El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Lo primero que Gia notó en el rancho Millstone fue el olor.

No era un solo olor, era una colección de ellos superpuestos como si el lugar intentara contarle una historia.

La fragancia de la lluvia que flotaba en el aire, el heno húmedo y dulce, el polvo, el cuero y algo claramente masculino.

No era colonia exactamente, era más bien sudor, sol y ese tesón que solo encuentras en un hombre que no ha tenido un solo día libre desde que se inventó el trabajo.

Lo segundo que notó fue la mujer parada en el porche. La casa se alzaba imponente detrás de ella, vieja, blanqueada y grande.

Las tablas del porche estaban desgastadas por el paso del tiempo y el columpio colgante se balanceaba ligeramente con la brisa que había dejado la tormenta.

La mujer estaba con el delantal atado a la cintura y el pelo encanecido recogido en un moño.

Tenía los brazos cruzados y una expresión serena en el rostro.

—Señorita Clarke —la saludó con amabilidad.

Gia se dirigió a ella.

—Hola —dijo.

—Hola, soy Martha.

—Encantada, Martha.

—Ha superado la tormenta —dijo la mujer.

Gia dejó su bolsa de equipaje en el porche con un golpe sordo y se apartó un par de mechones de pelo que el viento le llevaba a la cara.

—Casi no llego —dijo—. Mi GPS falló a unos cinco kilómetros antes de llegar. He estado a punto de tirarlo en la cuneta.

Los labios de Martha se curvaron en una sonrisa cómplice. Uno de esos gestos que transmiten más diversión que compasión. A Gia le cayó bien.

—No serías la primera forastera que se perdiera. Ni la última.

Gia no supo si era una advertencia, humor, o ambas cosas.

La mirada de Martha se deslizó hacia abajo, observando la impecable coleta de Gia, su camisa y sus cómodas zapatillas, que en ese momento estaban a cinco minutos de joderse con el barro.

Era una mirada sincera, no desdeñosa, como si estuviera calculando cuánto tiempo tardaría aquella chica de ciudad en mancharse.

—Pareces una de esas personas que no ha aprendido que al polvo no le importa lo que lleves puesto —dijo finalmente, como si le estuviera dando una noticia difícil con delicadeza.

Gia no pudo evitar reírse. Un sonido pequeño y algo nervioso.

—Bueno, supongo que aquí lo aprenderé rápido —dijo.

—Oh, sí, lo aprenderás. —Los ojos de Martha brillaron divertidos, después se suavizaron—. Si quieres un consejo, no te lo tomes como algo personal.

Gia parpadeó.

—¿Por qué? —fue imposible no preguntar.

Martha suspiró con afecto.

—Nate es… —Inclinó la cabeza, buscando las palabras adecuadas—. ¿Cómo decirlo de manera cortés? Tan amable como una alambrada electrificada. —Gia se llevó la mano a la boca para ahogar una carcajada—. Mantiene a la gente alejada, pero solo porque intenta que no le hagan daño.

Gia levantó una ceja.

—Eso es… muy poético.

Martha sonrió levemente.

—En mi caso es un riesgo laboral. Te pones filosófica cuando llevas media vida lidiando con el mismo testarudo.

Gia arrugó la nariz.

—Entonces…, ¿es un hombre difícil?

—Ay, cariño —comenzó Martha con una risa seca—. Si pasas la primera semana sin tirarle algo a la cabeza, te haré una tarta. Y no horneo para cualquiera.

Gia rio.

—Te tomo la palabra. La de chocolate con menta es mi preferida —dijo.

—Yo me ocuparé de tu bolsa de equipaje —dijo Martha—. Tú ve a los establos. Nate ha ido allí, y es mejor que lo encuentres tú a él a que él te encuentre a ti.

Gia giró el rostro y miró hacia la construcción. Era enorme, hecha de tablones rojos, con techos altos. Un tenue sonido de cascos y bufidos salía de su interior. Después de la breve tormenta, el sol se abrió paso entre las nubes, convirtiendo en espejos los charcos que se habían formado.

Gia enderezó los hombros, se secó las palmas de las manos en los vaqueros y se dirigió hacia allí.

Los establos estaban impecables. Ordenados, silenciosos, vibrando con esa energía que solo los animales pueden crear.

Olía a heno, pino y sudor limpio. Los rayos de sol se filtraban a través de los listones de madera, atrapando partículas de polvo y haciéndolas brillar como oro en el aire.

En alguna de las cuadras de la hilera, un caballo exhaló.

El corazón de Gia respondió de la misma manera.

El lugar parecía casi sagrado, como una catedral.

Y allí, en medio de todo, otra vez él.

Gia dejó de respirar por segunda vez ese día.

Alto, ancho. Todo asperezas y líneas sólidas.

¿Por qué diablos Gia no podía quitar los ojos de la camiseta y de cómo se le pegaba a los hombros y al pecho por culpa de la humedad de la lluvia? ¿Por qué tampoco podía dejar de mirar la tenue sombra de barba en su mandíbula cuadrada?

