El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 42
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CAPÍTULO 42

El imponente edificio de Harrods Publishers se alzaba como un monolito de cristal y acero en pleno corazón financiero de Londres.

Dante lo observó a través de la ventanilla de su Aston Martin con una mezcla de familiaridad y extrañeza.

Hacía casi cuatro años que no pisaba aquel lugar y, sin embargo, parecía que el tiempo no hubiera pasado.

Estacionó en el parking de la editorial y salió del coche, enfrentándose al bullicio de la ciudad.

El contraste con la tranquilidad de su mansión junto a los acantilados era tan brutal que por un momento se sintió desorientado.

Ruido, prisas, rostros anónimos moviéndose como autómatas hacia sus destinos…

«¿Cómo pude vivir aquí durante tanto tiempo? —pensó mientras atravesaba las puertas giratorias del edificio.

La recepcionista, una chica de unos veinticinco años que no lo reconoció, levantó la vista de su ordenador con una sonrisa profesional.

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

—Dante Eastwood. Tengo una cita con Frank Harrison.

El efecto de su nombre fue inmediato. La sonrisa cordial pero distante de la chica se transformó en una expresión de auténtica sorpresa seguida de un entusiasmo apenas contenido.

—¡Señor Eastwood! Por supuesto, el señor Harrison lo está esperando. Su despacho está en el piso 15. ¿Desea que lo acompañe?

—No es necesario, gracias —respondió Dante con una sonrisa educada—. Conozco el camino.

Mientras esperaba el ascensor, no pudo evitar fijarse en cómo varios empleados lo miraban de reojo, cuchicheando entre ellos. La incomodidad al ver que había sido reconocido, al ser objeto de especulaciones, era una de las muchas razones por las que había decidido recluirse en su mansión.

El ascensor llegó con un suave timbre y Dante se adentró en el cubículo de metal, agradeciendo el momento de soledad.

Pero su mente, lejos de encontrar paz, volvió inmediatamente al último recuerdo que tenía de Natalie.

Su rostro cuando se inclinó hacia él en la cocina.

Esos ojos que parecían querer decirle algo importante.

El modo en que él, casi por instinto, se había apartado...

«¿Cómo he sido tan idiota?», se preguntó, pasándose una mano por el pelo con frustración.

El ascensor se detuvo en el piso 15 y las puertas se abrieron con un siseo metálico. Al otro lado, como si hubiera estado esperando su llegada con la precisión de un reloj suizo, estaba Frank Harrison.

—¡El hombre del momento! —exclamó el editor, extendiendo los brazos en un gesto teatral—. El ermitaño sale de su cueva y nos honra con su presencia.

A pesar de su humor sombrío, Dante no pudo evitar sonreír. Frank (casi) siempre lo conseguía. Era imposible mantenerse serio ante su teatralidad.

—Frank —lo saludó con un suspiro—. Tan dramático como siempre.

Se estrecharon la mano con firmeza, en ese gesto que era más propio de los viejos amigos que de una relación puramente profesional.

—Y tú tan arisco como siempre —replicó Frank, dándole una palmada en el hombro—. Aunque debo admitir que tienes mejor aspecto que la última vez que te vi. Parece que el aire del mar te sienta bien.

—O tal vez sea por no tener que soportar a editores pesados todos los días —contraatacó Dante, aunque no había verdadero fastidio en su voz.

Frank soltó una carcajada y lo guio por el pasillo hacia su despacho.

—Cuatro años sin vernos y sigues igual de encantador. Me alegra que algunas cosas no cambien.

El despacho de Frank era exactamente como Dante lo recordaba.

No había cambiado nada. Una mezcla caótica de modernidad y tradición.

Estanterías repletas de libros enmarcando ventanales que ofrecían una vista panorámica del Támesis.

Una mesa de cristal y acero cubierta de manuscritos, tazas de café a medio terminar y post-its de colores.

Y, presidiendo todo, una enorme pizarra blanca donde el editor garabateaba ideas, fechas y nombres de autores.

—Siéntate, siéntate —le indicó Frank, señalando un sofá de cuero en la esquina de la habitación—. ¿Café? ¿Té? ¿Algo más fuerte?

—Café estará bien —respondió Dante, acomodándose en el sofá, mientras observaba cómo Frank activaba una cafetera con aspecto futurista.

—He de decir que estoy impresionado —comenzó el editor mientras la máquina ronroneaba—. Cuando me enviaste los primeros capítulos, esperaba encontrar... bueno, para ser sincero, esperaba encontrar algo mediocre. El típico intento forzado de quien ha perdido la chispa, pero se niega a admitirlo.

Dante arqueó una ceja.

—Tu confianza en mí siempre ha sido conmovedora.

—No me malinterpretes —se apresuró a aclarar Frank, entregándole una taza humeante—.

Sabes que siempre he creído en tu talento.

Joder, eres el tío más brillante de la literatura de este siglo —matizó—.

Pero cuatro años es mucho tiempo, Dante.

He visto a muchos grandes autores desaparecer en periodos más cortos.

