CAPÍTULO 40
El sol brillaba con fuerza, de esa forma que lo hace en primavera.
Natalie ajustó la sombrilla de la sillita de Kora, asegurándose de que el rostro de la pequeña quedara protegido de los rayos más intensos.
La brisa marina agitaba suavemente su pelo mientras empujaba la sillita por el sendero de grava que serpenteaba desde la parte trasera de la mansión hasta los acantilados.
—¿Ves esas flores amarillas, Kora? —dijo señalando un grupo de prímulas silvestres que bordeaban el camino—. Son las primeras del año. Cuando crezcan más, haremos una corona con ellas para tu pelo.
Kora balbuceó algo incomprensible pero muy entusiasta, estirando sus manitas hacia las flores con una sonrisa que mostraba sus cuatro pequeños dientes.
Natalie inspiró hondo.
El aire olía a sal, a tierra húmeda y a ese aroma indefinible que siempre asociaba con la primavera: una mezcla de hierba recién cortada y promesas.
En otro tiempo, en otra vida, aquel paseo habría sido perfecto.
Un momento idílico entre madre e hija, disfrutando de un día espléndido en un lugar de ensueño.
Pero la tranquilidad era solo superficial. Debajo, como un río subterráneo de agua helada, corría el miedo.
«Necesito pensar —se dijo Natalie mientras avanzaba por el sendero—. Necesito encontrar una solución antes de que sea demasiado tarde.»
Había pasado una semana desde el cumpleaños de Kora. Una semana en la que los mensajes de Justin no habían cesado.
Al principio, Natalie había intentado ignorarlos, esperando que se cansara, que encontrara otra obsesión, que la dejara en paz. Pero en lugar de aplacarse, sus amenazas se habían intensificado.
El último había llegado la noche anterior, cuando todos dormían:
«Te estoy observando, Nat. Veo cómo juegas a la familia feliz en esa mansión. Veo cómo miras a Dante Eastwood.
Veo cómo él te mira a ti. Lo veo todo. Y pronto verás lo que pasa cuando alguien intenta quitarme lo que es mío.»
A Natalie se le heló la sangre.
—Ma-ma —balbuceó Kora, interrumpiendo sus pensamientos.
Natalie bajó la mirada y encontró a su hija señalando hacia una gaviota que planeaba en círculos sobre el acantilado.
—Sí, cariño, es un pájaro —respondió, forzando una sonrisa—. Mira cómo vuela. ¿A que es bonito?
Kora asintió con la seriedad que adoptaba cuando intentaba parecer mayor, y luego volvió a su entretenimiento anterior: mordisquear el mordedor de silicona con forma de jirafa que Natalie le había comprado en su última visita al pueblo.
Natalie dejó que su mente volviera al problema de Justin mientras seguían avanzando.
El sendero se ensanchó, dejando atrás los árboles que rodeaban la mansión para abrirse a la extensa pradera que precedía a los acantilados. El mar se extendía ante ellas, vasto e imponente. Un lienzo azul oscuro que se fundía con el horizonte.
Se detuvo a unos metros del borde. Aunque el terreno era seguro, un instinto protector la mantenía siempre a cierta distancia. Puso el freno a la sillita y se sentó en una roca plana cercana, desde donde podía vigilar a Kora mientras contemplaba el paisaje.
«Podría contárselo a Dante —pensó por enésima vez—. Él sabría qué hacer. Tiene recursos, contactos...»
Pero inmediatamente su mente rebatió esa opción.
Dante ya había hecho demasiado por ellas.
Les había dado un hogar, seguridad. Involucrarlo en aquel peligro sería como pagarle con una moneda envenenada.
Además, no tenía ninguna obligación. Ellos ya no tenían nada.
Lo poco que habían construido se había hecho pedazos el día que Justin fue a la casa y le contó la verdad de su identidad.
Desde ese entonces, Dante había mantenido las distancias y ella tenía que respetarlo, aunque se muriera por estar en sus brazos, por tocarlo, por acariciarlo, por…
Joder.
Negó para sí misma.
Su cabeza volvió a Justin.
Lo conocía bien. Conocía su determinación, su falta de escrúpulos, su violencia cuando sentía que lo desafiaban. Si se enteraba de que había pedido ayuda a Dante, si sentía que se interponía entre él y lo que consideraba «suyo»...
Un escalofrío recorrió su espina dorsal a pesar del sol primaveral.
—¿Sabes una cosa, Kora? —murmuró, aunque sabía que la niña estaba más interesada en su mordedor que en sus confidencias—. A veces pienso que estamos atrapadas en un ciclo. Huimos, encontramos refugio, creemos estar a salvo... y entonces todo vuelve a empezar.
Observó a su hija, tan feliz en su inocencia, tan confiada en que el mundo era un lugar seguro. ¿Cómo explicarle algún día que su propio padre, el hombre que debería haberla protegido con su vida, era la mayor amenaza para su seguridad?
Natalie sacó su teléfono del bolsillo de su chaqueta. Abrió la cadena de mensajes de Justin, cada uno más perturbador que el anterior.
«Creo que vuestra habitación tiene una ventana muy grande. Sería una pena que alguien la rompiera de noche, ¿no crees?»
