El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 47 #2
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CAPÍTULO 47 #2

—¿En peligro? —repitió el padre de Paul, que salió de la trastienda con el ceño fruncido—. ¿Es por ese hombre que preguntaba por ella?

—Exactamente —confirmó Óscar, tomando el relevo de su hermano, que parecía haberse quedado sin palabras—. Justin es su expareja, un tipo peligroso del que Natalie lleva tiempo huyendo. Y ahora que la ha localizado, ha tenido que volver a desaparecer. Creemos que la estaba amenazando.

La mujer mayor se llevó una mano al pecho.

—¡Santo Cielo! ¿Y la pequeña? ¿Ese hombre es...?

—Sí. —Dante recuperó la voz—. Justin es el padre de Kora. Como veis, el asunto es complicado. Por eso necesitamos encontrarlas antes que él. Por su seguridad.

—¿Qué podemos hacer para ayudar? —preguntó Paul, con determinación.

Óscar sonrió, sacando del bolsillo de su chaqueta unas tarjetas con su número de teléfono.

—Para empezar, llamarnos si alguien las ha visto, o si tienen cualquier información sobre dónde podrían haber ido —explicó, repartiendo las tarjetas—. Necesitamos saber cómo salieron del pueblo, a qué hora, en qué dirección...

—Voy a convocar una reunión —decidió Paul—. En el salón del ayuntamiento, en una hora. Avisaré a todo el mundo. Si alguien sabe algo, lo compartirá allí.

Dante miró a Paul con una mezcla de sorpresa y agradecimiento.

Nunca hubiera imaginado tanto nivel de implicación por parte de un simple conocido, y menos después de cómo le trató el primer día que lo vio en la mansión, cuando fue a dejar el pedido semanal.

Por aquel entonces, los celos ya estaban empezando a hacer de las suyas.

—Gracias —dijo, con sinceridad—. De verdad.

Paul se encogió de hombros con una sonrisa modesta.

—Natalie siempre ha sido una chica muy maja con todos nosotros. Y Kora... bueno, ha conquistado a todo el pueblo con sus sonrisas y su alegría. Es lo mínimo que podemos hacer.

Una hora después, el pequeño salón del ayuntamiento del pueblo estaba sorprendentemente lleno.

Dante, acostumbrado a su aislamiento en la mansión, se sintió algo abrumado por la cantidad de gente reunida para ayudar a encontrar a Natalie y a Kora.

Hombres y mujeres de todas las edades, desde adolescentes hasta ancianos, llenaban las filas de sillas dispuestas en el salón, murmurando entre ellos con preocupación.

Paul subió al pequeño estrado y golpeó el micrófono un par de veces para comprobar que funcionaba.

—Gracias a todos por venir con tan poco tiempo de aviso —comenzó—. Como algunos ya sabéis, Natalie, la chica que trabaja en la mansión Eastwood, ha desaparecido junto con la pequeña Kora. Y según parece, están en peligro.

Un murmullo de inquietud recorrió la sala. Paul hizo un gesto hacia Dante y Óscar, que estaban de pie al fondo del salón.

—El señor Eastwood y su hermano han venido a pedirnos ayuda para encontrarlas.

Todas las miradas se dirigieron hacia ellos. Dante sintió un impulso inmediato de retroceder, de esconderse, pero la mano de Óscar en su hombro lo mantuvo firme.

—Ve —susurró Óscar—. Habla con ellos. De corazón.

Dante avanzó lentamente hacia el estrado, consciente de cada par de ojos que seguía sus movimientos. Al llegar junto a Paul, este le cedió el micrófono con una sonrisa de ánimo.

—Yo... —comenzó Dante, con la voz áspera por la emoción—.

Quiero daros las gracias por estar aquí.

Sé que no me conocéis bien, que para muchos soy La Bestia que vive en la mansión de los acantilados.

—Hubo algunas risas ahogadas que confirmaban la obviedad de su afirmación—. Sé que tengo fama de... asocial.

—De cascarrabias, querrás decir —dijo Óscar, provocando más risas.

Dante sonrió a su pesar.

—Vale, sí, de cascarrabias. No lo voy a negar.

Pero esto no se trata de mí. Se trata de Natalie y de Kora.

—Su voz se quebró ligeramente al pronunciar sus nombres—.

Están en peligro. El exnovio de Natalie es un hombre peligroso, manipulador y controlador.

