CAPÍTULO 39 #2
—He sido bastante discreto —admitió Thomas, con una sonrisa—. Pensé que querrías tener un registro de estos primeros meses en la mansión.
La última página contenía una fotografía que hizo que el corazón de Natalie diera un vuelco: Dante dormido en el sillón de la biblioteca, con Kora también dormida sobre su pecho. Ambos con la misma expresión de paz en el rostro.
Natalie tragó saliva. Después levantó la mirada hacia Thomas, que parecía muy satisfecho consigo mismo, sabiendo que había elegido un buen regalo, y luego hacia Dante, que observaba la foto con una mezcla de vergüenza y algo más, algo indefinible, pero que podía ser ternura.
—Debería despedirte por invasión a la privacidad —murmuró Dante, en tono de broma.
—Podría hacerlo —dijo Thomas—. Pero entonces, ¿quién documentaría estos momentos para la posteridad?
—Es precioso, Thomas. Muchas gracias —le agradeció Natalie con los ojos vidriosos.
—No ha sido nada —contestó él.
La celebración continuó probando la tarta, que resultó ser un éxito a pesar del miedo de Natalie. No confiaba en que le hubiera salido cien por cien bien.
Kora acabó con chocolate por toda la cara, por las manos, e incluso en parte del pelo, pero su expresión de deleite hizo que valiera la pena el desastre.
Fue cuando estaban recogiendo los platos, con Kora ya limpia y jugando entusiasmada con su nuevo osito, que el teléfono de Natalie vibró en su bolsillo. Lo sacó distraídamente, esperando quizás algún mensaje de felicitación de algún familiar.
El mundo pareció detenerse cuando vio el principio del texto en la pantalla.
Justin.
Con dedos de repente torpes, desbloqueó el teléfono. El mensaje era breve, pero cada palabra parecía grabada con ácido:
«Feliz cumpleaños a mi hija. Un año ya. Es una pena que esté creciendo lejos de su padre. Pero eso puede cambiar pronto.»
Natalie sintió que el aire abandonaba sus pulmones y que un escalofrío recorría su espalda de arriba abajo.
—¿Natalie? —la voz de Thomas sonaba distante, como si viniera de otro lugar—. ¿Está todo bien?
Natalie parpadeó, forzándose a volver al presente. A la calidez de la cocina. A la realidad.
—Sí, sí —respondió, con una sonrisa en los labios que esperaba fuera convincente—. Solo es un mensaje de felicitación.
Guardó el teléfono rápidamente, ignorando la mirada escrutadora de Dante, que parecía captar cada cambio en su expresión.
Los minutos siguientes pasaron en una especie de niebla.
Natalie se movía, hablaba, reía incluso, pero una parte de ella estaba paralizada por el miedo y la rabia.
¿Cómo se atrevía Justin a intentar arruinar ese día?
¿Cómo se atrevía siquiera a mencionar a Kora, cuando nunca había mostrado el menor interés?
Solo la utilizaba como arma arrojadiza que blandir contra ella.
Cuando Thomas y Dante se llevaron a Kora al jardín para que probara el regalo de Natalie (una pequeña piscina de bolas que habían instalado en un rincón soleado), Natalie se quedó en la cocina, con la excusa de terminar de limpiar.
En cuanto estuvo sola, sacó de nuevo el teléfono. Había tres mensajes más de Justin.
«¿No respondes? ¿Tan ocupada estás con tu nuevo “protector”? Qué rápido me has reemplazado, Nat. Qué decepción.»
«¿Crees que estás a salvo en esa mansión? El fuego de la semana pasada fue solo un aviso. La próxima vez, no quedará piedra sobre piedra.»
«Si no vuelves conmigo, con NUESTRA hija, lo lamentarás. Y también lo lamentará Dante Eastwood. Y ese viejo jardinero. Y cualquiera que se interponga. Sabes que hablo en serio, Nat. Siempre cumplo mis promesas.»
