El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 47
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CAPÍTULO 47

Las luces de un coche iluminaron el sendero de entrada a la mansión poco después de las once de la noche. Dante, que llevaba horas caminando de un lado a otro de la casa como un animal enjaulado, se detuvo en seco.

Durante un instante, su corazón dio un vuelco imaginando un improbable regreso de Natalie. Descorrió un poco las cortinas del vestíbulo con la mano y enseguida reconoció que el sonido del motor provenía de un coche de alquiler y no de un taxi que podría traerla de vuelta.

—Ha llegado el señor Óscar —anunció Thomas, emergiendo silenciosamente del pasillo lateral del vestíbulo.

Dante asintió, sin molestarse en preguntar cómo había identificado a su hermano sin ni siquiera mirar por la ventana. Thomas parecía tener un sexto sentido para todo lo que ocurría en la mansión.

—Gracias, Thomas. Puedes irte a descansar, ya me ocupo yo.

—Como desee, señor —respondió el jardinero, aunque no se movió ni un centímetro—. ¿Seguro que no necesita nada más?

Dante intuyó la pregunta subyacente: «¿Seguro que estará bien solo con su hermano y sus demonios?»

—Estoy bien —mintió—. Mañana será un día largo.

Thomas asintió, sin parecer muy convencido, y finalmente se retiró justo cuando el timbre de la puerta resonaba en el vestíbulo.

Dante abrió, encontrándose cara a cara con Óscar.

Su hermano tenía el pelo revuelto por el viento de los acantilados, una barba de dos días y unas evidentes ojeras bajo los ojos.

Llevaba un traje azul oscuro de tres piezas, con chaleco y una camisa blanca impoluta, ajustada al cuello con una corbata de color rojo.

Cargaba una pequeña mochila de viaje al hombro.

—Tienes un aspecto horrible —fue su saludo, mientras entraba sin esperar invitación.

—Yo también me alegro de verte —respondió Dante, cerrando la puerta.

Óscar dejó caer la mochila en el suelo del vestíbulo y observó a su hermano mayor con ojo crítico.

—No, en serio, ¿has descansado algo las últimas horas? Tienes peor cara que yo, y eso que he pasado dos horas y media en un avión con un niño berreando en el asiento de atrás.

Dante se pasó una mano por el rostro, notando la aspereza de su barba sin afeitar.

—No. Pero no importa, la verdad.

Óscar suspiró y recogió su mochila.

—Vale, lo primero es lo primero. Necesito una ducha y algo de comer. Luego me pones al día con todos los detalles, y después planificamos cómo vamos a encontrar a tu chica y a la pequeña Kora.

—No es mi chica —murmuró Dante.

Óscar soltó una carcajada seca.

—Pero te gustaría —aseveró en tono de burla—. Es una pena que Natalie se haya ido justo cuando pensabas declararle tu amor —comentó.

Y Dante pensó que tenía razón, que era una pena. Si hubiera llegado un poco antes…

—¿Hay algo en la cocina o tengo que pedir comida? —preguntó Óscar.

—Thomas ha dejado preparada un poco de pasta en la nevera —respondió Dante—. Ve a ducharte. Te espero en la cocina.

Mientras Óscar subía las escaleras silbando despreocupadamente (pura fachada, Dante lo sabía bien; su hermano estaba tan preocupado como él), Dante se dirigió a la cocina y abrió la nevera.

Efectivamente, Thomas había dejado un bol con pasta, una ensalada y fruta cortada. También había una botella de vino tinto sobre la encimera, con una nota:

«El señor Óscar siempre prefiere el tinto con la cena.

Usted debería comer algo también.»

Dante sonrió débilmente. Thomas era demasiado considerado, incluso con él.

Sacó dos copas y sirvió el vino, tomando un sorbo directamente de la botella antes de hacerlo. No era como beber un trago de whisky, por supuesto (que era probablemente lo que necesitaba), pero al menos era una sensación diferente al vacío que sentía desde esa mañana.

Veinte minutos después, Óscar apareció en la cocina con el pelo mojado y ropa limpia.

—Ahora sí me siento humano otra vez —declaró, dejándose caer en una de las sillas—. Veo que Thomas sigue siendo el mismo genio de la hospitalidad que siempre.

Dante asintió, empujando una copa de vino hacia su hermano.

—¿Alguna novedad? —preguntó Óscar, mientras atacaba su plato de pasta.

—Nada. He llamado a su móvil unas veinte veces, pero está apagado.

—O lo ha tirado —sugirió Óscar—. Si realmente está huyendo de Justin, y sabe lo que hace, se habrá deshecho del teléfono.

Dante no había considerado esa posibilidad, y la idea le provocó una nueva oleada de ansiedad.

—No me estás ayudando —gruñó.

—No estoy aquí para ayudarte a sentirte mejor, estoy aquí para ayudarte a encontrar a Natalie —corrigió Óscar, señalándole con el tenedor—. Y para eso necesitamos pensar como ella. ¿Qué haría una mujer asustada, con una niña pequeña, tratando de escapar de un acosador?

—No lo sé —admitió Dante, sintiéndose más impotente a cada minuto que pasaba—. No sé cómo piensa Natalie en estas situaciones. Creía conocerla, pero...

—Pero resulta que no la conoces tanto como pensabas —completó Óscar, sin delicadeza alguna—. Tranquilo, a todos nos pasa. Mira mi historial de relaciones fallidas.

—Esto es diferente —insistió Dante.