Dante no pudo por menos que reconocer la verdad en sus palabras. Tenía razón. El mundo literario estaba lleno de brillantes cometas que habían ardido intensamente para luego extinguirse sin dejar rastro.

—Pero esto... —continuó Frank, señalando una pila de hojas que Dante reconoció como la impresión de su manuscrito—, esto es diferente.

Hay una energía en estas páginas que no había en tus obras anteriores.

Una vulnerabilidad, si se me permite la palabra, que hace que la historia resulte mucho más... humana.

Dante tomó un sorbo de café, sin saber muy bien cómo responder. No era dado a hablar sobre su proceso creativo, y mucho menos a analizar las emociones que volcaba en sus personajes.

—Es solo una historia, Frank —dijo finalmente, con un encogimiento de hombros que pretendía restar importancia al asunto—. Personajes ficticios en situaciones ficticias.

Frank lo miró con esa expresión que reservaba para cuando detectaba una mentira evidente.

—¿En serio? —preguntó con sarcasmo—. ¿Me vas a decir que la misteriosa mujer que aparece en la vida del protagonista, esa que oculta su pasado y parece llevar el peso del mundo sobre sus hombros, es completamente ficticia?

Dante se tensó imperceptiblemente.

—Todos mis personajes tienen algo de realidad y mucho de invención —respondió con cautela—. Es parte del oficio.

Frank dejó escapar una risita.

—Claro, claro. Y supongo que el hecho de que hayas creado al personaje femenino más complejo, fascinante y tridimensional de toda tu carrera justo después de recluirte durante meses en tu mansión es pura coincidencia.

Dante comenzaba a arrepentirse de haber aceptado aquella reunión.

—¿Podemos centrarnos en lo importante? —preguntó, intentando desviar la conversación—. Mencionaste algo sobre la portada...

—Ah, sí, la portada. —Frank pareció captar la indirecta y cambió de tema, aunque su sonrisa indicaba que no había olvidado el asunto—.

Tenemos varias ideas que creo que te van a gustar.

Y también quería discutir contigo algunas estrategias para el lanzamiento.

Después de tanto tiempo, tu regreso tiene que ser algo especial.

La conversación derivó hacia aspectos más técnicos y profesionales, algo que Dante agradeció.

Hablaron de fechas, de presupuestos, de diseños preliminares para la portada.

Frank le mostró algunos bocetos que el departamento artístico había preparado, ninguno de los cuales le convenció completamente, aunque se abstuvo de mostrar demasiado desagrado.

Mientras discutían sobre tipografías y composiciones, Dante se encontró divagando. Su mente volvía una y otra vez a la imagen de Natalie en el porche, observándolo irse. Había algo en su expresión, una mezcla de resignación y determinación, que no lograba sacarse de la cabeza.

—... lo que nos lleva de nuevo a la protagonista.

—La voz de Frank lo transportó de vuelta al presente—.

Tengo que insistir en que es un personaje que va a dar mucho que hablar.

Tiene todas esas capas, esa complejidad…

No es la típica heroína trágica ni la damisela en apuros.

Es... real. Con sus contradicciones, sus secretos, su fuerza y sus debilidades.

Dante asintió distraídamente.

—Me alegra que te guste —murmuró.

—No me gusta, Dante. Me fascina. Y creo que va a fascinar a los lectores también. —Frank lo estudió con atención—. De hecho, estoy bastante seguro de que el personaje está inspirado en alguien real. Alguien que ha tenido un impacto significativo en ti.

Dante mantuvo el rostro impasible, aunque sentía cómo se le aceleraba el pulso.

—Como te he dicho, todos mis personajes tienen algo de realidad.

Frank dejó escapar un suspiro exasperado.

—Está bien, no insistiré. Al menos por ahora.

—Hizo una pausa, cambiando a un tono más serio—.

Pero sea quien sea la persona que ha inspirado a esta protagonista, deberías agradecérselo.

Ha conseguido lo que ninguno de nosotros ni tus millones de fans hemos logrado en años: que volvieras a escribir con pasión.

Dante no respondió. ¿Qué podría decir? ¿Que Natalie había entrado en su vida como un torbellino, desbaratando la tranquila monotonía en la que se había instalado?

¿Que cada página de su novela estaba impregnada de ella, de sus gestos, de sus silencios, de vulnerabilidad mezclada con una determinación férrea?

La reunión continuó durante un par de horas más, discutiendo aspectos técnicos y logísticos del lanzamiento.

Cuando finalmente terminaron, Dante se sentía mentalmente agotado.

Las conversaciones prolongadas siempre le resultaban extenuantes, especialmente cuando tenía que fingir que su mente no estaba a kilómetros de distancia, en una mansión junto al mar, preguntándose qué estaría haciendo Natalie en ese momento.

—Ha sido productivo —dijo Frank mientras lo acompañaba al ascensor—. Mañana continuaremos con el departamento de marketing. Y por favor, intenta no mostrar esa expresión de sufrimiento cuando te hablen de redes sociales. Los asustas demasiado y luego no rinden bien —bromeó.