CAPÍTULO 46 #2
—Cuente conmigo, señor Eastwood. Si me entero de algo, se lo haré saber. Y hablaré con la gente del pueblo. Discretamente, claro.
—Te lo agradezco —respondió Dante, con un sincero alivio—. Si alguien ha visto algo, si alguien sabe cualquier cosa...
—Se lo comunicaré de inmediato —prometió Paul—. Deme su número de teléfono. Será más rápido que enviar a alguien a la mansión.
Dante le dictó el número de su móvil, que Paul anotó cuidadosamente en un post-it amarillo.
—Gracias, Paul. De verdad.
—No hay de qué, señor Eastwood. Natalie y Kora... bueno, han traído alegría a este pueblo. Todos lo hemos notado. Queremos que estén bien.
Al salir de la tienda, Dante fue consciente de las miradas curiosas de los pocos transeúntes que pasaban por allí.
Era una rareza, casi una atracción turística.
Bueno, se lo había ganado a pulso. El huraño dueño de la mansión de los acantilados, bajando al pueblo como un rey visitando a sus súbditos.
En circunstancias normales, esas miradas le habrían irritado.
Ahora simplemente le resultaban irrelevantes.
Tenía cosas verdaderamente importantes en las que pensar.
De vuelta en el coche, golpeó el volante con frustración. Estaba exactamente donde había empezado: sin pistas, sin idea de dónde buscar. La sensación de impotencia amenazaba con ahogarlo.
Arrancó el motor y condujo de regreso a la mansión, sin un plan claro. Mientras avanzaba por la carretera, una idea comenzó a cristalizar en su cabeza.
Óscar. Su hermano. El único en quien podía confiar plenamente, el único que lo había visto en sus peores momentos y seguía a su lado. Óscar sabría qué hacer. Siempre lo sabía.
Nada más llegar a la mansión, prácticamente saltó del coche y entró corriendo. Thomas lo recibió en el vestíbulo, ansioso.
—¿Alguna novedad, señor?
—Nada concreto —respondió Dante, ya sacando el móvil del bolsillo—. Pero sé lo que tengo que hacer.
Se encerró en su estudio y marcó el número de su hermano. Óscar respondió al tercer tono.
—¡Vaya! El ermitaño ha decidido usar el teléfono. Debe ser el fin del mundo. ¿O es que ya me echas de menos? —bromeó su hermano a modo de saludo.
—Óscar, necesito tu ayuda —soltó Dante, sin preámbulos.
El silencio al otro lado de la línea fue breve pero elocuente.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Óscar. El tono de broma desapareció completamente de su voz.
—Es Natalie.
—¿Qué pasa con ella? ¿Te ha dado calabazas?
—Se ha ido. Ha huido con Kora —contestó Dante.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Por qué? —Las preguntas de Óscar se atropellaban unas a otras.
—Esta madrugada. Dejó una nota. —Dante se dejó caer en el sillón de cuero de su estudio como si pesara mil kilos—. Dice que es mejor así, que no intente buscarlas.
—Y por supuesto, vas a ignorar completamente eso último, ¿verdad? —adivinó Óscar, con un deje de ironía.
—Por supuesto —confirmó Dante—. No puedo dejarla ir, Óscar. No así.
—¿Tiene esto algo que ver con el hecho de que estás perdidamente enamorado de ella? —preguntó su hermano, directo como siempre.
Dante cerró los ojos durante unos instantes. A Óscar nunca había podido ocultarle nada.
—Sí —admitió—. Y con el hecho de que Justin la ha seguido amenazando. No sé qué le habrá estado diciendo, pero sea lo que sea, ha hecho que ella termine huyendo.
—¿Justin? —La alarma en la voz de Óscar era palpable—. ¿Ese cabrón ha seguido tocándole los cojones?
—Eso parece. Ha estado preguntando por ella en el pueblo. Paul, el chico de la tienda, se lo contó a Natalie. El muy hijo de puta no la deja en paz.
—Joder, Dante. —Óscar soltó un largo suspiro—. ¿Qué quieres que haga?
—Ven. Por favor. Te necesito aquí.
Hubo un breve silencio, como si Óscar estuviera considerando su agenda.
—Estoy en Madrid. Puedo tomar el primer vuelo disponible. Estaré ahí esta noche o mañana por la mañana como muy tarde.