Las manos de Natalie temblaban tanto que casi dejó caer el teléfono. Justin siempre había sido manipulador, controlador, pero aquello... aquello era otro nivel de amenazas.
Su primer impulso fue correr al jardín, contárselo todo a Dante, mostrarle los mensajes, buscar su protección. Pero algo la detuvo.
Justin no hacía amenazas vacías. Nunca lo había hecho. Si decía que quemaría la mansión con todos dentro, era perfectamente capaz de hacerlo. Y aquella vez, se aseguraría de que el fuego lo consumiera todo. A Dante, a Thomas, a Kora, a ella...
Un sollozo escapó de su garganta.
Se cubrió la boca con la mano, aterrorizada ante la idea de que alguien pudiera oírla y peguntarle qué le ocurría.
No. No podía decírselo a nadie. No podía poner en peligro a las personas que le habían dado un hogar, que habían hecho posible ese día perfecto para Kora.
Respiró hondo, intentando calmar el pánico que amenazaba con ahogarla. Tenía que pensar. Tenía que encontrar una solución. Pero por ahora, por el bien de Kora, por el bien de todos, tenía que fingir que todo estaba bien.
Se lavó la cara con agua fría, ensayó su mejor sonrisa en el reflejo de la ventana, y salió al jardín, donde el sonido de las risas de Kora la guio hasta la pequeña piscina de bolas.
La escena que encontró allí casi le rompió el corazón.
Dante, siempre tan serio y formal, estaba sentado en el suelo junto a la piscina, mientras Kora le lanzaba bolas de colores que él fingía esquivar con movimientos exagerados.
Thomas, a su lado, documentaba el momento con la cámara del teléfono, añadiendo sin duda nuevas imágenes al precioso álbum que había hecho.
—¡Ma-ma! —exclamó Kora al verla, una de las pocas palabras que pronunciaba claramente.
Natalie se acercó, forzando una sonrisa que esperaba que pareciera natural.
—¿Te diviertes, cariño? —preguntó, agachándose junto a la piscina.
Dante la miró con aquella intensidad que parecía atravesarla, como si se oliera que algo iba mal.
—¿Todo bien? —preguntó en voz baja, mientras Thomas distraía a Kora con una bola verde fluorescente.
—Todo perfecto —mintió Natalie, ampliando su sonrisa en el rostro—. Solo un poco emocionada por lo bonito que está siendo este día.
No estaba segura de si Dante la había creído, pero él no insistió. En lugar de eso, cogió una bola azul y se la ofreció.
—La cumpleañera desea que todos participemos en la gran batalla de bolas —dijo, con aquel tono formal que usaba incluso para las situaciones más absurdas—. Y me temo que no acepta negativas.
Natalie tomó la bola, agradecida por la oportunidad de esconderse tras el juego. Durante la siguiente hora, se entregó por completo a la celebración, lanzando pelotas, riendo con las ocurrencias de Thomas, aplaudiendo los logros de Kora.
Pero cada pocos minutos, sentía la vibración del teléfono en su bolsillo. Sabía, sin necesidad de mirar, que eran más mensajes de Justin.
Más amenazas.
Más veneno intentando contaminar el cumpleaños de su hija, (porque él no respetaba ni eso).
No lo permitiría.
No ese día.
Ese día era para Kora, para su sonrisa, para sus pequeñas manos aferrando su nuevo osito, para sus carcajadas cuando Dante fingía ser derribado por una avalancha de bolas.
Mañana lidiaría con Justin. Mañana pensaría en qué hacer, en cómo proteger a todos.
Pero hoy... hoy solo existía ese momento. Esa isla de felicidad en medio de la tormenta que se avecinaba.
Y mientras observaba a su hija, radiante en su pequeña piscina de bolas, rodeada de personas que la querían por quién era, no por lo que representaba, Natalie se juró que, pasara lo que pasara, preservaría aquella felicidad para Kora.
Aunque tuviera que enfrentarse sola a Justin.
Aunque tuviera que hacer sacrificios inimaginables.
Aunque tuviera que romper su propio corazón en el proceso.