CAPÍTULO 43
La última reunión con Frank se prolongó más de lo que Dante había esperado.
Mientras observaba al editor gesticular animadamente frente a un grupo de trabajadores del departamento de marketing, no pudo evitar sentir cierta nostalgia por su mansión junto al acantilado.
El silencio. La soledad. Y, paradójicamente, la presencia de Natalie y Kora.
Sonrió para sí.
—Entonces, ¿qué te parece? —La voz de Frank lo llevó de vuelta a la realidad.
Dante parpadeó, intentando recordar de qué demonios estaban hablando.
—Perdona, ¿podrías repetir la última parte?
Frank le lanzó una mirada que mezclaba diversión y exasperación a partes iguales. ¿Dónde tenía aquel hombre la cabeza?
—Estaba diciendo que podríamos organizar una serie de encuentros con lectores en librerías seleccionadas —dijo—. Nada multitudinario —añadió rápidamente, al ver la expresión horrorizada de Dante—. Eventos íntimos, con aforo limitado.
Dante contuvo un suspiro. La idea de enfrentarse a fans entusiastas, por muy «íntimo» que fuera el evento, seguía provocándole una ansiedad casi física.
—Vamos a centrarnos primero en terminar el libro, ¿de acuerdo? —respondió, intentando que su tono sonara razonable y no como el de un hombre a punto de saltar por la ventana—. Después podemos discutir el tema de la promoción.
Frank cruzó una mirada cómplice con la responsable de marketing, una mujer de aspecto profesional que había estado tomando notas frenéticamente durante toda la reunión.
—Por supuesto —accedió, con ese tono que Dante conocía demasiado bien, el que indicaba que el tema no estaba ni remotamente cerrado, pero que por el momento lo dejaba pasar—. De todas formas, Janet y su equipo empezarán a trabajar en algunas propuestas. Para cuando estés listo.
Janet asintió con entusiasmo, y Dante tuvo la incómoda sensación de que aquella mujer ya estaba visualizando carteles con su cara por toda la ciudad. Reprimió un escalofrío.
La reunión continuó durante otra media hora, discutiendo detalles técnicos sobre plazos de entrega y aspectos contractuales. Para cuando finalmente concluyó, Dante sentía una tensión en los hombros que solo el pensamiento de su inminente regreso a casa conseguía aliviar.
—Ha sido productivo —dijo Frank mientras lo acompañaba por el pasillo hacia el ascensor—. Tengo un buen presentimiento sobre este libro, Dante. Va a ser especial.
Dante asintió, permitiéndose compartir parte de ese optimismo. A pesar de sus reticencias respecto a la promoción, él también sentía que aquella novela era diferente. Más personal. Más honesta.
—Solo espero no decepcionarte después de tanta espera —murmuró.
Frank se detuvo frente al ascensor y lo miró con esa intensidad que reservaba para sus momentos de seriedad absoluta.
—Nunca me has decepcionado como escritor, Dante —dijo—. Como persona eres un desastre asocial con la inteligencia emocional de un iceberg, pero como escritor... —Hizo una pausa dramática—, como escritor eres un maldito genio.
Dante no pudo evitar soltar una carcajada. Ese era Frank: brutalmente honesto incluso cuando te estaba haciendo un cumplido.
—Supongo que gracias... por la parte que me toca.
—De nada —respondió Frank con una sonrisa—. Y cuando vuelvas a casa, saluda a tu misteriosa musa de mi parte. La que definitivamente no ha inspirado a tu protagonista.
Antes de que Dante pudiera replicar, las puertas del ascensor se abrieron y Frank lo empujó suavemente hacia dentro.
—Estaremos en contacto —se despidió el editor mientras las puertas comenzaban a cerrarse—. ¡Y no olvides lo que te dije sobre las sesiones de firmas!
Lo último que vio Dante fue la sonrisa traviesa de Frank, como la de un niño que acaba de hacer una travesura, sabiendo que saldría impune.
El taxi lo dejó frente al edificio de Óscar poco después del mediodía. Pagó la carrera y entró en el vestíbulo, saludando con un gesto al portero que ya lo conocía de los días anteriores.
El ático de su hermano estaba inusualmente silencioso cuando entró. Normalmente, Óscar tenía algún podcast legal sonando de fondo, o música jazz, o el murmullo constante de llamadas telefónicas con clientes y colegas. Nunca paraba.
—¿Óscar? —llamó mientras dejaba las llaves en el cuenco de cerámica junto a la entrada.
No hubo respuesta inmediata. Dante avanzó por el pasillo hacia la cocina, donde encontró una nota garabateada con la letra caótica de su hermano:
«Estoy en una reunión de emergencia con un cliente.
Volveré para la hora de cenar. Hay café recién hecho.
No te vayas sin despedirte, capullo.
Óscar.»
Dante sonrió ante el tono gamberro de la nota. Típico de Óscar, incluso en una simple nota necesitaba incluir un insulto cariñoso.
Se sirvió una taza del café prometido y se dirigió hacia la terraza del apartamento, uno de sus lugares favoritos en Londres.