Tenía la cabeza inclinada mientras manipulaba el pestillo de una de las cuadras. Al sentirla, levantó la vista. Los ojos de Nathaniel Kenwood eran oscuros como el café, firmes como la tierra que pisaba. En ese momento fruncía el ceño.

«Claro que frunce el ceño. Seguro que ese es su estado natural», pensó Gia para sus adentros.

—¿Te has perdido por el camino? —preguntó Nate. Su voz ra grave, áspera, como el whisky viejo.

Gia trató de apaciguar la adrenalina que le recorría las venas. Nathaniel Kenwood era intimidante. Sí, lo era. No de una forma ruidosa y autoritaria, lo era de una forma silenciosa y reservada, como si dijera: «He visto cosas muy malas y sigo aquí».

Irguió la espalda.

—No —respondió, acercándose—. He llevado mi equipaje a la casa. Martha se ha encargado de él.

Nate parpadeó una vez, lentamente. Luego dos veces. Y entonces su boca hizo un gesto que podría ser de incredulidad, de desaprobación, o de las dos cosas.

—¿De verdad han enviado a una chica? —dijo.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire como un desafío.

«Pero ¿qué se ha pensado este tío?», dijo Gia en silencio.

Lo miró fijamente, sin saber qué decir durante un momento.

—Wow. ¿Va a ir por ese camino? Vaya sorpresa —soltó.

La expresión de Nate no cambió, aunque Gia juró que algo había brillado en sus ojos. Quizá diversión oculta tras capas de cinismo.

—Estos caballos valen más que la mayoría de los ranchos que hay alrededor —dijo Nate con voz serena—. Esperaba a alguien más… —la señaló vagamente—… experimentado.

Gia suspiró, luchando contra las ganas de poner los ojos en blanco. Martha tenía razón, era difícil no querer tirarle algo. Pero había una tarta en juego.

—Y yo esperaba a alguien que no hablara como un anuncio de cigarrillos de los años 50. Supongo que ambos estamos decepcionados —dijo.

Hubo una pausa. Los caballos se movieron. Los cascos repiquetearon contra el suelo del establo.

Nate la estudió, midiéndola. Sopesando sus palabras, su postura, la posición de su mandíbula.

—¿Siempre tienes la lengua tan afilada? —le preguntó, transcurrido un rato.

—Solo cuando alguien cuestiona mi capacidad antes siquiera de conocerme —contestó Gia con calma.

Durante un instante, una especie de sonrisa se dibujó en el rostro de Nate. Aunque fue tan fugaz que Gia no estaba segura de haberla visto. Nate se dio la vuelta, centrándose de nuevo en el pestillo.

—Bien. Empiezas mañana.

Gia cambió el peso de un pie a otro, ignorando la punzada de irritación que le subió por la espalda.

—De hecho, empiezo hoy —aseveró.

Nate la miró por encima del hombro con una ceja levantada.

—¿Quién lo dice?

—La yegua del tercer cubículo —respondió Gia con contundencia—. Tiene una leve inflamación en el menudillo, probablemente laminitis en fase inicial. Si quieres que tu yegua de un millón de dólares no se mantenga a gatas, te recomiendo compresas frías y reposo.

Eso llamó la atención de Nate. Se enderezó y se giró para mirarla de frente.

—¿Has diagnosticado a mi caballo al pasar junto a él?

—No. Al notar que se apoya en la pierna izquierda para aliviar el dolor y dificultad al moverse. Lo que indica que algo anda mal. Además, la hinchazón es visible desde el espacio que queda bajo la puerta. Pero claro, quizá solo son ideas mías.

Un sonido escapó de la puerta abierta del establo. Una risilla suave y alegre. Martha, con los brazos en jarra, observaba desde el umbral cómo se desarrollaba la escena, y parecía que llevaba años esperando aquel espectáculo.

—Señor, ayúdanos —murmuró, meneando la cabeza.

Nate le lanzó una mirada que podría haber cortado mantequilla. Martha se limitó a sonreír aún más, antes de girarse y alejarse del establo.

Nate apretó la mandíbula al volverse hacia Gia.

—Tienes confianza.

—Esa es una palabra para describirlo —dijo ella, que se negaba a dar marcha atrás.

—Arrogante es otra —dijo Nate.

—Tal vez esa se acerque más —respondió Gia, sosteniéndole la mirada sin pestañear.

El silencio que siguió se prolongó. Demasiado.

Nate dio un paso hacia ella. Uno. Otro. No eran amenazantes, eran deliberados. Se detuvo lo suficientemente cerca como para que Gia pudiera oler el leve rastro de lluvia y cuero en su piel.

—Tener confianza en uno mismo está bien, señorita Clarke —dijo—. Pero recuerde que un exceso de ella puede ser contraproducente.

Gia levantó la barbilla.

—La confianza es lo que me hace ser la mejor en mi campo —dijo con voz suave pero firme. No iba a dejarse amedrentar. Aquel vaquero gruñón de mandíbula imposible estaba a punto de descubrir que no se asustaba fácilmente.

