CAPÍTULO 4 #2
Lo que había entre ellos era una especie de baile, aunque «baile» quizá fuera una palabra demasiado amable para describirlo.
Era más bien un combate cara a cara a cámara lenta.
Un choque de voluntades. En el que cada movimiento estaba calculado, y cada contraataque era un desafío.
El aire entre ellos vibraba como si contuviera corriente eléctrica.
Gia se asomó a la última cuadra del establo, para revisar el ojo izquierdo de un caballo al que le había picado una avispa en el párpado. Estaba concentrada, murmurando suavemente palabras tranquilizadoras para que el animal se quedara quieto.
Hasta que el aire cambió y notó que Nate había entrado en el cubículo.
Estaba cerca. Tan cerca que podía sentir su calor y la suave respiración. Su sombra se movía detrás de ella, y su olor la envolvía como una advertencia que no quería escuchar.
Por los ruidos que hacía a su espalda (Gia no iba a mirar por nada del mundo), estaba echando agua en el bebedero del caballo.
En un determinado momento, Gia se giró para coger el estetoscopio y empezar a auscultar los pulmones y el corazón del animal, cuando chocó con Nate.
—Dije que no me interpondría en tu camino —repuso él, con la voz tosca por algo que Gia no podía identificar—. Pero tú si te interpones en el mío.
Gia se quedó paralizada un instante, con el pulso acelerado. Luego se enderezó, lenta y pausadamente, apartándose un mechón de pelo rubio de la cara. Él no retrocedió. Claro que no. Se quedó ahí, de pie, firme, inquebrantable. Nathaniel Kenwood era el tipo de hombre que no sabía ceder.
Gia levantó la barbilla y lo miró fijamente.
—Quizás es porque ocupas más espacio que la mayoría —dijo con calma.
Los ojos de Nate se iluminaron, quizá por la sorpresa.
El silencio que siguió podría haber cortado el aire por la mitad. Gia estaba convencida de terminaría echándola a la puñetera calle. Y es que no sabía mantener la boca cerrada. ¡Joder!
Entonces, inesperadamente, Nate se echó a reír.
No fue una risa ruidosa, fue más bien el sonido de alguien sorprendido por una gracia inesperada.
Esa risa que parecía enterrada bajo capas de polvo durante muchos años, como un mueble que no se utiliza y que permanece oculto y olvidado debajo de una sábana.
Se detuvo casi en cuanto empezó, carraspeando como si se le hubiera escapado por accidente (que era probablemente lo que había sucedido).
—¡Qué cara tienes! —murmuró, cambiando el peso del cuerpo y frotándose la mandíbula.
—Viene de serie —respondió Gia, curvando ligeramente los labios.
Nate negó con la cabeza, con una media sonrisa burlona y una advertencia.
—No te asustas fácilmente, ¿verdad?
Gia levantó una ceja.
—¿Necesitas que la gente te tenga miedo? —lanzó.
Nate la observó fijamente durante un largo rato, sin pestañear, con esa mirada que parecía atravesar la piel si se lo permitías.
—No, por supuesto que no —respondió.
—Yo no estoy tan segura —dijo Gia, pasando junto a él para coger el estetoscopio del maletín.
Nate se detuvo a medio paso, con la mano en la puerta del establo. Al volver a mirarla, la luz del sol le iluminó los ojos azules, haciendo que parecieran transparentes.
—Este rancho es el más grande del condado, hay que mantener cierta disciplina.
—Claro.
—¡Señor Kenwood! —La voz de uno de los mozos de cuadra interrumpió el momento.
—Ya voy —voceó Nate.
Y entonces se giró y se fue. Salió de la cuadra con las botas resonando contra el suelo, los hombros rígidos, y el olor a cuero y hierba arrastrándose tras él como los vestigios de una tormenta.
Gia se quedó allí un segundo, intentando recordar cómo era eso de respirar. ¿Qué demonios le pasaba con Nathaniel Kenwood?
Los caballos la miraban parpadeando, tranquilos e imperturbables, como si no acabaran de presenciar un pequeño terremoto emocional disfrazado de charlas de trabajo.
Exhaló, se pasó una mano por el pelo, colocándose un mechón suelto detrás de la oreja, y rio por lo bajo.
—No me mires así —le dijo a la yegua que estaba en la cuadra de enfrente, masticando heno con la serenidad de alguien acostumbrado a las tonterías humanas—. No estoy coqueteando con él.
La yegua movió una oreja.
Gia suspiró.
—Vale. Quizás un poco.
Agarró su carpeta y anotó algunas cosas de las que no se acordaría después, porque su mente estaba demasiado ocupada, según parecía, con Nathaniel Kenwood, recordando cómo su voz se había apagado al estar cerca de ella, cómo su risa había sonado desprevenida y cansada a la vez.
Era un hombre exasperante, imposible, insoportable, y sin embargo...
Fuera, Nate se detuvo en el porche de la casa.
Las tablas protestaron bajo su peso mientras se apoyaba en la barandilla, contemplando el rancho que se extendía hacia la luz del sol.
Su mano agarró la madera con demasiada fuerza.
La mañana olía a hierba y tierra mojada, pero solo podía pensar en el aroma del champú de la nueva veterinaria.
En el aroma limpio, cítrico e intenso que la envolvía, y en cómo había irrumpido en el rancho como si perteneciera a él.
Una vocecita en su cabeza le dijo que era irritación. Así de simple. Esa mujer era engreída, demasiado habladora, demasiado segura de sí misma... Sacaba a relucir sentimientos que nadie se había atrevido a sacar en años. No aguantaba sus tonterías y no lo miraba como si fuera algo a lo que temer.
A él no le gustaba ella.
A ella tampoco le gustaba él.
Y ese era el problema.
Dentro del establo, Gia fingía concentrarse en el papeleo, aunque su corazón seguía latiendo torpemente contra sus costillas.
—Tienes que ponerte límites. Claros e inquebrantables —se dijo.
Pero los límites no significaban mucho cuando estaban dibujados en polvo, y una mirada de Nathaniel Kenwood era suficiente para hacerlos saltar por los aires.