El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 50 #2
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CAPÍTULO 50 #2

—Yo también te quiero, Dante —confesó en un susurro—.

Te quiero tanto que me asusta. Durante mucho tiempo me convencí de que nunca más dependería de nadie, que Kora y yo estaríamos solas pero a salvo.

Y entonces te conocí, y empezaste a derribar todos mis muros, uno a uno, sin que pudiera hacer nada para evitarlo.

Y cuando me enteré de que Justin podía hacerte daño...

—Su voz se quebró—. No podía soportarlo.

Prefería alejarme, sabiendo que estarías a salvo, que arriesgarme a que te ocurriera algo por mi culpa.

Dante acunó su rostro entre las manos, mientras sus pulgares enjugaban delicadamente las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

—Escúchame bien, Natalie —dijo. Su voz sonaba firme pero increíblemente tierna—.

No hay nada, absolutamente nada, que no haría por vosotras.

Ahora sois mi familia. La familia que he elegido, la que quiero proteger y cuidar durante el resto de mi vida.

Así que no vuelvas a pensar nunca que sois una carga o una molestia.

Sois lo mejor que me ha pasado jamás. ¿Lo entiendes?

Una nueva oleada de lágrimas brotó de los ojos de Natalie, pero esa vez eran lágrimas de felicidad, de alivio, de amor.

—¿Lo prometes? —preguntó con una voz pequeña, vulnerable—. ¿Prometes que no nos dejarás?

—Lo prometo —respondió Dante sin dudar—. Con todo mi corazón.

Natalie se aferró a él, enterrando el rostro en su pecho, sintiendo el fuerte latido de su corazón contra su mejilla.

—Prométeme tú también algo —pidió Dante después, apartándose ligeramente para mirarla a los ojos—. Prométeme que no volverás a huir. Que hablaremos, que resolveremos juntos lo que sea que venga. Que confiarás en mí tanto como yo confío en ti.

Natalie afirmó en silencio, y una sonrisa temblorosa iluminó su rostro a pesar de las lágrimas.

—Lo prometo. No más huidas, no más secretos. De ahora en adelante, seremos sinceros el uno con el otro.

Dante sonrió, y Natalie pensó que nunca había visto una sonrisa tan bonita, tan verdadera.

—Sí —dijo él, inclinándose hasta que sus frentes se tocaron.

Sus ojos se encontraron, y el mundo pareció contener la respiración. Solo existían ellos dos, en esa burbuja de intimidad, complicidad y comprensión mutua que habían creado en el interior del coche.

Lentamente, casi con reverencia, Dante se inclinó aún más hacia ella, y sus labios se acercaron. Natalie cerró la distancia entre ambos, y unió su boca a la de Dante en un beso que llevaba demasiado tiempo esperando.

Fue un beso suave al principio, como si ambos estuvieran redescubriendo algo precioso y frágil. Pero pronto se transformó en algo más profundo, más intenso, más excitante, un beso que hablaba de promesas y de futuros compartidos, de pérdidas superadas y de nuevos comienzos.

Las manos de Dante se enredaron en la melena suelta de Natalie, mientras ella aferraba las solapas de su chaqueta, acercándolo más, temiendo que si lo soltaba podría desvanecerse como un sueño demasiado hermoso para ser real.

Un pequeño suspiro desde el asiento trasero los hizo separarse, ambos se giraron para mirar a Kora. La niña seguía profundamente dormida, pero se había movido ligeramente, como si presintiera el cambio en el ambiente.

—Parece que alguien tiene un sexto sentido —susurró Dante, con una sonrisa divertida elevando la comisura de sus labios.

Natalie rio con suavidad, apoyando su cabeza en el hombro de Dante.

—Siempre ha sido así. Es como si tuviera una antena para detectar cuando está pasando algo importante.

Dante extendió una mano hacia atrás, acariciando suavemente la mejilla de la pequeña.

—Es perfecta —murmuró, con una ternura que hizo que el corazón de Natalie se hinchara de amor—. Igual que su madre.

Natalie le dio un ligero golpe en el brazo, fingiendo indignación.

—Ahora sí que sé que estás mintiendo —bromeó—. Nadie que me haya visto esta noche, con el pelo hecho un desastre y los ojos hinchados de llorar, podría pensar que soy perfecta —dijo, para aligerar el ambiente.

Dante la miró con tal seriedad que la sonrisa de Natalie se desvaneció.

—Eres la mujer más perfecta que he conocido jamás —dijo—.

Y no me refiero solo a tu aspecto, aunque también eres preciosa en ese sentido.

Me refiero a tu fuerza, a tu valentía, a la forma en que amas a Kora, a cómo te enfrentas al mundo a pesar de todo lo que has pasado...

Eres extraordinaria, Natalie. Y cada día que pasa me enamoro un poco más de ti.

Las lágrimas amenazaron con volver, pero Natalie las contuvo, negándose a llorar más aquella noche. En lugar de eso, se inclinó para besar nuevamente a Dante. Un beso más breve pero igual de intenso.

—Para ser un hombre que decía tener problemas para expresar sus sentimientos, lo estás haciendo bastante bien —murmuró contra sus labios.

Dante se echó a reír. Un sonido profundo y real que Natalie había escuchado en contadas ocasiones.

—Digamos que tengo una buena motivación —respondió, guiñándole un ojo.

Natalie sonrió, sintiéndose ligera, casi flotando de felicidad. Era como si hubieran levantado un peso enorme de sus hombros, permitiéndole respirar plenamente por primera vez en mucho tiempo.

—Deberíamos volver a la mansión —dijo Dante, aunque no hizo ademán de soltarla—. Thomas debe estar volviéndose loco de preocupación.

Natalie asintió, aunque una parte de ella deseaba quedarse inmersa en aquel momento para siempre, en esa burbuja donde solo existían ellos y su recién confesado amor.

—Tienes razón —dijo, acomodándose de nuevo en el asiento—. Además, Kora estará más cómoda en su cuna.

Dante encendió el motor, pero antes de poner el coche en marcha, se volvió hacia ella una vez más.

—Cuando lleguemos a casa, tendremos que hablar otra vez con la policía, declarar...

será agotador. Pero quiero que sepas que estaré contigo en cada paso.

Y después, cuando todo esto haya terminado, tendremos todo el tiempo del mundo para nosotros.

Para descubrir qué significa esto —señaló entre ambos con el dedo— y hacia dónde queremos ir.

Natalie sonrió, y notó un calor expandiéndose por todo el pecho.

—Me gusta cómo suena eso —respondió—. Y me gusta especialmente la parte de que «tendremos todo el tiempo del mundo».

Dante tomó su mano, llevándosela a los labios para depositar un suave beso en sus nudillos.

—Es una promesa —dijo, antes de devolver su atención a la carretera y poner el coche en marcha.

Mientras avanzaban por la oscura carretera, Natalie observó el perfil de Dante, iluminado intermitentemente por las luces de los coches que pasaban en dirección contraria. Sintió una profunda certeza instalándose en su interior, una convicción (y reafirmación) que nunca antes había experimentado.

Ese era su hogar.

No la mansión, no un lugar específico, sino ese hombre, esa sensación de pertenencia, de seguridad, de amor verdadero. Por primera vez en mucho, mucho tiempo, Natalie se permitió creer que la felicidad no era un sueño inalcanzable sino una posibilidad real, al alcance de su mano.

Y con esa certeza, se recostó en el asiento con una sonrisa serena en los labios, y dejó que la suave vibración del coche la arrullara.