El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 49 #2
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CAPÍTULO 49 #2

Un golpe en la puerta, fuerte y decidido. Luego otro, y otro más.

—¡Natalie! —Una voz que conocía demasiado bien, una voz que nunca había esperado oír de nuevo, y menos en esos momentos—. ¡Natalie, abre la puerta!

Justin se quedó inmóvil. Su rostro reflejó incredulidad y luego rabia.

—¿Quién demonios...? —comenzó, pero no tuvo tiempo de terminar.

Con un estruendo ensordecedor, la puerta se abrió de golpe, después de que se arrancara de los goznes con una fortísima patada. Y allí, en el umbral, iluminado por la tenue luz del exterior, estaba Dante.

Su Dante.

Alto, imponente, con el rostro contraído en una expresión de furia que Natalie nunca había visto antes. Sus ojos, habitualmente serenos, ardían con un fuego que parecía capaz de reducir a cenizas todo a su paso.

—Suéltala —ordenó. Su voz era un gruñido bajo y amenazante—. Ahora.

Justin soltó a Natalie y se giró para enfrentar a Dante. La sorpresa inicial había dado paso a una rabia renovada.

—¿Quién te crees que eres? —espetó—. Esto no es asunto tuyo. Lárgate.

Dante entró en la habitación con pasos estudiadamente lentos, como un depredador a punto de dar caza a su presa de un zarpazo.

—Te equivocas —respondió, sin apartar los ojos de Justin—. Ellas son mi asunto. Y tú vas a irte de aquí. Ahora.

Justin soltó una risa llena de desprecio.

—¿O qué? ¿Vas a obligarme, ricachón? —Se ajustó la postura, preparándose para pelear—. Esto es entre mi novia y yo. Tú no pintas nada aquí.

—Exnovia —corrigió Dante, avanzando otro paso—. Y si no te alejas de ella en los próximos cinco segundos, te mostraré exactamente lo que pinto aquí.

El tiempo pareció detenerse. Natalie observaba la escena con el corazón en la garganta, apretando a Kora contra sí, temblando incontrolablemente. Dante y Justin se miraban, evaluándose mutuamente. La tensión que flotaba en el aire era tan espesa que casi podía cortarse con un cuchillo.

Fue Justin quien atacó primero.

Con un grito de rabia, se lanzó hacia Dante, intentando golpearlo en la cara.

Pero Dante estaba preparado. Con un movimiento fluido, esquivó el puñetazo y contraatacó con uno propio, un golpe directo al pecho que hizo que Justin se doblara sobre sí mismo, jadeando para tratar de atrapar algo de aire.

Pero no se rindió. Ni mucho menos. Se recuperó como pudo e intentó embestir a Dante, buscando derribarlo. Dante giró en el último momento, aprovechando el impulso de Justin para empujarlo contra la pared con un estruendo que hizo temblar los cuadros.

La pelea se intensificó, con Justin luchando como un animal acorralado, lanzando golpes desesperados que Dante esquivaba o bloqueaba con la habilidad de un boxeador. Era evidente quién tenía ventaja: Dante era más alto, más corpulento, más fuerte, y parecía saber exactamente lo que estaba haciendo.

Un puñetazo de Justin alcanzó el labio de Dante, haciéndolo sangrar ligeramente. La expresión de Dante se endureció aún más. Con un movimiento rápido, agarró a Justin por el cuello de la camisa y lo lanzó a través de la habitación, haciendo que tropezara con la mesita de noche y cayera al suelo.

Pero Justin se levantó de nuevo, con el rostro contorsionado en una máscara de puro odio.

—¡Te voy a matar! —gritó, sacando algo de su bolsillo trasero.

El reflejo metálico hizo que el corazón de Natalie se detuviera. Una navaja. Justin había sacado una navaja.

Dante se tensó visiblemente, pero no retrocedió. Ni un centímetro. Sus ojos estaban fijos en la hoja, calculando, esperando.

Justin se abalanzó sobre él, blandiendo la navaja en un arco salvaje. Dante se movió en el último segundo, esquivando la hoja por milímetros, y agarró la muñeca de Justin con una mano mientras con la otra le asestaba un golpe directo en la mandíbula.

El crujido se oyó incluso por encima del llanto de Kora y los jadeos de uno y de otro.

Justin se tambaleó hacia atrás, la navaja cayó de sus dedos repentinamente entumecidos. Dante no le dio tiempo a recuperarse. Con una serie de golpes precisos y devastadores, lo acorraló contra la pared. Cada puñetazo que le asestaba era más fuerte que el anterior.

Finalmente, con un último y brutal gancho derecho, Dante envió a Justin al suelo. Esa vez, no se levantó. Se quedó allí, semiconsciente, con la sangre manando de su nariz y de su labio partido, intentando débilmente incorporarse, pero sin conseguirlo.

Dante se inclinó sobre él, agarrándolo por la pechera de la camisa y levantándolo ligeramente.

—Si vuelves a acercarte a ellas —dijo, y cada palabra estaba cargada de una amenaza que helaba la sangre—, te mataré. Y no será rápido. ¿Me entiendes?

Justin emitió un sonido ininteligible, entre un gemido y un gruñido.

Dante lo sacudió. Sus nudillos, ensangrentados por los golpes, apretaron con más fuerza la tela.

—¡¿ME ENTIENDES?! —rugió entre dientes, levantando el brazo con la intención de darle otro puñetazo.

Su voz retumbó en las paredes de la pequeña habitación.

—Dante, para.

La voz de Óscar, calmada pero firme, llegó desde su espalda, mientras le sujetaba por los hombros.

—No vale la pena —dijo—. Ya has acabado con él. La policía se encargará a partir de ahora. Ya está en camino.

Dante miró a su hermano, luego a Justin, y finalmente a Natalie, que seguía en el rincón, abrazando a Kora, con los ojos enormes y llenos de lágrimas. Algo en su expresión pareció alcanzarlo, atravesando la niebla roja de su furia.

Lentamente, soltó a Justin, dejándolo caer al suelo con un golpe sordo.

—Si te vuelvo a ver cerca de ellas —repitió. Su voz ahora era baja, pero no menos amenazante—, será lo último que hagas.

Justin no respondió, se limitó a toser y a gemir, recostado contra la pared.