CAPÍTULO 4
Las mañanas en Millstone comenzaban con esa tranquilidad que no era tanto silencio como contención.
El cielo aún estaba pálido como para brillar en lugar de arrojar calor, la luz se extendía sobre los campos como si se resistiera a despertar.
El olor a hierba, cuero y café suave persistía en el aire, y en algún lugar a lo lejos, un gallo había decidido que era hora de romper la paz.
Gia dio un largo sorbo a su taza, una de esas que eran tan grandes que servían también como arma de defensa personal.
Y nadie le aseguraba que no la tuviera que usar contra Nate.
Era demasiado pronto para la diplomacia, demasiado pronto para hacerse con toneladas de paciencia y demasiado pronto para soportarlo.
Aun así, un rato después estaba armada y lista, con el maletín en la mano, la carpeta bajo el brazo y las botas limpias. Llevaba el pelo recogido en un moño informal, práctico, pero no perfecto, porque allí, la perfección era un chiste y la suciedad siempre ganaba.
Tenía un plan bien trazado para la mañana.
Revisar la pata de Trueno, hacerle su examen rutinario, realizar algunas pruebas preventivas, controlar al resto de caballos y, lo más importante, evitar conversaciones innecesarias con la tormenta que residía en el rancho.
Porque sí, Nathaniel Kenwood era una tormenta.
Por supuesto, el destino se rio en su cara en el momento en que dobló la esquina hacia el establo principal.
Él ya estaba allí.
Apoyado en un poste de madera como un hombre haciendo un casting para un anuncio de Marlboro.
La luz del amanecer le daba en el borde de la mandíbula, áspera por la barba de un día, y su sombrero era lo suficientemente bajo como para ocultar la mayor parte de sus ojos.
Pero ella podía notarlos. Observando. Midiendo.
—Buenos días —dijo Nate, con la voz ronca por la falta de uso y con un punto de diversión.
¿Por qué un simple saludo sonaba como un desafío? Gia lo miró parpadeando, tratando de parecer indiferente.
—Has llegado temprano —comentó.
Nate levantó un hombro.
—Vivo aquí.
—Cierto —dijo Gia—. Olvidé que tú y los caballos compartís el dormitorio.
Una leve sonrisa se formó en la comisura de los labios de Nate.
—¿Vas a hacer la ronda? —dijo, señalando con la cabeza hacia su carpeta—. Tengo que observar.
Gia levantó la mirada.
—¿Observar o supervisar?
—Es lo mismo.
—En realidad no lo es —dijo Gia, y comenzó a caminar hacia la cuadra donde estaba Trueno antes de que él pudiera explicarle la diferencia.
Nate la siguió con pisadas fuertes.
—No te preocupes, Clarke. Me mantendré fuera de tu camino.
Era mentira. Gia lo supo en la forma en que lo dijo, tranquilo, seguro, pero con ese mismo orgullo obstinado que impedía que hombres como él admitieran que sentían curiosidad por la manera en que llevaba a cabo su trabajo.
Suspiró por la nariz, decidida a elegir sus batallas.
—Bien —dijo—. Si vas a estar por aquí, más vale que seas útil —añadió, abriendo su maletín.
—¿Útil? —Nate sonaba escéptico, pero había una chispa de interés en su voz.
—Pásame el estetoscopio —pidió Gia, señalando con la cabeza su maletín.
Él dudó, lo justo para que ella lo notara, y luego extendió la mano. Durante un instante sus dedos rozaron los de Gia. Fue breve, fue accidental, pero una corriente zumbó en el espacio que los separaba.
Gia no sintió fuegos artificiales, ni nada de esas descripciones que se hacían en las novelas románticas, solo fue una consciencia repentina y profunda de Nate. Su pulso se aceleró.
Nate le entregó el estetoscopio sin hacer comentarios, pero su mirada se detuvo en ella un segundo más de lo debido.
¿Lo había notado?, se preguntó Gia.
No, se respondió. O quizás sí, porque tenía la mandíbula apretada.
Había algo en él que ella no podía leer, no era burla, ni mucho menos interés, era... atención. Concentración. Tan intensa que tuvo que apartar la mirada.
Carraspeó para aclararse la garganta y se giró hacia la yegua que tenía delante. Una preciosidad de pelo rojizo llamada Sadie que los había estado observando como si estuviera eligiendo un bando.
—Tranquila, cariño —murmuró Gia, agachándose a su lado—. No vamos a hacerte daño.
La yegua movió una oreja, giró ligeramente los ojos y contrajo las patas.
Gia mantuvo un tono sereno, y comenzó a examinarla con movimientos pausados.
Sabía lo rápido que los animales percibían la energía, y con qué facilidad la reflejaban.
Lo que no se esperaba era cómo sus propios nervios zumbaban con más fuerza en esos momentos, no por el caballo, sino por el hombre que estaba a pocos metros detrás de ella.
Sentía su presencia como calor, el leve roce de sus botas en el suelo, el suave sonido de su respiración. La distraía, y ella odiaba que la distrajeran.
Sadie se movió de repente, tirando de la pata hacia atrás. El movimiento tomó a Gia por sorpresa y perdió el equilibrio.
Entonces una mano se cerró alrededor de su muñeca. Fuerte. Segura. Incuestionable.
—Cuidado —dijo Nate, en voz tan baja que le produjo un escalofrío.
