CAPÍTULO 5
El rancho parecía una postal al atardecer, todo eran colores suaves como en una acuarela.
Los campos zumbaban suavemente con las cigarras, el viento peinaba la hierba alta en dóciles olas, y los establos proyectaban sombras largas sobre la tierra.
Pero en el momento en que Martha tocó la campana de la cena, esa reliquia de bronce colgada junto a la ventana de la cocina, la paz murió.
Martha no cocinaba. Martha reinaba.
La cocina olía a ajo y comino, a mantequilla caliente, y a algo más, a familia, a comadreo. Todos en el rancho sabían que no debían hacerla esperar. Por su propio bien.
—¡Hasta aquí hemos llegado, querida! —dijo Martha en cuanto Gia entró en la cocina—. Trabajas mucho y estás demasiado delgada. Pareces una de esas ensaladas elegantes. Ya sabes, de esas que cuestan quince dólares y te dejan con hambre.
Gia se quedó paralizada en la puerta, agarrando su carpeta como un escudo.
—Eh... ¿gracias? ¿Supongo?
—No pienses en nada —dijo Martha, agitando un cucharón en el aire con un movimiento aterrador—. Siéntate. Come. Y deja que los hombres se las apañen como puedan.
Gia logró reír, deslizándose en la silla más cercana a la larga y desgastada mesa de la cocina.
El lugar era como un pequeño caos organizado.
El vapor empañaba las ventanas, los platos tintineaban, Diego, uno de los empleados, gritaba algo desde el patio trasero que sonaba sospechosamente a insulto.
Gia podía oler el caldo de pollo y la carne guisada recién hechos.
Apenas había bebido un sorbo de agua cuando apareció Diego, cerveza en mano, con su sonrisa de siempre.
—Cuidado —advirtió a Gia—. Si contestas a Martha, te dará otra ración hasta que le pidas clemencia.
—Tomó nota —dijo Gia de buen humor.
Diego le guiñó un ojo.
—Y... un consejo. Aquí las paredes oyen. Y al menos una le pertenece al mismísimo diablo.
Como si alguien lo hubiera llamado, las bisagras de la puerta trasera gruñeron.
Nathaniel Kenwood entró.
Su cuerpo llenó el marco como un problema que nadie se atrevía a resolver.
Hombros anchos, vaqueros sucios y una cara que parecía haber olvidado lo que se sentía al sonreír.
Su mirada se posó en Gia durante un segundo, con un destello de algo indescifrable en los ojos, antes de gruñir a modo de saludo.
—Buenas noches —murmuró, inclinando ligeramente su sombrero hacia Martha.
—No me vengas con saludos formales —le espetó ella—. Lávate las manos, Nate. Hueles a toro.
—No es por un toro —dijo—. Es por la mala baba de Diego.
—¡Ja! ¡Ya te gustaría! —respondió él, tomando un trago de su cerveza.
Martha golpeó el cucharón contra el borde de la cazuela.
—Callaos y sentaos todos. La cena está lista, y no la voy a recalentar porque queráis poner a prueba mi paciencia.
Todos obedecieron, principalmente por instinto de supervivencia.
Gia se mantuvo en silencio, con la cuchara en la mano, observando cómo se desarrollaba el ritmo en la cocina cuando coincidían todos.
Pero no era una mesa, era una especie de ecosistema.
Martha servía los platos, Diego hablaba con ella, y Nate estaba sentado frente a Gia, con los codos encima de la mesa y la viva imagen de la desaprobación en el rostro.
Gia intentó ignorar que él la observaba de vez en cuando, pero fracasó.
Y apareció Jim Monroe, tarde como siempre, quemado por el sol, con el pelo despeinado lo justo para parecer intencionado. Era el tipo de hombre que podría coquetear con una señal de stop y hacerla sonrojar.
—Vaya —dijo Jim, con una sonrisa que probablemente le conseguiría descuentos en todos los restaurantes a ochenta kilómetros a la redonda—. No sabía que teníamos compañía. —Se sentó en el asiento vacío junto a Gia, con un chirrido escandaloso—. ¿Y tú quién eres?
Gia parpadeó.
—Gia Clarke. Veterinaria.
—Claro, la nueva veterinaria —dijo, extendiendo la mano—. Jim Monroe. Un encanto siempre…
—… y una mala influencia a todas horas —añadió Nate, desde el otro lado de la mesa.
—Un placer —dijo Gia, estrechándole la mano—. ¿Te presentas así a menudo?
—Solo cuando funciona —respondió Jim sin dudarlo—. ¿Vienes con una etiqueta de advertencia?
Gia ladeó la cabeza, con los labios apretados.
—Solo para personas alérgicas al sarcasmo —respondió.
Diego se atragantó con la cerveza y tosió.
—Vas a encajar muy bien aquí —dijo.
Jim se rio, inclinándose lo suficiente para que Gia percibiera el ligero olor a sol y jabón de su ropa.
