CAPÍTULO 44
La decisión estaba tomada.
Natalie contempló la pequeña mochila sobre la cama, preguntándose si realmente cabía una vida entera en tan poco espacio.
Lo esencial para Kora: su mantita, la tortuga de peluche sin la cual era imposible que durmiera, el osito que le había regalado Dante, algunos biberones, pañales, toallitas y un par de mudas de ropa.
Para ella misma apenas había metido lo imprescindible: documentos, algo de dinero en efectivo de lo que había estado ahorrando, y una muda de ropa.
«Ya compraremos lo que necesitemos cuando nos instalemos», se dijo, intentando calmar la ansiedad que le atenazaba el pecho.
Natalie se sentó al borde de la cama, permitiéndose un momento de debilidad. Las lágrimas que había estado conteniendo durante todo el día mientras preparaba las cosas amenazaban con desbordarse.
Sacó el teléfono para confirmar que el taxi llegaría a la hora acordada. A las 12:15. Media hora. Solo media hora más y dejaría atrás aquella vida que había construido en la mansión.
Una vida que, a pesar de haber comenzado como una mentira, se había convertido en algo real. Demasiado real.
Un suave balbuceo llegó desde la cuna. Natalie se levantó de inmediato y se acercó. Kora se había despertado. Sus grandes ojos azules la miraban con esa inocencia que solo los bebés poseen, ajena por completo a la tormenta emocional que le sacudía.
—Shhh, mi amor —susurró Natalie, inclinándose para tomarla en brazos—. Todo está bien. Mamá está aquí.
La pequeña se acurrucó contra su pecho, buscando instintivamente el calor y la seguridad que solo su madre podía proporcionarle.
Natalie inhaló hondo el aroma a champú de bebé que emanaba de sus finos rizos, intentando grabar ese momento en su memoria. Un nudo se formó en su garganta al pensar que estaba privando a Kora de la estabilidad de la mansión, del cariño de Dante y de Thomas.
«Pero también la estoy alejando del peligro —se recordó a sí misma—. De Justin y sus amenazas. De todo lo que podría hacernos si nos quedamos aquí.»
Kora emitió un gorjeo feliz y extendió su diminuta mano para tocar la mejilla de Natalie, húmeda por las lágrimas que no había podido contener.
—Mama —balbuceó la pequeña, una de las pocas palabras que había aprendido a decir.
El corazón de Natalie dio un vuelco. Ese simple sonido contenía todo su mundo. Por esa vocecita haría cualquier cosa, incluso abandonar al hombre que amaba.
—Sí, cariño, mamá está aquí —respondió con voz quebrada—. Y siempre lo estaré, te lo prometo.
La meció suavemente, tarareando una nana que había convertido en ritual cada noche. La pequeña bostezó, parpadeando pesadamente mientras luchaba contra el sueño.
«Es lo mejor —pensó Natalie—. Que esté adormilada durante el viaje hará todo más fácil.»
Con Kora en brazos, Natalie recorrió la habitación con la mirada, asegurándose de no olvidar nada vital.
Sus ojos se detuvieron en la mesilla de noche, donde reposaba una fotografía que Thomas había insistido en hacer el día del cumpleaños de Kora.
Ella y Dante sosteniendo a la niña bajo la sombra del almendro, los tres sonriendo al objetivo.
Un día perfecto, uno de muchos que habían compartido antes de que todo se derrumbara. Antes de que Justin apareciera.
Estuvo a punto de coger la fotografía y guardársela, pero se detuvo.
No.
Tenía que cortar por completo, de raíz. Nada de recuerdos, nada que pudiera debilitar su decisión. Ya tenía suficientes cosas grabadas a fuego en su memoria como para añadir más peso a su equipaje emocional.
En lugar de eso, tomó un papel y un bolígrafo. Necesitaba dejar una nota. ¿Pero qué iba a decir? ¿Cómo condensar todo lo que sentía, todo lo que habían vivido, en unas pocas líneas?
«Querido Dante…», comenzó, y ya ese simple encabezado le pareció demasiado íntimo, demasiado revelador. Pero ¿qué importaba ya?
Cuando leas esto, Kora y yo estaremos lejos.
