CAPÍTULO 45 #2
Natalie había sido más que el ama de llaves para Thomas.
Había sido la primera persona en mucho tiempo que se tomaba el tiempo para conversar realmente con él, para preguntarle sobre las plantas que cultivaba, para valorar su trabajo más allá de un simple «está bien».
Y Kora... Dios, esa niña había conquistado su viejo corazón desde el primer día, con sus manitas regordetas intentando atrapar las mariposas del jardín, con sus carcajadas cuando él le hacía muecas, con su forma de decir «To-má» mientras señalaba hacia la ventana cada vez que lo veía trabajar fuera.
—Señor, quizás deberíamos llamar a la policía...
—¿Para qué? —espetó Dante, girándose hacia él—. ¿Para denunciar qué? ¿Que el ama de llaves se ha marchado? Ella no ha cometido ningún delito, Thomas. Es libre de irse cuando quiera.
—Pero la niña...
—Kora es su hija —lo interrumpió Dante, aunque las palabras le quemaron en la garganta—. Legalmente, no tengo ningún derecho sobre ella. Ninguno.
Thomas asintió lentamente, al tiempo que sentía una extraña presión en el pecho. La frialdad racional de las palabras contrastaba con la tormenta emocional que veía en los ojos grises de Dante, la misma que él sentía creciendo poco a poco en su interior.
—Entonces, ¿qué podemos hacer?
Dante se pasó ambas manos por el pelo, tirando de él con frustración.
—No lo sé —admitió finalmente, su voz se quebró—. No tengo ni puta idea.
Thomas observó cómo Dante se acercaba a la ventana y apoyaba la frente contra el cristal frío. Fuera, el jardín en el que había estado trabajando resplandecía bajo la luz del sol.
Un recuerdo agridulce cruzó la mente de Thomas.
La tarde en que había enseñado a Natalie cómo plantar bulbos de tulipán.
Ella había escuchado atentamente sus instrucciones, con Kora apoyada en su cadera, mientras él le explicaba el ciclo de crecimiento de las flores.
«A finales de la primavera florecerán», le había dicho.
«Serán un espectáculo». Y ella había sonreído, con esa sonrisa que iluminaba toda su cara, y había respondido: «Entonces tenemos que plantar muchos, Thomas. Esta casa necesita más color».
Ahora los bulbos dormían bajo tierra, a punto de germinar. Pero Natalie y Kora no los verían.
—Soy un imbécil —oyó murmurar a Dante contra el cristal.
—Disculpe, señor, no le he oído —dijo Thomas, regresando al presente.
Dante se giró para enfrentarlo.
—He dicho que soy un imbécil, Thomas. Un completo y absoluto imbécil.
El jardinero se removió inquieto. La autocompasión nunca había sido parte del carácter de Dante Eastwood.
—Si me permite decirlo, señor, creo que está siendo demasiado duro consigo mismo.
—No, no lo soy —replicó Dante con una risa seca y sin humor—.
La he alejado. Con mi actitud, con mi orgullo herido, con mi incapacidad para decirle lo que sentía realmente.
He dejado que ese hijo de puta de su exnovio la aterrorizara hasta el punto de hacerla huir de nuevo.
Y ahora... —Su voz se apagó—. Ahora las he perdido. A las dos.
Thomas sintió un nudo en la garganta. Había pasado muchos años trabajando para Dante. Había presenciado sus éxitos y sus fracasos, sus alegrías y sus penas. Pero nunca, ni siquiera cuando pasó lo que pasó con Catherine, lo había visto tan devastado como en ese momento.
Se levantó y se acercó a él con cautela, como quien se aproxima a un animal herido.
—Señor Eastwood, disculpe mi atrevimiento, pero... ¿está enamorado de Natalie?
La pregunta, tan directa y simple, pareció tomar a Dante por sorpresa. Abrió la boca para responder y luego la cerró, como si las palabras se le hubieran atascado en la garganta.
—Sí —admitió finalmente, y la palabra salió como un suspiro de alivio—. Sí, Thomas. La quiero. La quiero tanto que duele físicamente.
Thomas inclinó levemente la cabeza, como si siempre lo hubiera sabido.