Algo cambió en la expresión de Nate. Curiosidad, quizá respeto, o un leve indicio de algo más que ella no pudo identificar. Después retrocedió un paso, rompiendo la tensión.

Gia sintió algo extraño bajo las costillas. Una rara inquietud que no sabía explicar. Un desasosiego.

El silencio se extendía lo suficiente como para que Gia empezara a contar los latidos. Los suyos, los de Nathaniel Kenwood, los de la yegua. Tres ritmos que colisionaban en el mismo espacio de aire húmedo y aroma a heno.

Nate estaba de pie a pocos metros de distancia, con los brazos cruzados, las botas bien plantadas en el suelo y una expresión indescifrable, salvo por el pequeño y perenne surco de escepticismo entre sus cejas.

No la miraba con intimidación, la miraba con algo diferente. Una curiosidad mezclada con mala educación, como si estuviera tratando de decidir si Gia hablaba por hablar o realmente era buena.

—De acuerdo, demuéstralo —dijo finalmente Nate con voz monótona.

Gia no lo dudó. Se acercó a la yegua con pasos tranquilos, pausados, notando la mirada de Nate siguiéndola cada segundo. El animal emitió un suave relincho como si fuera un saludo.

El aliento del caballo era cálido contra su brazo.

—Hola, cariño. No pasa nada —le dijo Gia, en un tono bajo y tranquilizador—. Vamos a ver qué te pasa en la pata, ¿vale?

Se agachó, segura y cuidadosa. La paja crujió bajo sus zapatillas.

El olor del animal llenó sus pulmones. Heno recién cortado, sudor, tierra.

Y de repente se sintió en su elemento. En aquel momento estaba más a gusto allí de lo que había estado en meses.

En Dallas, siempre estaba a la caza de tiempo, de historiales, de clientes, de llamadas.

Parecía más una secretaria que una veterinaria.

Ahí solo estaba ella y el animal. Frente a frente. Sin ruidos, sin juicios.

Excepto él.

Gía todavía podía sentir su presencia al otro lado de la puerta de la cuadra. Fuerte. Firme. Observando.

«Respira —se dijo para sí—. Sabes hacer tu trabajo muy bien.»

Siguió con su tarea, palpando la pata, pasando los dedos por el menudillo hinchado, notando el leve calor bajo la piel de la yegua.

Cada toque de su mano sabía qué tenía que buscar y en qué confiar.

Su cerebro comenzó a zumbar entre las posibilidades, mientras su boca murmuraba sin pensar palabras tranquilizadoras para la yegua, para sí misma, para disipar la tensión invisible entre ella y el hombre que creía que no pertenecía allí, que no era un lugar para ella.

Al terminar, Gia se incorporó, apartándose un mechón de pelo de la cara con el dorso de la mano. Tenía las palmas llenas de polvo y los vaqueros manchados de paja. Levantó los ojos y vio a Nate observándola con una expresión tan suave como para hacerla dudar.

Pero ella no dudó.

—Laminitis temprana —dijo con firmeza—. Nada serio todavía, pero si no quieres que termine siendo algo grave, necesita tratamiento de inmediato. Reposo, ajuste de la dieta, suelo mullido, y un cubo de agua cerca. Si el dolor es intenso es posible que ni se acerque al bebedero.

Nate no dijo nada de inmediato. Simplemente la observaba como si fuera un enigma que se negara a resolverse.

Parpadeó y exhaló por la nariz. Un suspiro bajo que parecía cargar con el peso del mundo.

—Le diré a Martha que te enseñe tu habitación —dijo.

¿Eso significaba que se quedaba? ¿Había pasado la prueba? ¿Tenía trabajo?, se preguntó Gia.

Se enderezó tratando de no dejar entrever su emoción, y se sacudió la paja de los pantalones.

—Antes de instalarme necesitaré hielo, vendas, y cambiar el mullido de la cuadra. Cuanto antes le quitemos la presión del casco, mejor.

Nate arqueó una ceja.

—¿Ya das órdenes?

Ella ladeó la cabeza, tratando de parecer despreocupada.

—Solo cuando tengo razón —dijo.

Durante unos segundos se quedaron allí parados. La tensión entre ellos se tensó como una cuerda. Gia se adelantó, pasando junto a Nate con la misma seguridad tranquila que la hacía parecer más alta de lo era.

Desprendía un ligero aroma a cítricos y gel, que se superponía a los aromas más intensos que impregnaban el establo.

Nate se giró ligeramente al verla pasar, apretando la mandíbula. La siguió con la mirada un segundo más de lo debido, con una expresión indescifrable en el rostro, pero nada indiferente.

Fuera, un trueno retumbó de nuevo, más suave, más cerca. Una nueva tormenta se avecinaba. Dentro, el establo estaba demasiado silencioso, demasiado quieto.

Nate seguía con la mano apoyada en la puerta del cubículo y la mirada fija en el camino vacío que había recorrido Gia. Exhaló con fuerza por la nariz.

—No durará ni una semana —murmuró.