CAPÍTULO 49
Las nubes de tormenta habían ido ganando terreno poco a poco, cubriendo el cielo como un manto pesado y gris, y sumiendo el pequeño pueblo de Shilton en una oscuridad casi completa, apenas interrumpida por las escasas luces de los comercios que iluminaban débilmente las calles desiertas.
El viento se había intensificado a lo largo de la mañana, haciendo que las ramas de los árboles se agitaran con un susurro constante que parecía contar secretos.
Dante conducía con los nudillos blancos de apretar el volante, siguiendo de cerca las luces traseras del coche de Óscar. La angustia que sentía era tan intensa que apenas podía respirar. Cada kilómetro recorrido era una tortura y un alivio al mismo tiempo, porque cada vez estaba más cerca.
«Si les ha pasado algo...», pensó por enésima vez, sin atreverse a completar la frase ni en su propia mente.
—Tranquilo, Dante, seguro que están bien —había dicho Óscar para animarle—. Las encontraremos, ya verás. Todo va a salir bien.
Pero Dante no estaba tan seguro. Conocía la historia de Justin, lo que Natalie le había confesado durante aquellas noches en la mansión, cuando por fin se había atrevido a confiar en él.
Le había visto el día que fue a la mansión, buscándolas.
El incendio que estaba seguro de que había provocado...
Era un hombre posesivo, manipulador, violento.
Un hombre que no aceptaba un «no» por respuesta y que siempre quería salirse con la suya. En resumen, un hombre peligroso.
El cartel de «Bienvenido a Shilton» apareció iluminado por los faros del coche, y Dante sintió cómo su corazón se aceleraba aún más, hasta sentirlo en la garganta.
Estaban cerca.
Muy cerca.
Óscar redujo la velocidad, giró a la derecha y se detuvo en la entrada del pueblo. Un hombre de unos sesenta y cinco años apareció caminando por la acera y Dante aprovechó para preguntarle. Así evitarían perder tiempo dando vueltas sin sentido. Bajó la ventanilla del coche.
—Señor, perdone, ¿podría decirme si hay algún pequeño hotel o pensión en Shilton en el que poder hospedarse?
—Sí, hay un par de moteles —dijo el hombre.
—¿Dónde puedo encontrarlos?
El hombre se acercó al coche y se inclinó ligeramente.
—El Descanso del Viajero está hacia el oeste por esa calle y Green Tree hacia el este por aquí —respondió, señalando con la mano.
—Gracias —dijo Dante.
Mientras el hombre se alejaba, Dante se bajó del Range Rover y se dirigió al coche de Óscar.
—Hay dos moteles en el pueblo, uno hacia el oeste y otro hacia el este —explicó—. Yo iré al que está al este, tú ve al otro, que está siguiendo esa calle —indicó—. Por separado, daremos antes con Natalie, si está aquí.
—De acuerdo —dijo Óscar. Miró a su hermano—. La encontraremos —añadió, apretando el hombro de Dante a través de la ventanilla abierta—. Te lo prometo.
Dante asintió, se giró y se dirigió al coche. Arrancó de nuevo y tomó la dirección hacia el motel. La distancia era corta, pero cada segundo le parecía crucial. Podía sentirlo en el fondo del pecho, un presentimiento oscuro y opresivo que le decía que Natalie estaba en peligro.
Natalie, con sus ojos azules que cambiaban de tono según incidía la luz en ellos.
Natalie, con su risa contenida que parecía escaparse a pesar de sus esfuerzos.
Natalie, que había entrado en su vida como un torbellino, alterando todo a su paso y haciendo que el mundo, antes gris y monótono, se llenara de color.
Y Kora.
La pequeña Kora, con sus manitas regordetas y su sonrisa desdentada que derretía hasta el corazón más duro. La niña que le había enseñado que había espacio en su vida para algo más que soledad y amargura.
No podía perderlas. No, de ninguna manera.
El motel Green Tree apareció ante sus ojos, un edificio alargado y de una sola planta, con una hilera de puertas numeradas que daban a un jardín descuidado donde se aparcaban los coches.
Dante detuvo el Range Rover junto a la entrada principal y apagó el motor. Durante unos segundos, se quedó inmóvil, respirando hondo, intentando calmar el tumulto de emociones que amenazaba con desbordarlo.
«Concéntrate —se ordenó a sí mismo—. Tienes que mantener la cabeza fría.»
Con determinación, salió del coche y se dirigió hacia la recepción, una pequeña oficina iluminada donde una mujer mayor con gafas con montura al aire leía una revista.
—Buenas noches —saludó Dante, intentando que su voz sonara casual—. Estoy buscando a Natalie Watson. Me dijo que se hospedaba aquí con su hija.
La mujer lo miró por encima de sus gafas, con expresión de sospecha en los ojos.
—No damos información sobre nuestros huéspedes, señor.
Dante apretó los dientes, luchando contra el impulso de golpear el mostrador.
—Por favor, es importante —insistió—. Estoy preocupado por ella. Ha estado huyendo de su expareja, un hombre peligroso.
La expresión de la mujer cambió ligeramente, una chispa de preocupación asomó a sus ojos.
—¿La chica morena con los ojos azules? ¿La que tiene una niña pequeña con el pelo rizado y rubio? —preguntó, casi sin pensarlo.