Ella huyó de él hace unos meses, cambió su nombre, y vino a trabajar a mi casa.

Y ahora, ese hombre la ha encontrado de nuevo.

El silencio en la sala era absoluto. Dante tomó aire antes de continuar.

—Natalie es... es la mujer más valiente, fuerte e increíble que he conocido. Y Kora, su hija, es una niña maravillosa que merece crecer en un entorno seguro y feliz. No puedo permitir que vivan huyendo constantemente, mirando por encima del hombro, esperando que ese tipo las encuentre de nuevo.

—¿La quieres? —preguntó una voz femenina desde las primeras filas.

Una mujer de unos sesenta años con el pelo canoso recogido en un moño lo miraba con intensidad.

Dante se quedó unos segundos sin palabras. No esperaba una pregunta tan directa y personal.

—Señora Harding, por favor... —intervino Paul, visiblemente incómodo.

—No, está bien. —Dante levantó la mano, mirando directamente a la mujer—. Sí, la quiero. A las dos. Y debería habérselo dicho antes de que se fueran. Ese ha sido mi mayor error, y de lo que me arrepiento.

Un murmullo de aprobación recorrió la sala, y Dante sintió el calor subir a sus mejillas. Nunca había hecho una confesión tan pública y personal. Pero le daba igual, solo quería que lo ayudaran a encontrar a Natalie.

—Eso es todo lo que necesitábamos saber —declaró la señora Harding con satisfacción—. Richard, cuéntales lo que sabes.

Un hombre de unos cincuenta años se puso en pie desde la tercera fila. Llevaba una gorra desgastada y una chaqueta de pana de color marrón.

—Yo conduzco el taxi del pueblo —explicó, dirigiéndose a Dante—. Ayer, sobre las doce y cuarto de la madrugada, recogí a Natalie en la mansión. Me pidió que la llevara a la estación de autobuses, la que está a unos 10 kilómetros de aquí.

Dante sintió que su corazón se aceleraba. Aquel dato era una pista real.

—¿Y la llevó? —preguntó, inclinándose hacia delante.

—Claro que sí —respondió Richard—. Iba con la niña. Llevaba una mochila y una pequeña maleta. Parecía muy nerviosa, miraba constantemente por la ventanilla trasera. Le pregunté si todo iba bien, pero solo dijo que tenía prisa por coger un autobús.

—¿A qué hora llegasteis a la estación? —intervino Óscar, acercándose al micrófono.

—Sobre las doce y media más o menos —calculó Richard.

—¿Le dijo adónde iba? —quiso saber Dante.

Richard negó con la cabeza.

—No, pero la vi mirando el panel de salidas mientras sacaba el dinero para pagarme. Había pocos destinos a esa hora. Creo que solo salían tres o cuatro autobuses.

—Es un comienzo —murmuró Óscar, dando una palmada en el hombro de Dante—. Tenemos que ir a esa estación ahora mismo.

Dante afirmó con la cabeza, y sintió una oleada de esperanza por primera vez en dos días.

—Gracias, Richard —dijo, y lo dijo de corazón—. Y gracias a todos. No olvidaré esto.

Mientras bajaban del estrado, varios habitantes del pueblo se acercaron a ofrecerles más información: alguien que había visto a Natalie comprar pañales extra en la farmacia el día anterior, otro que la había visto sacar dinero del cajero automático...

pequeños detalles que confirmaban que la huida había sido planeada, no impulsiva.

Ya en la calle, Dante y Óscar se dirigieron rápidamente hacia sus coches.

—Iremos juntos hasta la estación —decidió Dante—. Pero si conseguimos averiguar dónde fue, nos separaremos para cubrir más terreno.

—Me parece bien —acordó Óscar—. Te sigo en el coche.

El trayecto hasta la estación fue el más largo de la vida de Dante, a pesar de que apenas duró diez minutos. Pero su mente no dejaba de reproducir imágenes de Natalie y Kora solas, asustadas, huyendo en un autobús en plena madrugada.

—Deberías haberme dicho lo que estaba pasando, Natalie —murmuró para sí mismo, golpeando el volante con frustración—. Podría haberte protegido. Podríamos haberlo enfrentado juntos.

La estación de autobuses era pequeña y con una arquitectura modesta. Un edificio rectangular con una sala de espera, una cafetería y cuatro andenes. A esa hora del día había poca actividad, lo que facilitaría hablar con el personal.