No intentes buscarnos, por favor. Es mejor así. De verdad.
Desde que descubriste mi verdadera identidad, las cosas han cambiado entre nosotros. Lo entiendo. Empezamos con una mentira, y ahora pago las consecuencias.
Pero quiero que sepas que lo que sentí —lo que siento— por ti nunca fue mentira. Sin embargo, no puedo permitir que Justin nos encuentre. No puedo arriesgar a Kora, ni a ti. No, no puedo arriesgarme. Mereces algo mejor que una mujer que entró en tu vida con una mentira.
Gracias por los momentos que nos has dado, por hacer que me sintiera en casa cuando era una extraña, por querer a Kora como si fuera tuya.
Cuídate, por favor, y perdóname por irme así.
Pero no puedo hacerlo de otro modo.
Natalie.
Releyó las palabras, consciente de lo insuficientes que eran para expresar la complejidad de sus sentimientos. Pero tendrían que bastar. Dejó la nota sobre la cama perfectamente hecha, donde sabía que Dante la encontraría.
Su teléfono vibró en aquel momento. Natalie consultó la pantalla. El taxi había llegado. Cinco minutos antes de lo previsto. Quizás era una señal del universo, empujándola a seguir con su plan.
Respiró hondo.
Había llegado la hora. Con cuidado para no despertar a Kora, que finalmente se había rendido al sueño, metió el último biberón preparado en la mochila y se la colgó al hombro.
Echó un último vistazo a la habitación que había sido su refugio durante los últimos meses.
Cada rincón contenía un recuerdo, un momento.
La mecedora junto a la ventana donde solía dormir a Kora; el alféizar donde a veces se acomodaba para ver el jardín y los acantilados; la alfombra donde su pequeña había dado los primeros pasos tambaleantes.
Las lágrimas rodaron libremente por sus mejillas. No se molestó en secarlas.
Ese dolor, pensó, era el precio que debía pagar por haber construido una vida sobre cimientos falsos.
—Adiós —susurró a la habitación vacía, como si de alguna manera sus palabras pudieran llegar hasta Dante, allí donde estuviera en ese momento.
Con Kora firmemente sujeta contra su pecho y la maleta, Natalie salió al pasillo. La mansión dormía, sumida en un silencio que solo era interrumpido por el ocasional crujido de la madera antigua.
Bajó las escaleras con precaución, evitando los escalones que sabía que crujían.
Se detuvo un instante en el enorme vestíbulo, permitiendo que sus ojos recorrieran una última vez la majestuosidad del lugar.
Las paredes cubiertas de cuadros, las lámparas de cristal, los suelos de madera pulida...
todo aquello que había llegado a considerar como su hogar y que ahora abandonaba voluntariamente.
Abrió la puerta principal con un leve chirrido que la hizo contener la respiración, temerosa de haber alertado a Thomas. Pero la casa permaneció en silencio.
El aire fresco de la noche la recibió como una bofetada, despertándola de la especie de trance en el que había estado sumida. La realidad de lo que estaba haciendo la golpeó con fuerza: estaba huyendo en mitad de la noche, como una fugitiva, sin despedirse de Thomas, ni de Dante, sin dejar rastro.
«Es por su bien —se repitió en silencio, con la imagen de Dante en la cabeza—. Por el bien de todos.»
El taxi esperaba, con el motor en marcha, en la entrada circular frente a la mansión.
El conductor, un hombre de mediana edad con rostro amable, salió para ayudarla con el equipaje.
No hizo preguntas al ver sus ojos enrojecidos ni comentó nada sobre la hora o el hecho de que viajara sola con un bebé.
Probablemente había visto suficientes escenas similares como para saber cuándo mantener la boca cerrada.
—¿Adónde vamos, señorita? —preguntó simplemente, una vez que Natalie se acomodó en el asiento trasero con Kora dormida en sus brazos.
—A la estación de autobuses —respondió ella. Su voz era apenas un susurro para no despertar a la pequeña.
Luego cambiaría de plan. No se dirigiría directamente a su destino final.
