CAPÍTULO 45
Thomas apoyó la pala contra el muro de piedra del jardín. Se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y consultó su reloj. Las siete y cuarenta. Hora de su descanso para desayunar.
Como cada mañana desde hacía unos meses, el ritual era el mismo: Natalie estaría en la cocina con la pequeña Kora, preparando el desayuno mientras tarareaba la melodía de alguna canción.
Thomas sonrió ante la anticipación. La llegada de Natalie había transformado la atmósfera fría de la mansión en algo casi hogareño. Aunque su puesto oficial era el de ama de llaves, Natalie se había convertido en el alma de aquella casa demasiado grande para solo tres adultos y un bebé.
Thomas se quitó los guantes de trabajo, los guardó en el bolsillo trasero de su pantalón y se encaminó hacia la puerta trasera. Mientras atravesaba el sendero de grava, aspiró el aroma de las nuevas rosas que él mismo había plantado unas semanas atrás.
«Quedarán muy bien en la mesa de la cocina —pensó, cortando algunas para llevárselas a Natalie—. A ella siempre le gustan estos pequeños detalles.»
Al abrir la puerta de la cocina, lo recibió un silencio inusual. Raro. Ni el borboteo de la cafetera, ni el tintineo de tazas, ni la vocecita de Kora balbuceando cosas ininteligibles. Nada.
—¿Natalie? —llamó Thomas, avanzando por la cocina vacía.
La encimera estaba limpia, sin rastro de los preparativos del desayuno. La trona de Kora, habitualmente colocada junto a la mesa, tampoco estaba allí. Thomas frunció el ceño, rascándose la barba. Un presentimiento desagradable comenzó a formarse en su estómago.
¿Estaría Natalie enferma?
Dejó las rosas sobre la mesa y recorrió la planta baja de la mansión, revisando el salón, la biblioteca, el despacho... Todas las estancias estaban vacías, silenciosas, como si la casa hubiera vuelto a su estado anterior a la llegada de Natalie y la pequeña Kora.
—Qué raro —murmuró para sí mismo—. Esto es muy raro.
Su mente barajó posibilidades. Quizás habían salido temprano a hacer alguna compra.
Pero no, Natalie siempre avisaba cuando iba a ausentarse y, además, ¿con un bebé tan pequeño a esas horas?
Tal vez estaban arriba, en alguna de las habitaciones.
O tal vez... Thomas sacudió la cabeza, negándose a considerar la posibilidad que empezaba a tomar forma en su mente.
Con paso decidido, subió las escaleras hacia el pasillo de los dormitorios. Primero se detuvo frente a la puerta de la habitación de Natalie, pero algo lo frenó antes de llamar. En lugar de eso, se dirigió a la habitación de Dante.
Thomas vaciló un momento antes de golpear suavemente la puerta.
—¿Señor Eastwood? —llamó con voz contenida—. Disculpe la molestia, pero... ¿está despierto?
No hubo respuesta inmediata. Thomas aguardó unos segundos antes de volver a intentarlo, en aquella ocasión con golpes más fuertes.
—¿Señor Eastwood? Lamento molestarlo, pero es importante.
Desde el interior llegó un gruñido seguido del crujido de la cama.
—¿Qué pasa, Thomas? —La voz de Dante sonaba pastosa por el sueño.
—Es sobre Natalie, señor. No está en la cocina como todas las mañanas. La he buscado por la planta baja y no hay rastro de ella ni de la niña.
Hubo un silencio breve, seguido por el sonido de pasos apresurados. La puerta se abrió de golpe, revelando a Dante con el pelo ligeramente revuelto, vistiendo solo unos pantalones de pijama, con el torso desnudo, y una expresión que oscilaba entre la confusión y la preocupación.
—¿Qué hora es? —preguntó, pasándose una mano por el rostro.
—Casi las ocho, señor —respondió Thomas—. Natalie siempre está preparando el desayuno a las siete y media...
Dante asintió, procesando la información mientras su mente se despejaba del sueño.
—¿Has mirado en su habitación?
—Iba a hacerlo, pero pensé que debía avisarle primero.
Sin decir nada más, Dante salió al pasillo y se dirigió a grandes zancadas hacia la habitación de Natalie, con Thomas siguiéndolo a una corta distancia. Se detuvo frente a la puerta y tocó con los nudillos.
—¿Natalie? —llamó, intentando que su voz sonara casual, como si no estuviera repentinamente aterrorizado—. ¿Estás ahí?
El silencio fue su única respuesta.
—¿Kora? —probó de nuevo, esa vez con un tono más suave, como si esperara escuchar el gorjeo feliz de la niña.
Nada.
Dante intercambió una mirada con Thomas. El jardinero asintió levemente, como dándole permiso para lo que ambos sabían que debía hacer a continuación. Con un movimiento decidido, Dante giró el pomo de la puerta y entró en la habitación.
La escena que lo recibió fue como un puñetazo en el estómago.
La habitación estaba ordenada, impecable.
La cama perfectamente hecha, las cortinas abiertas dejando entrar la luz de la mañana.
Todo parecía en su sitio, excepto... La cuna de Kora estaba vacía.
