El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Sigue diciéndote eso.

Nate no respondió. Se limitó a guiar a Trueno hasta otra de las cuadras. El aire aún tenía vestigios de la voz de Gia, tranquila, segura, abriéndose paso entre el ruido en su cabeza.

—No durará ni una semana —masculló para sí mismo.

Martha soltó una carcajada.

—Eso mismo dijiste de mí. Hace un montón de años.

Nate la miró fijamente.

—Sigues aquí porque eres menos irritante.

—Y tú sigues soltero porque no escuchas.

Nate lanzó un leve resoplido. Uno de esos que casi podrían considerarse una risilla, si no estuviera tan decidido a fingir lo contrario.

Marta señaló con la cabeza hacia las puertas abiertas por las que Gia había salido con su cola de caballo meciéndose de un lado a otro.

—Yo creo que esa chica es lo que este lugar necesita —afirmó.

—No digas tonterías.

Nate se dijo a sí mismo que estaba molesto. Aquella chica era altanera, irritante, y hablaba demasiado. Solo era otra forastera que se iría antes de que terminase la semana.

A la mañana siguiente, Gia terminó su examen rutinario con la concentración que le otorgaban años de demostrar que era más rápida, más intuitiva y más aguda que cualquiera en su profesión.

Cada movimiento era limpio y eficiente, tomando notas escritas con trazos rápidos y firmes.

Había aprendido que la confianza no era solo algo que se sentía, era algo que se demostraba hasta que el mundo empezaba a creerlo también.

—Sigue siendo leve —dijo finalmente, poniéndose de pie y quitándose el guante de la muñeca con un chasquido—.

Como dije ayer, le pondré una compresa fría dos veces al día.

Limitaré su entrenamiento a ejercicio ligero durante una semana, quizás dos, dependiendo de cómo reaccione la hinchazón. Después lo evaluaremos de nuevo.

Su tono era tranquilo, clínico, sin actitud a la defensiva.

Había recibido suficientes miradas escépticas a lo largo de su carrera como para saber que mostrar vacilación era como sangrar frente a tiburones.

Pero esa vez, al levantar la vista, no había escepticismo en quien la miraba.

Nate estaba con los brazos cruzados, el peso ligeramente desplazado hacia un lado, con una expresión indescifrable, pero con los ojos...

pensativos. Quizás incluso impresionado (a regañadientes), aunque claramente luchaba contra ello.

Un músculo se contrajo en su mandíbula. Esa pequeña señal de alguien que se esforzaba por no decir algo que probablemente debería decir. Sus dedos se flexionaron contra su bíceps como si estuviera obligándose a permanecer en silencio. No estaba enfadado ni molesto, solo mostraba resistencia.

—¿Algún problema? —preguntó Gia, ladeando un poco la cabeza, con esa media sonrisa que había perfeccionado con el paso de los años. Sabía que él no estaba acostumbrado a que lo desafiaran. Los hombres como él nunca lo estaban.

Nate exhaló por la nariz, despacio, controlado. Luego, como si tuviera que esforzarse para arrancarse las palabras con un sacacorchos, murmuró:

—Tienes razón.

Gia parpadeó.

—Perdona, ¿qué?

Nate miró hacia la puerta de la cuadra, pasándose la mano por el pelo.

—Ya me has oído.

—Sí —dijo Gia, entrecerrando los ojos azules juguetonamente—. Solo... quería volverlo a escuchar. Saborearlo un poco.

—No te acostumbres. —Nate cogió un cepillo del estante—. Y no esperes elogios. Solo estás haciendo tu trabajo —dijo.

Gia se cruzó de brazos, divertida, con una sonrisa burlona a pesar de su esfuerzo por parecer neutral.

—Oh, para nada. Dios no quiera que se reconozca la competencia de una mujer antes del desayuno.

Eso le valió un murmullo ininteligible de Nate, algo entre un gruñido y una risa. Pero lo disimuló rápidamente, como si no estuviera seguro de tener derecho a encontrarla graciosa.

—¿Has terminado? —preguntó, con voz neutra de nuevo, aunque sus ojos lo delataron durante una fracción de segundo, ya que se veían más suaves, más curiosos.

—Por ahora —dijo Gia, alisándose la camiseta—. Pero volveré más tarde para asegurarme de que mi diagnóstico no te ha herido demasiado el ego.

Nate arqueó una ceja, abrió la puerta de la cuadra y la sostuvo.

«Pero ¿qué diablos…?»

—Señorita Clarke —dijo, fingiendo formalidad, con esa leve sonrisa burlona asomando a su boca—, necesita mejorar su trato con los pacientes.

