CAPÍTULO 51
La mansión apareció ante ellos como una silueta majestuosa recortada contra el cielo nocturno, con los contornos apenas iluminados por la luz de la luna que se filtraba entre las nubes.
A medida que el coche de Dante avanzaba por el camino de grava que serpenteaba entre el jardín, las luces del exterior se encendieron automáticamente, como si la propia casa les diera la bienvenida.
Natalie sintió un nudo en la garganta. Solo habían pasado un par de días desde su precipitada huida, pero regresaba como una persona completamente distinta.
Los acontecimientos de las últimas horas habían transformado su mundo, reordenando prioridades y certezas con la fuerza de un huracán.
Y, sin embargo, al contemplar la fachada familiar de la mansión, experimentó una sensación que nunca antes había asociado con ese lugar: la de estar volviendo a casa.
Sí, a casa.
Dante detuvo el Range Rover frente a la entrada principal y apagó el motor. Durante unos segundos, ambos permanecieron en silencio, como si necesitaran ese instante de calma antes de enfrentar lo que les esperaba dentro.
—Thomas debe de estar esperándonos —murmuró Dante, con la mirada fija en la puerta de entrada—. Le llamé cuando estábamos en la comisaría. Estaba... bueno, creo que nunca le había visto tan preocupado.
Natalie notó que un sentimiento de culpa se instalaba en su pecho. No se había parado a pensar cómo afectaría su desaparición a Thomas, que siempre había sido tan amable con ella y con Kora, que la había tratado como un padre.
—¿Crees que estará muy enfadado? —preguntó en voz baja, lanzando una mirada hacia el asiento trasero, donde Kora seguía durmiendo.
La expresión de Dante se suavizó al mirarla.
—¿Thomas? —Una sonrisa curvó sus labios—. Ese hombre no sabe lo que es estar enfadado. Preocupado, sí. Pero enfadado... —Sacudió la cabeza—. Es incapaz de enfadarse con vosotras.
Natalie intentó sonreír, pero la ansiedad seguía ahí, como un peso en su estómago. Respiró hondo, tratando de calmarse.
—Vamos —dijo finalmente Dante, apretando suavemente su mano—. Cuanto antes entremos, antes podremos poner fin a su sufrimiento.
Natalie asintió, y ambos salieron del coche.
Mientras Dante rodeaba el vehículo para sacar a Kora de su sillita, Natalie observó la mansión. Sus ojos recorrieron las ventanas iluminadas. En el piso superior, una figura se movió tras una cortina, y Natalie supo que era Thomas, que estaba atento a su llegada.
Dante se acercó a ella con Kora en brazos, la pequeña aún dormía profundamente, con la cabecita apoyada en el hombro de él con total confianza. La imagen hizo que el corazón de Natalie diera un vuelco.
—Parece que alguien ha encontrado su lugar favorito —comentó con ternura, acariciando suavemente la mejilla de su hija.
Dante sonrió, y la forma en que miró a Kora, con tanta devoción y cuidado, casi hizo que Natalie rompiera a llorar nuevamente.
—Lo ha hecho muy bien —murmuró él, refiriéndose a cómo la niña había soportado toda la situación—. Es increíblemente fuerte. Como su madre.
Natalie sintió que un rubor se extendía por sus mejillas. Aún no se acostumbraba a los cumplidos de Dante. Con un gesto, él le indicó que avanzaran hacia la entrada, y ella asintió, alisándose nerviosamente el pelo con la mano.
—Estamos en casa —dijo Dante.
Natalie sintió un pellizco en el corazón.
Apenas habían dado unos pasos cuando la puerta principal se abrió de golpe, y Thomas apareció en el umbral. Su figura alta y delgada se veía perfilada por la luz que emanaba del interior.
Durante un segundo, el jardinero se quedó inmóvil, como si no pudiera creer lo que veían sus ojos. Luego, con una velocidad sorprendente para un hombre de su edad, bajó los escalones de la entrada y se dirigió hacia ellos.
—¡Natalie! —exclamó—. ¡Gracias al cielo! ¡Estáis bien!
Antes de que Natalie pudiera reaccionar, se encontró envuelta en un fuerte abrazo. El gesto la dejó momentáneamente sin habla.
—Thomas... —logró murmurar, devolviendo el abrazo con torpeza—. Lo siento mucho. No quería preocuparte...
Thomas se apartó ligeramente, sosteniéndola por los hombros a la distancia de los brazos. Sus ojos recorrieron su rostro como buscando signos de daño.
—¿Estás herida? ¿Te ha hecho daño ese... ese individuo? —La preocupación en su voz era palpable, y Natalie se sintió abrumada por el afecto que aquel hombre le profesaba.
—Estoy bien, Thomas, de verdad —aseguró, intentando sonreír para tranquilizarlo—. Gracias a Dante... —Su voz se quebró ligeramente al recordar cómo él había irrumpido en la habitación del motel, enfrentándose a Justin sin dudarlo.