«¿Crees que a tu amigo el escritor le gustaría ser el protagonista de su propia novela de terror?»
«He estado pensando en lo fácil que sería que se declarase un incendio en esa vieja mansión. Aunque es de piedra, el interior tiene mucha madera. Y hay tantos objetos valiosos dentro... cuadros, libros, personas.»
Y el más reciente, el de la noche anterior, que demostraba que no eran amenazas vacías. Con Justin nunca lo eran.
Kora emitió un gorgojeo de satisfacción al conseguir morder una parte específica de su juguete, y Natalie guardó apresuradamente el teléfono, como si quisiera proteger a la niña de aquellos mensajes tóxicos.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿lo sabías? —susurró, inclinándose para besar la frente suave y cálida de su hija—. Y haré lo que sea necesario para mantenerte a salvo. Lo que sea.
Una nube pasajera cubrió el sol momentáneamente, proyectando una sombra sobre el paisaje. Natalie levantó la vista, siguiendo instintivamente con la mirada el progreso de la sombra sobre la hierba, hasta que...
Se quedó petrificada.
Allí, a unos doscientos metros, al borde del camino que conducía hacia la carretera principal, había una figura.
Un hombre alto, vestido completamente de oscuro, inmóvil, observando.
La distancia era demasiada para distinguir sus facciones con claridad, pero no hacía falta.
Natalie conocía esa postura, esa forma de mantenerse completamente quieto y, sin embargo, proyectar amenaza.
Justin.
¡Mierda!
Un pánico gélido se expandió desde su pecho hasta cada extremidad de su cuerpo. Con movimientos que intentaban parecer casuales, pero que revelaban su nerviosismo, se levantó de la roca y se acercó a la sillita de Kora.
—Creo que es hora de volver a casa, cariño —dijo, con voz temblorosa.
Sus dedos lucharon torpemente con el freno de la sillita. Por el rabillo del ojo, vio que la figura oscura comenzaba a moverse. No hacia ella, sino paralelo al camino, como si quisiera interceptarla regresando a la mansión.
«No entres en pánico —se ordenó a sí misma—. Piensa, Natalie, piensa.»
El camino principal quedaba descartado si Justin estaba allí. Tendría que tomar el sendero alternativo, el que bordeaba los acantilados antes de serpentear entre un pequeño bosque de pinos hasta la parte trasera de la propiedad. Era más largo, pero también más seguro.
Con un último vistazo hacia la figura (en aquel momento oculta tras un grupo de árboles), Natalie giró la sillita y comenzó a caminar con rapidez por el sendero de los acantilados.
—Vamos a jugar a un juego, Kora —dijo, intentando que su voz sonara despreocupada—. Se llama «no hacer ningún ruido hasta llegar a casa». ¿Qué te parece?
Kora, ajena al miedo de su madre, aplaudió entusiasmada ante la perspectiva de un juego nuevo.
Natalie se llevó el dedo a los labios.
—Shhh… —dijo, como si diera comienzo al juego.
Obediente, Kora sonrió, pero no emitió ningún sonido.
Natalie echó a andar lo más rápido que podía sin llegar a correr, empujando la sillita sobre el terreno irregular con determinación. Cada pocos segundos miraba por encima de su hombro disimuladamente, esperando ver a Justin acercándose, acortando la distancia entre ellos.
El sendero se estrechó al entrar en el bosquecillo de pinos. El aroma a resina y tierra húmeda invadió sus fosas nasales, pero Natalie apenas fue consciente de ello. Toda su concentración estaba puesta en avanzar, en mantener la calma, en llegar a la seguridad relativa de la mansión.
«¿Y si me está esperando más adelante? —pensó con una punzada de pánico—. ¿Y si ha calculado que tomaría esta ruta y me tiende una emboscada?»
Ralentizó el paso, aguzando el oído. Solo se escuchaba el canto de los pájaros, el rumor lejano de las olas contra los acantilados y el crujido ocasional de una rama bajo las ruedas de la sillita. Ninguna pisada, ningún suspiro, ningún indicio de otra persona.
«Sigue adelante —se dijo—. Ya casi estás en casa.»
La arboleda comenzó a clarear, y pronto apareció ante su vista la silueta de la mansión. Nunca le había parecido tan hermosa, tan reconfortante como en ese momento. Incluso con su aire gótico. Aceleró el paso en los últimos metros, cruzando el jardín trasero con prisa.
Al llegar a la puerta de la cocina, se detuvo un instante para recuperar el aliento y recomponerse. Lo último que necesitaba era entrar como un torbellino asustado y provocar preguntas para las que no tenía respuestas que quisiera dar.
—Hemos llegado, cariño —dijo a Kora, inclinándose para ajustarle un zapato que se había deslizado por el pie—. Y ahora vamos a... vamos a...
La frase quedó inconclusa.
Quizá no debería de haber salido sola, pero no podía decir a Thomas o Dante que la acompañaran constantemente. ¿Qué clase de vida sería esa? Necesitaba su espacio, su independencia. Necesitaba salir y entrar cuando le diera la gana. Sentirse segura. Pero con Justin acechando era imposible…
Una idea comenzó a formarse en su mente, una idea terrible pero necesaria.
«Ya no estamos seguras aquí.»