El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 3
3%

CAPÍTULO 3

A la mañana siguiente, en Millstone olía a cedro, sudor de caballo, café negro y orgullo herido. Principalmente el de Nate, aunque Gía tenía una pequeña reserva propia escondida en algún lugar del corazón.

Su habitación estaba situada en el ala este.

Era amplia y estaba limpia. Las paredes eran de color crema apagado y la cama se hundía ligeramente en el centro, envolviéndola.

La ventana vibraba un poco con el viento, pero al despertar, las vistas lo compensaban todo.

Campos interminables, el rocío brillando como pequeños diamantes sobre la hierba, un cielo de un color melocotón suave.

Durante unos instantes, Gia se quedó ante la ventana descalza, con una taza de café en la mano, tratando de convencerse de que realmente había conseguido el trabajo.

Nada más de levantarse había bajado a la cocina, donde se había encontrado con Martha, que llevaba un delantal de flores atado a la cintura y rulos en el pelo.

Sin ni siquiera saludarse, le había puesto a Gia una taza humeante en las manos con una mirada que era una mezcla de diversión y comprensión.

—¿Y esto? —preguntó Gia, mirando la taza.

—Para que te prepares, cariño. Nate está peor antes del café.

Gia sonrió por encima del borde de la taza.

—¿Es posible?

—Por desgracia, sí —respondió Martha, dejando un plato de galletas encima de la mesa—. Y si valoras tu cordura, no intentes ser más testaruda que él antes de las siete de la mañana. Es imposible de tratar antes del amanecer.

Ese era el consejo que le había dado Martha y que iba a tener en cuenta, por supuesto.

Un rato después, Gia estaba con su cola de caballo alta, las mangas arremangadas, el maletín en una mano y la carpeta bajo el brazo como un escudo, dirigiéndose a los establos, con los colores dorados del amanecer todavía a su alrededor.

El aire olía a hierba, a serrín y a la promesa de otro día caluroso.

Mientras se acercaba, intentaba no pensar en cómo la voz de su nuevo jefe había resonado en su cabeza durante toda la noche con aquel «¿Siempre tienes la lengua tan afilada?»

Sí, la tenía.

Y quizá no era lo más inteligente, pero era lo que le había impedido dejarse aplastar durante su carrera.

Enderezó la espalda y caminó hacia las puertas abiertas del establo. Gia juró que los pájaros interrumpieron su canto cuando entró, expectantes ante su encuentro con Nathaniel Kenwood.

Porque Nate ya estaba en el establo, claro. Seguro que se levantaba antes que el propio sol.

Se encontraba de pie en el pasillo central, junto a un enorme semental negro llamado Trueno, la joya de la corona del rancho.

Cepillaba su brillante pelaje con movimientos largos y metódicos.

Su camisa de franela estaba desabotonada sobre una camiseta blanca lisa, con las mangas remangadas, y tenía el pecho y los antebrazos bronceados por años de trabajo incesante.

No saludó a Gia. Ni siquiera la miró. Siguió trabajando como si ella fuera un mueble que no había encargado.

—Buenos días —dijo ella, forzando una sonrisa que probablemente era mitad desafío, mitad fruto de la cafeína que ya llevaba en las venas—. He pensado que podríamos empezar por el examen físico de Trueno —añadió, dejando el maletín encima de una pila de paquetes de paja.

Nate hizo una pausa lo suficientemente largo como para hacerle sentir el peso de su silencio. Después, sin levantar la vista, murmuro:

—¿Has pensado?

—Sí, es lo que hace la gente cuando el cerebro le funciona.

Su comentario hizo que se ganara un leve gesto de diversión en la comisura de los labios de Nate, aunque él lo disimuló cepillando con más fuerza al caballo.

—No sabía que esto fuera una democracia —dijo en un tono seco como el polvo.

Gia ladeó la cabeza, fingiendo que estudiaba los papeles de la carpeta.

—¿No es así? ¿O tú mandas y yo simplemente me limito a seguir tus órdenes?

Nate finalmente la miró. Sus ojos, oscuros como la tormenta que se avecinaba, tenían esa irritante forma de hacerle sentir que podía ver a través de su armadura, directamente en sus pensamientos. La miró fijamente, de esa manera que decía: «¿quién demonios te ha dejado entrar en mi mundo?»

—Tienes un exceso de confianza para llevar aquí cinco minutos —dijo.

—Es defecto profesional —respondió Gia—. Una tiene que serlo cuando la mitad de la gente da por hecho que no puedes distinguir un caballo de otro.

Algo volvió a moverse en la comisura de los labios de Nate. Pero no era exactamente una sonrisa. No del todo.

—¿Y tú puedes? —lanzó.

¿La estaba picando?

—Probablemente mejor que tú —soltó Gia, sin cortarse un pelo. Se había prometido que no iba a dejarse intimidar por Nathaniel Kenwood. Intuía cuál era su juego, y no iba a caer en él.

Nate apartó la mirada y comenzó de nuevo a cepillar el flanco del semental.

—Hablas demasiado para alguien que intenta conservar su trabajo —dijo.

—Y tú miras demasiado mal para ser alguien que intenta conservar a sus empleados —murmuró Gia, agachándose para ponerse los guantes.

Nate lo oyó. Claro que lo oyó, pero no dijo nada, y eso hizo que de alguna manera el silencio entre ellos se dilatara, como un cable con exceso de tensión.

