CAPÍTULO 48 #2
—Oh, pero sí tiene que ver. ¿Crees que no me he dado cuenta? La forma en que hablabas de él en el pueblo, cómo te sonrojabas cuando mencionaban su nombre... —Hizo una pausa, estudiando su rostro—. Te has enamorado de él, ¿verdad?
Natalie no respondió, pero su silencio fue toda la confirmación que Justin necesitaba.
—Increíble —murmuró él, sacudiendo la cabeza—. Huyes de mí, me quitas a mi hija, y encima te enamoras de otro hombre. ¿Tienes idea de lo que me has hecho pasar?
Fue en ese momento cuando Kora, como si hubiera sentido la tensión en el ambiente, comenzó a agitarse en la cuna. Un pequeño gemido, preludio del llanto, escapó de sus labios.
La atención de Justin se desvió inmediatamente hacia la cuna. Sus ojos se iluminaron con un brillo que Natalie conocía demasiado bien: posesión, obsesión.
—Mi pequeña princesa —murmuró, dirigiéndose hacia la cuna antes de que Natalie pudiera interceptarlo—. Cuánto has crecido…
—Justin, no —suplicó Natalie, moviéndose para interponerse entre él y la niña—. Por favor, déjala dormir.
Pero era demasiado tarde. Con un movimiento fluido, Justin la apartó de su camino y se inclinó sobre la cuna, levantando a Kora con una familiaridad que hizo que el estómago de Natalie se retorciera.
Kora, que se había despertado bruscamente y que se encontraba en brazos de lo que para ella era un desconocido, comenzó a llorar. Su llanto, agudo y asustado, llenó la pequeña habitación.
—Shhh, shhh, princesa… —intentó calmarla Justin, meciéndola torpemente—. Soy papá. ¿No te acuerdas de mí? Soy tu papá.
El llanto de Kora solo se intensificó. Su carita se enrojeció por el esfuerzo, agitando sus pequeños puños en el aire.
—No te reconoce —dijo Natalie, intentando mantener la calma a pesar del pánico que crecía en su interior—. Por favor, dámela. Está asustada.
Justin no pareció escucharla, y continuó con sus intentos infructuosos de consolar a la niña.
—Vamos, cariño, no llores. Papá está ahora aquí. Papá va a cuidar de ti y de mamá —susurró.
Pero cuanto más intentaba calmarla, más fuerte lloraba Kora, retorciéndose en sus brazos como si intentara escapar. Natalie podía ver la frustración creciendo en el rostro de Justin, la tensión en su mandíbula, el tic en su ojo izquierdo que siempre había sido el preludio de sus estallidos.
—Justin, por favor —intentó de nuevo, acercándose cautelosamente—. Está confundida y asustada. Deja que la coja yo. Puedes verla todo lo que quieras después, cuando esté más tranquila.
La mirada que le dirigió Justin estaba cargada de resentimiento, pero los gritos cada vez más desesperados de Kora parecían estar afectándolo. Con un movimiento brusco, extendió los brazos y le tendió a la niña.
—Haz que se calle —ordenó con los dientes apretados—. No soporto que llore así.
Natalie tomó a Kora con infinito cuidado, como si temiera que Justin cambiara de idea en el último segundo. En cuanto la niña estuvo en sus brazos, la estrechó contra su pecho, meciéndola suavemente y susurrándole palabras tranquilizadoras al oído.
—Mamá… —balbuceó la pequeña.
—Ya está, mi amor, ya está. Mamá está aquí. Estás a salvo.
Poco a poco, el llanto de Kora comenzó a disminuir, transformándose en pequeños hipos y sollozos. Sus manitas se aferraron a la camiseta de Natalie, buscando la seguridad que solo su madre podía proporcionarle.
Justin las observaba con una mezcla de envidia y frustración, paseándose por la pequeña habitación como un depredador en una jaula.
—Siempre fuiste mejor que yo con ella —murmuró, más para sí mismo que para Natalie—. Siempre supo que eras tú la que mandaba.
Natalie no respondió, estaba concentrada en calmar a su hija y en mantener la calma ella misma. Justin era como una bomba de relojería que podía estallar en cualquier momento.
Su mente trabajaba frenéticamente, evaluando opciones. Justin estaba cada vez más inestable, más impredecible. Necesitaba encontrar una manera de salir de aquella situación, de proteger a Kora.
