El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 43 #2
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CAPÍTULO 43 #2

—No, no lo intentarás —corrigió Óscar, apuntándole con el dedo—.

Lo harás. Volverás a casa, mirarás a esa chica a los ojos, y le dirás exactamente lo que sientes por ella.

Sin medias tintas, sin excusas sobre identidades falsas o pasados complicados.

Porque, ¿sabes qué? Todo el mundo tiene un pasado complicado.

La diferencia está en quién decides ser en el presente.

Dante afirmó con la cabeza, mientras las palabras de su hermano calaban en él. Tenía razón. Por supuesto que tenía razón.

—En serio, ¿desde cuándo te has convertido en un experto en relaciones? —preguntó con una sonrisa irónica.

—Oh, lo he sido siempre —respondió Óscar con una modestia fingida—. Simplemente disfruto demasiado de mi libertad como para atarme a una sola persona. Lo que no significa que no entienda cómo funciona el corazón humano.

—Claro, por eso tu historial amoroso es tan ejemplar —comentó Dante.

—Mis fracasos me han dado sabiduría —replicó Óscar sin inmutarse—. Como dijo alguien muy sabio, he aprendido más de mis errores que de mis éxitos.

Dante frunció un poco el ceño.

—¿Quién dijo eso? ¿Platón? ¿Aristóteles?

—Yo mismo, hace unos cinco segundos —respondió Óscar con una sonrisa descarada—. ¿Verdad que suena profundo? Debería escribir libros de autoayuda.

Dante no pudo evitar reírse. Óscar siempre conseguía arrancarle al menos una sonrisa.

—Por cierto —continuó Óscar, con un brillo travieso en los ojos—, cuando por fin te declares y empecéis a salir oficialmente, quiero ser el primero en conocerla como es debido. Sin el rollo de jefe-empleada. Quiero una cena, los cuatro, tú, ella, la pequeña Kora y yo.

—¿No vas un poco rápido? Ni siquiera sé si me corresponde.

Óscar puso los ojos en blanco de manera exagerada, mirando al techo, y resopló.

—Por favor —bufó—. Si iba a besarte, es bastante obvio que siente algo por ti. Y ha aguantado tu encantadora personalidad durante meses sin salir corriendo. Eso es prácticamente una declaración de amor eterno.

Dante tenía intención de protestar, pero una parte de él, la que no estaba paralizada por el miedo, reconocía la verdad en las palabras de Óscar.

—Supongo que lo descubriré pronto —murmuró.

—Exactamente. —Óscar consultó su reloj—. ¿A qué hora sales?

Dante consultó también su reloj.

—Ya —respondió.

—¿Tienes preparada la maleta?

—Sí, ya está lista.

—Entonces, no hagas esperar a Natalie —dijo Óscar. Dante negó con la cabeza—. Bajo contigo —añadió.

La calle bullía de actividad, una sinfonía de ruido de motores y conversaciones llenaban el aire.

Dante abrió el maletero de su Aston Martin y metió en él la maleta, mientras Óscar gesticulaba animadamente completando una lista de consejos no solicitados.

—... y recuerda, nada de medias palabras. Sé claro, directo, honesto —insistía Óscar, esquivando a un chico que iba con un patinete eléctrico—. Nada de «me gustas» o «siento algo por ti». Eso es para adolescentes. Di «estoy enamorado de ti» como un adulto.

—¿Puedes bajar la voz? —suplicó Dante, notando cómo algunas personas que pasaban por la calle se giraban para mirarlos—. Creo que hay una pareja en Manchester que todavía no te ha oído.

—¡Oh, perdone usted, señor Discreto! —exclamó Óscar, elevando deliberadamente el volumen—. ¡Olvidaba que estoy hablando con el hombre más reservado del universo!

Dante cerró el maletero y rodeó el coche, fingiendo no conocer a aquel lunático que lo seguía vociferando consejos románticos. Cuando finalmente abrió la puerta del Aston Martin, se volvió hacia su hermano con expresión de afecto en el rostro.

—Gracias por todo, Óscar —dijo, sorprendiendo a su hermano con un abrazo—. Por la hospitalidad y... por los consejos.

