CAPÍTULO 42 #2
Dante esbozó una sonrisa cansada.
—Haré mi mejor esfuerzo por no parecer un escritor torturado —dijo.
Frank le dio una última palmada en el hombro.
—Y piensa en lo que te he dicho. Sobre la protagonista.
Dante asintió sin comprometerse y entró en el ascensor. Mientras las puertas se cerraban, vio a Frank haciéndole un gesto de despedida, con esa expresión en el rostro entre divertida y preocupada que siempre ponía cuando intuía que Dante estaba ocultando algo importante.
El apartamento de Óscar se encontraba en una de las zonas más exclusivas de Notting Hill. Un ático dúplex con vistas panorámicas, decorado con ese minimalismo de alto standing que solo aquellos con mucho dinero y poco tiempo para disfrutarlo podían permitirse.
Dante dejó su maleta en el vestíbulo y recorrió el salón principal, admirando los cambios que su hermano había hecho desde su última visita. Nuevas obras de arte contemporáneo, muebles de diseño italiano, una cocina que parecía sacada de un programa de televisión futurista.
—¿Dante? —la voz de Óscar resonó desde la escalera de caracol que llevaba al nivel superior—. ¡Creía que llegarías más tarde!
Dante se giró para ver a su hermano pequeño descendiendo los escalones con su habitual energía desbordante. Si Dante era la personificación de la introspección taciturna, Óscar era su antítesis: extrovertido, sociable, siempre en movimiento.
—La reunión con Frank ha terminado antes de lo previsto —explicó Dante mientras Óscar se acercaba para darle un efusivo abrazo.
—¿Y cómo está el viejo zorro? —preguntó Óscar, separándose para estudiarlo con ojo crítico—. Tienes aspecto de necesitar una copa. ¿Bourbon?
Sin esperar respuesta, Óscar se dirigió a un elegante mueble bar y comenzó a servir dos generosas dosis de licor ámbar.
—Frank está igual que siempre —respondió Dante, aceptando el vaso que su hermano le ofrecía—. Entrometido, perspicaz y demasiado entusiasta para mi gusto.
Óscar soltó una carcajada.
—En otras palabras, está haciendo su trabajo —comentó, alzando su vaso en un brindis silencioso antes de tomar un sorbo—. Y hablando de trabajo, ¿cómo va tu nueva novela? ¿Por fin has roto tu huelga literaria?
Dante se acomodó en uno de los sofás, sintiendo cómo el bourbon calentaba su garganta.
—No era una huelga —puntualizó—. Era un bloqueo. Y sí, la novela va bien. Sorprendentemente bien, de hecho.
Óscar arqueó una ceja con expresión escéptica.
—¿En serio? Porque la última vez que hablamos sobre tu bloqueo creativo, estabas convencido de que nunca volverías a escribir una palabra decente.
—Las circunstancias cambian —respondió Dante, encogiéndose de hombros.
—Hablando de cambios… —Óscar se inclinó hacia delante, con esa expresión que Dante conocía demasiado bien, la que indicaba que estaba a punto de meter las narices en terreno personal—, Thomas me comentó que las cosas entre tú y Natalie van bien…
Dante lanzó una mirada acusadora a su hermano.
—¿Thomas te lo ha contado? ¿O lo interrogaste hasta que te dio todos los detalles?
Óscar fingió indignación.
—¿Acaso crees que lo torturé?
—De ti no me extrañaría.
—¡Me ofendes! Thomas simplemente mencionó que las cosas iban bien entre vosotros. El resto lo deduje yo solito, como el brillante abogado que soy.
—Brillante abogado y cotilla profesional —murmuró Dante.
—Entonces, ¿vas a contarme qué hay entre vosotros? —insistió Óscar—. ¿O tendré que sonsacártelo durante la cena?
Dante suspiró. Conocía a su hermano lo suficiente como para saber que no cejaría en su empeño hasta obtener la información que quería.
Sabía lo pesado que podía llegar a ser. Además, una parte de él, una que no quería reconocer abiertamente, deseaba hablar de Natalie, compartir con alguien la confusión que sentía.
Dante suspiró, dándose cuenta de que no tenía sentido evadir el tema. Su hermano era como un sabueso: una vez que detectaba algo fuera de lo normal, no pararía hasta llegar al fondo.
—Iba bien, pero… se acabó
Óscar frunció el ceño.
—¿Se acabó? Vaya, eso suena prometedor. ¿Qué ha pasado? Y no me digas que nada, porque te conozco demasiado bien.
—Natalie... no es quien yo creía, Óscar —respondió finalmente.
Óscar lo miró expectante.
—¿Qué quieres decir exactamente?
Dante tomó un largo trago de bourbon antes de responder.
—Su nombre real es Alice. Cambió su identidad para escapar de su ex, el padre de Kora. Un cabrón violento que la maltrataba.
Óscar parpadeó varias veces seguidas, visiblemente sorprendido.
—¿Alice? Espera, ¿me estás diciendo que ha estado usando un nombre falso todo este tiempo?
—Exactamente —confirmó Dante—. Y no solo eso. Toda su historia, su pasado... gran parte era una elaborada mentira para proteger su verdadera identidad.
Óscar dejó su vaso sobre la mesa con un golpe seco.
—¡Joder! —exclamó, visiblemente impactado—. No tenía ni idea. Cuando la contraté para ti, parecía tan... auténtica.
