El corazón oculto del vaquero (Devils 5) CAPÍTULO 1
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El corazón oculto del vaquero (Devils 5)

El corazón oculto del vaquero (Devils 5)

Por Andrea Adrich

© inepub.com

CAPÍTULO 1

El camino al rancho Millstone era lo suficientemente largo para que Gia Clarke pensara en cada una de las malas decisiones que alguna vez la habían hecho cuestionarse el funcionamiento de su cerebro. Ya habían sido unas cuantas en los últimos tiempos.

Por ejemplo, cuando su exnovio le dijo que su carrera «estaba bien», con esa voz que usan los hombres cuando están a punto de decir algo condescendiente y pretenden ser encantadores. Joder, qué asco.

Luego cuando su jefe en la clínica de Dallas la miró como si fuera de porcelana al pedirle más trabajo de campo, diciendo: «Gia, los animales grandes son demasiado para alguien de tu tamaño». ¿A qué maldito tamaño se refería? No media medio metro. Y aunque lo midiera, ¿qué?

Y, por supuesto, más recientemente, el momento en que se dio cuenta de que estaba llorando sobre un perrito caliente en una gasolinera en algún lugar cerca de la frontera con Tennesse, mientras su teléfono reproducía un podcast sobre «aceptar el fracaso».

Dios, era todo tan patético.

Estaba harta.

Y el perrito caliente no se merecía su llantina.

Ahora su pequeña camioneta azul avanzaba quejándose por un estrecho camino de tierra que se extendía hacia el infinito como un desafío.

El aire era denso, cargado de calor y tábanos, con esa humedad de principios de primavera en Kentucky que se le pegaba en la nuca y no la soltaba.

El sol estaba bajo, suspendido sobre el horizonte, tiñéndolo todo de oro.

Gia entrecerró los ojos, con una mano en el volante y la otra golpeando ligeramente el GPS. ¿Se había jodido?

«Recalculando», dijo la voz robótica, a quien le importaba poco si ella se moría allí mismo.

—¿Qué mierda te pasa? —soltó.

La cobertura de su teléfono había desaparecido por completo. Nada. Cero. ¿Qué significaba eso? Que estaba oficialmente en tierra de nadie o, para ser exactos, en el Kentucky más profundo, más rural. El concepto de remoto allí adquiría todo su significado, porque estaba remoto de cojones.

Tenía la garganta seca. Le dolían los hombros y las nalgas del culo de estar tanto tiempo sentada, y su paciencia en aquellos momentos era un delicado hilo que intentaba no romper.

Pero justo cuando estaba a punto de darse la vuelta y maldecir una y mil veces cada una de las elecciones profesionales que la habían llevado hasta allí, lo vio.

Un cartel.

RANCHO MILLSTONE.

Las letras estaban grabadas en la madera, antiguas y orgullosas, flanqueadas por unas verjas de madera sacadas directamente de una novela del oeste. Y todo enmarcado por robles centenarios que parecían llevar siglos protegiendo el lugar.

De pronto, retumbó un trueno. Se avecinaba tormenta. Y fuerte, a juzgar por las nubes negras que avanzaban desde el norte.

—Genial —suspiró Gia—. Lo que me faltaba, que ahora caiga el diluvio universal.

Dejó la camioneta en punto muerto y se bajó de ella.

Las botas se le hundieron en el polvo rojo, los vaqueros se le pegaban a las rodillas y la parte de atrás de la camisa ya estaba húmeda.

Se secó las manos en los muslos y observó el intercomunicador que había en uno de los pilares de piedra.

Era viejo y probablemente solo funcionaran a medias.

Gia juró que el dueño era de esos hombres que se negaban a cambiarlos porque «siguen funcionando».

Presionó el botón y esperó.

Nada.

Tras unos segundos se escuchó un chasquido, seguido de una voz tan profunda y áspera que hizo vibrar el viejo aparato.

—¿Quién es?

Gia se inclinó. Carraspeó como si eso la ayudara a sonar más segura.

—Hola. Eh…, busco a Nathaniel Kenwood.

Hubo una pausa.

—¿Quién pregunta por él? —dijo la voz al otro lado.

Gia se echó un vistazo en la ventanilla de la camioneta. Tenía el pelo revuelto, cubierto de polvo del camino. La ropa arrugada por el viaje, y una pequeña marca de una quemadura solar en la nariz. En aquel momento no era precisamente el perfil de una «profesional».

—Soy Gia Clarke —dijo, alegre pero firme—. La nueva veterinaria.

Se hizo el silencio, y fue lo suficientemente largo como para que empezara a pensar que quizá se había equivocado de lugar. ¿Había más ranchos Millstone por la zona?

—¿La qué?

—La veterinaria —respondió—. Ya sabe, animales, medicina, ciencia. A veces, incluso milagros.

El intercomunicador siseó y volvió a escucharse un clic , como si quien estuviera al otro lado dudara de si colgar o no.

