CAPÍTULO 40 #2
La cristalización de la situación la golpeó con la fuerza de una ola contra los acantilados. Justin sabía dónde estaban. Las vigilaba. Conocía sus rutinas, la disposición de la casa. Y estaba intensificando sus amenazas, acercándose cada vez más.
«Tenemos que irnos», se dijo Natalie a sí misma con contundencia.
El pensamiento le cortó la respiración. Irse de la mansión, del único lugar donde habían encontrado paz, donde Kora había aprendido a andar, donde habían celebrado su primer cumpleaños. Alejarse de Thomas, con su bondad disfrazada de eficiencia. De Dante...
Dante.
El hombre del que había empezado a enamorarse.
El hombre que…
Un dolor agudo se instaló en su pecho al pensar en él. En dejarlo atrás. En dejar atrás lo que habían vivido, que, aunque breve, había sido precioso e intenso. En dejar atrás los momentos robados en el salón, junto a la chimenea, cuando todos dormían…
Pero la alternativa era peor. Mucho peor.
«Si nos quedamos, Justin no se detendrá —pensó con una claridad súbita—. No hasta conseguir lo que quiere. Y pondrá en peligro a todos en el proceso.»
La puerta de la cocina se abrió antes de que Natalie pudiera alcanzar el pomo, y el rostro siempre amable de Thomas apareció ante ella.
—Hola —las saludó, con aquella mezcla perfecta de formalidad y calidez.
Kora balbuceó y dijo algo que ni Natalie ni Thomas entendieron.
Thomas se hizo a un lado para dejarlas entrar, y Natalie empujó la sillita hacia el interior de la acogedora cocina, donde el aroma a hierbas y queso gratinado de la lasaña que había preparado creaba una ilusión de seguridad.
—¿Habéis disfrutado del paseo? —preguntó Thomas—. El día es espléndido para estar al aire libre. Yo he aprovechado para regar todas las plantas del jardín delantero.
Natalie asintió, incapaz durante unos instantes de articular palabras. ¿Cómo iba a actuar con normalidad cuando acababa de decidir que tendría que abandonar aquel lugar?, ¿a aquellas personas?
—Ha sido... refrescante —consiguió decir al fin—. Kora ha descubierto las gaviotas.
—¡Ah, las gaviotas! —exclamó Thomas, acercándose a la sillita para desabrochar el cinturón de seguridad—. Son unos pájaros fascinantes, aunque terriblemente ruidosos, ¿verdad, Kora?
La niña se dejó alzar en brazos por Thomas, que la llevó hasta su trona junto a la mesa de la cocina. La naturalidad con la que el jardinero interactuaba con ella, la confianza absoluta que Kora depositaba en él, provocaron un nudo en la garganta de Natalie.
«Me va a doler dejarle —pensó. Había forjado una bonita amistad con Thomas. Él la trataba como a una hija y ella lo veía como a un padre—. Y a Kora le va a doler también, aunque no pueda expresarlo con palabras.»
—¿Está todo bien, Natalie? —le preguntó Thomas—. Pareces preocupada.
Natalie forzó una sonrisa, quitándose la chaqueta y colgándola en el perchero junto a la puerta.
—Solo estoy un poco cansada —mintió—. No he dormido muy bien esta noche.
No era del todo falso. Los mensajes de Justin la habían mantenido despierta, dando vueltas en la cama, mirando una y otra vez al techo, imaginando los peores escenarios.
—Entiendo —asintió Thomas, aunque su mirada sugería que no la creía del todo—. Quizás podrías echarte una siesta esta tarde, después de comer. El señor Eastwood ha mencionado que estará ocupado con el capítulo final de su novela, así que la casa estará tranquila.
—Es buena idea —dijo Natalie, acercándose a la encimera, donde había dejado la lasaña que había preparado—. Quizá cuando Kora se duerma, yo siga su ejemplo —trató de bromear.
Thomas rio, mientras se acercaba a la nevera y sacaba la jarra de agua fresca para llevarla a la mesa.
—¿Está lista la comida? —preguntó.
—Sí, solo tengo que calentar la lasaña un par de minutos en el horno.
—Entonces, subiré a avisar al señor Eastwood.
Pero como invocado por sus palabras, la puerta que comunicaba la cocina con el pasillo principal se abrió, y Dante entró con aquel aire perpetuamente distraído que adoptaba cuando estaba inmerso en su proceso creativo.
—Thomas, necesito que... —comenzó, pero se detuvo al ver a Natalie y a Kora—. ¿Ya habéis vuelto de vuestro paseo?
Natalie notó cómo su corazón se aceleraba ligeramente ante la presencia de Dante. Era algo que no podía evitar, aunque él hubiera decidido poner distancia entre ellos. Pero lo que fuera que sintiera por él hacía que la idea de marcharse fuera aún más dolorosa.