En realidad, lo había sabido. Lo había visto en la forma en que Dante miraba a Natalie cuando ella no estaba prestando atención, en cómo su voz cambiaba sutilmente al hablar con ella, en los pequeños gestos de atención que nunca había mostrado hacia nadie más.
—Entonces debe encontrarla, señor. Debe traerla de vuelta.
Dante negó con la cabeza.
—Ella no quiere que la encuentre. Lo dice claramente en su nota.
Thomas sintió que una ola de determinación lo atravesaba. Él, que siempre había sido un observador silencioso, un mero testigo de la vida de los demás, sentía ahora la necesidad imperiosa de intervenir, de hacer algo para arreglar aquella situación.
—Con el debido respeto, señor, pero quizás Natalie no sabe lo que usted siente realmente. Tal vez cree que usted no la ha perdonado por... bueno, por lo que sea que necesite ser perdonada.
Mientras hablaba, Thomas pensó en las últimas semanas, en cómo había notado el cambio en la relación entre Dante y Natalie. Las conversaciones tensas, las miradas esquivas, las comidas en silencio. Había presenciado cómo el ambiente de la mansión se enrarecía de nuevo.
—Me alejé de ella cuando me enteré de que había mentido sobre su identidad —explicó Dante, con una voz que mezclaba dolor y frustración.
Thomas se encogió de hombros. Para él, que había visto pasar tantas cosas en aquella casa, un cambio de nombre parecía insignificante comparado con todo lo que Natalie había traído consigo: calidez, alegría, vida.
—No pretendo entrometerme, pero me pregunto si importa realmente quién era antes de llegar aquí. Lo que importa es quién ha sido mientras ha estado con nosotros, ¿no cree?
Y mientras lo decía, Dante pensaba en todas las cosas que hacían ser a Natalie quien era: su bondad, su generosidad, su simpatía.
Dante pareció considerar las palabras de Thomas. Se acercó de nuevo a la cama y se sentó, contemplando la habitación vacía con una expresión de profunda desolación.
—Joder, ya las echo de menos —confesó, y Thomas vio, sorprendido, cómo los ojos se le humedecían.
El jardinero sintió que su propia garganta se cerraba. Él también las echaba de menos, y apenas había pasado una hora desde que habían descubierto que se había ido. ¿Cómo sería enfrentar días, semanas, quizás toda una vida sin ellas?
Con la discreción que lo caracterizaba, se dirigió hacia la puerta.
—Iré a preparar café. Lo necesitamos.
Pero antes de salir, echó un último vistazo a la habitación. En ese momento, vio algo que le rompió el corazón un poco más: un pequeño pollito de peluche, olvidado bajo la cuna. Otro de los favoritos de Kora.
Se agachó silenciosamente y lo recogió, sintiendo su suave textura entre los dedos callosos. Se lo metió en el bolsillo de la chaqueta de trabajo. Un pequeño tesoro, un recuerdo tangible de la niña que se había marchado, y a la que consideraba casi como su nieta.
Mientras bajaba las escaleras hacia la cocina, Thomas dejó que las lágrimas fluyeran libremente por su rostro curtido por el sol y el viento.
No recordaba la última vez que había llorado.
Quizás en el funeral de la madre de Dante unos años atrás.
Pero esto era diferente. Esto era como perder parte de su propia familia, de esa familia que había construido silenciosamente en su corazón, sin que nadie lo supiera.
Al llegar a la cocina, vio las rosas que había cortado todavía sobre la mesa.
Las tomó con cuidado y las colocó en un jarrón con agua.
Quizás Natalie no estuviera allí para verlas, pero mientras preparaba el café, Thomas hizo una promesa: mantendría el jardín tan bonito como siempre, por si algún día ellas regresaban.
Plantaría más tulipanes, más rosas, más de esas flores silvestres que a Kora le encantaba señalar con sus deditos.
Porque puede que Dante diera con la manera de llevarlas de vuelta. Y cuando lo hiciera, Thomas quería que encontraran la mansión exactamente igual a como la habían dejado: un hogar esperándolas con los brazos abiertos.