curiosidad no mató al gato, solo lo metió en problemas.
Ella lo miró por encima del hombro, con una ceja levantada.
—Los problemas están sobrevalorados —dijo.
El atisbo de sonrisa regresó a los labios de Nate.
—En serio que no te asustas fácilmente.
—Ni un poquito —dijo Gia.
Y entonces vio un leve destello de respeto cruzando el rostro de Nate antes de que él apartara la mirada.
Ella dudó, rozando el marco de madera de la puerta con los dedos, y durante un instante estuvo a punto de decir algo más.
Algo estúpido, probablemente. Algo de lo que más tarde se arrepentiría.
Pero no lo hizo. Solo asintió una vez y salió.
La puerta se cerró suavemente detrás de ella.
Nate se quedó donde estaba, escuchando el leve sonido de los pasos de Gia alejándose por el camino de tierra, cada uno más silencioso que el anterior hasta que solo se oyó el zumbido de los grillos y la lenta exhalación de los caballos. Se pasó una mano por el pelo y exhaló con fuerza.
Se repitió varias veces que no era nada. Solo una conversación. Solo curiosidad. Pero la mentira sonó débil, incluso en su propia cabeza.
Miró a Trueno, que lo observaba con sus ojos negros pacientes y sabios.
—Ni siquiera empieces —soltó.
El semental resopló, como si ya lo hubiera hecho.
Nate soltó algo entre una risa y un suspiro, y se apoyó contra la puerta de la cuadra.
Para ser un hombre que había construido su vida a base de mantener las cosas y a la gente a distancia, se sorprendió a sí mismo mirando fijamente el rayo de luna que entraba por una de las ventanas y que se proyectaba en el suelo, justo en el lugar donde Gia acababa de estar.