CAPÍTULO 41
La llamada de Frank, su editor, interrumpió a Dante justo cuando había logrado avanzar tres páginas seguidas sin parar.
Miró el teléfono con irritación, dudando si contestar. Unos meses atrás habría ignorado la llamada sin pensarlo, pero de un tiempo a esta parte habían cambiado muchas cosas. Incluida su relación con el mundo. Tenía que reconocer que se había vuelto menos ermitaño.
—Frank —respondió finalmente, reclinándose en su sillón de cuero—. Qué sorpresa.
—Sorpresa es que contestes la llamada —replicó Frank con aquella familiaridad irreverente que siempre había caracterizado su relación.
—No seas exagerado.
—No exagero ni un poco.
Dante dejó escapar un suspiro mirando al techo.
—¿A qué debo el honor? —dijo.
—¿Honor? —Frank soltó una carcajada—. Vaya, ahora sí que estoy preocupado. ¿Quién eres y qué has hecho con el malhumorado de Dante Eastwood?
Dante puso los ojos en blanco, a sabiendas de que Frank solo estaba calentando motores. Siempre había sido así: cinco minutos de bromas e ironías antes de llegar al asunto importante.
—Tengo un café enfriándose y el capítulo final a medio terminar, Frank. Ve al grano.
Se oyó un sonoro suspiro al otro lado.
—Está bien, está bien. He leído los capítulos que me enviaste la semana pasada —hizo una pausa efectista—. Y son buenos, Dante. Maldita sea, son muy buenos. Tanto como los primeros.
A pesar de su intento por mantenerse impasible, Dante sintió una punzada de satisfacción. Viniendo de Frank, «muy buenos» era prácticamente un elogio desmesurado.
—¿Pero...? —tanteó, sabiendo que habría un «pero».
—Pero necesitamos hablar del lanzamiento —respondió Frank, entrando ya en modo editor—.
Han pasado más de cuatro años desde que publicamos tu último libro.
El mercado ha cambiado. Las expectativas son diferentes.
Y si quieres que esta novela tenga el impacto que merece, tenemos que planificarlo meticulosamente.
Dante se pasó una mano por el pelo, despeinándolo aún más. La sola idea de «planificar un lanzamiento» le producía urticaria.
—Sabes que odio esa parte, Frank. Contratas a alguien de marketing, les das vía libre y me mandas un email con las fechas de las firmas obligatorias. Siempre ha funcionado así.
—Hace cuatro años, quizá —replicó Frank—. Pero ahora las cosas son diferentes. La industria está saturada, las ventas físicas han caído, y tu prolongada ausencia ha creado tanto expectación como escepticismo. Necesitamos una estrategia sólida.
—¿Y esa «estrategia sólida» no puede discutirse por teléfono? —preguntó Dante, aunque ya intuía la respuesta.
—Necesito que vengas a Londres, Dante.
Y ahí estaba. La petición que había estado evitando desde que volvió a escribir.
—Frank, sabes que no me gusta salir...
—Sí, lo sé —le interrumpió su editor—. Siempre dices lo mismo.
Pero no te pido que vengas un mes, solo un par de días.
Tenemos mucho que discutir, hay personas clave que quieren conocerte, y francamente, creo que te vendría bien salir de esa cueva tuya durante un rato.
Además, ¿hace cuánto que no nos tomamos una cerveza juntos?
Dante permaneció en silencio, sopesando opciones.
La verdad era que el manuscrito estaba prácticamente terminado.
Era normal empezar a hablar del lanzamiento.
Y una parte de él reconocía que un cambio de aires no le vendría mal.
Hacía años que no viajaba a Londres. Ni siquiera para ir a ver a su hermano.
—¿Solo un par de días? —preguntó.
Casi pudo escuchar la sonrisa triunfal de Frank al otro lado de la línea.
—Solo un par de días. Te prometo que estarás de vuelta en tu santuario antes de que te dé tiempo a echar de menos el olor a humedad de la mansión.
—La mansión no huele a humedad —rebatió Dante con el ceño fruncido.
—Si tú lo dices —dijo Frank con mordacidad—. Aunque cualquier día te levantas y te encuentras un rincón lleno de champiñones.
—Oh, por favor.
—Entonces qué, ¿vienes un par de días? —insistió Frank.
Dante suspiró. Sabía reconocer una batalla perdida cuando la veía.
—Está bien. ¿Cuándo?
—¿Te parece bien pasado mañana? —preguntó Frank con una rapidez que delataba que ya lo tenía todo planeado—. El jueves tenemos reunión con el departamento de marketing por la mañana, y por la tarde con el equipo de diseño para la portada.
Dante gruñó para sus adentros. Dos días de reuniones, sonrisas forzadas y charla insustancial sobre «posicionamiento de marca» y «alcance digital». Un puto coñazo.
—De acuerdo —accedió finalmente—. Estaré allí el jueves a primera hora. Pero me reservo el derecho a salir corriendo si alguien menciona las palabras «presencia en redes sociales».
Frank rio, sabiendo que había ganado.
—Trato hecho. Te enviaré los detalles por email. Y Dante... —añadió, en un tono más serio— Gracias. De verdad que creo que esta novela es especial. Vas a volver por la puerta grande.
—Gracias, Frank.
