El corazón herido de la Bestia (Devils 4) EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

—Dante... —comenzó, al darse cuenta de que no había mejor momento que ese para darle la buena nueva al que era su esposo desde hacía casi cinco años, porque se casaron unos meses después—. Tengo que contarte algo.

Él la miró, con esa atención absoluta que siempre le dedicaba cuando hablaba. Como si sus palabras fueran lo más importante del mundo, como si nada más existiera en ese instante.

—¿Qué ocurre? —preguntó. Su tono adquirió un ligero matiz de preocupación al notar su nerviosismo.

Natalie tomó aire, sintiendo cómo las mariposas revoloteaban en su estómago, igual que la que Kora perseguía entre las flores.

—Estoy embarazada —dijo finalmente.

Las palabras salieron en un susurro que sonó más fuerte de lo que esperaba en el silencio que se había formado entre ellos.

Durante un segundo, Dante se quedó completamente inmóvil, como si su cerebro estuviera procesando la información demasiado despacio. Sus ojos grises, fijos en los de ella, se agrandaron poco a poco, y su boca se entreabrió sin que saliera ningún sonido.

—¿Qué has dicho? —murmuró.

—Que estoy embarazada —repitió Natalie, notando cómo una sonrisa comenzaba a formarse en sus labios al ver la reacción de Dante—. Vamos a tener un bebé.

—Un bebé… —repitió él, como si probara las palabras, como si necesitara decirlas en voz alta para asimilarlas—. Vamos a tener un bebé. Tú y yo. Un bebé.

Y entonces, de repente, su rostro se iluminó con una sonrisa tan radiante que casi dolía mirarla. Sin previo aviso, se levantó, llevando a Natalie consigo, y la abrazó con tanta fuerza que por un momento ella temió por sus costillas.

—¡Un bebé! —exclamó Dante, girando con ella en brazos. Su risa se mezcló con la de Natalie—. ¡Vamos a tener un bebé!

—¡Dante! —protestó Natalie entre risas—. ¡Me estás mareando!

Él se detuvo inmediatamente, bajándola con una delicadeza exagerada, como si de pronto se hubiera dado cuenta de que tenía entre los brazos una muñeca de porcelana fina.

—Lo siento, lo siento —dijo. Sus manos acariciaron sus brazos, su rostro, su cintura, como si necesitara asegurarse de que estaba bien—. ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? ¿El bebé está...?

—Estamos perfectamente —lo tranquilizó Natalie, cogiendo sus manos—. Solo un poco mareada por las vueltas, nada más.

La expresión de alivio que cruzó el rostro de Dante fue casi cómica, pero lo que vino después hizo que el corazón de Natalie se derritiera: Dante se arrodilló frente a ella, colocando ambas manos en su vientre, en un gesto tan reverente que parecía estar ante algo sagrado.

—Hola, pequeño —susurró, con la voz cargada de emoción—. Soy tu papá. Y ya te quiero muchísimo.

Los ojos de Natalie se llenaron de lágrimas, mientras observaba a aquel hombre al que durante un tiempo habían apodado La Bestia , arrodillado en el césped, hablándole con infinita ternura a un ser que apenas era del tamaño de un guisante.

—¿De cuánto tiempo estás? —preguntó él, alzando la mirada hacia ella con los ojos brillantes.

—Casi de ocho semanas —respondió Natalie, pasando sus dedos por el pelo de Dante—. Me he hecho la prueba hace unas horas. Las náuseas empezaban a ser demasiado obvias para ignorarlas.

—¿Por qué no me lo has dicho antes? —No había reproche en su voz, solo curiosidad.

Natalie se encogió de hombros, con una pequeña sonrisa.

—Quería estar segura. Y quería encontrar el momento perfecto.

Él asintió, con una expresión comprensible, y se puso de pie para besarla. Un beso que contenía todo lo que las palabras no podían expresar: agradecimiento, felicidad, amor, esperanza.

—¿Mamá? ¿Papá? ¿Qué pasa?

La voz de Kora los hizo separarse. La niña estaba de pie junto a ellos, observándolos con curiosidad. Al parecer, la persecución de la mariposa podía esperar.

Dante y Natalie intercambiaron una mirada, una de esas conversaciones silenciosas que habían perfeccionado a lo largo de los años. Con un asentimiento, Dante se agachó para quedar a la altura de Kora.

—Princesa, tenemos una noticia muy especial para ti —dijo, tomando sus pequeñas manos entre las suyas.

—¿Qué noticia? —preguntó ella, inclinando la cabeza. Sus rizos rubios cayeron sobre su hombro.

—Vas a tener un hermanito o una hermanita —respondió Natalie, arrodillándose también junto a ellos—. Hay un bebé creciendo en mi barriga, igual que tú creciste antes de nacer.

