El corazón herido de la Bestia (Devils 4) CAPÍTULO 41 #2
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CAPÍTULO 41 #2

—Es igual, son gajes del oficio —respondió Dante, observando con fascinación cómo la niña, sin despertar, buscaba instintivamente la proximidad de su madre.

Involuntariamente sus ojos se fijaron en Natalie. Eran tan guapa. El pelo negro, los ojos azules, los rasgos suaves…

Le resultaba tan difícil resistirse, pero le había mentido, no había confiado en él, y él tenía tantas mierdas dentro…

Cuando fue consciente de que estaba mirándola, apartó la vista y carraspeó.

—Bueno —dijo, retrocediendo hacia la puerta—, solo quería que lo supieras. Thomas estará aquí, por supuesto, así que no habrá ningún problema con la casa y cualquier cosa que necesites… ya sabes.

Natalie asintió, sin mirarlo directamente. Apenas podía.

—Gracias por avisarme. Espero que te vaya bien en Londres.

Hubo algo en su tono, una nota de finalidad, que desconcertó a Dante. Como si le estuviera deseando un buen viaje a alguien que no esperaba volver a ver.

«Estás imaginando cosas —se dijo—. El aislamiento está afectando tu cerebro.»

Con un último asentimiento de cabeza, Dante abandonó la biblioteca, dejando a Natalie con su libro y sus pensamientos. Pensamientos que, por algún motivo, le dio la impresión que no quería compartir con él.

La noche anterior a su viaje, Dante estuvo despierto hasta tarde, intentando adelantar trabajo.

No quería perder el ritmo creativo que había conseguido establecer, y sabía que dos días en Londres, rodeado de ruido y obligaciones sociales, serían más que suficientes para que perdiera la concentración.

Eran casi las tres de la madrugada cuando oyó un ruido en el pasillo. Pasos suaves, casi furtivos, que se detuvieron frente a su estudio para luego continuar hacia las escaleras.

Natalie.

Reconocería esos pasos ligeros en cualquier parte.

Dante tuvo que reprimir el impulso de salir del estudio. Le apetecía hablar con ella, tomarse un té a la luz tenue de la cocina. Le apetecía abrazarla, besarla. Le apetecía…

Joder, lo que le apetecía no estaba permitido para que lo escucharan menores de dieciocho años.

Pero se detuvo. Tenía la sensación de que Natalie estaba distante últimamente, de que había levantado barreras que antes no existían. Quizás porque él también las había levantado a raíz de lo de la falsa identidad.

Decidió respetar su espacio. Después de todo, ¿qué derecho tenía él de exigir proximidad? Su relación era... complicada. Indefinible, incluso. Ni pareja, ni amigos, ni conocidos, ni familia, pero de algún modo, quizás, todas esas cosas a la vez.

Ninguna y todas.

Qué raro era todo.

Con un suspiro, volvió a concentrarse en el manuscrito, intentando ignorar la sensación de que algo se le estaba escapando de las manos.

La mañana siguiente amaneció con un cielo azul y despejado, burlándose de su humor sombrío.

Dante terminó de guardar lo esencial en una pequeña maleta (ropa para dos días, un libro que probablemente no leería y el cargador del teléfono) y bajó al vestíbulo donde Thomas ya lo esperaba.

—El desayuno está servido, señor —anunció el jardinero, con aquella formalidad que nunca abandonaba del todo, a pesar de los años que llevaba trabajando para él.

—Gracias, Thomas. ¿Natalie y Kora ya están despiertas?

—Natalie está en la cocina, señor. La pequeña aún duerme, me parece.

Dante consultó su reloj de pulsera. Eran las siete en punto. Era temprano, pero necesitaba ponerse en marcha si quería evitar lo peor del tráfico de camino a Londres.

Se dirigió a la cocina, donde encontró a Natalie preparando lo que parecía ser una infusión. Llevaba el pelo recogido en una coleta desordenada y vestía un sencillo conjunto de vaqueros y jersey de lana blanco que, de algún modo, le hacía parecer más vulnerable de lo habitual.

—Buenos días —saludó, acercándose a la cafetera para servirse una taza de café—. No esperaba encontrarte despierta tan temprano.

Natalie le dirigió una mirada rápida por encima del hombro.

—No podía dormir —respondió simplemente—. ¿Ya te vas?

—En unos minutos —confirmó Dante, tomando asiento en la mesa de la cocina—. Quiero evitar el tráfico a la entrada de Londres.

Natalie asintió, sin añadir nada más. Parecía absorta en la preparación de su infusión, como si fuera una tarea que requiriera toda su concentración.

El silencio entre ellos, normalmente cómodo, ahora resultaba cargado de algo que Dante no lograba identificar. Una especie de tensión expectante.

—Natalie, ¿seguro que todo está bien? —le preguntó, incapaz de contener por más tiempo la sensación de que algo se le escapaba.

Natalie se volvió hacia él, con la taza humeante entre las manos. Sus ojos, normalmente expresivos, parecían velados por una determinación que Dante no había visto antes en ella.

—Todo está bien —respondió, y aquella vez su voz sonó firme, decidida—. Solo estoy un poco cansada.

Dante quiso insistir, pero en ese momento Thomas entró en la cocina.