—Acabamos de llegar —dijo, apartando un mechón de pelo de su cara con gesto nervioso.
Kora extendió sus brazos hacia Dante, como hacía siempre que lo veía.
Dante, que ahora respondía con naturalidad, se inclinó y permitió que los deditos regordetes de Kora se aferraran a su jersey. No la cogió en brazos, porque iba a comer, pero era la conexión que la niña buscaba. Él le dio un beso en la cabecita.
—¿Qué tal, pequeña? —le preguntó.
Kora levantó la cuchara de plástico y se la mostró, como dándole a entender que iba a comer.
—Veo que alguien está hambrienta —observó—. Y no soy yo, para variar.
Natalie se echó a reír.
Sacó la lasaña del horno y la puso en la mesa. Un olor delicioso llenó el aire.
Pronto los cuatro estaban disfrutando de la comida, con Kora llenando la cocina de balbuceos, pedorretas, grititos y palabras ininteligibles.
La escena era tan hogareña, tan normal, que por un momento Natalie casi pudo olvidar el miedo, la sombra acechante de los acantilados, la drástica decisión que acababa de tomar.
Casi.
Mientras Dante y Thomas hablaban sobre algo que había sucedido en el pueblo, Natalie observaba la escena como si quisiera grabarla en su memoria.
El modo en que la luz del mediodía entraba por las ventanas de la cocina.
La forma en que Thomas gesticulaba con el tenedor para enfatizar sus argumentos.
El perfil de Dante contra el fondo claro de la pared, todas las líneas angulosas suavizadas por una expresión de curiosidad.
Y Kora, su pequeña Kora, con la cara manchada de salsa de tomate, alternando miradas entre los tres adultos como si siguiera la conversación.
«Esto es lo que vamos a perder —pensó Natalie con una punzada de dolor—. Esta sensación de pertenencia, de familia.»
Pero entonces recordó la figura oscura en el horizonte, las amenazas cada vez más explícitas que llegaban a su móvil, el peligro que corrían. Y supo que no tenía elección.
Tenía que buscar un lugar donde Justin no pudiera encontrarlas, donde pudieran empezar de nuevo.
Una parte de ella quería creer que solo sería temporal, que podría volver cuando el peligro hubiera pasado. Pero la parte racional, la que había sobrevivido a meses de manipulación y miedo, sabía que eso era poco probable.
Justin era persistente.
Justin no olvidaba.
Justin no perdonaba lo que consideraba una traición.
—Natalie, ¿estás con nosotros? —La voz de Dante interrumpió sus pensamientos.
Parpadeó, volviendo bruscamente a la realidad. Dante y Thomas la miraban con expectación.
—Lo siento, estaba... distraída —se disculpó, forzando una sonrisa—. ¿Decíais algo?
—Thomas sugiere que aproveches la tarde para enseñarle a Kora las peonías que han empezado a florecer en el jardín trasero —explicó Dante, con aquella intensidad en la mirada que siempre la hacía sentir que podía ver a través de su máscara—. Dice que los colores le fascinarán.
—Es una idea maravillosa —respondió automáticamente Natalie, aunque su mente ya estaba en otra parte, calculando qué necesitarían llevar, cuánto dinero tenían ahorrado, cómo desaparecer sin dejar rastro—. A Kora le encantarán.
Thomas y Dante intercambiaron una mirada que Natalie no supo interpretar.
Durante un segundo terrible, temió que de algún modo hubieran adivinado sus intenciones, que fueran a decirle algo al respecto.
Pero el momento pasó, y Thomas se levantó para llevar el postre: una tarta de manzana que llenó la cocina con su aroma a canela y hogar.
«Disfruta de esto —se dijo Natalie mientras tomaba su porción—. Disfruta de estos momentos juntos. Grábatelos en la memoria. Serán lo que te sostendrá en los días difíciles que van a venir.»
Y mientras Kora reía, intentando atrapar una miga de tarta que se había posado en la manga del jersey de Dante, mientras Thomas relataba anécdotas de su juventud en la mansión, mientras la tarde avanzaba perezosa y dorada a su alrededor, Natalie se permitió fingir, solo por unas horas, que aquello podría durar para siempre.
Que no había una sombra oscura acechando en los acantilados.
Que no tendría que despedirse, probablemente para siempre, de las primeras personas en años que la habían hecho sentir en casa.
Que no estaba a punto de destrozar, con su partida, algo precioso que apenas comenzaba a florecer entre ella y Dante.
Pero cuando sus miradas se encontraron por encima de la mesa, cuando vio en los ojos grises de él esa mezcla de curiosidad y preocupación, Natalie supo que no había alternativa.
Para protegerlos a todos, tenía que irse. Y tenía que hacerlo pronto.