Gia se quedó petrificada. El mundo se redujo al punto de contacto. La mano de Nate, callosa y cálida, sobre su piel, el pulgar presionando ligeramente su pulso como si se lo estuviera tomando por instinto. Se quedó sin aliento.
—Estoy bien —dijo ella, demasiado rápido y demasiado brusco.
Nate no se movió.
—¿Estás segura?
—No he venido hasta aquí para que me tire un caballo —respondió Gia, intentando parecer despreocupada. Su voz sonó más firme de lo que en realidad se sentía.
Ninguno de los dos se movió. Nate estaba tan cerca como para que Gia pudiera ver las tenues motas doradas en sus ojos oscuros, oler la mezcla de gel, heno y algo inconfundiblemente suyo. Cuero, piel y terquedad. Se fijó en las pestañas. Eran largas y espesas, y constatarlo la molestó.
Finalmente, Nate le soltó la muñeca, despacio, con un movimiento deliberado.
—Aún eres nueva —dijo—. Te pondrán a prueba.
Gia se sacudió los vaqueros, intentando recuperar el pulso y lo que le quedaba de dignidad.
—Al parecer, su dueño también lo hará.
Eso hizo que se ganara una mirada de Nate. No era una mirada enfadada ni divertida, reservada más bien. Como si estuviera dudando si ofenderse o impresionarse.
—Pruebo a toda la gente que trabaja para mí —dijo tranquilo.
—Entonces es mutuo —replicó Gia—. Yo examino la terquedad de todos los dueños de mis pacientes.
Nate inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y cómo voy hasta ahora? —preguntó.
—Fuera de serie —dijo Gia, con cara seria.
Los labios de Nate se curvaron en el amago de una sonrisa, pero se desvaneció casi al instante, como si se hubiera sorprendido en mitad del gesto.
El silencio que siguió no era precisamente incómodo, pero sí absoluto. Pleno. De esos que vibraban entre dos personas que saben que algo acaba de cambiar. Pero que ignoran si para bien o para mal.
Gia se volvió hacia Sadie, fingiendo concentrarse en el animal, pero su mente era un mar de cosas en las que no debería pensar.
La forma en que Nate bajaba la voz cuando hablaba en serio.
El calor de su mano. El hecho de que, a pesar de toda su arrogancia, no se había inmutado cuando ella le había contestado. La mayoría de los hombres lo hacían.
A su espalda, Nate la observaba con la mandíbula contraída.
Se decía a sí mismo que solo se aseguraba de que la yegua no la volviera a cocear, pero no era así.
Había algo que no le gustaba. Algo silencioso, incómodo y persistente.
No sabía si era admiración o curiosidad, pero, en cualquier caso, era peligroso.
—Tranquila —murmuró Gia a Sadie, en un tono suave—. Hoy estamos aprendiendo los límites de cada una.
Nate resopló con un sonido que podría ser una risa.
—Algunos más que otros —dijo.
Gia lo miró por encima del hombro, con esa chispa de desafío que había vuelto a sus ojos.
—¿Incluido tú?
—Yo soy el límite —dijo Nate.
Gia le lanzó una mirada que podría helar el desierto.
—Claro que sí, vaquero.
Él la miró fijamente, sin pestañear.
—¿Me estás llamando mentiroso?
—Te estoy llamando predecible.
Algo cruzó la expresión de Nate, antes de sacudir la cabeza.
—No te rindes, ¿verdad? —dijo.
—No está en mi forma de ser —replicó Gia, enderezándose.
El aire entre ellos se tensó de nuevo.
Los primeros rayos de sol iluminaron el rancho, tiñéndolo todo de dorado. El polvo flotaba en el aire como niebla, atrapando la luz. Ninguno de los dos habló.
Era ridículo con qué facilidad esa mujer lo irritaba, pensó Nate. Y, sin embargo, no recordaba la última vez que se había sentido tan vivo.
Se movieron por el resto de las cuadras en un silencio que era tenso, como si el aire estuviera esperando a que alguno de ellos hablara primero.
Cada sonido se escuchaba amplificado. El suave resoplido de un caballo, el tintineo de los cascos contra la madera, el roce de botas de los empleados del rancho sobre la tierra.
Nate caminaba medio paso detrás de Gia la mayor parte del tiempo, con las manos en los bolsillos, en una postura despreocupada (o tratando de que fuera despreocupada), pero con una mirada penetrante.
Se movía como un hombre que sabía exactamente cuánto espacio ocupaba y cómo aprovecharlo.
De vez en cuando, ofrecía algún comentario que ella no había pedido.
—A Lady no le gustan los extraños —murmuró, cuando Gia intentaba alcanzar a un caballo asustadizo.
—Pronto dejaré de ser una desconocida —respondió con firmeza.
Más tarde, cuando Gia sacó una jeringuilla, Nate dijo:
—La estás sosteniendo mal.
Gia ni siquiera levantó la vista.
—No, la estoy sosteniendo de otra manera.
—Es lo mismo —replicó Nate.
—No, no lo es.
Cuando Gia le puso la inyección al caballo (una dosis de recuerdo de la rinoneumonitis), con la suave precisión que le había dado la experiencia de haberlo hecho muchas veces antes, Nate no se disculpó, por supuesto que no lo hizo. A testarudo y orgulloso no le ganaba nadie.