CAPÍTULO 48
El Motel Green Tree era exactamente lo que su nombre sugería: un conjunto de habitaciones sencillas dispuestas en hilera frente a un jardín mal cuidado donde algunos pinos resistían heroicamente el abandono.
El edificio de una sola planta, pintado de un verde desvaído que hacía años que no veía una brocha, tenía un aire melancólico bajo el cielo gris de Shilton, un pueblo tan pequeño y apartado que ni siquiera aparecía en algunos mapas.
El viento mecía suavemente las ramas de los pinos, produciendo un susurro constante que, en otras circunstancias, podría haber resultado relajante.
Suspiró, dejando que la cortina volviera a su lugar.
La habitación era pequeña pero estaba limpia, con una cama doble, un televisor antiguo, una mesita con dos sillas y, en un rincón, una cuna portátil que la dueña del motel, la señora Perkins, había sacado de algún trastero cuando vio que viajaba con una niña pequeña.
Kora dormía plácidamente en la cuna, ajena a la ansiedad que atormentaba a su madre. Su respiración suave y rítmica era lo único que impedía que Natalie se derrumbara completamente.
—Tenemos que irnos más lejos, cariño —susurró, acercándose a la cuna y acariciando suavemente la mejilla sonrosada de la pequeña—. Mucho más lejos.
Se sentó en el borde de la cama, sacando de su bolso el mapa de carreteras que había comprado en la estación de autobuses. Lo extendió sobre la colcha, estudiándolo con atención mientras se mordisqueaba nerviosamente el labio inferior.
«¿Hacia dónde podemos ir ahora? —pensó, trazando con el dedo las líneas que representaban carreteras y conexiones—. ¿Norte? ¿Sur? ¿Quizá oeste, hacia las montañas?»
Su mente era un torbellino de posibilidades y temores.
Cada opción parecía tan buena o tan mala como cualquier otra.
Lo único que tenía claro era que no podían quedarse en Shilton más de una noche.
Estaba demasiado cerca, demasiado expuesto.
Si Justin había conseguido seguirle la pista hasta la mansión de Dante Eastwood, perdida en unos acantilados, también podría encontrarla allí.
El pensamiento hizo que un escalofrío recorriera su espalda.
«Justin.»
El nombre mismo parecía envenenar el aire cuando lo pensaba.
Se levantó de un salto y volvió a asomarse a la ventana. El jardín seguía desierto, pero ahora la tranquilidad le parecía amenazante, como si el silencio ocultara peligros invisibles.
—Para ya —se regañó a sí misma en voz baja—. Te estás volviendo paranoica.
Pero la paranoia había mantenido a su hija y a ella a salvo durante más de un año. La paranoia la había hecho cambiar de nombre, de apellido, mudarse a un pueblo perdido, y tomar precauciones constantes. La paranoia era su compañera más fiel.
Sin embargo, no había sido suficiente.
Natalie cerró los ojos unos segundos, recordando la mirada de Dante cuando se despidió de él. No con palabras, porque no había tenido el valor de enfrentarlo, sino con una carta apresuradamente escrita en la madrugada, mientras él dormía.
«Te mereces algo mejor que esto, Dante —pensó con una punzada de dolor—. Algo mejor que una mujer perseguida por sus fantasmas.»
Solo esperaba que él lo entendiera, que no se enfadara, que no le guardara rencor.
Los meses en la mansión habían sido los más felices en mucho tiempo. La forma en que Dante miraba a Kora, la forma en que se preocupaba por ambas, la ternura escondida bajo su fachada de hombre hosco e inaccesible...
El sonido de unos golpes en la puerta interrumpió sus pensamientos, sobresaltándola.
Su corazón dio un vuelco, pero casi inmediatamente se tranquilizó. Debía de ser la cena que había pedido. La señora Perkins le había recomendado un bar local que hacía entregas a domicilio, y Natalie había llamado hacía media hora para pedir algo ligero para ella y un poco de puré para Kora.
Echó un último vistazo a la niña, que seguía durmiendo plácidamente en la cuna, y se dirigió a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó por pura precaución.
No hubo respuesta, solo otros dos golpes, más insistentes.
«Seguro que es el repartidor», pensó.
Aun así, se tomó un momento para asegurarse de que la cadena estaba puesta antes de entreabrir la puerta.
Lo que vio hizo que su sangre se congelara.
Un hombre alto con una sudadera con capucha oscura estaba de pie ante ella. No llevaba bolsas de comida. No era el repartidor.
Bajo la capucha, parcialmente inmerso en sombras, estaba el rostro que aparecía en sus peores pesadillas.
—Hola, Nat —la saludó Justin, con una sonrisa maliciosa delineada en los labios—. ¿No me invitas a pasar?
Natalie sintió que todo su cuerpo se paralizaba. El terror la dejó momentáneamente incapaz de moverse, de hablar, incluso de respirar. Durante un instante, todo a su alrededor pareció desvanecerse, dejando solo ese rostro, esos ojos que la miraban con una mezcla de triunfo y furia apenas contenida.
—No —logró articular finalmente, intentando cerrar la puerta.
Pero Justin fue más rápido. Con un movimiento ágil, metió el pie en el hueco que había libre y empujó con fuerza. La puerta se abrió de golpe, rompiendo la cadena y golpeando a Natalie en el hombro, haciéndola trastabillar hacia atrás.