Los ojos de Kora se abrieron como platos, pasando de Natalie a Dante y de Dante a Natalie.

—¿Un bebé? ¿De verdad? —Su voz subió varias octavas por la emoción—. ¿Como el de mi amiga Carol?

Carol era una amiguita del colegio que había tenido un hermanito unos meses atrás, un niño al que Kora adoraba y al que trataba como si fuera una muñeca de verdad.

—Exactamente como ese —afirmó Dante, sonriendo ante su entusiasmo—. Pero este bebé será tu hermano o hermana. Vivirá aquí con nosotros, y tú serás la hermana mayor.

—¡La hermana mayor! —exclamó Kora, dando un saltito—. ¡Voy a tener un hermanito! ¡Un bebé de verdad!

Y sin más preámbulos, se lanzó a los brazos de ambos.

Los tres se fundieron en un abrazo conjunto, riendo, Kora haciendo mil preguntas a la vez: ¿cuándo llegaría el bebé?

, ¿sería niño o niña?, ¿podría ponerle nombre?

, ¿dormiría en su habitación?, ¿podría llevarlo al colegio para enseñárselo a sus compañeros de clase?

—Todavía falta mucho tiempo para que llegue —explicó Natalie, acariciando su mejilla—. El bebé necesita crecer dentro de mí durante varios meses más.

—¿Cuántos meses? —quiso saber Kora, con esa impaciencia tan característica de su edad.

—Unos siete meses más —respondió Dante, haciendo un rápido cálculo mental—. Justo para Navidad, más o menos.

—¿El bebé va a ser mi regalo de Navidad? —Los ojos de Kora se iluminaron con la idea—. ¡Es el mejor regalo del mundo!

Natalie no pudo evitar reírse ante su entusiasmo.

Por supuesto, sabía que la novedad se desvanecería pronto y que vendrían las preguntas más difíciles, quizás incluso los celos cuando el bebé llegara y acaparara gran parte de la atención.

Pero por ahora, su corazón se llenaba de alegría al ver la emoción de Kora ante la idea de ser hermana mayor.

—¿Puedo ir a contárselo a Thomas? —preguntó Kora, prácticamente vibrando de excitación—. ¡Todo el mundo tiene que saber que voy a ser hermana mayor!

—Claro que puedes, cariño —respondió Natalie—. Pero recuerda, es una noticia especial que estamos compartiendo solo con nuestra familia más cercana por ahora, ¿de acuerdo?

—¡Sí! ¡Es un secreto! —asintió Kora con solemnidad, para luego salir disparada hacia la casa, gritando—: ¡Thomas! ¡Thomas! ¡Tengo un secreto muy importante que contarte!

Cuando Natalie y Dante se quedaron solos nuevamente, Dante volvió a abrazar a Natalie, esa vez con más suavidad, como si de repente fuera consciente de la fragilidad de lo que estaban creando juntos.

—Te quiero —murmuró contra su pelo—. Te quiero tanto que a veces me asusta.

—¿Te asusta? —preguntó ella, separándose un poco para mirarlo a los ojos.

Dante asintió, con una sonrisa que mezclaba felicidad, pero también vulnerabilidad, una combinación que solo ella tenía el privilegio de ver.

—Nunca creí que podría sentir algo así —confesó, al tiempo que su pulgar trazaba círculos en su mejilla—.

Antes de ti, antes de Kora, mi vida estaba...

vacía. Tenía todo lo que el dinero podía comprar, pero nada que realmente importara.

—Hizo una pausa. Su mirada se perdió un momento en los recuerdos—.

Pero llegaste tú, con una niña en brazos y más coraje del que he visto en nadie.

Natalie sintió que sus ojos se humedecían de nuevo. Aunque habían pasado más de cinco años, el recuerdo seguía siendo muy vivo para ambos.

—Me salvaste —continuó él—. No solo me diste una familia, me rescataste de la soledad en la que me había encerrado.

Me devolviste a la vida, Natalie. Los últimos cinco años han sido los mejores de mi existencia, y ahora...

ahora me regalas esto. —Colocó la mano sobre su vientre con una ternura infinita—. Otro hijo.

—También tú me salvaste a mí —respondió ella, colocando su mano sobre la de él—.

Me diste un hogar cuando más lo necesitaba, me mostraste lo que es el amor verdadero, el que no juzga, el que no controla, el que solo...

ama. Me diste seguridad, estabilidad, una vida que nunca creí merecer.

—Su voz se quebró ligeramente—. Y has sido el mejor padre que Kora podría desear. Te quiere tanto, Dante. Y yo también.

Él se inclinó y la besó. Un beso lleno de promesas, de sueños compartidos, de un futuro que estaban construyendo juntos día a día.