Thomas asintió, como si eso fuera exactamente lo que esperaba oír, y finalmente se giró hacia Dante, que observaba la escena con una expresión difícil de leer, mezcla de ternura y diversión.
—Señor —dijo Thomas, recuperando parte de su formalidad, aunque sus ojos brillaban con emoción—, bien hecho.
Era una frase simple, breve, pero la forma en que la pronunció, cargada de orgullo y afecto, como si le hablara un padre, hizo que Dante inclinara ligeramente la cabeza, aceptando el cumplido con humildad.
—No habría podido vivir conmigo mismo si no lo hubiera hecho, Thomas —respondió en voz baja, ajustando suavemente el peso de Kora en sus brazos.
Thomas asintió. Comprendía perfectamente lo que Dante no decía en voz alta. Se irguió y adoptó una expresión más ligera.
—Debéis estar agotados. He preparado algo de comida caliente para que cenéis y he encendido la chimenea del salón —dijo.
Natalie sintió una oleada de agradecimiento tan intensa que tuvo que parpadear para contener las lágrimas.
—Gracias, Thomas —respondió con sinceridad.
Thomas esbozó una sonrisa, la primera desde que habían llegado.
—Será mejor que entremos, a estas horas, aquí fuera hace frío —dijo Thomas, señalando hacia la puerta abierta—. No queremos que la pequeña se resfríe.
Mientras seguían a Thomas hacia el interior de la mansión, Natalie se acercó a Dante, rozando ligeramente su brazo.
—Pensé que me regañaría, Thomas es como un padre para mí —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo él la oyera.
Dante la miró con una expresión llena de calidez.
—Te lo dije —respondió en el mismo tono confidencial—. Thomas es incapaz de enfadarse contigo. Creo que te quiere más a ti que a mí, y eso que lleva un montón de años cuidándome.
La broma hizo que Natalie sonriera, aunque seguía sintiendo ese pinchazo de culpabilidad.
—Aun así, le debo una disculpa en condiciones —dijo—. A él y a ti.
Dante negó con la cabeza.
—A mí no me debes nada, Natalie. Los dos hemos cometido errores, pero lo importante es que estamos aquí ahora, juntos. Y en cuanto a Thomas... —Lanzó una mirada hacia él, que les esperaba pacientemente en la entrada—. Te aseguro que tenerte de vuelta sana y salva es lo único que necesita.
Al entrar en la mansión, Natalie fue consciente de lo mucho que había echado de menos aquel lugar en los dos días que había estado lejos.
El vestíbulo, con su imponente escalera de madera, sus lámparas de cristal y su estilo gótico, le dio la bienvenida con una calidez que no había percibido antes. Tal vez porque ahora sabía, con absoluta certeza, que aquella era su casa. Y más que su casa, su hogar.
Thomas les guio hacia el salón, donde el fuego crepitaba alegremente en la chimenea, iluminando la estancia con un resplandor dorado y acogedor. La mesa estaba preparada con una cazuela de sopa, una bandeja con lomo y verduras, una tetera humeante y varias tazas.
—Pensé que os sentaría bien algo caliente que llevaros a la boca —explicó Thomas—. Ha sido un día muy largo para todos.
—Gracias, Thomas. Es exactamente lo que necesitamos —dijo Dante.
—Si no necesitáis nada más, os dejaré descansar —dijo, aunque sus ojos seguían fijos en Natalie, como si temiera que pudiera desaparecer si apartaba la vista de ella.
—Thomas —lo llamó ella, antes de que el jardinero pudiera marcharse—. De verdad, lo siento mucho. No quería preocuparte así.
Él la miró con una expresión que mezclaba afecto y comprensión.
—Lo importante es que estás aquí —respondió con sinceridad—. Esta casa no ha sido la misma sin ti y sin Kora. —Hizo una pausa, y añadió con un toque de solemnidad—. Y me voy a permitir el atrevimiento de decir que creo que cierto ermitaño gruñón tampoco ha sido el mismo sin vosotras.
Sus ojos se desviaron brevemente hacia Dante, que seguía sosteniendo a Kora contra su pecho, y Natalie sintió que se sonrojaba.
—Gracias, Thomas —dijo Dante—. Por todo.
—Para eso estoy aquí —respondió él—. Por cierto, ¿el señor Óscar? —preguntó.
—Se ha quedado hablando con la policía, estará aquí dentro de un rato —contestó Dante.
Thomas afirmó con la cabeza, conforme, y con una última mirada cargada de afecto hacia los tres, se retiró discretamente, cerrando la puerta tras de sí.
En cuanto se quedaron solos, Dante se acercó al sofá más cercano a la chimenea y se sentó con cuidado, ajustando a Kora para que siguiera cómoda en sus brazos.
—¿Quieres que la lleve a su habitación? —preguntó en voz baja.
Natalie negó con la cabeza, sentándose junto a él.
—Todavía no —respondió, observando el rostro dormido de su hija—. Me gusta verla así, tranquila, segura. Después de todo lo que ha pasado...
Su voz se apagó, y Dante asintió, entendiendo perfectamente lo que quería decir.
