El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 46
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CAPÍTULO 46

Dante no recordaba la última vez que había sentido tanto frío. Era como si su cuerpo hubiera decidido que, sin Natalie, no merecía la pena mantener su temperatura normal.

Miró el reloj de pulsera: las diez y treinta y dos de la mañana. Apenas habían pasado tres horas desde que había descubierto la ausencia de Natalie y Kora, pero le parecían tres siglos.

Mierda.

Se había duchado y vestido de forma mecánica, como un autómata programado para ejecutar tareas básicas, como un robot. Pantalones vaqueros negros, jersey gris y zapatillas deportivas.

—¿Señor Eastwood? —La voz de Thomas resonó desde el pasillo—. ¿Va a desayunar algo?

Dante levantó la mirada del suelo. Estaba sentado en el borde de su cama, con la nota de Natalie todavía arrugada en el puño.

—No tengo hambre, Thomas.

El jardinero apareció en el umbral de la puerta, con expresión preocupada.

—Disculpe mi insistencia, señor, pero necesita comer algo. Le he preparado café y tostadas. Algo básico.

Dante soltó un suspiro largo y agotado.

—Está bien —cedió finalmente—. Bajaré en un minuto.

Pero cuando Thomas se retiró, Dante permaneció inmóvil.

Su mente era un torbellino de pensamientos contradictorios. Por un lado, el orgullo herido le gritaba que la dejara ir, que ella había elegido marcharse, que no le debía nada. Por otro, algo más profundo, más visceral, le suplicaba que corriera tras ella, que no podía perderla, no ahora, no así.

Se levantó de golpe, incapaz de soportar más tiempo sin hacer nada.

—¡Joder! —exclamó, cerrando las manos en puños.

Bajó las escaleras con una especie de energía renovada. Al entrar en la cocina, encontró a Thomas limpiando meticulosamente la encimera, aunque ya relucía. El jardinero estaba tan perdido como él.

—Voy a ir al pueblo —anunció Dante, ignorando el plato de tostadas que Thomas había preparado.

—¿Al pueblo, señor? —Thomas lo miró como si acabara de anunciar que planeaba escalar el Everest en calzoncillos.

—Sí, al pueblo. No puedo quedarme aquí sentado mientras ella está... —No pudo terminar la frase. La idea de Natalie y Kora solas, vulnerables, posiblemente asustadas, le resultaba insoportable.

Thomas asintió, comprendiendo perfectamente a que se refería.

—¿Quiere que lo acompañe?

—No, quédate aquí. Por si... —Por si vuelve, quiso decir, pero las palabras se negaron a salir, la voz se apagó—. Por si llama alguien.

Se bebió el café de un trago, quemándose la lengua. Pero ni siquiera registró el dolor. Cogió las llaves del Range Rover, y se dirigió al garaje.

El motor rugió al arrancar. Un potente sonido que apenas disimulaba los latidos descontrolados de su corazón.

Mientras recorría el camino de entrada, se juró que encontraría a Natalie, que iría al fin del mundo si fuera necesario, pero daría con ella.

Los pocos kilómetros que separaban la mansión del pueblo nunca se le habían hecho tan largos, tan eternos. Cada curva del camino parecía burlarse de él, retrasando deliberadamente su llegada.

Bufó.

Por fin, las primeras casas aparecieron ante sus ojos: construcciones de piedra con tejados de pizarra, algunas con hiedras trepando por las fachadas, otras con pequeños jardines delanteros muy cuidados.

Aparcó frente a la tienda de comestibles de Paul. El letrero de madera que rezaba «Ultramarinos Wilson–Desde 1892» danzaba hacia adelante y hacia atrás ligeramente con el viento que se arrastraba desde el mar.

Respiró hondo antes de bajar del coche. No tenía ni idea de qué iba a decir exactamente.

La campanilla sobre la puerta emitió un sonido cantarín al entrar. La tienda estaba prácticamente vacía, salvo por una anciana que examinaba meticulosamente un paquete de galletas en el pasillo de alimentos dulces.

Paul, con su perenne sonrisa amable dibujada en los labios, estaba detrás del mostrador. Su expresión cambió de golpe al reconocer a Dante.

¿Qué hacía allí?

Tragó saliva.

—¿Señor Eastwood? —dijo, con sorpresa—. Esto sí que es una novedad —comentó.

Dante se acercó al mostrador con pasos largos, sintiéndose inexplicablemente expuesto. Notaba la mirada curiosa de la anciana taladrándole la nuca.

Por eso nunca bajaba al pueblo.

—Hola, Paul —saludó en tono seco—. Necesito hablar contigo.

Paul frunció el ceño, intrigado.

—¿Sobre qué? ¿Ha ocurrido algo? —preguntó, al advertir la expresión de preocupación que mostraba el rostro de Dante.

—Es sobre Natalie —respondió Dante, impaciente.

Al mencionar su nombre, las facciones de Paul se suavizaron.

—Ah, Natalie —suspiró—. Es encantadora. Siempre tiene una sonrisa para todos, ¿no cree? Y Kora es un sol.

Dante sintió una punzada aguda en el pecho. Todo el mundo parecía ver lo extraordinarias que eran Natalie y Kora, excepto él, que había estado demasiado ocupado rumiando sobre mentiras del pasado y gilipolleces como para valorar lo que tenía delante.

Dios, había sido tan estúpido.

—Se han ido —soltó, sin más preámbulos. No estaba para perder el tiempo—. Esta madrugada. Sin despedirse. Sin decir dónde iban.

La sonrisa de Paul se desvaneció.

