El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 50
95%

CAPÍTULO 50

El silencio se había instalado en el interior del Range Rover de Dante, roto únicamente por el suave ronroneo del motor y el ocasional suspiro de Kora, que dormía plácidamente en su sillita de seguridad en el asiento trasero.

La pequeña, agotada por la intensidad de las últimas horas, había caído rendida apenas el coche se había puesto en marcha, indiferente a la tempestad de emociones que flotaba entre Natalie y Dante.

Dante conducía con la mirada fija en la carretera.

Sus manos aferraban el volante con más fuerza de la necesaria.

Tenía los nudillos aún enrojecidos por la pelea con Justin.

De vez en cuando, lanzaba miradas de reojo a Natalie, como asegurándose de que realmente estaba ahí, a su lado, a salvo.

Cada cierto tiempo, sus ojos se desviaban al retrovisor para comprobar que Kora seguía durmiendo tranquilamente.

Natalie, por su parte, mantenía las manos entrelazadas sobre el regazo, observando el paisaje nocturno que pasaba velozmente por la ventanilla.

Las luces de Shilton habían quedado atrás, dando paso a la oscuridad de la carretera rural que los llevaba de vuelta a la mansión.

La adrenalina que la había mantenido alerta durante el enfrentamiento con Justin comenzaba a diluirse, dejándola exhausta pero incapaz de relajarse del todo.

La tensión entre ella y Dante era palpable, un peso invisible que parecía ocupar todo el espacio disponible en el coche.

Finalmente, fue Dante quien rompió el silencio.

—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó. Su voz era baja, pero estaba cargada de una emoción contenida que Natalie no supo identificar del todo. ¿Enfado? ¿Decepción? ¿Dolor?—. ¿Por qué huiste así, Natalie?

Ella se mordió el labio inferior, un gesto nervioso.

—Justin me amenazó —respondió con apenas un susurro—. Dijo que... dijo que os haría daño. A ti y a Thomas. Que sabía cómo llegar a vosotros, y yo era consciente de que era verdad. Lo conozco muy bien…

Se detuvo, incapaz de continuar. El recuerdo de las palabras de Justin en los mensajes que le había enviado, de su tono frío y calculador, aún le provocaba escalofríos.

Dante apretó el volante con más fuerza.

—Deberías habérmelo dicho —insistió. La frustración era evidente en su voz—.

Podríamos haber buscado una solución juntos.

Podríamos habérselo dicho a la policía, aumentado la seguridad, lo que fuera.

Pero en lugar de eso, decidiste desaparecer.

¿Tienes idea de lo que sentí cuando me di cuenta de que te habías ido?

Natalie se volvió hacia él, sintiendo que su propio enfado comenzaba a crecer.

—¿Y qué esperabas que hiciera? —replicó—. No tienes ninguna obligación de protegernos, Dante. Ninguna. Desde que te enteraste de mi identidad falsa has estado frío y distante. Como si de repente yo fuera una desconocida, como si todo lo que habíamos compartido no significara nada.

Dante frenó, desviando el coche hacia el arcén. Apagó el motor y se giró para mirarla directamente, sus ojos grises brillaban con una mezcla de emociones tan intensas que Natalie casi retrocedió.

—¿Ninguna obligación? —repitió, con la incredulidad tiñendo cada sílaba—. ¿De verdad crees que para mí se trataba de una obligación, Natalie? ¿Después de todo este tiempo?

Natalie le sostuvo su mirada, aunque le costó un esfuerzo considerable.

—No lo sé, Dante. Sinceramente, no lo sé. Un día parecía que... que había algo especial entre nosotros, y al siguiente apenas me dirigías la palabra. ¿Qué se supone que debía pensar?

Dante dejó escapar un suspiro de frustración, pasándose una mano por el pelo en un gesto que delataba su nerviosismo.

—Tienes razón —admitió finalmente, en un tono más suave—. Me alejé. Pero no porque no me importaras, sino porque me importabas demasiado. Y eso me aterraba.

Natalie parpadeó, sorprendida por su confesión.

—¿Te aterraba?

Dante asintió con la cabeza sin que sus ojos abandonaran los de Natalie.

—Después de lo de Catherine... —Hizo una pausa, como si el simple hecho de pronunciar el nombre le costara un esfuerzo—. Después de todo aquello, juré que nunca volvería a confiar plenamente en nadie. Especialmente en una mujer.

—Lo sé —murmuró Natalie—. Me contaste lo que pasó, cómo te engañó con tu mejor amigo...

—No te lo conté todo —la interrumpió Dante. Su mirada se ensombreció—. No te dije que Catherine estaba embarazada cuando ocurrió el accidente.

Las palabras cayeron como una piedra pesada entre ambos. Natalie sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

—¿Em-embarazada? —tartamudeó, incapaz de ocultar su sorpresa.

Dante afirmó con la cabeza, su rostro era una máscara de dolor contenido.

—Lo reveló la autopsia. Estaba de unas diez semanas.