—Me caes bien.
Al otro lado de la mesa, Nate dejó la cuchara con un sonido fuerte.
—Jim —comenzó, con un tono plano—, ¿no deberías estar limpiando aparejos?
Jim no lo miró.
—¿No deberías estar ocupándote de tus asuntos? —respondió.
El cucharón de Martha golpeó la olla con un ruido metálico.
—Chicos. Si vais a pelearos, hacedlo fuera. No cerca de mi sopa.
Gia levantó una ceja.
—¿Esto pasa a menudo?
—Todas las malditas noches —murmuró Diego, divertido.
Jim sonrió con suficiencia, ignorando por completo a Nate.
—Entonces, Gia, ¿qué trae a una chica de ciudad a mitad de la nada? No gritas precisamente vida de rancho.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella mientras comía su sopa.
—Significa que tienes las uñas limpias y buena postura. La gente como tú suele huir de la suciedad, no ir hacia ella.
—Tal vez he venido por las vistas.
Jim sonrió.
—No te culpo. Tenemos buenas vistas en Millstone. Las mejores.
El tono era inconfundible. Jim estaba tratando de ligarse a Gia. Martha suspiró tan fuerte que podría haber hecho temblar las ventanas y Diego escondió una sonrisa tras la mano.
Entonces la silla de Nate raspó el suelo, lenta y deliberadamente.
—¿Ya has terminado? —le preguntó a Jim, con ojos oscuros y firmes.
—Todavía no —dijo él con naturalidad—. ¿Tienes celos, jefe?
Nate no respondió. No tenía por qué hacerlo. El silencio era tan espeso que se podía masticar.
Gia carraspeó mientras dejaba la cuchara en el plato, interrumpiendo el diálogo antes de que la testosterona alcanzara su punto álgido.
—¿Siempre sois así, o debo cobrar por haceros terapia familiar?
Sus palabras provocaron algunas risas, incluso de Martha, que murmuró algo sobre niños en cuerpos de adultos. Nate finalmente se echó hacia atrás, cruzando los brazos y observando a Gia a través de unos ojos entrecerrados que decían nada y mucho al mismo tiempo.
Después de aquello, la cena fue más ligera. La risa surgía con algún comentario que otro, Jim le lanzaba a Gia cumplidos perezosos y Nate los apagaba con una mirada que podría congelar el infierno.
Gia se dijo a sí misma que estaba imaginando ese zumbido sordo bajo la piel cada vez que la mirada de Nate se encontraba con la suya, y la sensación de que el aire se volvía más denso, más vibrante. Trataba de mantener una expresión neutra, pero el pulso la delataba.
Para cuando llegó el postre, un pastel de manzana aún humeante y con un aroma celestial a galleta, cualquier tensión había desaparecido. Martha dejó la bandeja en la mesa como si fuera una ofrenda sagrada y miró con cara de pocos amigos a quien dudara no servirse.
—Comed —ordenó con la mano en la cadera—. O si no, os las veréis conmigo.
Nadie se atrevió a ponerla a prueba.
Incluso Nate, que solía ser inmune tanto al encanto como a las amenazas, cogió un trozo. Diego, por supuesto, se sirvió dos. Y Jim, como era de esperar, usó el postre como excusa para seguir hablando.
—Así que, imaginaos, ahí estaba yo —dijo, reclinándose en la silla y agitando las manos para crear un efecto dramático—, a mitad de la tercera carrera, lloviendo a cántaros, el caballo asustado, la multitud gritando, y de repente, me encuentro en el aire.
En el aire, de verdad. Pensé que iba a conocer a Dios.
Diego resopló, escupiendo algunas migas de pastel.
—No ganaste esa carrera, ¿verdad?
—Ni hablar —dijo Jim sonriendo—. Ni siquiera la terminé. Caí de golpe en un charco del tamaño de Texas, justo delante de todas las malditas cámaras de los periodistas.
Incluso Martha se rio, moviendo la cabeza.
—Ay, Dios. Este muchacho no tiene vergüenza.
Toda la mesa se rio entre dientes. Incluso Gia, que se había esforzado por mantenerse neutral, profesional y distante, no pudo evitar reír.
La imagen de Jim Monroe surcando el aire como un cometa con vaqueros era demasiado graciosa.
Se rio, se rio de verdad. Un sonido que últimamente le era extraño.
Al otro lado de la mesa, Nate no participaba.
Estaba un poco apartado, con la silla ligeramente separada, jugando distraídamente con el tenedor en el pastel que aún no había probado.
La cálida luz de la cocina le iluminaba el rostro, con su mandíbula afilada y su mirada cansada.
Era un hombre hecho de contradicciones. Cada vez que Gia reía, el músculo de su mandíbula se contraía.
Trató de convencerse de que solo estaba agotado. Eso era todo. Un día largo, una semana larga. Nada más.
