EPÍLOGO
Cinco años después
La primavera había llegado con fuerza. Las rosas trepadoras se abrían paso por las pérgolas y la luz del sol de media tarde bañaba el césped recién cortado, creando ese aroma característico a hierba fresca que tanto le gustaba a Natalie.
Sentada en una de las sillas de jardín, revisaba el historial de algunos de sus pacientes como jefa de enfermeras del hospital en el que trabajaba, y observaba la escena que había frente a ella con una sonrisa que no podía contener.
—¡No me vas a pillar, papá! ¡Eres muy lento! —La voz cantarina de Kora resonó por todo el jardín mientras corría en zigzag, esquivando los brazos de Dante, que fingía torpeza en sus movimientos.
—¡Oh, no! ¿Dónde se ha metido ese pequeño terremoto?
—exclamó Dante de forma exagerada, mirando a su alrededor y pasando deliberadamente por alto a Kora, que se escondía, bastante mal, detrás de un arbusto que apenas tapaba la mitad de su cuerpo—.
¡Ha desaparecido! ¡Thomas! ¿Has visto a Kora por aquí?
La risita de Kora se intensificó, incapaz de contener su emoción ante el juego.
A sus seis años, era un torbellino de energía inagotable, con una cabellera de rizos dorados que rebotaban con cada uno de sus movimientos y unos ojos que, como decía Thomas, «eran capaces de conseguir cualquier cosa que se propusieran».
—¡Estoy aquí, papá! ¡Aquí! —No pudo resistir más y salió corriendo de su escondite, directa hacia Dante.
—¡Ajá! —exclamó él, girándose en el momento exacto—. ¡Te tengo!
Pero Kora, rápida como siempre, esquivó sus brazos una vez más y salió disparada en dirección contraria.
Su vestido verde claro ondeaba tras ella, mientras que sus pies apenas rozaban el césped.
La risa, cristalina y sincera, se mezclaba con la de Dante en una sinfonía que, para Natalie, era el sonido más hermoso del mundo.
Cinco años.
Habían pasado cinco años desde aquel día en que había llegado a la mansión con Kora en brazos para trabajar como ama de llaves, sin saber que estaba a punto de encontrar al hombre de su vida, un hogar y una familia.
Cinco años desde que Justin había desaparecido de sus vidas, cumpliendo condena por secuestro, agresión y una lista interminable de delitos que habían salido a la luz durante la investigación.
Cinco años desde que empezó a construir algo que nunca creyó posible: una vida plena, segura, llena de amor.
Ver a Dante corriendo por el jardín, persiguiendo a Kora como si fuera lo único importante en el mundo, hacía que su corazón se hinchara de emoción.
¿Quién hubiera dicho que aquel hombre serio e intimidante, el escritor solitario encerrado en su mansión de cristal, se convertiría en ese padre devoto que no dudaba en tirarse al suelo o manchar sus carísimos pantalones con tal de hacer reír a una niña?
—¡Mira, mamá! ¡Estoy ganando! —gritó Kora, sacándola de sus pensamientos, mientras corría en círculos alrededor de Dante, que fingía estar exhausto.
—¡Lo estoy viendo, cariño! ¡Papá no tiene ninguna oportunidad! —respondió Natalie, guiñándole un ojo a Dante, que la miró con una expresión que simulaba indignación.
—¿Así es como me apoyas? —protestó él, poniendo las manos en las caderas—. ¡Me has traicionado por una enana de seis años!
—Es que es mucho más rápida que tú —replicó Natalie, encogiéndose de hombros con un gesto divertido—. Y más lista.
—¡Sí! ¡Soy la más lista! —exclamó Kora, aprovechando ese momento de distracción para lanzarse sobre Dante, aferrándose a su pierna como un pequeño koala.
Dante fingió perder el equilibrio, tambaleándose de manera cómica.
—¡Oh, no! ¡Me han atacado! —exclamó, agitando los brazos—. ¡Socorro! ¡Una criatura salvaje me está devorando la pierna!
Kora soltó una carcajada tan fuerte que hizo que un par de pájaros salieran volando de un árbol cercano.
—¡No soy una criatura salvaje! ¡Soy yo! —protestó entre risas.
—¿Tú? —Dante abrió mucho los ojos con sorpresa—. ¿Mi pequeña princesa? ¡Imposible! ¡Mi princesa nunca me atacaría así!
—¡Sí que lo haría! —insistió Kora, todavía aferrada a su pierna, mirándolo hacia arriba con esa sonrisa a la que le faltaban un par de dientes de leche.
—En ese caso... —La voz de Dante se volvió grave, con ese tono teatral que reservaba para los momentos más dramáticos de sus juegos—. ¡Tendré que tomar medidas drásticas!
Y con un movimiento rápido pero suave, se dejó caer al suelo, teniendo cuidado de no hacer daño a Kora. La niña, entre risas, aprovechó para trepar sobre él, sentándose triunfalmente en su estómago.
—¡Te vencí! —declaró, levantando los brazos en señal de victoria.
—Me rindo —dijo Dante, colocando una mano sobre su corazón—. Has derrotado a la temible bestia de la mansión.
—No eres una bestia —corrigió Kora con seriedad—. Eres mi papá.