—Mis pacientes están encantados conmigo, solo hay que ver a Trueno. Otra cosa son los dueños de los pacientes. Pero incluso con ellos, también soy encantadora —respondió Gia, pasando junto a él.

No se le escapó la breve mirada que le lanzó Nate. Como un reflejo que él desearía no tener.

—Entonces estamos condenados —murmuró Nate, dejando que la puerta se cerrara tras ellos.

Gia sonrió por encima del hombro, sin molestarse en disimularlo.

—Nos vemos a las seis —dijo.

—No llegues tarde.

—Ni loca se me ocurriría.

Y así, sin más, se fue, con la luz del sol iluminando los mechones rubios de su coleta mientras tomaba el sendero que llevaba a la casa. El movimiento seguro de sus pasos no era intencional, pero era lo suficientemente perceptible como para que Nate apretara la mandíbula de nuevo.

Se quedó allí un momento, con el cepillo en la mano, observando cómo la puerta se cerraba lentamente. El establo se sentía más tranquilo sin ella, demasiado tranquilo, incluso con los caballos moviéndose y resoplando en sus cuadras.

Trueno movió una oreja hacia él, observándolo como si estuviera involucrado en algo.

Nate suspiró y se frotó la cara con la mano.

—No me mires así —murmuró, tirando el cepillo a un lado—. No se va a quedar.

El semental resopló, poco impresionado, como si no estuviera de acuerdo con lo que decía su dueño.

—Sí, sí, ríete —refunfuñó Nate.

Se apoyó en la puerta de la cuadra, con la mirada fija en las motas de polvo que flotaban bajo la luz sesgada del sol.

Odiaba que ella tuviera razón.

Odiaba que hubiera visto lo que él no había sido capaz.

Odiaba que su voz siguiera resonando en su cabeza como una canción pegadiza que no quería admitir que le gustaba.

Había estado rodeado de mucha gente en su vida, empleados, entrenadores, compradores, de esos que presumían y se rendían fácilmente.

¿Pero Gia Clarke? Ella era de otra especie.

Había algo en su confianza en sí misma que no era forzado, que se lo había ganado a pulso.

No se inmutaba, no se disculpaba por ser consciente de lo que valía.

Y eso le molestaba, no porque le disgustara, sino porque se identificaba con ella.

La necesidad de demostrar algo. Constantemente.

Una necesidad que no se desvanecía ni siquiera cuando técnicamente habías logrado lo que pretendías.

Fuera, el día se aclaraba. Una fina niebla aún se cernía sobre los campos, elevándose desde la tierra húmeda. El aire estaba impregnado de olor a lluvia y heno. Desde donde estaba, Nate podía ver el sendero que conducía a la casa desde ese lado del rancho.

Observó la figura menuda de Gia contra la luz de la mañana, con el maletín en una mano y la carpeta en la otra, con la cabeza ligeramente inclinada como si estuviera pensando diez pasos por delante.

Se decía que la miraba solo para asegurarse de que no se alejara hacia un lugar peligroso. Eso era todo. Solo era un jefe responsable con su trabajador. Y que siguiera observando, incluso después de que desapareciera de su vista, no significaba nada.

En el interior, Trueno se movió y dejó escapar un suspiro bajo y estridente que sonó sospechosamente a juicio.

—No empieces —murmuró Nate—. Ni siquiera la conoces.

El caballo movió la cola, poco convencido.

—Bien —admitió Nate en voz baja, como si no quisiera que nadie lo oyera—. Quizá sea... competente. —Lo dijo como si la palabra le supiera mal en el paladar.

Trueno resopló de nuevo, más fuerte.

—Sí, sí. Te entiendo. —Nate se apartó de la puerta y empezó a limpiar, con movimientos más bruscos de lo necesario—. Eso no significa que tenga que gustarme.

Pero mientras lo decía, sabía que era mentira.

Había algo en Gia Clarke que le impactaba, no como una molestia, sino como un desafío. De esos que le hacían vibrar la sangre, que le quitaban el polvo de partes que creía perdidas. Y eso lo enfadaba.

Gia caminaba hacia la casa. La luz del sol arrastraba los últimos rayos de la niebla matutina. Aún podía sentir la mirada de Nate sobre ella, incluso desde allí. Algo que no debería disfrutar, pero que de alguna manera disfrutaba.

Se detuvo en el porche, pasándose una mano por el pelo y dejando que el silencio de la mañana la envolviera. Notaba el pecho más ligero de lo que lo había notado en semanas.

Por primera vez desde que había aceptado aquel trabajo, desde que había dejado Dallas y cada mala decisión que había tomado, sonrió.