Cuando colgó, Dante permaneció un momento contemplando el teléfono. Luego dirigió su mirada hacia la ventana, donde se divisaban los acantilados y, más allá, el mar infinito que tantas veces le había servido de inspiración.
Un viaje a Londres. Hacía tanto tiempo que no abandonaba la seguridad de la mansión para adentrarse en el caos de la ciudad, que la idea le resultaba casi exótica.
¿Dónde se hospedaría? Los hoteles estaban descartados; odiaba la impersonalidad de las habitaciones, el constante ir y venir de extraños.
La respuesta llegó sola: Óscar.
Su hermano tenía aquel espacioso apartamento en Notting Hill, y siempre había una habitación disponible para él, aunque rara vez la utilizara. Sí, esa era la solución. Llamaría a Óscar más tarde para avisarle.
Se levantó de su escritorio. Necesitaba estirar las piernas después de estar horas sentado.
La casa estaba inusualmente silenciosa. Thomas había salido a hacer algunas compras para el jardín, y Natalie...
Natalie.
El pensamiento le hizo detenerse a mitad del pasillo. Tendría que informarle de que se iba a Londres. No es que tuviera que rendirle cuentas, por supuesto, pero lo correcto era hacerlo.
Sin embargo, la idea de decirle que se ausentaría un par de días le generaba una inquietud extraña en la boca del estómago. Como si, de algún modo, estuviera incumpliendo un pacto tácito entre ambos.
«Estás exagerando —se reprendió mentalmente—. Es un viaje de negocios, no una fuga. Volverás dentro de 48 horas.»
Aun así, decidió buscarla para comunicárselo personalmente. No porque sintiera que se lo debía, se dijo a sí mismo, sino por simple cortesía.
La encontró en la biblioteca, sentada en uno de los sillones, al lado de la ventana, con Kora dormida en su regazo. Sostenía un libro entre las manos, pero su mirada estaba perdida en el horizonte, como si los pensamientos la hubieran transportado lejos de las páginas.
Algo en aquella imagen (la luz dorada de media tarde bañando su perfil, la expresión ensimismada, la quietud protectora con que sostenía a la niña) le provocó esbozar una débil sonrisa.
Carraspeó suavemente para anunciar su presencia.
Natalie dio un pequeño respingo y giró la cabeza. Al verlo, sus labios se curvaron también en una sonrisa.
—Dante —murmuró, con voz baja para no despertar a Kora—. No te he oído entrar.
—No quería sobresaltarte —se excusó él, adentrándose unos pasos en la estancia—. Parecías... muy concentrada.
Natalie cerró el libro, marcando la página con un dedo.
—Solo dejaba volar la imaginación —respondió con una ligereza que sonaba forzada—. A veces es la mejor forma de leer, ¿no crees?
Dante asintió, notando que algo no encajaba en su actitud.
Durante los últimos días, había percibido un cambio en ella.
Una tensión subyacente, una especie de alerta constante, como si estuviera perpetuamente vigilante.
Incluso en ese momento, mientras conversaban, sus ojos hacían pequeños barridos periféricos, comprobando puertas y ventanas.
—¿Va todo bien? —preguntó, acercándose unos pasos más.
Natalie apretó inconscientemente a Kora contra su pecho.
—Sí —respondió demasiado rápido—. ¿Por qué no habría de estarlo?
Dante la estudió unos segundos. Había aprendido a reconocer cuándo alguien mentía; era parte esencial de su oficio como escritor, esa capacidad para detectar las pequeñas inconsistencias en el lenguaje corporal, las microexpresiones que tanto revelaban.
Y Natalie, definitivamente, no estaba siendo sincera.
No todo estaba bien, pero también sabía que era normal después de los últimos acontecimientos.
Se estaba haciendo la fuerte para no preocuparlos.
—Claro —dijo al fin. Decidió ir al grano—, venía a comentarte que voy a ausentarme un par de días. Asuntos editoriales en Londres.
Algo se encendió en la mirada azul de Natalie. ¿Interés? ¿Alarma? ¿Alivio? Fue imposible descifrarlo antes de que ella lo enmascarara bajo una expresión de interés cordial.
—Oh —dijo simplemente—. Entiendo. ¿Cuándo te vas?
—Pasado mañana. Volveré el viernes por la tarde, a más tardar el sábado por la mañana.
Natalie asintió lentamente, como procesando la información.
—¿Es por la novela? —preguntó, y había una nota de verdadero interés en su voz—. ¿Va todo bien?
—Sorprendentemente, sí —admitió Dante—. Mi editor está bastante satisfecho con ella. El viaje es para discutir... cuestiones de marketing —pronunció las últimas palabras con el mismo entusiasmo que habría mostrado al hablar de una visita al dentista. Lo que provocó una sonrisa real en Natalie.
—No pareces muy emocionado.
—Preferiría una sesión de tortura medieval —confirmó él, permitiéndose también una pequeña sonrisa—. Al menos esos martirios tenían un componente de honestidad brutal. El marketing es puro engaño consensuado.
Natalie dejó escapar una risilla. Un sonido dulce que pareció sorprenderla a ella misma. Kora se removió en su regazo debido a la vibración, y Natalie inmediatamente volvió a mecerla con suavidad.
—Siento que tengas que enfrentarte a eso —susurró.