Justin entró y cerró la puerta tras de sí con una calma calculada que resultaba más aterradora que cualquier estallido de violencia.
—Qué descortés, Nat —dijo, quitándose la capucha y pasándose una mano por el pelo rubio—. Después de lo mucho que me ha costado encontrarte.
Natalie retrocedió hasta que su espalda tocó la pared.
Su mente trabajaba frenéticamente, evaluando opciones, calculando distancias.
La puerta del baño estaba demasiado lejos.
El teléfono de la habitación, en la mesita de noche, no serviría de nada; tardaría demasiado en marcar cualquier número.
Su móvil estaba en el bolso, sobre la cama, apagado, pero Justin estaba entre ella y el bolso.
Y Kora... Kora dormía indefensa en la cuna, a solo unos metros de ellos.
El pensamiento de su hija le dio la fuerza que necesitaba para hablar.
—Tienes que irte, Justin —dijo, intentando que su voz sonara firme a pesar del temblor que sentía por dentro—. No tienes nada que hacer aquí.
Justin soltó una risa suave, casi gentil, que contrastaba grotescamente con la tensión palpable en el ambiente.
—¿Que no tengo nada que hacer aquí? —repitió, dando un paso hacia ella—. ¿Eso crees? Tengo una pareja y una hija que han estado jugando al escondite durante demasiado tiempo. Diría que tengo mucho que hacer aquí.
—Expareja —corrigió Natalie, sintiendo una chispa de ira atravesar su miedo—. No estamos juntos desde hace meses.
—Eso no cambia la realidad, Nat —respondió Justin con una calma glacial—. Sigues siendo mía. Y Kora es mi hija.
La mención de Kora hizo que Natalie se tensara aún más. Lentamente, intentando no llamar la atención sobre su movimiento, empezó a deslizarse hacia la cuna.
—Tú no tienes derecho a verla, no la quieres —dijo, midiendo cada palabra.
Los ojos de Justin se estrecharon peligrosamente, y Natalie sintió cómo se intensificaba la amenaza en el aire. Conocía esa mirada. Era el preludio de la tormenta.
—Es mi hija —respondió él, con un tono engañosamente suave—. La sostuve en mis brazos cuando tenía horas de vida. La alimenté, la cuidé, le cambié los pañales. ¿Y vienes a decirme que no tengo derecho a verla crecer?
Natalie apretó los puños, sintiendo cómo la indignación comenzaba a superar al miedo.
—¿Cuidarla? ¿Tú? —escupió las palabras con un desprecio que no intentó ocultar—. ¿Te refieres a cuando la zarandeaste?
Justin se tensó visiblemente. Su fachada de calma comenzó a resquebrajarse.
—Eso solo pasó una vez —dijo entre dientes—. Estaba cansado, no había dormido en días. Sabes que no quise hacerle daño.
—Una vez es suficiente —replicó Natalie. Su voz temblaba, pero estaba firme—. Una sola vez es todo lo que necesité para saber que no eras seguro para ella. Ni para mí.
Justin dio otro paso hacia ella, y Natalie pudo oler el alcohol en su aliento. No estaba borracho, pero había bebido lo suficiente para desinhibirse. Lo suficiente para ser aún más peligroso.
—Siempre tan dramática —comentó Justin con desdén—. Exagerando cada pequeña cosa. Por eso tuve que buscarte una y otra vez, ¿sabes? Porque te fuiste sin darme la oportunidad de explicarme, de disculparme, de arreglar las cosas.
—No hay nada que arreglar, Justin —dijo Natalie, negando con la cabeza—.
Lo que había entre nosotros se rompió mucho antes de que me fuera.
Y no fue por una «pequeña cosa». Fue por mucho tiempo de control, de golpes, de manipulación, de hacerme sentir que todo lo que hacía estaba mal, que no valía para nada.
Justin se pasó una mano por el rostro, y Natalie vio cómo su expresión cambiaba, como si se pusiera una nueva máscara: la del hombre arrepentido, el novio que ha cometido errores, pero está dispuesto a enmendarlos.
—He cambiado, Nat —dijo, suavizando su voz—. He ido a terapia, he trabajado en mis problemas. Te he echado tanto de menos... A las dos. Solo quiero que volvamos a ser una familia.
Natalie sintió una risa amarga burbujeando en su garganta. Era el mismo patrón de siempre. La amenaza, la culpa, y luego, cuando veía que no funcionaba, el arrepentimiento, las promesas de cambio. Un ciclo interminable que conocía demasiado bien.
—No te creo —respondió simplemente—. Y aunque lo hiciera, es demasiado tarde.
La máscara de arrepentimiento en la cara de Justin se desvaneció tan rápido como había aparecido.
—¿Demasiado tarde? —repitió, en un tono que hizo que Natalie se encogiera instintivamente—. ¿Demasiado tarde porque has encontrado a otro? ¿A ese tipo ricachón para el que trabajas? ¿A ese escritor que no sale nunca de su cueva?
Natalie sintió que palidecía. ¿Hasta dónde había investigado Justin? ¿Hasta dónde las había estado vigilando?
—Dante no tiene nada que ver con esto —respondió, intentando mantener su voz firme—. Esto es entre tú y yo.
Justin sonrió. Una sonrisa fría y calculadora.