Desde allí, la ciudad se extendía ante él como un laberinto de edificios antiguos y modernos entremezclados, con el Támesis serpenteando en la distancia como una cinta plateada.
Era una vista impresionante, radicalmente opuesta a los acantilados y al mar embravecido que contemplaba desde la ventana de su estudio. Y, sin embargo, se descubrió echando de menos su casa, no por la soledad que le proporcionaba, sino por quienes ahora vivían con él.
El sonido de la puerta principal abriéndose lo sacó de sus pensamientos. Escuchó la voz de Óscar saludando al aire, seguido del ruido de llaves cayendo en el cuenco de cerámica y pasos aproximándose.
—¡Ah, estás aquí! —exclamó su hermano al encontrarlo en la terraza—. Por un momento temí que te hubieras marchado ya. Tú eres capaz de huir sin despedirte.
Dante arqueó una ceja.
—Dejaste específicamente una nota amenazante para que no lo hiciera.
—¿Y desde cuándo sigues mis instrucciones? —replicó Óscar con una sonrisa, uniéndose a él en la terraza—. ¿Qué tal la última reunión con el viejo Frank? —le preguntó.
Dante se encogió de hombros, dando un sorbo a su café.
—Como siempre. Entusiasmo desbordante, planes megalómanos de promoción que no pienso cumplir, y algún que otro comentario incisivo sobre mi vida personal.
Óscar soltó una risita.
—En otras palabras, Frank siendo Frank —comentó, mirándolo con curiosidad—. ¿Y tú cómo estás? ¿Has pensado en lo que hablamos anoche?
La pregunta, aunque la esperaba, provocó un nudo en el estómago de Dante.
Por supuesto que había pensado en ello. Apenas había dormido dándole vueltas a cada palabra intercambiada con su hermano, a cada consejo sobre Natalie, a cada dolorosa verdad sobre sí mismo que Óscar había puesto sobre la mesa con esa franqueza brutal que lo caracterizaba.
—He pensado en ello —admitió finalmente.
—¿Y? —presionó Óscar, inclinándose hacia delante con expectación—. ¿Has llegado a alguna conclusión o sigues instalado en la fase de negación crónica que tan bien se te da?
Dante dejó escapar un sonoro suspiro.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan...?
—¿Brutalmente honesto? ¿Perspicaz? ¿Carismático? —sugirió Óscar con una sonrisa presumida esbozada en los labios.
—Iba a decir «irritantemente directo», pero supongo que esas definiciones también valen —respondió Dante.
Se hizo un silencio entre ellos.
Desde la terraza podían escucharse las sirenas distantes del tráfico londinense, el murmullo constante de la ciudad que nunca parecía descansar del todo.
—Voy a hablar con ella cuando vuelva —dijo Dante con firmeza, al cabo de unos segundos—. Voy a decirle lo que siento.
El rostro de Óscar se iluminó con una sonrisa, una sonrisa en la que no había ni rastro de su sarcasmo habitual.
—¡Por fin! —exclamó, dándole una palmada en el hombro con tanto entusiasmo que casi le hizo derramar el café—. ¿Ves? No ha sido tan difícil tomar una decisión como un adulto con una buena madurez emocional, ¿verdad?
—No tientes a la suerte —advirtió Dante, aunque una pequeña sonrisa se dibujaba en sus labios—. Todavía puedo cambiar de opinión.
—No, no puedes —le contradijo Óscar con absoluta confianza—. Porque por muy cabezota que seas, eres demasiado inteligente para dejar escapar lo mejor que te ha pasado en años solo porque tienes miedo.
Dante no respondió de inmediato. Su hermano tenía razón, por supuesto. Y a pesar de la ansiedad que le provocaba la idea de abrirse completamente a alguien, de mostrar su vulnerabilidad, esa parte herida; la perspectiva de perder a Natalie por su propia cobardía le resultaba aún más aterradora.
—Tengo miedo —admitió en voz baja, casi arrancándose las palabras de la garganta—. Pero no sé si tanto de que me haga daño, como de no ser lo que ella necesita. De lo que necesita Kora. Ella también es importante para mí.
Óscar lo miró con una expresión sorprendentemente tierna, libre de su habitual ironía, de su habitual mordacidad.
Ladeó la cabeza.
—Escúchame bien, hermano —dijo, con una seriedad poco común en él—.
Eres un desastre social, un cascarrabias, y tienes la capacidad emocional de una piedra.
Pero también eres leal hasta la médula, protector con quienes te importan, y cuando decides querer a alguien, lo haces con todo lo que tienes.
Créeme cuando te digo que eso es más que suficiente.
Las palabras de Óscar golpearon a Dante con una fuerza inesperada. No estaba acostumbrado a este tipo de sinceridad emocional por parte de su hermano, siempre escudado tras capas de sarcasmo e irreverencia.
—No sé qué decir… —murmuró.
—No digas nada —respondió Óscar, volviendo rápidamente a su tono habitual—. Guarda las palabras bonitas para Natalie. Yo me conformo con que no la cagues esta vez.
Dante dejó escapar una risa suave, agradeciendo que su hermano hubiera vuelto a su humor ácido.
—Lo intentaré —dijo.