Óscar, momentáneamente desconcertado por aquella rara muestra de afecto fraternal, tardó un segundo en corresponder al abrazo.

—De nada —respondió, con una sonrisa que era pura sinceridad—. Para eso estamos los hermanos pequeños, para meternos en la vida de los mayores y decirles cuándo están siendo unos completos idiotas.

Dante se separó, sacudiendo la cabeza con resignación.

—¿Algún último consejo antes de que suba al coche?

Óscar fingió considerar la pregunta con extrema seriedad.

—Sí —dijo, al cabo de unos segundos—. Cuando llegues, dúchate primero. Nadie quiere que se le declaren oliendo a un viaje en coche de más de cinco horas.

Dante soltó una carcajada.

—Siempre tan práctico.

—Es parte de mi encanto —respondió Óscar con un guiño—. Ahora sube al coche antes de que me ponga sentimental y empiece a decir cosas como que estoy orgulloso de ti y que mereces ser feliz.

—No queremos eso —estuvo de acuerdo Dante—. Tu reputación de cínico y soltero empedernido quedaría arruinada.

—Exactamente —dijo Óscar—. Y la tuya de ermitaño gruñón sin sentimientos también.

—Cierto.

Se miraron un momento, inmersos en ese tipo de comunicación silenciosa que solo los hermanos pueden mantener.

—Te llamaré cuando llegue —prometió Dante.

—Más te vale —respondió Óscar—. Y quiero un informe completo de cómo va tu declaración.

—No pienso darte detalles.

—Al menos dime si has seguido mis consejos o si has sido un completo desastre por tu cuenta.

Dante sonrió, un gesto que iluminó su rostro habitualmente serio.

—Ya veremos.

Con un último abrazo, subió al coche y cerró la puerta, dejando a Óscar en la acera con esa media sonrisa entre sarcástica y afectuosa que era su sello personal.

Mientras arrancaba el motor y ponía el coche en marcha, Dante observó cómo la figura de su hermano se empequeñecía hasta desaparecer.

Una extraña sensación de nostalgia lo invadió.

A pesar de sus diferencias, de sus personalidades casi opuestas, la conexión con Óscar era uno de los pocos anclajes emocionales que había mantenido a lo largo de los años.

Su hermano siempre sería su hermano, incluso con sus diferencias.

Lanzó un suspiro.

Todavía le quedaban por delante cinco horas de viaje, cinco horas para preparar lo que le diría a Natalie cuando finalmente estuvieran frente a frente.

«Estoy enamorado de ti», había sugerido Óscar.

Las palabras resonaban en su mente, aterradoras y liberadoras al mismo tiempo.

Contempló el paisaje que comenzaba a desplegarse al otro lado del parabrisas.

Londres quedaba atrás, con sus edificios amontonados y su perpetuo manto de contaminación, dando paso gradualmente a suburbios ordenados y, de vez en cuando, a la campiña inglesa con sus colinas onduladas y sus pintorescos pueblos.

Dante recostó la cabeza contra el asiento, y se permitió una pequeña sonrisa. Por primera vez en mucho tiempo no estaba huyendo hacia la soledad, sino regresando a un lugar que ya no asociaba únicamente con el aislamiento.

Estaba volviendo a casa.

A Natalie. A Kora. A una posibilidad que nunca había contemplado realmente: la de no estar solo.

Y aunque el miedo seguía ahí, acechando en los rincones de su mente, ya no tenía la fuerza paralizante de antes. Porque había algo más fuerte creciendo en su interior: la certeza de que, pasara lo que pasara, ya no podía seguir negando lo que sentía. Ni seguir poniendo distancia entre Natalie y él.

Óscar tenía razón, como solía ocurrir en los asuntos realmente importantes.

Aquel viaje a Londres, que inicialmente había considerado una molesta obligación profesional, había resultado ser exactamente lo que necesitaba para aclarar sus pensamientos, para enfrentar verdades que había estado evitando.

Y mientras el Aston Martin avanzaba hacia el oeste, Dante Eastwood comenzó mentalmente a escribir un nuevo capítulo de su propia historia. Uno en el que, en mucho tiempo, no era el único protagonista.