No solo vacía. Estaba despojada de las sábanas, del viejo peluche que Dante le había regalado por su cumpleaños, del peluche de tortuga que tanto le gustaba a la niña.
—Mierda —murmuró Dante, sintiendo que el suelo se movía bajo sus pies.
Con pasos vacilantes, se acercó al armario y lo abrió de par en par. La ropa de Natalie seguía allí, pero notó huecos, prendas que faltaban. Lo mismo ocurría en la cómoda donde guardaba la ropa de Kora: lo esencial ya no estaba.
—Se han ido —dijo Thomas, vocalizando lo que Dante se negaba a aceptar—. Han... huido.
Dante se dejó caer en el borde de la cama, intentando procesar lo que estaba viendo. Fue entonces cuando lo advirtió: un papel doblado sobre la almohada, con su nombre escrito en la caligrafía pulcra y redondeada de Natalie.
Con dedos temblorosos desplegó la nota.
A medida que leía, sintió cómo si una mano invisible estrangulara su corazón.
Querido Dante,
cuando leas esto, Kora y yo estaremos lejos. No intentes buscarnos, por favor. Es mejor así. De verdad. Desde que descubriste mi verdadera identidad, las cosas han cambiado entre nosotros. Lo entiendo. Empezamos con una mentira, y ahora pago las consecuencias.
Pero quiero que sepas que lo que sentí —lo que siento— por ti nunca fue mentira. Sin embargo, no puedo permitir que Justin nos encuentre. No puedo arriesgar a Kora, ni a ti. No, no puedo arriesgarme. Mereces algo mejor que una mujer que entró en tu vida con una mentira.
Gracias por los momentos que nos has dado, por hacer que me sintiera en casa cuando era una extraña, por querer a Kora como si fuera tuya.
Cuídate, por favor, y perdóname por irme así.
Pero no puedo hacerlo de otro modo.
Natalie.
La nota tembló en sus manos. Dante tuvo que leerla dos veces para asimilar lo que había escrito en ella. Cada palabra era como un cuchillo que se hundía lentamente en su pecho.
—¿Señor? —La voz de Thomas sonaba distante—. ¿Qué dice?
Dante levantó la mirada, pero sus ojos parecían no enfocar realmente al jardinero.
—Se han ido —respondió, con una voz que apenas reconoció como propia—. Natalie ha huido... con Kora.
Thomas sintió que un peso helado se instalaba en su estómago.
Las rosas que había cortado para Natalie todavía reposaban en la mesa de la cocina, olvidadas.
Ahora nunca adornarían el desayuno que ella ya no prepararía.
Tuvo que apoyarse contra el marco de la puerta para mantener el equilibrio mientras la realidad lo golpeaba con fuerza.
Las palabras de Dante parecían flotar en el aire, incomprensibles, sin significado.
¿Natalie se había ido? ¿Se había llevado a la pequeña Kora? Era inconcebible. Thomas había observado durante semanas cómo Natalie construía pacientemente un hogar en la mansión, cómo se integraba en la rutina diaria, cómo transformaba aquel lugar frío en algo cálido y acogedor.
—No puede ser —murmuró. Su voz sonaba áspera por la emoción contenida—. Ella no... Ellas no...
Pero la evidencia estaba ahí, delante de sus ojos: la cuna vacía, los cajones a medio llenar, la nota en las manos temblorosas de Dante.
Thomas se acercó y se sentó junto a él en la cama, algo que nunca se habría permitido hacer en circunstancias normales. Pero aquello no era normal. Nada de lo que estaba pasando lo era.
—¿Por qué haría algo así? —preguntó, más para sí mismo que para Dante—. Parecía... feliz aquí. Las dos lo parecían.
Mientras Dante estrujaba la nota en su puño, Thomas dejó que su mirada vagara por la habitación, captando los pequeños detalles que hablaban de la ausencia: el cepillo de Natalie que ya no estaba en el tocador, el libro de cuentos infantiles que solía leer a Kora cada noche y que ahora faltaba del estante, el aroma a lavanda que se desvanecía poco a poco, como si supiera que su dueña no regresaría.
—Ha sido por mi culpa —respondió Dante con amargura—. Y por la de ese cabrón de Justin.
Thomas conocía fragmentos de la historia, retazos que le había contado Natalie en confianza al calor de una taza de café o de té.
Sabía que Natalie había llegado a la mansión bajo un nombre falso, que huía de su expareja y padre de Kora, que Dante había descubierto recientemente su verdadera identidad y que eso los había distanciado.
Pero los detalles completos se le escapaban, como piezas dispersas de un puzle que nunca había conseguido armar del todo.
Dante se puso de pie de golpe y comenzó a pasear por la habitación como un animal enjaulado. La furia se expandía por su cuerpo como un incendio incontrolable.
—¡Maldita sea! —exclamó, golpeando la pared con el puño. El dolor agudo en los nudillos fue casi un alivio comparado con la opresión que sentía en el pecho—. ¡Maldita sea, Natalie! ¿Cómo has podido hacerme esto?
Thomas observaba a su jefe con una mezcla de preocupación y con la perspectiva de su propio dolor. Porque no era solo Dante quien había perdido algo aquella mañana. Él también lo había perdido. O así lo sentía en el fondo de su pecho.