—Ha terminado, Natalie —murmuró, inclinándose para besar suavemente su frente—. Justin está detenido, con múltiples cargos en su contra. No saldrá de la cárcel en mucho tiempo. Y cuando lo haga, si es que lo hace, nos aseguraremos de que nunca pueda acercarse a vosotras de nuevo.
Natalie quería creerle con todas sus fuerzas. Pero tanto tiempo viviendo con miedo e incertidumbre no desaparecían de la noche a la mañana.
—¿Y si encuentra alguna forma de salir? —preguntó, dando voz a su mayor temor—. ¿Y si contrata a alguien para hacernos daño? Siempre ha sido muy persuasivo, y conoce a gente...
Dante la interrumpió, con una expresión absolutamente seria en el rostro.
—Natalie, mírame —dijo, esperando hasta que ella levantó los ojos hacia él—.
Te prometo, aquí y ahora, que haré todo lo que esté en mi mano para manteneros a salvo.
Todo. Y tengo recursos. Más de los que Justin podría soñar.
Si intenta algo, lo sabremos antes de que pueda acercarse a cien kilómetros de vosotras.
La intensidad en su voz, la determinación en sus ojos, hizo que Natalie sintiera un escalofrío.
—Te creo —dijo finalmente, porque era cierto. Le creía. Confiaba en él de una manera que nunca había confiado en nadie antes.
Dante sonrió, y el fuego de la chimenea arrancó destellos dorados de su mirada gris.
—Bien —respondió—. Porque no pienso permitir que nada ni nadie os haga daño. Nunca más.
Kora se movió un poco en sus brazos, como si hubiera percibido la intensidad del momento, y ambos dirigieron su atención hacia ella. La pequeña abrió los ojos, parpadeando confundida, como tratando de ubicarse. Cuando su mirada se posó en Dante, una sonrisa adormilada iluminó su rostro.
—Da-Da... —murmuró, utilizando el apodo que había adoptado para él, incapaz todavía de pronunciar su nombre completo.
—Hola, princesa —respondió Dante. Su voz se transformó en algo increíblemente suave y tierno—. ¿Has dormido bien?
Kora asintió, frotándose los ojos con sus pequeños puños, y luego miró a su alrededor, reconociendo el lugar.
—¿Casa? —preguntó, con esa forma directa y simple que tienen los niños de su edad.
—Sí, cariño —respondió Natalie, acariciando sus rizos—. Estamos en casa.
—Casa —repitió Kora, como si probara la palabra, y luego, para sorpresa de ambos, se acurrucó más contra el pecho de Dante y cerró los ojos nuevamente, dispuesta a seguir durmiendo, tranquila, feliz.
Dante y Natalie intercambiaron una mirada, con una mezcla de asombro y emoción reflejándose en sus rostros.
—Creo que acaba de darnos su aprobación —susurró Dante.
Natalie sonrió, sintiendo una felicidad tan pura que casi dolía.
—Siempre ha tenido buen criterio —respondió en el mismo tono susurrante—. Incluso mejor que el mío, según parece. Ella confió en ti desde el primer momento.
Dante rio suavemente, procurando no despertar a Kora, que había vuelto a quedarse dormida.
—Los niños y los animales son los mejores para juzgar a las personas. —dijo, citando el viejo dicho.
Natalie apoyó la cabeza en el hombro de Dante, observando a su hija dormir plácidamente en los brazos del hombre que, contra todo pronóstico, se había convertido en el centro de su universo.
—Deberíamos llevarla arriba —murmuró, después de unos segundos de silencio en el que no dejó de contemplarla—. Estará más cómoda en su cuna.
Dante asintió, pero no hizo ningún ademán de moverse.
—Solo un minuto más —pidió, con la mirada fija en el rostro dormido de Kora—. Quiero grabar este momento en mi memoria.
Natalie no pudo evitar esbozar una sonrisa. Entendía a Dante. Porque ella también quería recordar aquel instante para siempre: los tres juntos, en ese salón cálido y acogedor, con el fuego crepitando suavemente en la chimenea y la paz que se respiraba después de la tormenta.
Era, pensó, el inicio de algo nuevo. Algo hermoso. Un futuro que se atrevía a imaginar brillante y lleno de posibilidades.
Un futuro juntos.
Dante y ella. Con Kora.
—Te quiero —susurró. Las palabras escaparon de sus labios casi sin pensarlo.
Dante giró ligeramente la cabeza para mirarla, y la luz del fuego bailó en sus ojos, iluminando una emoción tan profunda y sincera que dejó a Natalie casi sin aliento.
—Y yo a ti —respondió él—. Muchísimo. Más de lo que puedes imaginar.
Y en ese momento, en esa mansión que una vez le había parecido fría e intimidante, Natalie supo que finalmente había encontrado su lugar en el mundo.
No un lugar físico, sino ese espacio intangible entre los latidos del corazón de Dante, entre los suspiros de Kora, entre los silencios cómplices y las palabras de amor.
Había encontrado su hogar. Y aquella vez, no pensaba irse a ninguna parte.