—El coche está listo, señor. Y he comprobado el clima: parece que hará buen tiempo durante todo su trayecto.

—Gracias, Thomas —respondió Dante automáticamente, sin apartar la mirada de Natalie—. Iré en un momento.

Thomas, advirtiendo quizás la atmósfera tensa, asintió discretamente y volvió a salir, dejándolos solos.

—Bueno —dijo Natalie, forzando una sonrisa que no alcanzó sus ojos—, supongo que es la despedida. Que tengas un buen viaje.

Había algo tan definitivo en su tono que Dante sintió una punzada de alarma.

—Solo serán un par de días —respondió, intentando aligerar el ambiente—. No es como si me estuviera mudando a otro país.

La sonrisa de Natalie vaciló durante un instante.

—Lo sé, lo sé —dijo rápidamente—. Es solo mi forma de hablar.

Dante dudó un momento antes de añadir:

—Os voy a echar de menos estos días. A ti y a Kora.

Las palabras salieron con más sinceridad de la que pretendía, y por un segundo vio cómo la máscara de Natalie se resquebrajaba, revelando una fragilidad que le hizo contener el aliento.

No era ningún secreto que desde que Justin había aparecido en su vida de nuevo, desde que había ido a la casa a montar un escándalo, desde el incendio, Natalie no había vuelto a ser la misma. Dante era muy consciente de ello. Y era normal, por otro lado.

—Nosotras también a ti —respondió Natalie en un susurro, y por primera vez esa mañana, le sostuvo la mirada directamente—. Más de lo que imaginas.

Había algo en sus ojos azules, una mezcla de tristeza y resolución, que le resultó desconcertante. Como si estuviera preparándose para algo difícil, algo doloroso.

—Natalie… —comenzó, sin saber exactamente qué quería decir, pero sintiendo que debía decir algo.

Permanecieron unos segundos mirándose. En silencio.

Ella negó ligeramente con la cabeza, y entonces ocurrió algo inesperado. Dio un paso hacia él, acortando la poca distancia que había entre ambos hasta quedar a escasos centímetros.

Sus ojos se encontraron, y Dante pudo ver en ellos una batalla interna, un debate silencioso. Luego, muy lentamente, como si le costara un esfuerzo inmenso, Natalie se inclinó hacia él.

El tiempo pareció detenerse. Una parte de Dante, la más instintiva, la más honesta, quiso permanecer inmóvil, permitir que ocurriera lo que parecía inevitable.

Pero otra parte, la racional, la que había construido muros a su alrededor durante años, la que recordaba perfectamente por qué esos muros existían, reaccionó casi sin pensar.

Se apartó. Con un movimiento sutil, apenas perceptible, girando ligeramente la cabeza como si hubiera oído algo en el pasillo, dando medio paso atrás con la excusa de recoger su taza.

El momento, si es que realmente había existido, se rompió como una pompa de jabón.

Natalie se enderezó, retrocediendo también, y una expresión de comprensión resignada cruzó su rostro.

—Lo siento —murmuró, aunque no quedaba claro por qué se disculpaba exactamente—. Yo no...

—No pasa nada —la interrumpió Dante, fingiendo no entender lo que casi había ocurrido—. Debería irme ya, el tráfico...

—Claro, claro —asintió Natalie rápidamente, volviendo a adoptar aquella sonrisa educada en sus labios—. No querrás hacer esperar a tu editor.

Un silencio incómodo se instaló entre ellos.

—Volveré el viernes —dijo finalmente Dante, moviéndose hacia la puerta—. O el sábado a más tardar.

Natalie se limitó a asentir, y Dante tuvo la extraña sensación de que ella no creía realmente en aquella promesa de retorno. Como si, en su mente, ya se hubiera despedido definitivamente.

Sin saber qué más decir, cómo arreglar algo que ni siquiera sabía si estaba roto, Dante salió de la cocina.

Thomas lo esperaba en el vestíbulo con su abrigo y su maleta. Con su habitual profesionalidad, le ayudó a ponérselo y le entregó las llaves del coche.

—Le deseo un buen viaje, señor —dijo Thomas, con una leve inclinación de cabeza—. Y no se preocupe por nada aquí. Me aseguraré de que todo esté en orden cuando vuelva.

—Gracias, Thomas —respondió Dante, agradecido por la normalidad que el jardinero aportaba a la situación—. Te veré el viernes.

Al salir al porche, se sorprendió al ver que Natalie le había seguido. Estaba de pie en el umbral, con los brazos cruzados, como protegiéndose del frío que en realidad no hacía.

Durante un segundo, algo primitivo dentro de él le instó a volver, a tomar su rostro entre las manos, a decir todas las cosas que llevaba dentro. Pero el instante pasó, como todos los anteriores.

Con una última mirada, Dante descendió los escalones del porche y se dirigió a su Aston Martin rojo, aparcado en la entrada circular. Dejó el equipaje en el maletero y se acomodó detrás del volante.

Al arrancar el motor, echó de nuevo un vistazo hacia la mansión.

Natalie seguía ahí. Una figura inmóvil, de pie en el umbral, con una expresión indescifrable en el rostro. No levantó la mano para despedirse, no sonrió, no hizo ningún gesto. Simplemente lo observaba, como si quisiera grabar su imagen en su memoria.