Y lo peor es que... —Hizo una pausa. Las palabras se resquebrajaron ligeramente—.

Lo peor es que nunca sabré si el bebé era mío o...

o del que era mi mejor amigo. Iban juntos en el coche cuando ocurrió el accidente.

Tenían una relación paralela a mis espaldas.

Natalie lo observó en silencio, comprendiendo por fin la profundidad de la herida que Catherine había dejado en Dante. No era solo la traición, no era solo el engaño. Era la duda eterna, la incertidumbre que lo atormentaría siempre.

—No sé si ahora podría ser padre de un niño o de una niña de 3 años —continuó Dante.

Su mirada se perdió en algún punto lejano—.

A veces me lo pregunto. Cómo sería, a quién se parecería...

Y luego me odio por pensar en ello, porque tal vez ni siquiera era mío.

Tal vez era de mi amigo, tal vez era fruto de su aventura.

Natalie, movida por un impulso, extendió su mano para tomar la de Dante. Esperaba que la rechazara, pero en lugar de eso, sus dedos se entrelazaron con los de ella, apretándolos ligeramente.

—Lo siento mucho, Dante —susurró, sintiendo que las palabras eran insuficientes para expresar lo que sentía—. No tenía idea...

Él negó con la cabeza, mientras una sonrisa triste curvaba sus labios.

—No es algo de lo que me guste hablar. De hecho, aparte de mi hermano y Thomas, eres la única persona que lo sabe.

El silencio volvió a instalarse entre ellos, pero de alguna manera era diferente. Menos tenso, más íntimo, más cómplice.

—No tengo excusa que justifique cómo me he comportado contigo —continuó Dante después de un momento—.

Todo lo que ocurrió con Catherine me ha convertido en alguien desconfiado, siempre a la defensiva, siempre esperando que llegue la traición.

Y cuando descubrí que me habías mentido sobre tu identidad...

—Se detuvo, cerrando los ojos unos instantes—.

Fue como si todos mis temores se confirmaran.

Como si el universo me dijera: «¿Ves? Tenías razón en no confiar».

—Pero no era así —protestó Natalie—. No te mentí para herirte. Lo hice para protegernos a Kora y a mí. Era algo que no tenía nada que ver contigo.

—Lo sé —respondió Dante. Su pulgar trazó círculos suaves sobre el dorso de la mano de Natalie—.

Ahora lo sé. Y lo sabía entonces, en el fondo.

Pero era más fácil refugiarme en el enfado y la desconfianza que admitir que...

—Hizo una pausa, como si las palabras se resistieran a salir—… Que estaba enamorándome de ti.

El corazón de Natalie dio un salto dentro de su pecho, y por un momento se preguntó si había oído bien.

—¿Tú... qué? —preguntó, con una voz apenas audible.

Dante la miró directamente. Toda la vulnerabilidad que solía esconder tan cuidadosamente ahora era visible en sus hipnóticos ojos grises.

—Hablé con Óscar antes de volver de Londres —explicó—.

Le conté lo que sentía por ti, mis miedos, mis dudas.

Y él, con esa sabiduría exasperante que tiene a veces, me dijo: «Dante, tienes dos opciones: pasar el resto de tu vida protegiéndote de un dolor que podría no llegar nunca, o arriesgarte por una felicidad que está ahí, al alcance de tu mano».

—Una sonrisa iluminó su rostro durante un segundo—.

Y tenía razón, maldita sea. Así que decidí que, al volver de Londres, te diría la verdad.

Te contaría todo, incluso lo de Catherine y el bebé, y te diría lo que siento por ti. Pero cuando regresé, ya te habías ido.

Natalie sintió que las lágrimas se acumulaban en sus ojos, amenazando con desbordarse.

—Lo siento mucho, Dante —murmuró, con la voz tomada por la emoción—. Debí haber confiado en ti, pero tenía tanto miedo de que Justin pudiera hacer algo contra ti… Algo contra Kora y contra mí, que pensé que la mejor solución era huir.

Él negó con la cabeza, apretando su mano con más fuerza.

—Y yo debí haberte dado razones para que hubieras confiado en mí. Actué como un idiota, alejándome cuando lo que más quería era acercarme. Merecías más que eso, mucho más.

Un sollozo escapó de los labios de Natalie, y Dante, sin pensarlo dos veces, la atrajo hacia sí, envolviendo sus brazos alrededor de ella. Era la primera vez que la abrazaba así, sin reservas, sin barreras.

—Te quiero, Natalie —susurró contra su pelo negro—.

Te quiero de una manera que ni siquiera parece real.

Tú y Kora... habéis cambiado mi vida por completo.

Antes de que llegarais, la mansión era solo un edificio enorme y vacío, y yo era La Bestia que lo habitaba; igual de vacío, igual de frío.

Pero entonces aparecisteis vosotras, con vuestras risas, vuestros juegos, vuestro caos maravilloso...

y de pronto, todo cobró vida. Yo cobré vida.

Natalie se apartó ligeramente para mirarlo. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas.