CAPÍTULO 41 #3
Mientras Dante conducía por el camino hacia la salida, alejándose de la mansión, de Natalie, de esa extraña situación en la que estaban inmersos, no pudo evitar mirar por el retrovisor, viendo cómo su figura se hacía cada vez más pequeña, hasta finalmente desaparecer cuando el camino giró entre los árboles.
Una sensación inquietante se instaló en su pecho, como un presentimiento oscuro. La absurda certeza de que, de algún modo, acababa de cometer un error irreparable. De que había dejado escapar algo valioso, algo que quizás no volvería a encontrar.
«Es solo un viaje de trabajo —se recordó a sí mismo, apretando el volante con fuerza—. Volverás dentro de dos días y todo seguirá igual.»
Pero mientras el Aston Martin devoraba kilómetros en dirección a Londres, Dante no podía sacudirse la sensación de que nada volvería a ser igual. Aunque no sabía por qué.
Desde el porche, Natalie observó cómo el lujoso coche desaparecía tras la curva del camino, llevándose consigo a Dante, dejando tras de sí solo el eco de un motor potente y el recuerdo de un momento que podría haber sido y no fue.
Permaneció inmóvil un minuto más, de pie, con la vista fija en el punto donde el vehículo había desaparecido, como si esperara verlo regresar de pronto, como si una parte de ella aún albergara la esperanza absurda de que Dante diera media vuelta, volviera a la mansión y...
¿y qué? Ni siquiera sabía qué esperaba exactamente.
Se mordió el labio de abajo.
Un nudo se formó en su garganta, y sentía una opresión en el pecho que le dificultaba respirar. No era tristeza, no exactamente. Era algo más complejo: la certeza de que había llegado al final de algo que nunca tuvo realmente un comienzo.
«Es mejor así —se dijo, obligándose a dar media vuelta y a entrar en la casa—. Es mejor terminar algo que nunca empezó que arriesgarse a que acabe en desastre.»
En el vestíbulo, Thomas regaba algunas de las plantas de interior distribuidas por él. Al verla entrar, levantó la vista con una sonrisa amable.
—El desayuno se está enfriando —comentó.
Natalie intentó corresponder a su sonrisa, pero solo consiguió una mueca tensa.
—La verdad es que no tengo mucho apetito —dijo—. Creo que voy a ir a ver si Kora ya está despierta.
Thomas la estudió con aquella mirada perspicaz que parecía verlo todo.
—Como quieras —respondió.
Natalie dio media vuelta y comenzó a subir las escaleras, sintiendo el peso de la decisión que había tomado en cada escalón. Una decisión que ahora, con la partida de Dante, se hacía definitiva.
Al llegar a la habitación, se detuvo un momento en el umbral, observando a la niña que aún dormía plácidamente en su cuna.
Tan pequeña, tan inocente, tan ajena a los peligros que acechaban a su alrededor.
Ajena a su padre biológico, obsesionado y peligroso.
Ajena a ese otro hombre que, sin ser nada suyo en términos legales, se había convertido en una presencia constante en su vida.
Una presencia de la que ahora debían alejarse.
«Es lo mejor para todos —se repitió Natalie, acercándose a la cuna para acariciar suavemente los rizos de Kora—. Para ella, para mí... incluso para Dante.»
Con determinación, aunque con el corazón pesado, Natalie comenzó a preparar mentalmente los últimos detalles de su plan. Ya tenía casi todo listo: dinero suficiente para unas semanas, los documentos esenciales, y ropa para ambas. Lo demás, tendría que dejarlo atrás.
Había localizado un pequeño pueblo en el norte, lo bastante remoto para pasar desapercibidas, pero con las comodidades básicas. Un lugar donde Justin no las encontraría (o eso esperaba). Donde podrían empezar de nuevo, otra vez.
Mientras Kora comenzaba a despertarse, estirándose y bostezando como un pequeño gato, Natalie se inclinó y besó su frente con infinita ternura.
—Nos vamos de viaje, pequeña —susurró, con una sonrisa que intentaba ocultar la tristeza que sentía en el fondo del pecho—. Tú y yo. Una nueva aventura.
Kora abrió sus ojos azules, aún somnolientos, y sonrió al reconocer a su madre. Una sonrisa pura, confiada, que hizo que la determinación de Natalie flaqueara durante un instante.
¿Estaba haciendo lo correcto? ¿No estaría quitándole a Kora la oportunidad de crecer en un entorno estable, con personas que claramente la querían?
Pero entonces recordó la figura oscura observándolas desde los acantilados, los mensajes amenazantes, el incendio.
No, no tenía elección.
La seguridad de Kora estaba por encima de todo.
Incluso por encima de ese sentimiento incómodo y persistente que se había instalado en su pecho desde que había visto el coche de Dante desaparecer por el camino. Ese sentimiento que reconocía como una mezcla de anhelo y arrepentimiento.
Arrepentimiento por lo que pudo ser y no fue.
Por no haberle contado la verdad desde el principio.
Por ese momento en la cocina, cuando había estado a punto de cruzar de nuevo una línea que ambos habían respetado escrupulosamente.
Por la forma en que él se había apartado, confirmando lo que ella ya sabía: que entre ellos no había futuro, solo un presente precario y frágil construido sobre secretos y medias verdades.
«Es mejor así —se dijo una vez más, mientras tomaba a Kora en brazos y la mecía suavemente—. Es el fin de algo que nunca debió comenzar.»
Pero mientras se dirigía al baño para asear a la niña, preparándose para un día que marcaría el inicio de otra huida, de otra vida, de otro comienzo, no pudo evitar lanzar una última mirada hacia la ventana, hacia el camino ahora vacío, hacia la dirección en la que Dante se había marchado.
Y por un instante, solo un instante, permitió que su corazón reconociera lo que su mente se negaba a admitir: que ese fin dolía mucho más de lo que debería. De lo que le gustaría. Que ese «algo» que nunca había comenzado realmente, de algún modo, había echado raíces profundas en ella.
Raíces que ahora tendría que arrancar, una por una, para poder seguir adelante.