Gia se arrodilló junto a Trueno, murmurando palabras tranquilizadoras mientras acariciaba su pata con las manos. El caballo agitó las orejas, pero no se movió. Confiaba en ella.

Sus dedos presionaron con cuidado, buscando calor, inflamación, sensibilidad.

Encontró algo sutil, una leve calidez alrededor del menudillo, algo que solo alguien experimentado percibiría.

Sintió una silenciosa satisfacción al descubrirlo, igual que la que sentiría un músico al alcanzar la nota perfecta.

Detrás de ella, notaba la mirada de Nate como un peso, dura, evaluadora, escéptica. Gia no supo la razón, pero algo dentro de ella la hacía querer impresionarlo y tirarle alguna cosa a la cabeza al mismo tiempo.

Negó para sí.

«Concéntrate», se dijo.

—Le has estado sometiendo a un entrenamiento demasiado fuerte —afirmó en voz alta, sin levantar la vista.

Nate frunció inmediatamente el ceño.

—No, no lo he hecho —dijo.

Gia lo miró por encima el hombro.

—¿Quieres apostar?

—Señorita Clarke, llevo con caballos desde antes de que tú supieras escribir.

Gia se incorporó, sacudiéndose la paja de las rodillas con expresión despreocupada.

—Genial —dijo en tono ligero—, pero como yo soy quien hace el diagnóstico, te digo que tiene la pata inflamada. Ahora es muy incipiente, pero si sigues sometiéndolo a entrenamientos tan duros, terminarás arrepintiéndote.

Nate se cruzó de brazos.

—Estás dando muchas cosas por supuestas.

—Estoy haciendo observaciones —lo corrigió Gia, sacando un termómetro de su maletín—. Ya sabes, lo que hacen los profesionales.

Trueno movió la cola y le rozó suavemente con el hocico en el hombro, como un amigo conspirado que coincide en el diagnóstico. Gia sonrió y le dio una palmadita en el cuello.

—Sí, lo sé, grandullón. Estás de acuerdo.

Nate observó el intercambio con expresión de desconcierto.

—No suele dejar que la gente lo toque —dijo casi para sí mismo.

—Tal vez sabe quién es la buena de la película —soltó Gia, sin pelos en la lengua.

Las palabras flotaron en el aire, silenciosas, más pesadas de lo que deberían. Gia podía sentir la mirada de Nate de nuevo, más larga en aquella ocasión, como si no supiera si estar molesto o impresionado.

Finalmente carraspeó para aclararse la garganta y echó a andar hacia ella. Se quedó tan cerca de Gia que pudo percibir el aroma a gel y cuero que lo envolvía.

—Si sigues hablando así, te ganarás enemigos —dijo.

Gia lo miró con expresión firme.

—No sería nuevo para mí —aseveró.

Algo en la forma de decirlo hizo dudar a Nate. Un destello de curiosidad, o quizá admiración, brilló en sus ojos de color café. Pero lo ignoró y se volvió hacia Trueno.

—Como quieras.

Durante un rato, el único sonido en el establo fue el roce rítmico de un cepillo y el suave resoplido del semental. Las motas de polvo bailaban perezosas bajo la luz del sol, atravesando las ventanas.

Gia terminó de hacer los exámenes pertinentes, tomó las debidas notas en los papeles de la carpeta y dio un par de pasos hacia atrás.

—Tienes que reducir la carga de trabajo —dijo a Nate, en tono profesional—. Sesiones de entrenamiento más cortas, de menos impacto, dejando largos periodos de descanso entre ellas. Y me gustaría que le aplicaran compresas de hielo dos veces al día durante una semana.

Nate silbó.

—¿Siempre eres así de mandona o solo cuando quieres demostrar algo?

—Solo cuando alguien asume que estoy equivocada antes de dejarme abrir la boca —replicó Gia.

—Yo no he asumido nada. No hago suposiciones.

—¿Ah, no?

—No. Sabía que podrías hacer un buen diagnóstico —dijo Nate.

—Entonces, felicidades —dijo Gia en tono engañosamente dulce—, hoy tienes razón en algo.

Nate apretó los dientes.

Pero ¿de qué iba aquella chica?

La voz Martha llamó débilmente desde fuera, gritando algo sobre el desayuno, pero ninguno de los dos se movió. El silencio entre ellos era denso, ni del todo hostil ni del todo amistoso. Un silencio cargado que podría inclinarse hacia cualquier lado si alguien respirara demasiado fuerte.

Trueno sacudió la crin, impaciente, y Nate se acercó para calmarlo.

—Bien —dijo, con la voz ligeramente tensa—. Lo haremos a tu manera.

Gia exhaló.

—Eso ha sonado casi a que confías en mí.

—No tientes a tu suerte —contestó Nate, pero esa vez no parecía tener la intención de morderla.

Martha se asomó por las puertas.

—El desayuno está listo —anunció.

—Ahora vamos —dijo Nate.

Gia rompió el contacto visual con él, se dio media vuelta, cogió el maletín y salió del establo. Nate la siguió con los ojos.

—No seas duro con ella, es una buena chica —dijo Martha de pronto.

Nate gruñó.

—No soy duro con ella.

—Sí lo estás siendo.

Él la miró de reojo.

—No lo estoy siendo.

Martha se cruzó de brazos.

—Claro que sí, ya he visto esa mirada antes.

—Cualquier mirada que creas haber visto —murmuró Nate, girándose hacia Trueno para ocultar el leve tirón en la comisura de su boca—, no significa nada.

Martha negó con la cabeza.