El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 49 #3
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CAPÍTULO 49 #3

Dante se alejó de él, con los hombros aún tensos y los puños apretados a ambos lados de los costados. Se dirigió hacia Natalie. Sus pasos se volvieron más suaves, más cautelosos a medida que se acercaba, como si temiera asustarla más de lo que ya estaba.

Se paró a unos pasos de ella. Su rostro se suavizó, y toda la furia de momentos antes dieron paso a una preocupación tan profunda que casi dolía verla.

—¿Estás bien? —preguntó, con la voz apenas en un susurro—. ¿Las dos?

Natalie lo miró, incapaz de creer que realmente estuviera allí, frente a ella. Dante, con el pelo largo despeinado por la pelea, con una pequeña herida en el labio, con los nudillos ensangrentados y los ojos llenos de una emoción que le quitaba el aliento.

La distancia entre ellos se hizo insoportable.

Sin pensarlo dos veces, Natalie se lanzó hacia él, con Kora aún en brazos, y se refugió en su pecho, en el calor y la seguridad que representaba. Las lágrimas que había estado conteniendo finalmente se liberaron, corriendo sin parar por sus mejillas, empapando la camisa de Dante.

—Estás aquí —sollozó. La voz sonaba ahogada contra su pecho—. Realmente estás aquí.

Los brazos de Dante las rodearon a ambas, estrechándolas contra él con una gentileza que contrastaba de forma drástica con la violencia que acababa de desplegar con Justin.

—Siempre —murmuró contra su pelo—. Siempre estaré aquí para vosotras.

Kora, que había dejado de llorar en el momento en que Dante la había envuelto con su abrazo, levantó su pequeña manita y la posó en la mejilla de él, como reconociéndolo, agradeciendo su presencia.

—Da-Da —balbuceó.

El gesto, tan pequeño y tan significativo, junto con la manera en la que lo llamaba, hizo que algo se rompiera dentro de Dante. Cerró los ojos con fuerza, incapaz de contener la emoción que lo embargaba.

Óscar observaba la escena desde la puerta con una sonrisa suave esbozada en los labios. Detrás de él, las luces azules y rojas de los coches de policía comenzaban a iluminar la oscura tarde, reflejándose en las paredes de la habitación.

—La policía está aquí —anunció, volviéndose hacia la entrada para guiar a los oficiales.

Dante asintió sin apartar la mirada de Natalie y Kora, abrazándolas más fuerte, manteniéndolas cerca, protegidas.

Justin seguía en el suelo, aturdido, sin apenas moverse, cuando dos oficiales entraron en la habitación. Óscar les explicó la situación en voz baja, señalando ocasionalmente hacia ellos.

Natalie se acurrucó más contra el pecho de Dante, sintiendo por fin, después de tanto tiempo, que podía respirar.

Sí, por fin.

—¿Cómo nos has encontrado? —preguntó, con una voz que aún sonaba temblorosa.

Dante la miró con una mezcla de ternura y determinación en los ojos grises.

—Movilicé a todo el pueblo para que me dieran alguna pista de ti —respondió.

—¿En serio?

—Te buscaría en cualquier parte, Natalie —dijo Dante—. En el fin del mundo, si fuera necesario.

Los oficiales de policía finalmente esposaron a Justin, mientras un tercer oficial le leía sus derechos. Apenas podía mantenerse en pie, y necesitaba el apoyo de los agentes para caminar.

—Señorita, necesitaremos tomar su declaración —dijo uno de los policías, acercándose a Dante y a Natalie con expresión comprensiva—. Cuando esté lista —añadió.

Natalie asintió, pero no hizo ademán de separarse del abrazo de Dante. No todavía. No cuando por fin se sentía a salvo.

—¿Se lo van a llevar? —preguntó, mirando a Justin mientras lo conducían hacia la puerta.

El oficial asintió.

—Hay unos cuantos cargos en su contra: amenazas, allanamiento, intento de secuestro, agresión... No va a salir en un buen tiempo. Y con los antecedentes que ya tiene, la condena será larga.

Un sollozo de alivio escapó de la garganta de Natalie. Era real. Por fin era real. Justin iría a la cárcel. Ella y Kora estarían a salvo. No podía creérselo.

Dante la estrechó con más fuerza, como si entendiera exactamente lo que estaba sintiendo. Y probablemente así era. Siempre había sido capaz de leerla como nadie más.

—Se acabó —murmuró contra su oído—. Se acabó, Natalie. Ya no tendrás que huir más.

Y mientras Justin era escoltado fuera de la habitación, mientras los oficiales tomaban fotografías y notas, mientras Óscar organizaba eficientemente el caos, Natalie se permitió creer que, quizás, el futuro podía ser maravilloso.

—Gracias —susurró, levantando la mirada para encontrarse con los ojos de Dante—. Por encontrarnos. Por salvarnos.

Dante negó ligeramente con la cabeza, y una sonrisa suave curvó sus labios.

—Vosotras me habéis salvado a mí primero —respondió, con la voz cargada de emoción—. Mucho antes de que yo os haya salvado a vosotras.

Y en ese momento, con Kora durmiendo tranquilamente en sus brazos y Dante sosteniéndolas a ambas como si fueran lo más precioso del mundo, como su fueran un tesoro, Natalie supo, con una certeza que calaba hasta el fondo de sus huesos, que finalmente había encontrado su hogar.

No en un lugar, sino en una persona.

En él.

En ellos.

En la familia que, contra todo pronóstico, habían formado.