Primero tomaría un autobús hacia el norte, luego un tren hacia el este, y finalmente otro autobús que la llevaría a aquel pequeño pueblo costero donde había reservado una habitación en una modesta pensión.
Un recorrido lo suficientemente enrevesado como para despistar a cualquiera que intentara seguirles la pista.
El taxi arrancó con suavidad. A través de la ventanilla trasera, Natalie observó cómo la mansión, iluminada tenuemente por la luz de la luna llena que flotaba en el cielo, se empequeñecía poco a poco hasta desaparecer cuando tomaron la curva del camino.
Algo dentro de ella se rompió definitivamente en ese instante.
Apretó a Kora contra su pecho, como buscando consuelo en su calor, en su respiración acompasada, en la confianza absoluta con la que la pequeña se abandonaba al sueño, segura en los brazos de su madre.
—Todo saldrá bien, mi amor —murmuró contra su cabecita—. Te lo prometo.
El taxi avanzaba por la carretera desierta, alejándose cada vez más de la única felicidad verdadera que Natalie había conocido en mucho tiempo.
Cada kilómetro era como un puñal que se clavaba más profundamente en su pecho, pero también la acercaba a lo que esperaba que fuera un lugar más seguro para ambas.
Mientras tanto, en algún lugar, Dante se aproximaba a la mansión con su Aston Martin, ajeno por completo a que, cuando llegara a casa, encontraría solo una nota y una ausencia que cambiaría su vida para siempre.
Natalie cerró los ojos, permitiendo que las lágrimas continuaran fluyendo libremente mientras el taxi se deslizaba por la carretera vacía. El conductor, discretamente, subió el volumen de la radio, ofreciéndole la intimidad que claramente necesitaba.
En su mente, Natalie repasó una y otra vez los acontecimientos que la habían llevado a aquel momento.
La llegada a la mansión bajo una identidad falsa, huyendo.
Las protestas y el mal humor de Dante al principio.
El modo en el que Kora se había ganado su corazón.
El lento pero inevitable enamoramiento. La breve felicidad compartida.
Y luego, el descubrimiento de la verdad, el distanciamiento de Dante, la amenaza creciente de Justin.
«No me quiere —se repitió como un mantra doloroso—. Si me quisiera, habría encontrado la manera de perdonar mi mentira, de entender por qué lo hice.»
Pero en lo más profundo de su ser, una vocecita le susurraba que quizás estaba cometiendo el error más grande de su vida. ¿Y si Dante solo necesitaba tiempo? ¿Y si el distanciamiento era su forma de procesar la traición, pero en algún momento encontraba el camino de regreso a ella?
Demasiado tarde para las dudas. La decisión estaba tomada, y no había marcha atrás.
El taxi se detuvo frente a la estación de autobuses, un edificio gris, con aspecto desolado a esas horas de la madrugada. Un par de viajeros somnolientos esperaban sentados en los bancos, y las luces fluorescentes conferían a todo un aspecto fantasmal.
—Hemos llegado, señorita —anunció el conductor, girándose hacia ella.
Natalie asintió, secándose las lágrimas con la manga.
—Gracias —murmuró, sacando de uno de los bolsillos la cartera para pagar.
El hombre la ayudó con la maleta mientras ella sostenía a Kora. La pequeña se movió inquieta, como si percibiera instintivamente que algo importante estaba sucediendo.
—Shhh, mi vida… —la arrulló Natalie—. Todo está bien. Mamá está contigo.
Una mentira piadosa. Nada estaba bien, y no sabía si algún día volvería a estarlo.
Con la maleta, la mochila al hombro y Kora en brazos, Natalie caminó hacia la terminal. Cada paso la alejaba más de Dante, de la vida que habían compartido, de los sueños que había llegado a albergar.
Pero también la acercaba a un futuro incierto, donde lo único seguro era que estarían juntas, madre e hija, enfrentándose al mundo por su cuenta.
Y a lo mejor algún día el dolor se mitigaría lo suficiente como para poder mirar atrás sin que le desgarrara el alma.
Por ahora, sin embargo, lo único que podía hacer era seguir adelante, un paso a la vez, llevando consigo el peso de su corazón roto y la responsabilidad de proteger a lo único que le quedaba: su pequeña Kora.