CAPÍTULO 47 #3
Dante y Óscar se dirigieron directamente al mostrador de información, donde una mujer de mediana edad atendía con expresión aburrida.
—Buenos días —saludó Óscar, desplegando toda su capacidad de encanto—. Necesitamos su ayuda en un asunto importante.
La mujer los miró con cierta sospecha.
—¿En qué puedo ayudarles? —dijo.
—Estamos buscando a una mujer joven, morena, de ojos azules, que viajaba con una niña pequeña de aproximadamente un año —explicó Dante, sacando su teléfono para mostrarle una foto de Natalie y Kora que había hecho durante la fiesta de cumpleaños de la pequeña—.
Cogieron un autobús desde aquí ayer de madrugada.
La mujer miró la foto y luego a los hermanos, con expresión impenetrable.
—No puedo dar información sobre los pasajeros —respondió de forma automática—. Es política de la empresa.
Dante sintió que la frustración amenazaba con desbordarlo, pero Óscar intervino con calma.
—Entendemos perfectamente esa política, y la respetamos —dijo, inclinándose ligeramente sobre el mostrador—. Pero esto es una emergencia. La vida de esta chica y de su hija podría estar en peligro.
La empleada pareció desconcertada, pero se recompuso rápidamente.
—Si es una emergencia, deberían acudir a la policía.
—La policía tardaría demasiado —intervino Dante, con voz tensa—. Su expareja es un hombre peligroso que la ha estado acosando. Ella huyó para protegerse y proteger a su hija, pero necesitamos encontrarla antes que él.
La mujer los miró a ambos con un evidente escepticismo.
—¿Y por qué debería creerles? ¿Cómo sé que ustedes no son los tipos peligrosos de los que ella está huyendo?
Era una pregunta razonable, Dante tenía que admitirlo. Sacó su carnet de identidad y lo colocó sobre el mostrador.
—Me llamo Dante Eastwood. Ella trabajaba para mí como ama de llaves. Puede comprobarlo.
Algo en su tono, o quizás en la desesperación evidente de sus ojos, pareció hacer mella en la mujer.
—Un momento —dijo, recogiendo el carnet y desapareciendo en una oficina trasera.
Óscar aprovechó para acercarse a Dante.
—Respira, hermano. Estamos cerca.
Dante asintió, intentando controlar su ansiedad. Un par de minutos después, la mujer regresó acompañada de un hombre de unos cincuenta años con uniforme de supervisor.
—Soy Ramon Wyle, jefe de estación —se presentó—. Helen me ha comentado su situación. ¿Pueden explicarme exactamente qué está pasando?
Dante respiró hondo y repitió la historia, aquella vez con más detalles: cómo Justin había aparecido en el pueblo preguntando por Natalie, cómo ella había huido precipitadamente, cómo temían por su seguridad.
—No puedo perderla —concluyó, con una honestidad brutal—. Tengo que encontrarla antes que él. Tengo que asegurarme de que están a salvo.
El hombre lo observó durante un largo rato, como evaluándolo, antes de asentir con la cabeza, afirmando.
—Recuerdo a la chica y a la niña —admitió—. Es difícil no fijarse en alguien que viaja con un bebé a esas horas. Llegaron sobre las doce y media pasadas, y estuvieron esperando en la sala unos veinte minutos.
—¿Qué autobús tomaron? —preguntó Óscar, inclinándose hacia delante.
Ramon dudó un momento más, pero algo en la expresión de Dante pareció convencerlo.
—Compraron un billete para Shilton, en Oxfordshire. Es un pueblo pequeño, a unos 125 kilómetros al norte. El autobús salió a la una menos diez.
Dante sintió que una ola de alivio lo inundaba. ¡Tenían un destino! Shilton... El nombre no le sonaba de nada, pero era un punto en el mapa, un lugar concreto donde buscar.
—Gracias —dijo—. No sabe lo que esto significa para mí.
—Para nosotros —corrigió Óscar, colocando una mano en el hombro de su hermano.
Ramon asintió, con una pequeña sonrisa.
—Espero que las encuentre, señor Eastwood. Y que pueda protegerlas.
Ya en el aparcamiento, Dante y Óscar se detuvieron junto a sus vehículos para planificar el siguiente paso.
—Shilton está a una hora y media de aquí —dijo Óscar, consultando el GPS de su teléfono—. Si salimos ahora, llegaremos antes del mediodía.
Dante asintió, sintiendo una mezcla de ansiedad y esperanza.
—Iremos cada uno en un coche, como dijimos. Así podremos cubrir más terreno cuando lleguemos —dijo.
—De acuerdo. —Óscar hizo una pausa, mirando a su hermano con seriedad—. Dante, sé que estás desesperado por encontrarla, pero intenta mantener la calma. Si está asustada, lo último que necesita es que aparezcas como un huracán.
Dante esbozó una sonrisa tensa.
—Lo intentaré. Pero no puedo prometer nada.
Óscar asintió, comprensivo.
—Voy a llamar a Thomas para avisarle. Tú conduce con cuidado.
Mientras Óscar hacía la llamada, Dante se sentó en su Range Rover y cerró los ojos unos segundos, recostando la cabeza en el asiento. Por primera vez desde que descubrió que Natalie había huido, sentía que estaba siguiendo un camino concreto, no simplemente dando palos de ciego.
—Voy a encontrarte, Natalie —murmuró, poniendo en marcha el motor—. Y esta vez no voy a dejar que vuelvas a escapar.
Con esa promesa, Dante y Óscar salieron del aparcamiento, uno tras otro, rumbo a Shilton, y hacia lo que Dante esperaba que fuera el fin de su desesperada búsqueda.