Y entonces, como si una bombilla se encendiera en su mente, comprendió que solo había una salida posible en aquel momento. Una que le revolvía el estómago, pero que podría comprarles tiempo.
—Justin —dijo, con una voz deliberadamente suave, conciliadora—. Lo siento.
Él se detuvo en seco, mirándola con sorpresa.
—¿Qué?
—He dicho que lo siento —repitió Natalie, tragándose la bilis que subía por su garganta—. Tienes razón. Me fui sin darte una oportunidad. Fue injusto.
Justin la miró con recelo, pero Natalie pudo ver un destello de esperanza en sus ojos.
—¿Lo dices en serio?
Natalie asintió, forzando una sonrisa que esperaba que pareciera sincera.
—He estado pensando mucho últimamente. Kora necesita a su padre. Y tú... siempre has sido importante para mí.
Cada palabra era como un cuchillo en su corazón, pero mantuvo su expresión serena, incluso añadió un ligero temblor a su voz para parecer emocionada. Haría cualquier cosa por su hija, la protegería de cualquier manera, aunque fuera mintiendo, aunque fuera fingiendo estar enamorada de Justin.
Justin dio un paso hacia ella. Sus ojos estudiaban cada centímetro de su rostro, buscando signos de engaño.
—¿Qué hay de tu jefe? ¿Del tal Dante Eastwood?
Natalie sacudió la cabeza.
—Dante es solo mi jefe. Nunca ha sido nada más. —Otra mentira que quemaba en sus labios—. He estado confundida, es todo. Asustada. Pero verte con Kora ahora... —Hizo una pausa, como si buscara las palabras—. Me ha recordado lo que éramos. Lo que podríamos volver a ser.
Vio cómo el semblante de Justin se suavizaba, cómo la tensión en sus hombros disminuía ligeramente. Estaba funcionando. Estaba creyéndola.
—Podríamos irnos ahora mismo —sugirió él, acercándose más—. Recoger tus cosas y las de la niña, y marcharnos. Empezar de nuevo, en otro lugar.
Natalie negó suavemente, acunando a Kora, que estaba adormeciéndose contra su pecho.
—No podemos irnos tan rápido —dijo, manteniendo un tono dulce—. Kora está cansada. Necesita descansar bien. Y yo también. Ha sido un día muy largo.
Justin frunció el ceño, y la sospecha volvió a sus ojos.
—¿Cómo sé que no intentarás escapar otra vez durante la noche?
Natalie sostuvo su mirada, rezando para que no notara el miedo que pulsaba en su interior.
—¿A dónde iría? Me encuentras una y otra vez, podrías hacerlo de nuevo. —Extendió una mano hacia él, en un gesto de oferta de paz—. Podemos irnos mañana por la mañana, con Kora descansada y todo preparado. Te lo prometo.
Justin miró su mano extendida, luego su rostro, y finalmente a Kora. Tras lo que pareció una eternidad, cogió la mano de Natalie, se acercó a ella y le dio un beso en los labios. Un beso rápido en el que Natalie ni siquiera participó.
—De acuerdo. Nos iremos mañana por la mañana. —Su expresión se endureció de repente—. Pero me quedaré aquí esta noche. Para asegurarme de que no irás a ninguna parte.
Natalie sintió que su corazón se hundía, pero mantuvo su sonrisa. Ya pensaría algo.
—Por supuesto —aceptó, sabiendo que no tenía otra opción—. Podemos pedir algo de cenar y planear dónde ir.
Justin asintió, y por un momento, Natalie vislumbró al hombre del que una vez se había enamorado: noble, esperanzado, casi ingenuo en su deseo de creer que todo podía arreglarse.
Pero ese hombre había desaparecido hacía mucho tiempo (en realidad nunca había existido), consumido por los celos, las inseguridades y una rabia que siempre acechaba bajo la superficie.
Mientras lo observaba sentarse en el borde de la cama, sacando su teléfono como si estuviera en casa, Natalie apretó a Kora contra su pecho, sintiendo el latido de su pequeño corazón contra el suyo.
«Te mantendré a salvo —prometió en silencio a su hija—. No importa lo que tenga que hacer, pero te mantendré a salvo.»
Y mientras pensaba en la noche que tenía por delante, encerrada en aquella pequeña habitación con el hombre que más temía en el mundo, no pudo evitar que un escalofrío de terror recorriera su espalda. Justin era impredecible, volátil, peligroso.
Y ella no tenía idea de lo que era capaz de hacer.