—Lo es —se apresuró a aclarar Dante, sorprendiéndose a sí mismo con la rapidez con que salió en defensa de Natalie—. Es decir, su personalidad, su forma de ser con Kora, conmigo... eso es real. Ella es así. Solo ocultó su pasado, su nombre.
Óscar se pasó una mano por el pelo, procesando la información.
—Y me imagino que cuando lo descubriste, no reaccionaste precisamente bien —aventuró, mirando a Dante con esa astucia que siempre lo caracterizaba.
Dante desvió la mirada, incómodo.
—Tomé cierta distancia —admitió—. Necesitaba... asimilarlo.
—¿Distancia? —repitió Óscar, entrecerrando los ojos—. Define «distancia».
Dante se movió en el sofá, incómodo.
—Puede que haya estado algo frío con ella. Distante. Evitándola en cierta medida.
Óscar dejó escapar un resoplido.
—Por el amor de Dios, Dante —dijo, con una mezcla de incredulidad y exasperación—. ¿Cómo has podido alejarte por eso? Lo hizo por una causa de fuerza mayor. ¿No te das cuenta?
—No es tan sencillo como parece —se defendió Dante—. Me mintió, Óscar. Durante semanas. Construyó una relación conmigo basada en una identidad falsa. Y lo peor es que no confió en mí para contármelo.
—Lo hizo para protegerse del hijo de puta de su ex —replicó Óscar, alzando la voz—. Para mantener a salvo a su hija. Por favor, Dante, no me digas que eres incapaz de entender algo tan básico.
Óscar se levantó y se dirigió a la cocina. Dante lo siguió con la mirada, reconociendo los gestos que indicaban que su hermano estaba enfadado: la forma en que apretaba la mandíbula, la expresión seria de su rostro, cómo sus movimientos se volvían más bruscos, más rápidos.
—Sé que suena mal cuando lo dices así —dijo Dante, intentando defenderse—. Pero ponte en mi lugar. Creí que la conocía, confié en ella, y descubro que me ha estado ocultando algo tan importante como su verdadera identidad, su verdadero nombre.
Óscar comenzó a preparar la cena, sacando los ingredientes de la nevera con brusquedad.
—Te aseguro que me pongo en tu lugar —respondió, sin mirarlo—. Y sigo sin entenderlo. A menos que esto tenga más que ver con Catherine que con Natalie.
El nombre cayó como una bomba en medio de la conversación. Dante sintió cómo se tensaba automáticamente.
—Esto no tiene nada que ver con Catherine —dijo, con una frialdad que desmentía sus palabras.
Óscar se volvió hacia él, con una expresión que mezclaba incredulidad y compasión.
—¿En serio vas a ir por ahí? —preguntó—.
¿Me vas a decir que el hecho de que tu ex te engañara con tu mejor amigo y toda la mierda que pasó después no tiene absolutamente nada que ver con tu incapacidad para confiar en Natalie?
¿Una mujer que, por cierto, tenía motivos perfectamente válidos para ocultar su identidad?
Dante guardó silencio, removiendo el líquido ámbar en su vaso.
La verdad era que sí, Catherine tenía mucho que ver.
La traición que había sentido entonces, el modo en que su mundo se había desmoronado de la noche a la mañana, había dejado cicatrices profundas en él.
Cicatrices que creía haber superado, pero que evidentemente seguían ahí, palpitantes bajo la superficie.
—Vale, quizás tenga algo que ver —admitió finalmente—. Desde lo que pasó con Catherine, me cuesta... confiar. En cualquier mujer.
Óscar asintió, como si por fin hubieran llegado al meollo del asunto.
—Lo sé, hermano —dijo, en un tono más suave—. Lo que Catherine te hizo fue una mierda monumental. Una putada. Pero Natalie no es Catherine. Ni de lejos.
Óscar comenzó a preparar un risotto, moviendo los ingredientes en la sartén con habilidad, como si hubiera descubierto en la cocina una forma de terapia.
—Mira, Dante —continuó—, cuando contraté a Natalie para que trabajara para ti, vi algo en ella. Una fuerza, una dignidad a pesar de las circunstancias. No sabía nada de su pasado, por supuesto, pero intuí que era una buena persona. Y por lo que me has contado durante estos meses, no me equivocaba.
Dante asintió lentamente. Tenía que reconocer que su hermano, a pesar de su dramatismo habitual, estaba siendo sorprendentemente lúcido y sensato en aquel asunto.
—Esta mañana —tomó de nuevo la palabra—, antes de irme, hubo un momento...
Óscar alzó el rostro y lo miró expectante, con la cuchara de madera a medio camino de la sartén.
—¿Un momento? —repitió.
—En la cocina. Estábamos despidiéndonos y ella... creo que iba a besarme. —Dante se sintió ridículo, como un adolescente, al pronunciar esas palabras—. Y yo me aparté.
Óscar dejó caer la cuchara con un ruido estrepitoso.
—¡¿Que hiciste QUÉ?! —exclamó, horrorizado—. ¡Por todos los demonios, Dante! ¿Me estás diciendo que una mujer guapa, inteligente y valiente intenta besarte y tú te apartas como un adolescente asustado? ¿En qué cojones estabas pensando?
—¡No lo sé! —admitió Dante, sorprendiéndose a sí mismo con la vehemencia de su respuesta—. Fue instintivo. Me entró... pánico.
Óscar lo miró como si acabara de confesarle que creía que la Tierra era plana.
—Pánico —repitió—. Dante Eastwood, el escritor best seller internacional, que vende millones de libros en todo el mundo, entró en pánico cuando una mujer intentó besarlo.