Excepto que, cuando levantó la vista y Gia le devolvió la mirada, la mentira se volvió más difícil de sostener. Y de tragar.
Gia lo sorprendió mirándolo fijamente, con el tenedor a medio camino de la boca. La estancia pareció quedarse en silencio durante unos segundos. El tintineo de los cubiertos y los murmullos se desvanecieron como si alguien hubiera bajado el volumen.
Nate no miró hacia otro lado.
Durante un rato, se sostuvieron la mirada. La de Gía era interrogativa, inquisitiva, la de Nate, indescifrable pero profunda. Una de esas miradas que parecía contener una conversación en sí misma.
La voz de Martha cortó el momento como un cuchillo corta la masa de una tarta.
—Si ya habéis terminado de comunicaros lo que sea que os estáis comunicando con los ojos —dijo—, podéis comeros el pastel antes de que se estropee.
Gia parpadeó, ligeramente sobresaltada, y notó cómo se le calentaban las mejillas. Nate carraspeó y miró fijamente su plato. Diego soltó una carcajada. La sonrisa de Jim se amplió, convirtiéndose en un gesto travieso.
—Mira eso —dijo Jim, dándole un codazo a Diego—. Parece que el jefe ha encontrado a la horma de su zapato.
Nate ni siquiera levantó la vista.
—Sigue hablando, Monroe, y te ordenaré limpiar todos los malditos abrevaderos desde aquí hasta la valla oeste —dijo Nate.
—Qué susceptible —bromeó Jim —. Entendido.
—Tómalo como una advertencia —dijo Nate con calma, con la mirada en el plato.
Diego casi escupió el agua, Martha murmuró algo sobre que «los hombres son idiotas desde el principio de los tiempos», y Gia escondió la risilla que escapaba de sus labios tras la servilleta, fingiendo que solo se estaba limpiando las migas. Pero las comisuras de la boca la delataron.
Porque, si lo conociera mejor, cualquiera juraría que Nathaniel Kenwood se había puesto celoso.
Mientras devoraban el pastel, el tiempo transcurrió entre risas y miradas de reojo.
Jim siguió haciendo chistes, Nate los ignoró, pero no con la suficiente convicción.
Martha fingió no darse cuenta, aunque no se le escapaba nada.
Cuando los platos se vaciaron, todos volvieron a hablar al mismo tiempo, y Gia, de alguna manera, estaba en medio de todo.
Se sentía… extrañamente bien. Como si perteneciera allí, si es que «pertenecer» no fuera una palabra tan peligrosa.
Finalmente, empezaron a recoger la mesa.
Martha tarareaba suavemente mientras apilaba los platos, Diego se ofreció a ayudar y se arrepintió al instante cuando ella le dio un paño de cocina.
Nate desapareció, probablemente escondiéndose de las tareas.
Jim se quedó un rato para guiñarle un ojo a Gia, antes de que Martha lo echara como a un perro revoltoso.
La casa quedó en silencio. El aire olía a canela, a jabón de lavavajillas y a la ligera lluvia que entraba por la ventana abierta.
Martha encontró a Gia en la puerta, por donde casi estaba tentada a salir sin ser vista.
—No le hagas caso, querida —dijo, limpiándose las manos en el delantal—. Nate ladra más que muerde.
Gia sonrió levemente, mirando hacia la silla ahora vacía al final de la mesa.
—Parece que se le dan bastante bien ambas cosas.
Martha rio entre dientes, con una risa cómplice y dulce.
—Sí que lo parece. Pero no te dejes engañar. Es puro polvo y espinas por fuera, pero ese hombre aún tiene un corazón latiendo dentro del pecho. Simplemente se toma muchas molestias para ocultarlo.
—No he venido a buscar corazones —dijo Gia, un poco apresurada—. Solo a atender caballos.
La sonrisa de Martha se hizo más amplia y sus ojos se mostraron suaves pero intensos.
—Ay, cariño —murmuró con la voz llena de diversión—, así es exactamente como empieza.
Gia rio levemente, sacudiendo la cabeza, pero algo en su pecho dio un vuelco. Una advertencia, o tal vez una chispa. Era difícil notar la diferencia.
Fuera, la noche seguía su curso, las cigarras cantaban, la luz del porche parpadeaba y un tenue trueno retumbaba a lo lejos en las colinas. Dentro, Diego silbaba una melodía mientras se liaba un cigarrillo.
En el porche, Nate estaba solo, apoyado en la barandilla. Las tablas crujían bajo sus botas. El aire olía a tierra mojada y a la promesa de una nueva tormenta.
Estaba tomando el aire. Solo estaba tomando el aire. O eso era lo que quería creer. Y no que pensaba en el sonido de la risa de Gia, o en cómo no se había inmutado cuando la había fulminado con la mirada, o cómo sus ojos azules miraban como si perteneciera al rancho.