Algo en la forma en que lo dijo, con esa absoluta certeza y naturalidad, hizo que la mirada de Dante se suavizara. Sus ojos se encontraron con los de Natalie durante un instante, y ella pudo ver en ellos toda la emoción que esas simples palabras le provocaban.
«Eres mi papá».
No era la primera vez que Kora lo llamaba así, por supuesto.
Había empezado a hacerlo unos cuatro años atrás, tras una serie de preguntas inocentes sobre por qué otros niños tenían un papá y ella no.
Dante había dejado que fuera Natalie quien decidiera qué responder, pero cuando Kora, con toda la lógica implacable de un niño de dos años, había declarado: «Pero Dante puede ser mi papá, ¿verdad?
», ninguno de los dos había tenido corazón para contradecirla.
Y lo cierto es que Dante se había convertido en su padre en todos los sentidos que importaban.
Estaba ahí para leerle cuentos antes de dormir, para enseñarle a montar en bicicleta, para secarle las lágrimas cuando se caía, para celebrar cada pequeño logro como si fuera la hazaña más importante del mundo.
La quería como si fuera su propia sangre, y Kora lo adoraba con esa devoción incondicional que solo los niños pueden ofrecer.
—Ven aquí, pequeño monstruo —dijo Dante, incorporándose hasta quedar sentado en el césped y atrayendo a Kora hacia su pecho para darle un abrazo—. Te quiero hasta el infinito y más allá, ¿lo sabes?
—Yo te quiero hasta la luna —respondió Kora, enroscando sus brazos alrededor del cuello de Dante—. Y hasta las estrellas. ¡Hasta todas!
—Eso es mucho —afirmó él, besando su frente—. ¿Incluso más que a los helados de chocolate?
Kora pareció considerar la pregunta con suma seriedad, frunciendo el ceño en una expresión que era un calco exacto de la de Natalie cuando se concentraba.
—Mmmm... —dudó, rascándose la barbilla—. ¡Sí! ¡Más que a los helados de chocolate! Pero por poquito.
Dante soltó una carcajada tan espontánea que Natalie no pudo evitar unirse a ella.
Hacía tanto tiempo que la risa era algo habitual en la mansión, que a veces costaba recordar cómo había sido antes, cuando el silencio pesaba como una losa sobre cada habitación.
Ahora, Thomas también sonreía con frecuencia, especialmente cuando Kora lo perseguía por los pasillos, exigiéndole que le mostrara los pasadizos secretos que ella estaba convencida que existían.
Y es que tenía una imaginación extraordinaria.
Mientras los observaba, sintió una oleada de ternura tan intensa que casi le cortó la respiración.
Llevó una mano a su vientre, aún plano, donde crecía su pequeño secreto.
Apenas se había enterado hacía unas horas, después de semanas sintiéndose extraña, con náuseas matutinas y ese cansancio que recordaba tan bien de su primer embarazo.
La prueba había confirmado sus sospechas, y desde entonces, había estado buscando el momento perfecto para compartir la noticia con Dante.
Quizás aquel era ese momento.
Kora se había separado de Dante y corría tras una mariposa de alas azules que revoloteaba cerca de los rosales, dando saltitos y extendiendo sus manos en un intento de atraparla, aunque nunca lo hacía realmente.
Tenía esa amabilidad innata, ese cuidado con las cosas pequeñas y delicadas que siempre había asombrado a Natalie.
Dante se levantó del césped, sacudiéndose los pantalones y pasándose una mano por el pelo, ligeramente despeinado. Cuando caminó hacia ella, Natalie sintió que su corazón se aceleraba, igual que la primera vez que la había mirado con esa intensidad que parecía atravesarle el alma.
Cinco años, y seguía teniendo ese efecto en ella.
—Pareces cansado —comentó cuando él se sentó a su lado, con una sonrisa burlona—. ¿Demasiado para Dante Eastwood?
Él le lanzó una mirada de soslayo, con esa media sonrisa que aún hacía que sus rodillas temblaran.
—¿Sabes de dónde saca tanta energía? —preguntó, señalando con un gesto hacia Kora, que daba vueltas con los brazos extendidos, siguiendo el vuelo de la mariposa—. Estoy empezando a sospechar que tiene una central nuclear dentro.
Natalie se rio, apoyando su cabeza en el hombro de él, un gesto que se había vuelto tan natural como respirar.
—Es tu hija —respondió simplemente, y pudo notar cómo a Dante se le hinchaba el pecho de orgullo—. Tiene tu energía... y tu terquedad.
—Y tu carácter —añadió él, pasando un brazo alrededor de su cintura y atrayéndola más cerca—. Esa forma de mirar cuando algo no le gusta, con el ceño fruncido y los labios apretados... es idéntica a ti.
—¿Estás insinuando que soy una gruñona? —preguntó ella, fingiendo sentirse indignada.
—Estoy afirmando que eres adorablemente intimidante cuando te enfadas —corrigió él, besando su sien—. Y que nuestra hija ha heredado ese don.
«Nuestra hija».
Aunque ya no era raro oír decirlo, seguía provocando en Natalie una sensación cálida en el pecho.
Porque Kora era de ambos, no por sangre o por papeles, sino por esa conexión que iba mucho más allá de lo biológico o lo legal.
Era suya porque los tres habían elegido ser una familia, día tras día, durante cinco años.