El corazón de Dante dio un vuelco.
—Sí, exacto. ¿Está aquí?
La mujer dudó un momento más, pero finalmente asintió.
—Llegó esta mañana. Sola con la niña. Pero hace unas horas vino un hombre preguntando por ella. No me gustó su aspecto, pero sabía su nombre completo, así que pensé... —Su voz se apagó, y parecía realmente preocupada—. ¿Debería haber llamado a la policía?
Dante sintió que un escalofrío recorría su espalda de arriba abajo. El hijo de puta de Justin estaba allí. ¡Joder!
—¿Cuándo ha sido eso exactamente?
—Hace unas dos horas, quizá un poco más.
Dos horas. Demasiado tiempo.
—¿Puede decirme en qué habitación está? —preguntó, intentando mantener la calma a pesar del pánico que crecía en su interior.
La mujer señaló a través de la ventana.
—La número 7, al final del jardín, a la izquierda. Pero señor, si hay algún problema, tal vez deberíamos llamar a la policía...
Pero Dante ya no la escuchaba. Había salido de la recepción y se dirigía a grandes zancadas hacia el jardín, con los ojos fijos en la última puerta a la izquierda.
A medida que se acercaba, aminoró el paso, intentando no hacer ruido. No quería alertar a Justin de su presencia antes de evaluar la situación y ver cómo estaban las cosas.
Fue entonces cuando lo oyó. El sonido inconfundible de una discusión. Voces elevadas, amortiguadas por las paredes, pero claramente tensas y enfadadas.
Dante contuvo la respiración.
El corazón le latía con tanta fuerza que temía que se le saliera del pecho. Con cautela, se acercó a la ventana de la habitación número 7. Las cortinas estaban parcialmente cerradas, pero había un pequeño hueco por el que podía distinguir el interior.
Y lo que vio hizo que su sangre se helara.
Natalie sostenía a Kora contra su pecho con todas sus fuerzas.
La niña, que se había despertado por los gritos, lloraba desconsoladamente, con la carita enrojecida.
Justin se paseaba de un lado a otro de la pequeña habitación como un animal salvaje, sus ojos brillaban con una furia que Natalie conocía demasiado bien.
Todo había salido mal. Terriblemente mal.
Después de fingir que aceptaba su nuevo destino, de escuchar pacientemente los planes de Justin para su «nueva vida juntos», de forzar sonrisas y amabilidad mientras su estómago se retorcía de asco y miedo, por fin había visto su oportunidad.
Justin, cansado del viaje y apaciguado por su aparente sumisión, se había quedado dormido en la cama.
No profundamente dormido, pero lo suficientemente relajado como para que ella pudiera moverse con cuidado, coger a Kora y dirigirse sigilosamente hacia la puerta.
Sus dedos habían tocado el pomo, había empezado a girarlo... y entonces el chirrido traicionero de las bisagras mal engrasadas lo había despertado.
Luego todo había ocurrido muy rápido.
Justin había saltado de la cama. Su rostro primero estaba confuso, hasta que entendió lo que estaba ocurriendo y entonces la furia tomó sus rasgos faciales en cuestión de segundos.
El golpe de su mano cerrando la puerta justo cuando ella intentaba abrirla.
El empujón que la hizo tambalearse hacia atrás, sujetándose desesperadamente a la pared para no caer con Kora.
Y ahora estaba atrapada de nuevo, pero sin la falsa seguridad de su engaño. Justin sabía que había intentado escapar, que todo lo que le había dicho era mentira, que lo había hecho para ganar tiempo. Y estaba furioso.
—Eres una zorra mentirosa —escupió, acercándose tanto que Natalie pudo sentir su aliento en la cara—. ¿Creías que podías engañarme? ¿A mí? ¿Después de todo lo que hemos pasado juntos?
—Justin, por favor —suplicó Natalie, retrocediendo hasta que su espalda tocó la pared—. Piensa en Kora. Está asustada.
—¡Está asustada porque tú la has asustado! —gritó él, golpeando la pared junto a su cabeza con tanta fuerza que el yeso se agrietó e hizo estremecerse a Natalie—. Siempre eres tú la que crea problemas, la que complica todo.
Kora lloró con más fuerza, y Natalie la apretó contra sí, intentando protegerla con su cuerpo.
—Dámela —exigió Justin de repente, extendiendo los brazos—. Dámela ahora mismo.
—No —respondió Natalie. El terror le dio una fuerza que no sabía que poseía—. No te la vas a llevar. No le vas a hacer daño.
El rostro de Justin se contorsionó en una máscara de rabia.
—¿Daño? ¿Crees que le haría daño a mi propia hija? —Se acercó más, atrapando a Natalie contra la pared—. Tú eres la que le está haciendo daño, alejándola de su padre, convirtiéndola en una fugitiva.
Sus manos se aferraron a los brazos de Natalie, intentando separar a Kora de ella. Natalie se resistió, aferrándose a su hija con todas sus fuerzas, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas.
—¡Suéltala! —gritó, desesperada—. ¡Justin, por favor, suéltala!
El forcejeo se intensificó, con Kora atrapada en medio, llorando cada vez más fuerte. Natalie sentía que sus brazos cedían, que no podría resistir mucho más tiempo...
Y entonces, se escuchó un estrepitoso sonido.