—¿Qué? Pero... no entiendo. El jueves estuvo aquí comprando pañales para Kora. Parecía normal, como siempre.

—¿Te comentó algo? ¿Algún plan, alguna preocupación que tuviera? —preguntó Dante, aferrándose a cualquier posible pista.

Paul negó con la cabeza, desconcertado.

—No, nada fuera de lo común. Charlamos sobre el clima, sobre la próxima feria del pueblo... cosas triviales.

Dante apoyó ambas manos en el mostrador, intentando controlar la frustración que crecía en su interior.

—Piensa, Paul. Cualquier detalle, por pequeño que sea.

El dependiente se rascó la barbilla, haciendo memoria.

—Bueno, ahora que lo menciona... Sí que noté algo extraño la última vez.

Dante se irguió, súbitamente alerta.

—¿Qué?

—Al salir de la tienda, Natalie se quedó un momento mirando alrededor, como si buscara a alguien. Parecía... no sé, inquieta.

—¿Y no pensabas mencionarlo? —espetó Dante, más bruscamente de lo que pretendía.

Paul se encogió ligeramente.

—Lo siento, señor Eastwood, pero Natalie siempre ha sido muy reservada, y me pidió que no dijera nada.

Dante respiró hondo, intentando calmarse. No era culpa de Paul. En todo caso, era culpa suya, por no haber estado más atento, por no haberle demostrado a Natalie que podía confiar en él.

—Perdona, Paul. Estoy... preocupado —admitió, pasándose una mano por el pelo despeinado.

—Lo entiendo —asintió Paul—. Yo también lo estaría. Natalie y la pequeña Kora son especiales.

—¿Especiales? —repitió Dante, con una risa amarga—. Son toda mi maldita vida, Paul. Y ni siquiera he tenido la decencia de decírselo.

Las palabras salieron de su boca sin filtro, sorprendiéndolo incluso a él mismo. Paul parpadeó, desconcertado por la repentina revelación de Dante. Jamás hubiera pensado que un hombre como él le confesaría algo así y de esa forma.

—Bueno, supongo que nunca es tarde para decir lo que uno siente —comentó con cautela—. Cuando la encuentre, claro.

«Cuando la encuentre». La simple elección de palabras de Paul fue como una pequeña llama de esperanza, porque lo daba por hecho.

—Eso es lo que intento, encontrarla —dijo Dante—. Por eso estoy aquí. Pensé que quizás te habría mencionado algo, algún lugar, algún contacto...

—Lo siento, no me dijo nada por el estilo —comentó Paul.

Dante asintió, resignado. Había sido una posibilidad remota desde el principio.

—Hay algo más que debería saber —añadió Paul, bajando ligeramente la voz—. Hace unas semanas vino un tipo preguntando por ella.

El corazón de Dante dio un vuelco.

—¿Un tipo? ¿Qué tipo? —quiso saber, aunque tenía claro de quién se trataba.

—No sé su nombre. Alto, bien vestido, un poco estirado. —Paul hizo una mueca de desagrado—. Se presentó como el hermano de Natalie, dijo que estaba preocupado por ella, aunque después Natalie me dijo que era su ex.

—Sí, Justin —murmuró Dante entre dientes, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas—. ¿Qué le dijiste?

—Nada concreto. Había algo en ese hombre que no me gustó desde el primer momento.

—Paul se encogió de hombros—. Le dije que no conocía a ninguna Natalie, pero no pareció creerme.

Empezó a hacer preguntas a otras personas del pueblo.

A la dependienta de la panadería, al señor Smith, el anciano que se sienta en el banco de la plaza...

—¿Se lo contaste a Natalie? —preguntó Dante, cada vez más alarmado.

—Claro que sí. Se puso pálida como un fantasma y me dijo que era un tema delicado.

Y ahí estaba. El motivo de la huida precipitada de Natalie. Estaba seguro de que Justin había seguido recopilando información de ella y amenazándola. Y ella, en lugar de acudir a él en busca de ayuda, había preferido desaparecer otra vez. ¿Tan poco confiaba en él? ¿Tan mal lo había hecho?

—Mierda —masculló Dante, cerrando los ojos un momento—. Debió asustarse. Y yo ni siquiera me di cuenta.

Paul lo observaba con una preocupación visible en el rostro.

—Señor Eastwood, si me permite el atrevimiento... ¿Por qué Natalie tiene tanto miedo a su ex?

Dante dudó un instante. ¿Cuánto debía decir? Paul parecía sinceramente preocupado por Natalie.

—Porque la maltrataba, Paul, y también a Kora. Es un tipo peligroso, y la razón por la que ella cambió su nombre y vino a trabajar a la mansión.

No era toda la historia, pero era suficiente para que Paul entendiera la gravedad del asunto.

—¿Y ahora ha vuelto a encontrarla? —Paul silbó por lo bajo—. No me extraña que haya huido. Pero, señor Eastwood, ¿no sería mejor dejarla ir? Quizás es lo más seguro para ella.

Dante negó con la cabeza enérgicamente.

—No, no lo entiendes. Si se ha ido así, precipitadamente, es porque está asustada. Y ese cabrón no va a dejar de buscarla. La encontrará de nuevo, tarde o temprano. —Se inclinó sobre el mostrador y miró a Paul con intensidad—. No puedo dejar que se enfrente a esto sola, Paul. No puedo.

Entonces Paul lo entendió. Dante Eastwood estaba enamorado de Natalie. No podía decir que fuera algo raro. ¿Quién no se enamoraría de Natalie?