—Sí, porque estás enamorado hasta los huesos —respondió Óscar, como si fuera lo más obvio del mundo—. Y porque hay una niña de por medio.

Dante no se molestó en negarlo. ¿Qué sentido tenía? Era transparente para su hermano.

—Mañana iremos al pueblo —dijo, cambiando de tema—. Voy a hablar con todo el mundo si es necesario. Alguien tiene que haber visto algo.

—Buena idea. —Óscar asintió, terminando su vino—. Un pueblo pequeño como este, donde nunca pasa nada... la gente se fija en todo. Especialmente en una mujer joven con una niña adorable que desaparece de repente.

—Eso espero —murmuró Dante, mirando por la ventana de la cocina hacia la oscuridad exterior del jardín—. Eso espero.

La mañana siguiente amaneció gris y amenazante, con nubes bajas que presagiaban tormenta.

Un clima perfectamente acorde con el ánimo de Dante, que apenas había conseguido dormir un par de horas antes de que las pesadillas lo despertaran.

Sueños confusos donde Natalie y Kora se perdían en laberintos interminables mientras él las buscaba desesperadamente, oyendo sus voces pero sin poder alcanzarlas nunca.

Se vistió con ropa casual para no destacar demasiado en el pueblo: vaqueros oscuros, jersey azul marino y una chaqueta de cuero que probablemente no había usado en años.

Al bajar a desayunar, encontró a Óscar ya vestido y con una taza de café en la mano, hablando animadamente con Thomas. Su hermano siempre había tenido ese don para conectar con la gente de inmediato, mientras que a él le costaba un esfuerzo sobrehumano.

—Buenos días, bella durmiente —saludó Óscar con una sonrisa burlona—. Veo que al final has conseguido dormir algo.

—Muy gracioso —respondió Dante, aceptando la taza de café que Thomas le ofrecía—. ¿Cuál es el plan?

—Primero, desayunar como personas adultas —declaró Óscar—. Después, bajar al pueblo y hablar con cuanta más gente mejor, como sugeriste ayer. Thomas nos ha preparado una lista de los lugareños que podrían ser más... observadores.

—Cotillas, quiere decir —precisó Thomas con una ligera sonrisa—. La señora Harding de la panadería no se pierde una, y el viejo señor Smith pasa todo el día en el banco de la plaza, viendo quién entra y sale del pueblo.

Dante asintió, agradecido.

—¿Y si nadie ha visto nada? —preguntó, dando voz a su mayor temor.

—Entonces pasaremos al plan B —respondió Óscar con confianza—. Que consistirá en lo que sea que se nos ocurra si el plan A falla. Vamos paso a paso, Dante.

Thomas colocó un plato con tostadas y huevos revueltos frente a Dante.

—Coma algo, señor Eastwood. No podrá ayudar a Natalie si se desmaya de hambre.

Dante miró la comida sin apetito, pero se obligó a tomar un bocado para no decepcionar a Thomas. Mordió un trozo de tostada y masticó mecánicamente, sin saborear nada.

—Thomas se quedará aquí por si hay noticias —continuó Óscar—. Y nosotros vamos a peinar ese pueblo de arriba a abajo.

Una hora después, los dos hermanos bajaban al pueblo en sus respectivos vehículos: Dante en el Range Rover y Óscar en el monovolumen que había alquilado. Aparcaron en la plaza principal, atrayendo inmediatamente las miradas curiosas de los pocos transeúntes que desafiaban a la inminente lluvia.

—Parece que somos la atracción principal —comentó Óscar, mirando a su alrededor—. ¿Siempre te miran así cuando bajas al pueblo?

—No suelo bajar al pueblo —respondió Dante en tono seco.

—Ah, claro. El señor de la mansión no se mezcla con la plebe —bromeó Óscar, dándole un codazo amistoso—. Pues hoy vas a socializar más que en toda tu vida. Empecemos por la tienda de Paul.

Paul los recibió con una sorpresa evidente en el rostro al ver a los dos hermanos Eastwood entrar juntos en el establecimiento. La tienda estaba más concurrida que el día anterior, con varias personas haciendo sus compras habituales.

—Buenos días, señor Eastwood —lo saludó, y luego miró a Óscar con gesto interrogante.

—Este es mi hermano, Óscar —lo presentó Dante—. Ha venido a ayudarme a encontrar a Natalie.

—Encantado —dijo Óscar, y extendió la mano, que Paul estrechó con cierta perplejidad—. Mi hermano me ha contado que eres buen amigo de Natalie.

—No sé si amigo exactamente —corrigió Paul, sonrojándose ligeramente—. Pero sí, nos llevamos bien. Todos en el pueblo la apreciamos. —Miró a Dante—. ¿Ha habido alguna novedad?

—Ninguna —respondió Dante—. Por eso estamos aquí. Necesitamos la ayuda de todos.

Sus palabras, pronunciadas con una voz lo suficientemente alta como para que los demás clientes las oyeran, provocaron un silencio inmediato en la tienda. Todas las miradas se dirigieron hacia ellos.

—¿Qué le ha pasado a Natalie? —preguntó una mujer mayor, acercándose con curiosidad.

—Se ha ido —respondió Dante, sintiendo un nudo en la garganta—. Se fue ayer de madrugada con Kora. Y tenemos motivos para creer que está en peligro.

El murmullo de preocupación que recorrió la tienda fue instantáneo. Dante observó cómo la noticia se propagaba visiblemente de una persona a otra, como ondas en un estanque de agua.