El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 42 #3
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CAPÍTULO 42 #3

Joder, dicho así, sonaba patético. Y probablemente lo era.

—No van por ahí los tiros, Óscar, Natalie y yo ya nos hemos acostado —matizó.

Óscar negó con la cabeza.

—Mejor me lo pones.

Dante chasqueó la lengua.

—Es complicado, ¿recuerdas? —murmuró.

Óscar dejó escapar un suspiro de exasperación, volviendo su atención al risotto. No quería que por culpa de Dante se le quemara.

—¿Sabes cuál es tu problema? Que vives demasiado en tu cabeza. Analizas tanto cada situación, cada posibilidad, cada potencial desastre, que te paralizas. Y mientras tanto, la vida pasa.

Dante no respondió. En el fondo, sabía que su hermano tenía razón. Siempre había sido así: el analítico, el cauteloso, el que preveía todos los escenarios posibles y, generalmente, se preparaba para el peor. Y por culpa de todo lo que había pasado con Catherine, eso se había multiplicado por mil.

—Natalie no es Catherine —continuó Óscar, más calmado—.

Y tú no eres el mismo hombre que eras hace cuatro años.

Tanto Natalie como tú habéis sufrido, ambos tenéis cicatrices.

Pero por lo que me has contado, también parece que hay algo ahí, algo especial que merece la pena. Y lo estás saboteando por miedo.

Dante levantó la mirada, y se encontró con los ojos sinceros de su hermano.

—¿Y si vuelvo a equivocarme? —preguntó, y la vulnerabilidad en su voz lo sorprendió incluso a él mismo—. ¿Y si todo vuelve a salir mal?

Óscar sonrió, una sonrisa sorprendentemente tierna viniendo de alguien que solía usar la ironía como escudo.

—¿Y si sale bien? —lanzó—. ¿Y si esta es tu oportunidad de ser realmente feliz? ¿Vas a dejarla escapar solo porque tienes miedo de sufrir?

Dante guardó silencio, dejando que las palabras de su hermano calaran en él.

La imagen de Natalie en el porche, observándolo marcharse, volvió a su mente.

Había algo en su expresión, algo que no había sabido interpretar en ese momento, pero que ahora, con la distancia, comenzaba a entender.

Una especie de resignación, de aceptación de un final que quizás no era inevitable.

—Espero que cuando vuelvas a tu cueva, le declares lo que sientes por ella —añadió Óscar, sirviendo el risotto en dos platos—. Deja de perder el tiempo, joder. La vida es demasiado corta para andar con rodeos.

Dante no pudo evitar sonreír ante la crudeza de su hermano.

—¿Desde cuándo eres experto en relaciones? La última vez que hablamos, jurabas que el amor era un montaje social diseñado para vender tarjetas de San Valentín.

Óscar soltó una carcajada.

—Sigo pensando que el día de San Valentín es una estafa comercial —aclaró, apuntándole con el tenedor—. Pero eso no significa que no crea en el amor. Solo soy selectivo respecto a cuándo y con quién lo experimento.

—Traducción: sigues siendo un solterón empedernido y tirándote a todo lo que se mueve —bromeó Dante.

—Prefiero el término «selectivamente disponible» —replicó Óscar, fingiendo dignidad—. Y no intentes cambiar de tema. Estábamos hablando de ti y de tu incapacidad para reconocer que estás enamorado de esa chica.

Dante casi se atragantó con el vino.

—Yo no he dicho que esté enamorado.

—No hace falta que lo digas —respondió Óscar con suficiencia y la misma calma que un Buda—. Está escrito en toda tu cara. Y probablemente en cada página de tu nueva novela.

Dante quiso protestar, negar la afirmación de su hermano, pero las palabras no salieron. Porque en el fondo, muy en el fondo, sabía que había algo de verdad en ellas. Quizás más que «algo».

—Es una buena persona, Dante —continuó Óscar, con una seriedad poco habitual en él—.

Una buena madre. Por lo que me has contado, ha sufrido mucho.

Y a pesar de todo, ha seguido adelante, ha protegido a su hija, ha encontrado la fuerza para reconstruir su vida.

Eso requiere un tipo de valentía que pocos tienen.

Dante asintió lentamente con la cabeza.

—Lo sé.

—Entonces no la dejes escapar —insistió Óscar—. No por miedo, no por orgullo, y por supuesto no por el fantasma de una relación que terminó hace cuatro años y de la peor manera posible. Catherine no merece que no seas feliz. Ella no lo dejaría de ser por ti.

La conversación derivó hacia otros temas menos personales mientras terminaban de cenar.

Óscar le contó cosas sobre sus últimos casos, sobre la posibilidad de ampliar el bufete y sobre la nueva afición que había desarrollado por la cocina italiana.

Pero las palabras sobre Natalie seguían resonando en la mente de Dante, mezclándose con imágenes de ella: Natalie leyendo en la biblioteca, Natalie paseando por la playa con Kora, Natalie mirándolo desde el porche mientras él se alejaba en su coche.

Más tarde, cuando se metió en la habitación de invitados, Dante era incapaz de conciliar el sueño. Su cabeza repasaba una y otra vez los últimos meses, viendo cosas que antes había ignorado, reconociendo sentimientos que había intentado negar.

«No la dejes escapar», había dicho Óscar.

Como si fuera tan sencillo. Como si solo dependiera de él.

Pero mientras contemplaba el techo, con los sonidos amortiguados de la ciudad como telón de fondo al otro lado de la ventana, Dante no pudo evitar preguntarse si ya era demasiado tarde. Si aquel momento en la cocina, aquel casi beso que no llegó a ser, había sido su última oportunidad.

La idea le produjo una angustia que no esperaba, un vacío en el pecho que le resultó alarmantemente familiar. El mismo vacío que había sentido años atrás, cuando otra mujer lo había traicionado.

Solo que esa vez era diferente. Esa vez, si Natalie se distanciaba, sería porque él mismo la había alejado.