El alivio que sintió Dante fue tan intenso que casi lo mareó.
—Gracias. Te enviaré un coche al aeropuerto.
—No te preocupes por eso, alquilaré uno. Tú concéntrate en no volverte completamente loco hasta que yo llegue.
Dante soltó una risa seca y sin humor.
—Demasiado tarde para eso —dijo.
—Escúchame, Dante. —La voz de Óscar adquirió un tono serio, casi solemne—. La vamos a encontrar, ¿me oyes? Vamos a traerlas de vuelta. A las dos.
—¿Y si no quiere volver? —La pregunta que más temía hacer Dante finalmente salió de sus labios—. ¿Y si prefiere seguir huyendo que volver conmigo?
—Entonces tendrás que darle un motivo para quedarse —respondió Óscar en tono humilde—. Un motivo mejor que el miedo que le tiene a ese cabrón de Justin.
Dante asintió, aunque su hermano no pudiera verlo.
—Tengo que colgar —dijo Óscar—. Necesito hacer algunas llamadas para organizar mi viaje. Te mantendré informado.
—Gracias, Óscar. De verdad.
—Para eso están los hermanos, idiota. Para sacarte de los líos en los que te metes solo.
La llamada terminó, y Dante se quedó mirando el teléfono en su mano.
Por primera vez desde que descubrió que Natalie se había ido, sintió algo parecido a la esperanza.
Un pequeño y ligero hilo de esperanza. Con Óscar a su lado, las posibilidades de encontrarla aumentaban considerablemente.
Su hermano tenía contactos, recursos y, sobre todo, una perspectiva que a él le faltaba en aquel momento.
Salió del despacho y encontró a Thomas esperándolo pacientemente en el pasillo.
—¿Todo bien, señor? —le preguntó, con evidente preocupación.
—Mi hermano va a venir —anunció Dante—. Llegará esta noche o mañana por la mañana.
Thomas asintió.
—Excelente noticia, señor. El señor Óscar siempre ha sido muy... resolutivo.
Dante esbozó una sonrisa tenue.
Resolutivo. Eso era un eufemismo. Óscar era un torbellino de acción y decisión, justo lo contrario que él, que tendía a encerrarse en sí mismo cuando las cosas se complicaban.
—Prepara su habitación habitual, ¿vale? —pidió Dante—. Y quizás... —dudó un momento—. Quizás deberíamos tener lista también la habitación de Natalie. Por si...
No terminó la frase. No hacía falta. Thomas lo comprendió perfectamente.
—Por supuesto, señor. Todo estará preparado para cuando el señor Óscar llegue. Y la habitación de Natalie... bueno, en realidad no la he tocado. Está exactamente como ella la ha dejado.
Dante percibió un ligero temblor en su voz. Thomas también estaba sufriendo por la huida de Natalie y Kora. No era fácil olvidar lo mucho que significaban amabas para ellos, lo profundo que habían calado en la rutina diaria de los dos.
—Gracias, Thomas —dijo Dante, con un agradecimiento sincero—. Por todo.
Él asintió, visiblemente conmovido por el inusual reconocimiento.
—No hay de qué, señor. Encontraremos a Natalie y a la pequeña Kora. Estoy seguro.
Después dio media vuelta y se fue.
Mientras Thomas se alejaba para preparar todo, Dante se dirigió a la ventana del salón. Desde allí podía ver el jardín, los macizos de flores que Thomas cuidaba con tanta dedicación, el césped donde Kora había dado sus primeros pasos bajo la atenta supervisión de Natalie.
Por primera vez desde hacía mucho tiempo, la mansión le parecía vacía, hueca.
Un caparazón desprovisto del calor que la hacía un hogar.
Y fue entonces, mirando el jardín solitario, cuando Dante comprendió con absoluta claridad lo que ya sabía en el fondo de su corazón, que haría cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa, para traer de vuelta a Natalie y Kora.
Incluso si eso significaba enfrentarse a sus propios demonios. Incluso si eso significaba abrirse en canal, exponer sus debilidades, arriesgar su orgullo y su corazón.
Incluso si eso significaba enfrentarse a Justin.
—Voy a encontrarte, Natalie —murmuró contra el cristal, como una promesa solemne—. Y cuando lo haga, no volveré a dejarte ir.