Finalmente las puertas se abrieron. Lentas, a regañadientes, como si no quisieran dejarla entrar.

Gia exhaló, se subió a la camioneta y continuó.

El mundo al otro lado de aquellas puertas parecía sacado de una película. Viejos robles se asomaban a ambos lados del camino y vallas de madera se extendían interminables a lo largo de las praderas salpicadas de caballos pastando.

La casa emergió a lo lejos, grande y antigua, pero elegante, con un porche envolvente y ventanas altas de madera.

Instintivamente, Gia agarró el volante con más fuerza, sintiendo una rara presión en el pecho. Una mezcla de asombro y nervios.

—No estás aquí para impresionarte con lo que te rodea como si fueras una niña de diez años, estás aquí para demostrar tu valía. Para recordarles a todos que eres buena en lo que haces. Pero… —lanzó un vistazo en torno a ella—. Joder, todo es precioso.

Llegó hasta los establos. La camioneta se detuvo traqueteando justo cuando las nubes negras finalmente cedieron. La lluvia comenzó a caer con gotas grandes, a ráfagas por culpa del viento. Los truenos retumbaban tan fuerte que vibraba el suelo.

Gia alzó la mirada, y en ese momento lo vio.

Nathaniel Kenwood.

Estaba de pie en una cuadra que tenía las puertas abiertas, como si hubiera nacido para estar allí.

Alto, de hombros anchos y con una camiseta negra de manga corta que la lluvia había pegado a su cuerpo.

Los mechones del pelo negro le caían rebeldes sobre la frente, mientras las manos tiraban firmes de las riendas de un caballo que intentaba encabritarse.

El animal estaba desbocado por el miedo de los fuertes truenos, que rompían el silencio una y otra vez con sus estruendos. Sin embargo, Nathaniel ni se inmutaba. Su voz era baja, tranquila, pero autoritaria.

—Tranquilo, chico. Tranquilo…

El tono dejó a Gia paralizada, clavada en el suelo. Era un tono firme pero suave. El tipo de voz que podría calmar a cualquiera, si fuera necesario. Que podría calmar incluso a una tempestad.

El caballo se encabritó de nuevo, con los cascos deslizándose peligrosamente cerca de su pecho. Nate se acercó despacio, seguro, murmurando algo que solo el animal podía oír. Para asombro de Gia, el semental, lentamente, bajó la cabeza, jadeando, y la tensión fue abandonando su cuerpo.

Todo era… íntimo. Como ver rezar a una persona.

Se quedó sin aliento. Había algo en él, en su forma de moverse, como si cada centímetro de su cuerpo perteneciera exactamente a ese lugar.

Se giró.

Y sus miradas se encontraron a través de la tormenta.

Nathaniel Kenwood era un hombre de esos que tenía una mirada, no arrogante, pero sí de dominio. Como si ya nada le sorprendiera, como si nada le impresionara.

Sus ojos la recorrieron una vez, penetrantes y evaluadores, y ella lo sintió como un roce físico.

Durante un segundo eterno todo se detuvo, la lluvia, los truenos, los latidos de su corazón. Entonces un rayo cayó demasiado cerca y se sobresaltó. El caballo bufó. Nate aferró las riendas con más fuerza sin apartar la mirada de Gia.

Cuando por fin habló, su voz era tranquila, pero tenía un visible matiz de irritación.

—¿Te has perdido?

Gia se cruzó de brazos, fingiendo que no temblaba.

—No, soy la nueva veterinaria —dijo.

Nate parpadeó y frunció el ceño.

—¿Han enviado a una mujer?

—¿Algún problema con eso?

Algo se reflejó en la expresión de Nate, quizá una sonrisa burlona, quizá un tic en la mandíbula. Era difícil distinguirlo bajo la lluvia.

No dijo nada, simplemente se limitó a señalar con la barbilla hacia los establos.

—El establo principal está por allí. Procura que los caballos no te pisoteen.

Y sin más que decir, se giró, dándole la espalda.

Gia lo miró fijamente, con la lluvia goteando por el pelo, la mandíbula apretada y el pulso acelerado.

Había conocido a muchos hombres que creían que podían evaluarla con solo una mirada, pero había algo diferente en Nathaniel Kenwood.

No era crueldad, exactamente. Era reserva, hermetismo.

Como si el mundo ya le hubiera enseñado su cara más malévola, y ya hubiera pagado el precio.

Tomó una bocanada de aire, que sabía a lluvia, tierra húmeda y resignación, cuadró los hombros y enfiló los pasos hacia la dirección que Nate le había indicado.

«Bienvenida al Rancho Millstone», pensó.

Donde los hombres son como tormentas y la amabilidad inexistente.

Detrás de ella, un nuevo trueno retumbó, bajo, insistente, como si fuera una advertencia. Un desafío.

Pero Gia Clarke no huía de las tormentas. Caminaba directamente hacia ellas. Y si Nathaniel Kenwood iba a ponerla a prueba, estaba a punto de descubrir que ella no se asustaba fácilmente.